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Se cumplen cien años del asesinato de toda la familia imperial rusa, con el zar Nicolás II al frente de su mujer y sus cinco hijos. Un trágico final para la longeva dinastía de los Romanov, de más de tres siglos de antigüedad, y que supuso la consolidación de la revolución bolchevique en el poder.

Heredero del imperio más extenso del planeta, que abarcaba desde el mar Báltico hasta el Pacífico, con más de 130 millones de súbditos, el último de los Romanov, Nicolás II fue incapaz de gobernarlo. 

Hombre débil, tremendamente indeciso, no poseía ni las aptitudes necesarias ni el temperamento de su padre, Alejandro III, pero pese a que no heredó la fortaleza de carácter de su progenitor, sí adquirió de él una fe ciega en el poder absoluto de los zares, y creía en su derecho divino a reinar. 

Nicolás II era un autócrata convencido, pero incapaz para los asuntos de Estado. Las tareas de gobierno le agobiaban, prefería el Ejército, por lo que intentaba evadirse todo lo que podía.   

Posiblemente por estas limitaciones y por una desconfianza extrema que le llevó a prescindir de secretarios y consejeros, sólo se dejó influir por  su esposa, la zarina Alejandra, de soltera princesa alemana Alix de Hesse, nieta por vía materna de la reina Victoria de Inglaterra.

Fue a ella a quién dejó al frente del vasto imperio cuando él, en persona, se puso al frente las tropas durante más de un año. Alejandra era una madre de cinco hijos, desesperada por la grave enfermedad que padecía su único hijo, Alexei, enfermo de hemofilia, y motivo por el que se filtró en la corte un oscuro personaje como Rasputín, con supuestos poderes sanadores, que acabó asumiendo hasta poderes políticos, ante la indignación de todos, en un ambiente de corrupción y decadencia imparable que hacía presagiar un inevitable final.    

De la gran guerra a la revolución 

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial en 1914, el zar condujo a un país exhausto a un conflicto que puso al límite los recursos y costaría 1.8 millones de vidas, superando a las otras potencias, y eso que Rusia se retiró quince meses antes. 

En agosto de 1915 y tras las desastrosas derrotas sufridas por su Ejército, Nicolás II asume el mando directo de las tropas y poco después cierra la Duma, dos nefastos errores que muchos contemporáneos, -como el historiador de origen polaco Richard Pipes, recientemente fallecido-, vieron como una “sentencia de muerte de la dinastía”. 

Las derrotas militares serían desde entonces responsabilidad personal del zar y, sin parlamento, no  habría manera para emprender un cambio democrático. Con la imagen por los suelos, Nicolás II desaprovechó una oportunidad de democratizar su imperio. 

Varias personas observan el retrato del último zar Nicolás II de Rusia durante una exposición en el Stieglitz Art and Industry Academy en San Petersburgo, Rusia, el 30 de noviembre de 2016.

En febrero de 1917 el pueblo ruso estalla. Más allá del mito de la revolución obrera -dice Pipes- la revolución rusa comenzó como un motín de soldados exhaustos, campesinos hambrientos y trabajadores de fábricas explotados hasta la miseria, a quienes, “para ahorrar dinero, las autoridades habían alojado en instalaciones superpobladas de la capital”. 

El zar, en otra de sus torpezas, moviliza al ejército para sofocar la rebelión pero la sorpresa fue mayúscula al comprobar como parte de los soldados se unen a los manifestantes. Los disturbios se extendieron hasta cobrarse los primeros muertos. 

La vieja Rusia se derrumba en cuestión de días. Incapaz de someter a su pueblo, ni siquiera de controlar la situación, Nicolás II abdica el 2 de marzo de 1917. Días después, toda la familia real es arrestada y confinada en el Palacio familiar de Tsárskoye Seló, muy cerca de San Petersburgo,  mientras el Gobierno Provisional surgido tras la revolución estudia qué hacer con ellos. 

Mientras, en las calles, cobran fuerza los antimonárquicos que hacía prever posibles atentados  contra la familia real por lo que en agosto, Kerensky ordena y traslada personalmente a los Romanov a Tobolsk, en Siberia. 

