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Catalino Tapia, un jardinero mexicano que apenas terminó la primaria, ha entregado desde hace 12 años 264 becas de unos 2,000 dólares a universitarios de California (EE. UU.) tras una promesa que hizo a su hijo cuando este se graduó en una prestigiosa universidad estadounidense.

Este año, 30 estudiantes universitarios fueron favorecidos con 2,000 dólares de ayuda financiera y una computadora con los que afrontar en mejor situación una formación que el jardinero considera vital.

Y es que para entender el valor que Tapia le da a la educación hay que remontarse 60 años atrás a Arteaga, en el estado de Michoacán, donde el mexicano nació y donde su padre murió víctima de la violencia cuando él aún era un niño.

“Yo hubiera querido estudiar, pero eso fue un sueño inalcanzable”, recuerda en entrevista con Efe este anciano que, sin formación, se vio obligado a buscar oportunidades en el norte.

Con seis dólares en el bolsillo atravesó de forma ilegal la frontera en 1964 y su camino fue directo a Redwood, en el norte de California, donde aún vive.

El anhelo de su vida 

La situación no fue fácil y por años saltó de trabajo en trabajo hasta que en 1980 se convirtió en jardinero, pero su mayor anhelo era que sus hijos se convirtieran en profesionales. Por eso comenzó a ahorrar para ayudarles económicamente.

El esfuerzo de Tapia dio sus frutos en 1999, cuando su hijo Noel se graduó de Leyes en la Universidad de California, Berkeley, una de las mejores del mundo.

“Fue una gran emoción, me sentí muy feliz, pero vi que eran pocos los latinos en esa graduación, así que me dije ‘Tengo que hacer algo’”, dice el mexicano de 74 años sobre el orgullo de ver que el hijo del jardinero se estaba convirtiendo en abogado.

A pesar de que el salario que ganaba apenas le alcanzaba para los gastos de su familia, se hizo una promesa a sí mismo que por casi cinco años rondó su cabeza hasta que se le ocurrió pedir donaciones a los adinerados patrones a los que cuidaba el jardín.

Becas el jardinero 

La respuesta fue muy positiva y en dos semanas reunió 10,000 dólares y en 2006 logró entregar las primeras becas de 1,500 dólares.

Noel y un grupo de colegas ayudaron a sentar las bases y las regulaciones de lo que hoy es la Fundación de Becas de Jardineros de la Bahía de San Francisco (BAGSF).

Para participar en la convocatoria los interesados deben demostrar que son estudiantes de bajos recursos, que viven en los condados de San Mateo, San Francisco y Santa Clara, tener buenas calificaciones, hacer servicio comunitario y, lo más importante, “ganas de salir adelante”.

Aunque la beca no es tan grande como Tapia quisiera, el jardinero ha podido comprobar que puede hacer la diferencia.

Así pasó con Noel Chávez, un joven de origen mexicano que estaba en tercer semestre de la universidad y necesitaba fondos para pagar el transporte.

Chávez, uno de los primeros becados y quien aún continúa en contacto con Tapia, recuerda que cuando supo de la beca estaba sorprendido de que un jardinero le pudiera ayudar.

Desde el inicio de su proyecto, el jardinero estableció que las becas no discriminarían a ningún estudiante y no se tiene en cuenta su estatus migratorio, raza, religión o género.

Un promedio de cien estudiantes solicitan la ayuda anualmente, aunque los hijos de jardineros tienen un beneficio especial, pues del propio bolsillo de la familia Tapia salen 1.000 dólares extra para complementar la ayuda en estos casos.

La iniciativa de Tapia ha recibido varios premios, como el reconocimiento a la innovación social Purpose Prize y el galardón Jacqueline Kennedy Onassis de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard y el Carnegie Endowment.

Ahora Tapia dejó los jardines de sus clientes para dedicarse por completo a la fundación e impulsar a otros a seguir su ejemplo, pues, señala, no importa si se aportan apenas unos dólares, pues esa cantidad puede servir a un “estudiante para comer, puede ser la diferencia”