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Tenía 28 años cuando se involucró en la primera acción guerrillera contra el somocismo, hace 50 años, y ahora considera que esa fue una aventura que sentó un precedente en las luchas por establecer una democracia en Nicaragua.

Nos referimos a Róger Mendieta Alfaro, uno de los participantes en la invasión de Olama y Los Mollejones.

A sus 78 años, Mendieta Alfaro recuerda que ese ideal por establecer las libertades democráticas en Nicaragua surge dentro de la Juventud Conservadora. Este primer grupo de guerrilleros se organizó en Costa Rica, apoyados por Pepe Figueres, y esa organización culminó con una invasión de más de 100 hombres.

El entrevistado llegó a Los Mollejones, a la orilla de Santo Tomás, en el primer grupo que partió de Costa Rica en un avión Curtis Commander, el 29 de mayo de 1959. El segundo vuelo que hizo el ex piloto de la FAN (Fuerza Aérea Nacional) Manuel Rivas Gómez, “con el mismo avión, fue a Olama el 30 de mayo de ese año”.

¿Por qué la invasión?

La idea de “montarnos en esa aventura fue porque la Juventud Conservadora tomó como parámetro para actuar lo que pasó con Radio Mundial: “Cuando estábamos en un mitin protestando por los presos políticos, llegó la Nicolasa Sevilla a volar garrotes y cuchillos a los protestantes”, además, estaba reciente el triunfo de la revolución cubana.

“Fue así como comenzamos a conspirar. Pedro Joaquín Chamorro estaba exiliado en Costa Rica, y era favorable para ese tipo de acciones. Reynaldo Antonio Téfel fue a Costa Rica, tuvo contacto con Pepe Figueres y con el nicaragüense expatriado Enrique Lacayo Farfán”.

Ahí se comenzó a preparar “esta cosa que después se llamó la invasión de Olama y Los Mollejones, y en Nicaragua quedamos encargados de cierta operatividad y de contactar a algunos voluntarios, como fueron José Medina Cuadra y Mario Cajina Vega, los que viajamos a algunos lugares, y así hicimos una lista de la Juventud Conservadora que era muy grande”.

El capellán de la invasión

El sacerdote Federico Argüello fue el capellán de la expedición guerrillera, y a pesar de tener pies planos, “se voló toda esa jornada de la famosa noche triste, y caminó casi 24 horas en la montaña, bajo el agua, atravesando ríos y cayéndose”.

“Hicimos una lista de unas 2 mil personas, y de ellas, quienes se enrolaron en el movimiento, comenzaron a salir del país, unos por las fronteras, otros por avión para San José, los que totalizamos unos cien. También llegaron otros jóvenes que estaban estudiando en universidades de Estados Unidos, entre ellos José Francisco Cardenal, Samuel Santos --que ahora es el ministro de Relaciones Exteriores-- y Francisco Quiñónez”.

En Costa Rica les ofrecieron un lugar de entrenamiento que se llama Punta de Osa, casi en la frontera con Panamá. La gente le llamaba “Punta Llorona”. “Ahí nos entrenamos durante ocho días cien muchachos, y los mayores de edad eran Pedro Joaquín Chamorro y Ronald Abaunza Cabezas”.

En el campo “nos mandaron a un mayor del Ejército que había pertenecido al movimiento de Figueres. Después de haber estado en “Punta Llorona”, casi durmiendo bajo la lluvia, desvelados, con poco ejercicio y con poca práctica de tiro, un día de tantos se decidió que veníamos para Nicaragua en el avión Curtis Commander, donde --sin asientos-- alcanzaban 70 pasajeros”.

Toda una odisea

Lo que más llama la atención y que podría considerarse heroico, es que el Curtis Commander para aterrizar en “Punta Llorona” tenía que hacerlo sobre la playa porque no había campo de aterrizaje, recordó. Cuando bajó la marea, entró el avión, y nosotros nos íbamos subiendo sin que él se detuviera, porque si lo hacía no volvía a levantar. La playa era un poco extensa y suficiente para que levantara de nuevo la nave.

“Nos íbamos montando con una escalera de mecate que habían sacado los que estaban en el avión, y así nos enganchamos todos, y de ahí comienza la odisea que fue puntual en la historia política nicaragüense”.

La nave --dijo-- comenzó volar --al entrar a territorio nicaragüense-- sobre el lago de Nicaragua, para buscar dónde aterrizar. Se había pensado que podía bajar en un lugar llamado Toro Bayo, en las profundidades de Chontales, ya que el sitio era propicio para aclimatarse algunos días y practicar un poco la guerrilla, y “después buscar qué hacer”.

Desgraciadamente --agregó-- hubo confusión, por lo que se decidió a última hora aterrizar en un lugar al que llamaban Los Mollejones. No había campo de aterrizaje, y a última hora llegaron unas personas que debían mover unas sábanas y lanzar señales de humo para orientar al piloto Rivas Gómez.

La tropa bajó de la misma forma como subió en Costa Rica --con la nave en movimiento-- y así Rivas Gómez pudo levantar vuelo nuevamente, porque si se hubiera detenido el avión, después no despega, que fue lo que ocurrió con el otro grupo de combatientes en Olama.