Tras la llegada al poder en octubre de los bolcheviques, los Romanov son ya incómodos para todos. Ni sus parientes británicos, el rey Jorge V, primo del zar y con el que mantenía un enorme parecido, se deciden a acogerlos, ni los bolcheviques, podían permitirse su existencia ya que en plena guerra civil, crecía el miedo de que los Romanov fueran rescatados por el Ejército Blanco, las fuerzas anticomunistas.   

Si en un primer momento, la intención de los bolcheviques fue juzgarlos por los crímenes que les  atribuían, otros preferían su desaparición, puesto que de permanecer vivos siempre serían símbolo y reclamo para los monárquicos, incluso cualquier país podía considerarlos, en caso de que algún Romanov se salvara, legítimo representante de Rusia. 

La madrugada del 17 de julio de 1918

La familia Romanov fue trasladada, entre finales de abril y mayo de 1918, a Ekaterimburgo, la ciudad más antizarista de Rusia y confinados en la casa Ipátiev, llamada por los rusos la ‘Casa del Propósito Especial’. Allí, saqueados de sus pertenencias, vivieron los últimos días de sus vidas medio encerrados en sus habitaciones.

Junto a los siete miembros de la familia real permanecieron, hasta el final, su médico y cuatro sirvientes que tuvieron el mismo final que los Romanov. Doce hombres, al mando de Yurovski, formaban el grupo de verdugos que perpetró el crimen. Cada uno tenía asignada una víctima, solo dos de ellos se negaron a disparar a las mujeres. 

La acción se la encargaron a Yákov Yurovski, último responsable de la vigilancia de la casa, quién se reservó, para sí, el fusilamiento del último zar. 

En la madrugada del 17 de julio, los Romanov y sus sirvientes fueron trasladados al sótano vacío de la casa y pese a lo extraño de la situación nadie sospechó nada. Nicolás bajó en brazos a su hijo enfermo y lo sentó en una silla.  

El antiguo zar Rusia fue el primero en caer y los demás le siguieron en cuestión de minutos. Varias de las hijas no murieron en el acto debido a que vestían doble corsé para esconder las joyas, lo que posiblemente amortiguó las balas y fueron rematadas a bayonetazos. Tenían entre 22 y 17 años. El pequeño, Alexei, de 13 años, intentó levantarse pero Yurovski le remató con varios disparos en la cabeza.  Poco después de la ejecución de la familia imperial, la ciudad de Ekaterimburgo cayó en manos del Ejército Blanco.

Para el biógrafo británico Theo Aronson, la muerte del zar fue el precio que su primo, Jorge V, tuvo que pagar para mantenerse en el trono, ya que como monarca constitucional no podía permitir que se le relacionase con un zar  autócrata, un tirano tan impopular, cuya presencia pudiera terminar con un levantamiento similar en Inglaterra. 

Paradero desconocido

Durante 61 años el paradero de los Romanov fue una incógnita pero, con el tiempo se supo que los ejecutores portaron los cadáveres en un camión con la intención de llevarlos a una mina de sal, y que debido a la avería de este, improvisaron una zanja, donde escondieron los cuerpos previamente rociados con ácido sulfúrico para evitar ser reconocidos.  

En 1979 dos historiadores aficionados los localizaron en el bosque de Koptiakí –a las afueras de Ekaterimburgo-, un hallazgo que se mantuvo en secreto hasta la caída de la URSS, pero no fue hasta 1991 cuando se  procedió a exhumar los restos. 

Se encontraron nueve cuerpos -los zares Nicolás y Alejandra; tres hijas, Tatiana, Olga y María, y los cuatro sirvientes- pero faltaban los restos de Alexei y de Anastasia, hecho que avivó todo tipo de  historias respecto a una posible vida en el anonimato, fábulas que desparecen en 2007 cuando fueron hallados, en otra fosa cercana a la primera, los cuerpos del Alexei y de la otra hija, que finalmente resultó ser María y no Anastasia como se creía.