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José López acostumbra tomar una taza de café en su humilde vivienda muy temprano en la mañana. Sus 83 años ya le hacen mella y su salud no es la mejor, pero su amor por mantener viva la tradición del Güegüense, heredada de su bisabuelo, don Onofre Romero, lo hace mantenerse firme como guardador de los tesoros de este personaje, hijo de la tradición diriambina.

Esta vez El Güegüense no salió como obra de teatro, sino como danza, puesto que durante las festividades de San Sebastián acompañan las procesiones con un baile en el que van balanceándose dos veces con un pie adelante y el otro atrás, movimiento que llevan con ritmo sostenido alternando de pie durante todo el recorrido.

La danza es acompañada por la música de un tambor, cuyo cuero atestigua el paso de los años, un violín y una guitarra, más un chischil o sonaja que cada bailante lleva en su mano derecha y un quejido o lamento que emiten los que llevan máscaras de macho.

Aunque el pulso de López ya no es tan firme como antaño, cuando se desempeñaba como carpintero y ebanista, tiene la suficiente destreza para restaurar año con año las máscaras de los personajes del Güegüense: las de los machos, los españoles y los mestizos.

Don josé López y Luvy Rappaccioli, junto a tres de los promesantes. Letzira Sevilla/END

Asimismo, cuenta con el apoyo de sus hijas, Cela y Marisol, en la confección de sombreros, penachos y trajes.

Las máscaras fueron elaboradas por él y cuenta que en cada una de ellas invirtió, al menos 16 horas, 12 para moldear la madera de cedro real y 4 para pintarlas con detalle.

En nuestra visita constatamos que todas las máscaras restauradas conviven en un baúl plástico que al destaparlo da la sensación de que los azules ojos del gobernador Tastuanes parecen fijarse en los de quien se atreve a abrir el recinto, en el que permanecen mientras llega la hora de cubrir el rostro de los bailantes que le darán vida a cada personaje.

Mientras los chischiles permanecen colgados uno tras otro en un cordel, secándose con el viento diriambino, don José llama a los bailantes que ya se han reunido en el patio frontal de su casa para empezar a darle forma al ensayo.

Máscaras usadas en el Güegüense. Letzira Sevilla/END

Mientras el cuadro se completa, le preguntamos al hombre de los impecables bigotes desde hace cuántos años El Güegüense forma parte de su familia y su respuesta, con pausada voz producto de la fatiga que lo afecta, fue que empezó a bailar cuando tenía 7 años, sin embargo, la tradición llegó a su casa de la mano de su bisabuelo, don Onofre Romero, a quien se le atribuye el rescate de los parlamentos en náhuatl, español y chorotega.

Don Onofre Romero fue bailante y mayordomo durante 50 años y don José, por aquellos tiempos joven y saludable, salía a bailar por la elegancia de su abuelo y por la fe. En 1968, cuando don Onofre murió, tomó las riendas como mayordomo, en la esquina de Buenaventura Rappaccioli, cuando el cargo se heredaba por tradición.

Desde entonces es guardador de los parlamentos, artífice de los trajes y de todos los implementos necesarios para representar el baile.

Madrina

La obra tradicional no estaría en las calles sin el apoyo de Luvy Rappaccioli, una mujer que esa tarde llegó pegando carreras, pues se retrasó unos minutos en una consulta médica con el oncólogo.

Ella sufre cáncer y desde el año 2005, cuando la obra fue declarada Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es mayordoma y madrina de la obra tradicionalista a petición del cura párroco de la Basílica Menor de San Sebastián en ese entonces, padre Gustavo Zúñiga.

Indumentaria del baile El Güegüense. Letzira Sevilla/END

Desde entonces, ella junto a don José se han dedicado a trabajar en pro de la conservación de esta representación folclórica durante las fiestas en honor a San Sebastián, en la ciudad de Diriamba.

Esa tarde, mientras conversábamos, ella supervisaba que todos los trajes estuvieran completos, y previo al ensayo le pidió a algunos bailantes que se vistieran como el personaje que representan.

Según señaló, no es fácil llevar a la calle el baile tradicional porque implica gastos, sin olvidar que se hacen modificaciones a la obra original porque el número de personajes representados excede el de los parlamentos, debido a que los de la obra tradicional son promesantes, es decir, que bailan para pagar a San Sebastián algún favor recibido.

En el caso de Rappaccioli, ella se declara mujer de fe y devota de San Sebastián, que ha batallado contra el cáncer y contra todo pronóstico se mantiene de pie.

“Cuando el padre me propuso involucrarme en la conservación de esta tradición, yo sentí que era un cargo muy grande, porque se necesita bastante plata para renovar los trajes, pero gracias a Dios se formó un grupo de apoyo que nos reuníamos todos los sábados. Éramos Jaime Lacayo, Freddy González, Danilo Lacayo Rappaccioli, don Alfredito Mendieta, los priostes, el padre Zúñiga y yo, todos trabajábamos con el fin de proteger la tradición”, dijo Rappaciolli.