Debido a los efectos que produce el invierno, en Olama el avión no pudo levantar, y así le cayeron los aviones Mustang del régimen somocista, que ya estaban avisados por los jueces de mesta, de que “nosotros habíamos caído el día anterior en Los Mollejones”.

Los Mustang incendiaron el avión y hubo encuentros con la Guardia. El piloto Rivas Gómez cayó asesinado después, y también murió Antonio Gutiérrez, un muchacho de Diriamba.

Combatientes no estaban preparados

“Nosotros nos metimos a esa aventura porque nos parecía que no había otra manera de acabar con Somoza, y eso lo percibimos y nos lo metieron en la cabeza. Creo, sinceramente, que no estábamos preparados para una guerrilla, no teníamos el suficiente entrenamiento, ni nuestras facultades físicas estaban listas para poder permanecer en la montaña”.

Un fenómeno que pasa en la montaña es que cuando alguien cae en cualquier sitio, “si no tenés agua hervida y tomás agua de los ríos --que está contaminada--, al siguiente día uno está con diarrea, y así nos pasó a todos, ya que las aguas estaban contaminadas con heces fecales”.

Los combatientes vivieron dos acciones. En Fruta de Pan, después de caminar por las montañas casi 24 horas bajo la lluvia, y por la noche --que “nosotros le llamamos la noche triste--, al llegar al sitio nos encontramos conque estaba la Guardia, alguien nos avisó que tuviéramos cuidado”.

Además de la Guardia, en Fruta de Pan estaban unos periodistas, entre los que se encontraban Francisco Rivas “Rivitas” y un reportero del New York Times, los que incidieron para que se produjera una especie de diálogo que culminó con la rendición del grupo, ya que la G.N. los tenía rodeados.

“De nada hubiera servido que siguiéramos con la guerrilla, pero Pedro Joaquín y Reynaldo decidieron consultar: el que se quería rendir que se rindiera, y el que no, que siguiera adelante, porque ellos iban a seguir”, recuerda Róger.

Los que decidieron seguir adelante

Cuarenta hombres se rindieron ante la Guardia Nacional, pero quince “decidimos seguir adelante, entre ellos Reynaldo Antonio Téfel, Pedro Joaquín Chamorro, Samuel Santos, Mendieta Alfaro, Antonio Granera --después fue piloto del Ejército sandinista--, Teodoro y William Téfel, y Luis Cardenal Argüello, entre otros”.

Una vez que los otros se rindieron, Róger tomó varios fusiles para llevárselos, pero en el primer kilómetro, “los tuvimos que enterrar porque pesaban mucho, eran fusiles Garand y otros más viejos”.

Ocho días de sacrificio

Cuenta Róger que el grupo estuvo varios días en la montaña. “Fue una aventura un poquito descabellada, quizá si hubiéramos planeado mejor eso, si hubiéramos tenido más paciencia y hubiéramos sido más realistas, esto habría tenido cierto éxito”.

Paralelo a la acción, se había constituido en Managua un Frente Interno donde estaba la Cámara de Comercio, liderada por el ingeniero Roberto Lacayo Fiallos, “quien era el hombre arrecho en la cuestión cívica”. “Ese frente interno que supuestamente iba a salir a las calles a respaldarnos cuando nosotros cayéramos en el territorio…, eso no ocurrió, porque algunos se quedaron en su casa, y, a los otros --con Lacayo Fiallos a la cabeza--, les cayó la Guardia en la Cámara de Comercio”.

“Tampoco funcionaron otras acciones, como era la explosión de bombas que generalmente se hacen para apoyar a un movimiento que está en la montaña, y así la Guardia cayó sobre nosotros, y los 15 que seguimos la lucha nos metimos a un lugar para descansar, a unos kilómetros de San Pedro de Lóvago, en un lugar llamado Banadín”.

Ahí, “donde estábamos descansando, llegó un teniente de la Guardia a gritarnos que nos rindiéramos, tratándonos con una gran cantidad de epítetos ofensivos, pero después de conciliar posiciones, y como estábamos atrapados, decidimos rendirnos y entregar las armas”.

“Nos acusaron (en una Corte Militar de Investigación) por traición a la patria, a los 15 nos condenaron a varios años de prisión, pero después vino una amnistía y salimos, y creemos que (la acción) fue la primera más o menos seria dentro del atrevimiento o de la irresponsabilidad o lo que sea, pero fue la primera cosa seria que se hizo contra Somoza”.

Los que hablaron con Fidel Castro
Enrique Lacayo Farfán, Pedro Joaquín Chamorro y Reynaldo Antonio Téfel fueron a Cuba a buscar el apoyo del líder de la recién triunfante revolución cubana, Fidel Castro, pero éste sólo los saludó y los mandó a hablar con el Che Guevara. El argentino les dijo que el apoyo cubano era únicamente para las organizaciones de izquierda, y que incluso, ya contaban con esa gente para trabajar en Nicaragua.

Allí se produjo el famoso diálogo de Pedro Joaquín con el Che, al preguntarle este último si era pariente del firmante del Tratado Chamorro-Bryan.

Pedro le respondió con mucha valentía y dignidad, y a pesar de que allí acabó todo, el Che se comprometió a que si lograban mantenerse en la montaña, les enviarían ayuda.

Unos aviones pintados de negro en Cuba, sobrevolaron los llanos nicaragüenses, cuando ya los invasores de Olama y Los Mollejones terminaban de rendirse.