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La carrera espacial terminó hace 30 años, justo cuando Moscú lanzó su único transbordador, el Burán, una réplica de los Shuttle estadounidenses, vuelo que nunca tuvo continuidad, ya que la URSS desapareció poco después.

“Si nos hubieran hecho caso, habríamos volado incluso antes que los americanos. Pero no ocurrió y perdimos la carrera espacial con EE.UU.”, aseguró a Efe Ígor Volk, el astronauta que debía haber pilotado el segundo vuelo, meses antes de su fallecimiento.

El lanzamiento del Burán (que significa Tormenta de nieve) debía abrir una nueva fase en la carrera espacial, pero, en realidad, fue el último intento de la URSS de mantener el ritmo marcado por EE. UU.en la conquista del espacio exterior.

El “chelnok” (transbordador en ruso) dio dos vueltas (205 minutos) alrededor de nuestro planeta el 15 de noviembre de 1988 y su sucesor, el Buria, ni siquiera llegó a despegar.

Dicho vuelo fue automático, un gran logro en la historia de la conquista del espacio, y, de hecho, según expertos soviéticos y rusos, el Burán era más avanzado, potente y aerodinámico que el Discovery norteamericano.

“No le podemos echar la culpa a americanos o a los europeos. La realidad es que no estábamos preparados para un vuelo tripulado”, admitió Volk.

La decisión de Nixón

El presidente de EE.UU. de aquella época, Richard Nixon, aprobó el ambicioso proyecto de los “space shuttle” (transbordadores) en 1972 y el Kremlin tardó cuatro años en seguir su estela (1976), pero cuando lo hizo invirtió ingentes cantidades de dinero.

“Fue el trabajo de todo un país, de un gran país. Participaron cerca de un millón de personas, unas 1.200 empresas e institutos científicos”, destacó  Viacheslav Filin, ingeniero que participó en la construcción del Burán, a la prensa local.

 Moscú tampoco tenía muchas opciones después del estrepitoso fracaso del programa lunar soviético, que debía llevar a un cosmonauta a la Luna como hicieran los norteamericanos con Neil Armstrong en 1969.

 “El Gobierno nos dijo: ellos han inventado algo, entonces nosotros también tenemos que hacer lo mismo”, reconoció Filin.

Como los transbordadores norteamericanos podían teóricamente colocar armamento en el espacio, el Ministerio de Defensa soviético decidió participar activamente en el programa y no puso techo al gasto para la construcción del primer transbordador soviético.

“Ocurrió que tardamos mucho en elegir un diseño”, precisó Filin, quien admitió que el primer vuelo debía haberse producido en 1984, pero los “numerosos problemas técnicos” lo aplazaron, cuando el Columbia fue lanzado en 1981.

Tanto Volk como los expertos coinciden en que la URSS tardó mucho en diseñar el Burán y una vez logró poner en órbita el primero de ellos se le echó el tiempo encima, a lo que se sumó la mala prensa internacional por la invasión soviética de Afganistán.

El entonces líder soviético, Mijaíl Gorbachov, no estaba muy dispuesto a aprobar el lanzamiento, ya que no quería enfrentarse a Occidente en medio de las negociaciones de desarme con Washington, pero finalmente dio su visto bueno.

Con todo, el mayor problema era el atraso tecnológico, desde la falta de memoria operativa y la carencia de equipos digitales, lo que disparó el coste de la construcción del Burán.

“Cometimos muchos errores durante la primera fase de toma de decisiones. Para empezar, optamos por un sistema de mando totalmente automático. Eso nos hizo perder muchos años”, señaló Volk.

Los transbordadores soviéticos fueron diseñados con fines

exclusivamente militares -lo que a la postre los convertiría en obsoletos-, ya que el Kremlin sospechaba que el Pentágono quería crear un sistema espacial universal con el que dominaría todo el planeta y clamaría victoria en la “Guerra de las Galaxias”.

La puntilla la puso Gorbachov al modificar la doctrina militar, lo que llevó a congelar el proyecto y, una vez se desintegró la URSS, el primer presidente ruso, Boris Yeltsin, dio definitivamente carpetazo a la última odisea espacial soviética (1993).

El dinero también influyó, ya que, por ese motivo, Moscú ya había tenido que abandonar a su suerte a la estación espacial MIR, tras lo que ambas superpotencias cooperaron en la construcción de la actual Estación Espacial Internacional.

Mientras los Shuttle norteamericanos realizaron 135 misiones y siguieron volando hasta 2011, Rusia apostó por seguir desarrollando las Soyuz, actualmente el único eslabón entre la Tierra y la plataforma orbital.

La maldición del Burán no dejó de perseguirle, ya que en 2002 fue destruido al desplomarse el techo de la nave industrial en la que se encontraba en el cosmódromo de Baikonur, en Kazajistán.

Aparte de los prototipos y maquetas, convertidos ahora en piezas de museo en Rusia y Alemania, aún queda uno de los transbordadores originales, de nombre Buria, el que debía haber pilotado Volk y que yace abandonado y polvoriento en unos hangares en la inhóspita estepa kazaja.