Edgard Barberena
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Ser bombero, músico y médico no fue impedimento para convertirse en uno de los que participaron en el derrocamiento de la dictadura somocista en el sector noroccidental de Managua en 1979, especialmente en Monseñor Lezcano y sus alrededores, y ahora es un próspero empresario en Estados Unidos.

Nos referimos al doctor José María Ibarra, radicado en San Francisco, California, a quien lo han borrado de la historia de la Escuela “Modesto Duarte” (donde nace la seguridad personal) y de las Tropas Especiales “Pablo Úbeda”.

A José María la comunidad inmigrante de la bahía de San Francisco lo ha bautizado como el “Alcalde de los nicas”, debido a las labores altruistas que ha hecho por Nicaragua.

Bombero y odontólogo

Mervin José María Ibarra González se bachilleró en el Instituto “Monseñor Lezcano” en 1971, y luego se fue a estudiar a la Facultad de Odontología de la UNAN-León.

Ingresó al Benemérito Cuerpo de Bomberos de Managua en 1969, cuando tenía 17 años, y llegó a ostentar el grado de teniente. Para el terremoto de 1972 estaba en servicio y le tocó sacar cadáveres de diverso puntos de Managua.

Su papá, Fanor Ibarra Rojas, fue piloto de la Fuerza Aérea de los EU. Es parte de una familia de 13 hermanos. Es primo de Amílcar Ibarra Rojas, quien fue ministro del Trabajo en tiempos de Somoza.

José María es parte de la familia que vivió en lo que fue el Cine León, en Monseñor Lezcano. En abril de 1967 nace en el mismo cine la primera esencia del grupo musical Los Ramblers, del que José María es tecladista. La música fue algo que los Ibarra le heredaron a su padre, quien también fue pianista. El grupo cumplió 42 años de existencia en abril pasado, y desde 1983 radica en California.

Por qué se integró a la lucha antisomocista

Su participación en la esfera política contra Somoza despertó desde que estaba en secundaria, cuando era simpatizante del Partido Social Cristiano. Tomó parte en las tomas de las iglesias Monseñor Lezcano y Guadalupe.

En la UNAN-León alcanzó la presidencia de la Facultad de Odontología. Fue expulsado junto a varios universitarios cuando estaba por graduarse. La expulsión fue porque las autoridades universitarias miraban que algunos muchachos se involucraban en acciones contra el régimen somocista. La suspensión fue por dos años, pero como era buen estudiante le perdonaron un año y lo hicieron repetir.

Comienza a trabajar con el FER (Frente Estudiantil Revolucionario), y al regresar a Managua mantiene sus contactos, y le dan la orientación de reclutar gente para que colaborara económicamente con el FSLN, en el sector occidental de Managua. En ese trayecto conoce a “Aureliano”, William Ramírez; a Ramón Cabrales y a Eduardo Cuadra.

Reclutó médicos y enfermeras en Monseñor Lezcano, en San Judas y en Altagracia. Entre los médicos que José María reclutó hace 30 años recuerda a René Arrieta, Javier Rodríguez y al ginecólogo Claudio Silva.

Asilo a personas

Tuvo una misión que fracasó, que consistió en volar el puente Gadala María. La Guardia se enteró y emboscaron al equipo que el FSLN había designado para la misión, y murieron cinco chavalos, solamente se salvaron dos. El vehículo que se utilizó era propiedad de Gustavo Núñez, a quien después José María tuvo que asilar en la Embajada de México.

Después del triunfo de 1979, José María se fue a su casa, donde comenzó a organizar a la población en Monseñor Lezcano. Estando en eso llegó al Cine León la Cruz Roja a decirle que se querían entregar unos guardias, por lo que se fue con Rodolfo Morales -–que llegó a ser comisionado de la Policía-- al Seminario, donde se encontraban los militares somocistas.

Recibió las armas de Carlos y Enrique Quiñónez

José María entró donde estaban los militares, y “recuerdo que le dije a Rodolfo Morales: “Si escuchan disparos, ustedes entran”. Eran el primer cadete de la Academia Militar de Somoza, Carlos Quiñónez, armado de un fusil Galil, así como su hermano, Enrique, ahora diputado, y tres militares más que querían la promesa de que no les iba a pasar nada.

Hubo momentos de tensión porque creían que los hermanos Quiñónez iban a salir a balazos, pero eso no ocurrió, porque José María actuó con buena fe al garantizarles la vida. Cada uno de los cadetes le hizo saludo militar a Ibarra, quien andaba de verde olivo, y le entregó sus armas.

Se los llevó a la base que tenían en el Cine León, donde la gente quería lincharlos y fusilarlos, pero José María los protegió a pesar de que la población lo comenzó a tildar de traidor porque tenía a unos guardias. “Yo les decía: ‘Si ellos se entregaron, irán a un juicio, y no es a mí a quien me corresponde hacer justicia’”. En eso llegó Tomás Borge, de casualidad, al que José María le explicó la situación.

Borge les dijo a los cadetes: “Ustedes son aprendices de asesinos, pero la revolución les va a dar la oportunidad de que se integren”. Como José María recibe autorización de aprovechar a los militares, se le ocurre ponerlos a apoyar las instrucciones a los milicianos, pues en esos días no existía la Policía Sandinista.


