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Tomado de AIPS América

Dos años después de la última vez que las vio, Luiger Pinto, seleccionado nacional de softbol de Venezuela, se reencuentra con dos de sus cinco hermanas en Perú, durante los Juegos Panamericanos Lima 2019. Se ven, se abrazan y no pueden creerlo. El tiempo y la distancia pasaron a ser una barrera superada. Al menos por ahora.

“Volverlas a ver fue increíble. Cuando recuerdo el momento, me quedo sin palabras para expresar todo lo que sentí”, cuenta Luiger, a la vez que paga por algo de comer en la villa de atletas y dice que pronto volverá a Venezuela, mientras sus hermanas permanecen en Perú. Sabe que otra vez el tiempo y la distancia serán protagonistas.

Sin embargo, prefiere disfrutar el momento de tenerlas cerca y vuelve a su narración del reencuentro.

“Cuando hablo con ellas, siento el deseo de no dejar de hacerlo, creo que es normal, porque hacía 2 años que no conseguíamos tener una conversación cara a cara”, dice el hombre de 32 años de edad y 1.77 metros de estatura.

Luiger y sus hermanas no estaban juntos desde el 2017, cuando ellas abandonaron Venezuela empujadas por la crisis social, política y económica que ha provocado el éxodo de más de 4 millones de persona a partir de 2015, según un informe publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), en junio pasado.

287 atletas integran la delegación venezolana que está en los Juegos Panamericanos Lima 2019. AFP/END

“Las cosas no están bien en el país, pero los venezolanos somos gente guerrera que de alguna forma encontramos la vía para seguir adelante”, expresa, aún vestido con el uniforme de la selección de softbol que no pasó de la ronda preliminar, tras perder cuatro de cinco juegos.

Reencuentro con amigos

Así como Pinto se reencontró con sus hermanas, una atleta de la selección venezolana de canotaje lo hizo con sus amigos de infancia.

“Después que publiqué en mis redes sociales que venía a Lima para participar en los Juegos Panamericanos, mis amigos aquí en Perú me contactaron y hasta crearon un grupo de WhatsApp para acordar la forma en que me apoyarían durante la competencia”, reconoce ella, que pide reservas a la hora de publicar su nombre o revelar su identidad.

Se refiere a un grupo de 11 amigos que conoce desde niña, a quienes no veía después de un año, justo desde que emigraron a Perú huyendo de las dificultades en su país, como lo han hecho otros 768,000 venezolanos, según la ONU.

“En realidad, nunca pensé que llegaran a apoyarme, sobre todo, porque para hacerlo tendrían que viajar unas tres horas para llegar desde Lima a Huacho, donde se realizan las competencias de canotaje”, revela la deportista.

12 ES EL PUESTO DE Venezuela en el medallero de los Juegos Panamericanos al sumar tres medallas de oro, tres de plata y seis de bronce.AFP/END

Lo cierto es que sus amigos venezolanos hicieron el viaje y mientras ella competía no pararon de corear su nombre y gritar Venezuela.

“Tuve un sentimiento muy especial al verlos y escucharlos apoyándonos. Por momentos me sentí como si estuviera compitiendo en mi propio país”, expresa, dejando al descubierto con su tono de voz que el solo recuerdo de aquella escena todavía la emociona.

La atleta cuenta que, tras la competencia, ese día pudo nuevamente apreciar de cerca a sus amigos de toda la vida.

“Entre el intercambio de palabras y los abrazos, el tiempo con ellos se fue rápido. Quisiera que todo se arreglara en el país y que pudiéramos estar juntos de nuevo”, dice, mientras repasa los resultados del día en el canotaje, y recuerda que su equipo no alcanzó en las primeras posiciones de la competencia.

“Desde el primer día nos hemos sentido acogidos y en familia, sobre todo por la presencia de tanta gente de nuestro país en los escenarios donde tenemos actividad. Siempre hay un grupo con la bandera y haciéndonos barra”, manifiesta la atleta, quien no olvida que la noche de la inauguración de los Juegos, todos los espectadores en el Estadio Nacional ovacionaron a la delegación venezolana con una intensidad llamativa.

“Fue muy emotivo, tanto como si hubiéramos desfilado delante de nuestra propia gente”, puntualiza.

Una historia particular

Mientras las selecciones masculina y femenina de baloncesto 3x3 de Venezuela juegan en busca de la victoria, en una de las butacas del Coliseo Eduardo Dibós, en Lima, un hombre de 34 años de edad no para de gritar: “¡Venezuela! ¡Venezuela! ¡Venezuela!”.

Estas historias refrendan una idea: más allá del deporte, más allá de los resultados, los Juegos Panamericanos Lima 2019 han sido un escenario de reencuentro para los venezolanos.

Su nombre es Freminder Ortega. A su lado están, igual de animados, su papá, su esposa, sus dos hermanas, un par de sobrinas y su cuñado. Todos venezolanos.

Ortega, quien asegura ser licenciado en educación y entrenador de baloncesto, llegó a Perú hace un año y, tras haber laborado como vendedor de frutas por un buen tiempo, consiguió el permiso laboral y actualmente es conductor de Uber, un trabajo que no le ha impedido ser parte de los miles de venezolanos que han apoyado a sus compatriotas durante los Juegos Panamericanos.

“Para mí es una emoción indescriptible venir a respaldar a una selección de Venezuela. Ver a estos muchachos, darlo todo por el país, a pesar de la situación en la que nos encontramos, es como recibir nuevas fuerzas para seguir creyendo que pronto cambiará todo para bien”, dice Ortega, quien responde las preguntas mientras espera por las seleccionadas venezolanos para solicitarles una fotografía con ellas.

“Hacía mucho tiempo que no veía en vivo a una selección de mi país, fue como si estuviera de nuevo en Venezuela”, resume, añorando los días cuando enseñaba a jugar baloncesto en su academia, uno de tantos negocios que la crisis se llevó.

Estas historias refrendan una idea: más allá del deporte, más allá de los resultados, los Juegos Panamericanos Lima 2019 han sido un escenario de reencuentro para los venezolanos.