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Nueve viviendas construyeron en Laureles Sur con ayuda de universitarios y ejecutivos empresariales, sin embargo, los vecinos y los mismos beneficiados dicen que fue mucho más que eso. “Construyeron conciencia, solidaridad, sembraron humildad y visión de comunidad para resolver nuestros propios problemas”. De esa manera resumen el trabajo que realizó en este barrio el organismo “Un techo para mi país”.

Eso lo garantiza Aracelly Traña Martínez, una de las nueve mujeres beneficiadas con la construcción de igual número de casas el 21 y 22 febrero pasado, durante una intensa jornada de fin de semana.

Ella es líder comunitaria en seis manzanas de Laureles Sur, “y mi vivienda estaba a punto de caerse por falta de recursos económicos, pero ya tengo una nueva, gracias al trabajo que realizaron estos muchachos”, relató.

“Me cambió la vida”

Traña Martínez tiene ocho años de vivir en esa zona del sureste capitalino, y recuerda que perdió un niño “debido a la inseguridad que había en mi antigua vivienda, pero ahora tengo tres pequeños y un techo más digno dónde vivir”, según expresó.

“Este proyecto me cambió la vida”, decía Aracelly, mientras se mudaba de una vivienda a otra en el mismo terreno, donde ahora espera ver crecer a Kevin, Callet y Sofía; sus tres pequeños.

La joven mujer relató que su esposo es albañil y ella hace lo que puede para garantizar el sustento diario de la prole, por eso estimó una bendición para su familia haber resultado beneficiada con esta iniciativa.

Apoyo empresarial

Javiera Serani, Directora social de “Un techo para mi país” en Nicaragua, explicó que la familia de Aracelly junto a otras ocho resultaron beneficiadas en esta iniciativa, gracias a la ayuda que dispuso el organismo Capri, que destinó unos 10 mil dólares del Fondo Cristiano Nicaragüense para ejecutar esta obra en Nicaragua.

Serani es de origen chileno, donde nació este proyecto impulsado por jóvenes universitarios, y subrayó que nada se habría podido completar en Nicaragua sin otra ayuda decidida que recibieron de parte de BAC, Nicaragua.

El salvadoreño Luis Bonilla, Director ejecutivo de este organismo en Nicaragua, lo dice de otra forma: “BAC fue la primera empresa que confió y se involucró en este proyecto que cree en los jóvenes como transformadores de la visión de país”.

De poquito en poquito

Para Bonilla, este tipo de proyectos pequeños con un impacto medido y claro son los que deben asumir las empresas para dar su aporte “de poquito en poquito, para buscar el impacto real de las empresas sin reportar grandes inversiones. Es la oportunidad de hacer la diferencia”, apuntó.

Bonilla destacó que las viviendas construidas en Laureles Sur son de madera, con diseño prefabricado y están suspendidas en su base para evitar inundaciones. Cada una tiene un precio real de un mil 800 dólares y el BAC donó 4 mil para ampliar el alcance de la iniciativa.

Alba Aguirre, encargada del departamento de responsabilidad social del BAC, subrayó que los directivos de esa institución se entregaron por entero a la iniciativa, ya que integran el componente participativo de la empresa en una actividad de desarrollo social.

Subir nivel de vida

“Aquí estamos ante un proyecto que busca subir el nivel de vida y seguridad de las familias, promover la solidaridad y tener una visión comunitaria de salir adelante, algo que le gustó a muchos ejecutivos y empleados del BAC, quienes querían participar, pero esta vez sólo podían ser los más jóvenes, debido al esfuerzo físico que demandaba la construcción de las casas”, indicó Aguirre.

Los dos directivos de “Un techo para mi país” explicaron que, para seleccionar a los beneficiados, llenaron 110 boletas de encuestas en todo el barrio, las que después fueron evaluadas para ubicar a las familias que más necesitaban de un techo.

“Hacemos esto para dejar claro que no es un proyecto de caridad, sino un asunto de solidaridad y justicia social con los más necesitados”, subrayó Bonilla, quien explicó que cada beneficiado tuvo que aportar mano de obra y además pagar 130 dólares en dos cuotas mensuales.

Voluntariado ejemplar

Una vez cumplido este requisito, según Serani, sumaron mano laboral de una convocatoria que habían hecho circular en la Universidad Centroamericana (UCA), Universidad Americana (UAM) y la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), para organizar un equipo de voluntarios que trabajarían en la construcción de las viviendas.

Fueron 99 voluntarios universitarios en total, que junto a 11 empleados del BAC, entregaron sus mejores esfuerzos para dejar bien construidas las viviendas.

Ambos destacaron que los voluntarios sólo fueron jóvenes, ya que debían trabajar durante dos días, de siete de la mañana a siete de la noche, y terminaron la jornada en tiempo y forma, junto a la misma familia y los vecinos de los beneficiados.

Conciencia y responsabilidad

“La idea de este proyecto de voluntariado es contar con un alto componente de responsabilidad social por parte de las empresas y desarrollar conciencia entre los universitarios, para enseñar que juntos pueden cambiar la visión de todo un país”, señaló Bonilla.

Explicó que cada una de las viviendas se adquiere como toda una pieza prefabricada, y no existe ni un material de más al momento de construirla, por eso deben tener mucho cuidado. “Son paneles prefabricados. Es una casa completa que nosotros la llevamos en pedazos al transportarla, pero construirla es un asunto pesado aunque no parece”, indicó.

Nelly García González, empleada voluntaria del BAC, dice que sin duda aprendió mucho ese fin de semana, ya que debió cargar, martillar y hacer todo lo posible para que esta familia tuviera su casa lista antes que terminara el domingo.

Más allá del serrucho

“Aprender a agarrar el serrucho fue lo más difícil, pero creo que aprendí más al ver la esperanza y alegría que mostraba la familia y el sentimiento de solidaridad que se despertó entre los vecinos”, dijo García González.

Ella y sus compañeros del BAC dijeron estar dispuestos a participar en otra jornada, mientras los universitarios preguntaban cuándo será la próxima experiencia. Jean Carlos Usuna, estudiante de arquitectura de la UAM, dijo que fue toda una experiencia convivir con esas familias durante el proceso de construcción, pues aprendieron mucho de ellos.

Serani dice que la lista de voluntarios previstos ahora es “inmensa” y esperan la colaboración de las empresas para desarrollar esfuerzos en otras zonas del país.

Al terminar la jornada, todo el equipo celebró la culminación en la escuela del barrio Laureles Sur, donde se entregó diplomas a los voluntarios y vecinos que participaron en la actividad, además de reconocimientos a las familias beneficiadas.