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Paraguay se ha situado como punta de lanza de la lucha contra la malaria al lograr el certificado de país libre de esa enfermedad, el primero en la región de las Américas desde Cuba, hace 45 años.

 En un país en el que la sanidad pública está cuestionada por sus deficiencias y quienes tienen más recursos optan por la privada, tiene mucho mérito haber terminado con una enfermedad como la malaria, un trabajo que ha llevado décadas y además en una nación con enormes tasas de pobreza. 

La prevención epidemiológica, la vigilancia entomológica, la colaboración de las comunidades del interior del país, las más afectadas por la picadura del anofeles y la designación de presupuestos para llevar a cabo esa lucha, son algunos de los factores que están detrás de que Paraguay se haya puesto en la vanguardia de la región.

Unas estrategias que han estado y están dirigidas por el Servicio Nacional de Erradicación del Paludismo (Senepa), un ente del Ministerio de Salud Pública que es respetado por la sociedad paraguaya como el escudo contra el paludismo y otras enfermedades como el dengue o el mal de chagas.

A nivel internacional, ese reconocimiento se escenificó el pasado 11 de junio en San José, en el marco del II Foro Global de Malaria, donde la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó a Paraguay como libre de la enfermedad y ante su ministro de Salud, Carlos Morínigo, y el presidente de Senepa, Nicolás Aguayo.

“Fue realmente una jornada histórica, sobretodo porque Paraguay es un país que no es potencia económica ni política. Esto muestra que sí se puede en un país con recursos limitados”, dijo a Efe Aguayo a su llegada a Asunción desde la capital costarricense. 

El Senepa como ejército contra la malaria

Hasta llegar a la cita costarricense, Paraguay había sufrido de forma abrumadora los embates de la malaria, un flagelo que solo ha tenido fuera de su radio a Asunción, la capital.

Los picos de malaria se alcanzaron en la década de los treinta del siglo pasado, alcanzando el grado de epidemia en un país que apenas sobrepasaba el millón de habitantes y eminentemente agrícola.

“En 1939 hubo 80,000 casos, en una población de poco más de un millón de personas. No es lo mismo tener 80,000 casos con tan poca población que con mayor número. Era una emergencia en todo el país, estaba lleno de malaria”, dijo Aguayo.

Se atribuye, aunque no está probado, una parte de esa expansión a la movilización militar que produjo la Guerra del Chaco, que entre 1932 y 1935 enfrentó a Paraguay y Bolivia por el control de ese territorio, rico en gas natural.

Reclutas del interior de todo el país fueron llevados al frente de guerra, en una región donde la malaria no tenía entonces gran incidencia.

Sí estaba en la mayoría de departamentos (provincias) de Paraguay, con especial incidencia en Caaguazú (centro), Alto Paraná (este) y Canindeyú (norte), focos de reservorios que se cebaron en el hombre a medida que comenzó la intervención forestal en esas áreas de riqueza maderera y ahora pasto de la deforestación.

A esa situación se sumó la inexistencia de un Ministerio de Salud Pública propio y autónomo, y la falta de un organismo dedicado íntegramente al combate al paludismo.

El año 1957 marca un antes y un después con la creación del Senepa, mediante una ley que le dota de recursos a través de la aportación de las empresas y trabajadores a la seguridad social.

Para ese año había registrados algo más de 50,000 casos, que fueron disminuyendo en las década siguiente con el accionar del Senepa y el uso del DDT, un insecticida luego considerado contraindicado en el combate a la malaria.

Pese a ello, y a su progresiva sustitución por otros insecticidas, los resultados no tardan en llegar, y en 1999 es el año del último brote importante, con 10,000 casos.

Es a partir de entonces cuando se comienza a ver la luz al final del túnel, que llega en 2011 con el último caso de malaria local.

Hacía la total erradicación

Haciendo balance, Aguayo cita un árbol estratégico con ramificaciones en la vigilancia, la rotación de los insecticidas, la instalación de un laboratorio biomolecular para probar la resistencia del mosquito y, en especial, la figura del trabajador del Senepa y de los colaboradores voluntarios.

Y es que, al contrario que en las zonas urbanas de Paraguay, donde la población no termina de concienciarse sobre la necesidad de la prevención para eliminar el dengue, un fenómeno principalmente urbano, fue en su interior donde las comunidades se implicaron más en la guerra a la malaria.

De hecho, fueron los caciques y jefes locales los que tomaron la batuta acompañados de una ola humana de suma importancia: los colaboradores voluntarios de la Senapa, encargados de hacer de mediadores entre la población y los enfermos.

Así, llegó a haber hasta 5,000 colaboradores voluntarios que informaban de los casos a las unidades desplegadas del Senepa, armadas con microscopios y medicamentos.

Para 2016, el Senepa fortalece la prevención con 115 laboratorios que aceleran los diagnósticos ante los posibles brotes, a la par que se inicia la etapa de certificación de la erradicación, un proceso exigente y comandado por la OMS y la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

“La OMS se encarga de verificar los casos documentados, las fichas de los pacientes, la estrategia seguida por las instituciones sanitarias y si la malaria ha sido realmente erradicada”, subrayó Aguayo.

Un proceso que culmina en San José y ante la presencia de la directora de la OPS, Carissa F. Etienne, y del director del Programa Global de Malaria de la OMS, Pedro Alonso.

Ello en un contexto en que el paludismo o malaria, la grave enfermedad causada por parásitos del género plasmodium, se mantiene todavía presente en 91 países concentrados en África, Asia y América.

Se calcula que en 2016 hubo 445,000 fallecidos en todo el mundo y 216 millones de casos, según datos de la OMS

Y en abril de este año, la OMS advirtió de que la lucha contra la malaria estaba estancada, por vez primera en la última década. Las causas: la falta de inversión en programas de prevención y de tratamiento.

De ahí la importancia del logro de Paraguay, cuyo trabajo y conocimiento adquirido puede ser exportado como modelo a seguir por otros países afectados.

Siempre siendo conscientes de que el desafío es el trabajo y la alerta constante para que la erradicación sea definitiva.