Agregó que con el cambio de sacerdote no se realizaron más las reuniones y estos últimos años ha trabajado solo con don José con mucho esfuerzo, por amor a nuestra autenticidad y a conservar la tradición a San Sebastián.

Mientras el humo de un cigarrillo se colaba en la conversación, la mayordoma del baile confesó que ve con mucha preocupación el futuro de la tradición, porque don José está un poco mal de salud y hay que ver a quién se le va a traspasar la obra, “porque todo se ha hecho con amor para nuestro pueblo, para presentarle al mundo y al país la verdadera obra, pero para mantenerla se requiere de esfuerzo”.

La obra tradicional no estaría en las calles sin el apoyo de Luvy Rappaccioli. Letzira Sevilla/END

Además, adujo que las tradiciones diriambinas son únicas y que constan de más de 500 años, por lo que considera que “vale la pena que las protejamos. Son un tesoro que nos hace auténticos diriambinos. Ojalá que nuestro sueño de tener un anfiteatro y un museo para El Güegüense y todo el entorno tradicional de San Sebastián, principalmente la trilogía del hilo azul, que es Torohuaco, El Gigante y El Güegüense tradicional”.

Los tesoros del Güegüense

En casa de don José está el clóset del Güegüense que contiene toda la indumentaria que usan los bailantes, desde máscaras y trajes hasta sombreros y penachos, pero en especial hay un cofre de madera que llama la atención, porque mientras el baile está en la calle, se ve al Macho Viejo que lo lleva colgado y siempre asido con su mano, guardándolo con recelo.

Resulta que dentro de él se encuentran los tesoros del Güegüense: güipil de pecho, güipil de pluma, medias de seda, zapatos de oro, estribera de oro y de plata, ropa de Castilla, ropa de contrabando, lucero de la noche y jeringa de oro. Cuando se ejecuta el son de los machos, el Macho Viejo abre el cofre y de él saca un pañuelo, en el que se aprecian todos los tesoros en miniatura.

Menos bailantes

Los minutos han pasado y don José indica que es hora de iniciar. Los 15 machos tomaron su posición, más los 4 españoles y los 3 mestizos que representan al Güegüense, don Forsico y don Ambrosio, sin olvidar a las dos damas, doña Suche Malinche y su acompañante. Los machos de la obra original son 4 y don José los menciona sin titubear: Macho Moto, Macho Viejo, Macho Mohino y Macho Guajaqueño, al que muchos le dicen boaqueño, pero como los bailantes son promesantes en las calles, se ven hasta 15.

Los personajes españoles son el Gobernador Tastuanes, Capitán Alguacil Mayor, Escribano Real y el Regidor Real.

Si bien el grupo este año era grande, Rappaccioli refiere que hubo menos promesantes que el año anterior, debido a que algunos jóvenes se fueron del país por la crisis sociopolítica.

Mientras acomodaba uno de los penachos, don José señaló que una de las cosas más difíciles es citar a los bailantes para los ensayos, porque no todos llegan puntuales y algunos tienen obligaciones.

En casa de don José está el clóset del Güegüense. Letzira Sevilla/END

“En Semana Santa inician las prácticas, el Sábado de Dolores. Ese día vemos quiénes siguen y quiénes no. Los ensayos continúan los domingos, nos reunimos aquí en mi casa y los dirijo porque hay que aprenderse los parlamentos y cada uno desempeña su personaje”, dijo don José López Romero. Si bien el Güegüense tradicional en las procesiones solo va bailando, es el 21 de enero, día de la venerada a San Sebastián, cuando la obra la ponen en escena y se va citando cada personaje en cada ronda, quienes desarrollan los 314 parlamentos de la comedia bailete, por ello la importancia de los ensayos que realizan primero semanalmente, luego cada 15 días, y al final una vez al mes.

La música

La obra no podría llevarse a las calles sin la presencia de los músicos que dictan el ritmo que siguen los bailantes, así fue que en el ensayo también estaban los músicos: uno toca el tambor, el otro la guitarra y otro el violín. Uno de ellos es Natán Zamora, un músico que desde hace 4 años se integró a este grupo tradicionalista como violinista y brevemente compartió su experiencia.

“Los sones del baile son diferentes a los sones de los ballet, los de aquí son 16 pero los que estamos acostumbrados a escuchar son 8, no hay partituras de las canciones originales, es difícil conectar con la obra original, pero hemos tratado de rescatar la música. Familiarizarme con la música no me ha costado tanto, pero incorporarla al baile es más complicado, hay que hacer paradas, repetir sones y estar pendientes de lo que están haciendo los bailantes”, señaló Zamora.

Los personajes  españoles son el Gobernador Tastuanes, Capitán Alguacil Mayor, Escribano Real y el Regidor Real.  Letzira Sevilla/END

La tarde con los guardadores del clóset del Güegüense no podía terminar de mejor manera: viendo el ensayo, escuchando los sones y disfrutando de ver a don José entusiasmado y dando indicaciones a los bailantes que al día siguiente estuvieron en las calles ataviados con sus trajes y encabezados por la mayordoma y madrina, Luvy Rappaccioli.