Hasta la DN se impresionó por labor de Quiñónez y compañía
José María les habló claro a los cadetes: “El que no quiera (apoyar en la formación de la gente) que se vaya”. Esto lo llevó a trasladar las clases a la bodega Wheelock (ubicada de la estatua Monseñor Lezcano, dos cuadras arriba y dos al sur) por instrucciones de Marcos Somarriba, el primer jefe de las milicias.

Marcos le dio la orden de recoger en occidente todas las armas que estaban en manos de la población y las que estaban en comandos instalados en las esquinas de los barrios.

Estando en la bodega Wheelock, llegaron Tomás Borge y William Ramírez para decirle que lo habían nombrado jefe de las tropas especiales. La participación de los que habían pertenecido a la academia resultó importante para abrir la escuela de las tropas especiales que se iba a llamar “Modesto Duarte”. Eran las primeras clases de lo que es la preparación realmente militar y profesional.

A cada ex cadete lo nombró responsable de un pelotón, y cuando “hicimos la primera promoción de las tropas especiales, llegaron los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, los que fueron saludados militarmente y hasta se quedaron sorprendidos cuando se hizo el orden cerrado”.

Ahora le han borrado ese currículo

De esa tropa salieron los primeros escoltas de los dirigentes de la revolución y otros que ya actuaban de oficio fueron enviados a prepararse a la escuela que dirigía José María, pero quienes siguen en las actuales estructuras de la seguridad personal han borrado el nombre de quien fue su fundador y primer director de la “Modesto Duarte”.


“Líderes de revolución tenían más defectos que nosotros”

José María tuvo una posición privilegiada en el inicio de la formación de las tropas y escoltas; a él le tocaba poner la seguridad incluso en el aeropuerto a los dirigentes que venían de visita a inicio de los 80. Al único que no le puso seguridad fue a Fidel Castro, porque cuando visitó Nicaragua trajo su propio aparato de protección.

“Ahí empecé a ver muchas cosas que no concordaban con la realidad, entre ellas el discurso de dirigentes que no coincidía con lo que hacían, y nosotros pensábamos que la dirigencia no tenía defectos, pero en la realidad tenía más defectos que nosotros, y esto a uno lo comenzó a desencantar”, recuerda.

Cuando vinieron los asesores cubanos a Nicaragua “empezaron a ver el fantasma de la CIA por todos lados”, y a estas alturas del campeonato, José María cree que la muerte de Marcos Somarriba no pudo ser producto de un accidente, ya que él en vida también cuestionaba cosas con las que no estaba de acuerdo.

Al jefe de abastos, Leo González, lo encerraron en unas instalaciones que la inteligencia sandinista tenía en Las Colinas, porque lo acusaban de ser agente de la CIA.

Manuel Rivas Vallecillo “me llamó una vez a su oficina, donde un argentino y un cubano me empiezan a interrogar, a decirme que mi papá había sido ciudadano norteamericano, y el argentino me dijo: ‘Nos hemos dado cuenta de que aquí hay una red de la CIA’; lo que me molestó, porque era un extranjero que me acusó de ser agente de la inteligencia norteamericana”.

“Yo le dije: ‘¡Mirá desgraciado, por qué no te vas a tu país a hacer tu revolución, y venís aquí a estar acusándonos!’”, rememora José María sobre lo que le tocó vivir antes de abandonar la dirección de la escuela “Modesto Duarte”. Manuel Vallecillo no hablaba, sólo intervenían el cubano y el argentino, los que al final me dijeron: “Sólo te estamos probando”.

En ese tiempo ya habían desertado Edén Pastora y José María Alvarado. “Pensé: ‘No sólo yo estoy confundido, algo anda mal’”. Pidió su baja y no se la quisieron dar. Después habló con Bolívar Camacho, quien era el jefe de personal y cuadros del Ministerio del Interior, “a quien le dije que estaba desencantado porque lo que estaba pasando no era lo que queríamos”. Así lo dejaron trabajando como dentista en el Ministerio del Interior en el Centro Cívico, atendiendo a la gente de la Policía.

Como vivía en Las Palmas, el acoso contra él se lo trasladaron a los CDS y a un miembro de la Seguridad del Estado que tenía como vecino, pero como estaba decidido a abandonar las estructuras del poder, pasó un tiempo en el sistema de salud, donde enfrentó el fanatismo. En 1983 se retiró de ese mundo que él mismo había contribuido a crear sin quererlo.

Anécdota en la Embajada de Guatemala

José María, acompañado de los ex cadetes Carlos y Enrique Quiñónez, fue a la Embajada de Guatemala, donde estaban asilados ex guardias y funcionarios de Somoza, para hablar con su primo Amílcar Ibarra Rojas. El embajador le pidió que le retirara las armas.

Los Quiñónez y José María fueron insultados por los ex guardias y funcionarios asilados y hasta les lanzaron escupitajos cuando ingresaban a la representación diplomática. “Le dije a Amílcar que en Nicaragua había una revolución, un cambio: ‘Te podés integrar como cirujano, y la prueba está en que aquí andan dos muchachos que fueron cadetes’”.

Su primo quería integrarse, por lo que esto se lo puso en conocimiento a Tomás Borge, quien le dijo que él no podía garantizarle su vida, y si salía de la embajada iba por su propio riesgo, y al regresarse otra vez a la embajada le dijo a Amílcar lo que había dicho Tomás. José María le recomendó a su primo que no se saliera de la misión.