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El País

Decenas de vuelos oficiales y privados llevan cada fin de semana a Cerdeña a una milicia de bellezas que entretienen al jefe del Gobierno italiano y a sus amigos. Tras las acusaciones de la primera dama y el ‘Noemigate’, Italia revela al mundo su clima de bajo imperio. ¿Pasará factura a Berlusconi?  
Lunes 1, jardines del palacio presidencial del Quirinal, fiesta de la República: cientos de prohombres del régimen suben a saludar al primer ministro, acorralado por las reacciones suscitadas a las noticias de su amistad con Noemi Letizia, una chica de 18 años. Un 70% de esos prohombres acude a saludar a Berlusconi con sus hijas del brazo, en vez de con su mujer. Bienvenidos a Berluscolandia, el país donde todas las jovencitas quieren ser velinas (azafatas de televisión).

Visitemos ahora Villa Certosa, la misteriosa mansión sarda del magnate milanés que oficia de primer ministro y es el actual presidente de turno del G-8, y líder elegido a mano alzada por el partido Pueblo de la Libertad. Desde que se supo que Noemi Letizia, la joven napolitana de 18 años que llama Papi a Berlusconi, pasó el fin de año en la casa con otras 30 velinas (azafatas televisivas), todos los italianos fantasean con ese nombre: Villa Certosa.

Un Nerón

La finca es el sueño de muchos: olivos y palmeras, piscinas por doquier, helados y pizza gratis a discreción, lagos artificiales, un anfiteatro donde toca y canta sus canciones napolitanas el inevitable Mariano Apicella, que ha publicado dos discos con Berlusconi como autor de las letras de sus canciones...

El mar turquesa, la gran casa principal, las estancias secretas, el canal subterráneo que comunica el mar directamente con la villa --inspirado en un filme de James Bond--, el parque con sesenta hectáreas de terreno, los bungalós que el dueño pone a disposición de sus invitadas (siempre más chicas que hombres, proporción de 4 a 1), todo ello reformado y renovado en 2006 por unos módicos 12 millones de euros.

Incluso, asegura una fuente muy solvente, la villa esconde un refugio antiatómico en el subsuelo, y las provisiones son renovadas cada poco tiempo. Y luego están las velinas, esas bellezas que quizás, quién sabe, acabarán dando a conocer este extraño período de la historia como el berlusconismo-velinismo.

Adornos de carne y hueso

La belleza de la palabra velina (no confundir con bellina) no es menos sugerente que su origen: la velina era la nota que se mandaba a los periódicos desde la oficina de censura del fascismo diciendo qué se podía escribir y qué no. Ese carácter de cosa fuera de contexto se aplicó, con el tiempo, a las azafatas de televisión que aparecían en zonas ajenas a su tarea de florero, por ejemplo, junto a la mesa donde el periodista lee las noticias. ‘Llega la velina’. Cuajó, y así hasta hoy.

Aunque siempre ha sido un secreto a voces, Italia ha convivido sin el menor reparo moral con el hecho de que Silvio Berlusconi haya conocido, cortejado, invitado, recomendado, dado empleo, ayudado y promovido a cientos de velinas durante su carrera política. La lista es demasiado larga y anónima como para reproducirla aquí.

Durante una década de visitas, de fiestas y de escapadas, casi todas ellas, y muchas otras más, habrán pasado lógicamente por Villa Certosa. Los mejores cuerpos de Italia. Las caras más inocentes y bonitas. Aspirantes a modelos, actrices, vedettes, majorettes, presentadoras. Muchachas jovencísimas, de 17 y 18 años hasta 28 ó 29, no más: mariposas recién salidas de la crisálida familiar que han entrado a formar parte del harén del jeque.

Cuando las acoge en su seno, revela Concita de Gregorio, Directora del diario L’Unità, ‘les entrega una joya en forma de mariposa a modo de contrato o de sello. Es el sello del sultán’.

La política-espectáculo de Berlusconi, su talante personalista y plebiscitario, su fascinación de magnate generoso y mujeriego, han seducido durante tres lustros a las masas de televidentes y votantes italianos con sus chistes, con su estilo machista, con sus meteduras de pata, con su ascenso social, con sus triunfos electorales, incluso las victorias y los fichajes de su equipo de fútbol (esta semana paralizó la comunicación del fichaje de Kaká hasta el lunes para no dejarse un solo voto).

Populismo mundano

Todo eso forma parte natural de su bagaje a-político y a-cultural, de su populismo abierto y mundano, que, paradójicamente, se apoya a la vez en un no-programa no-político, tradicionalista y católico, lejanamente inspirado en la trinidad ‘Dios, patria y familia’. Habría que añadir: ‘y velinas’.

Villa Certosa es el símbolo de estatus del Cavaliere más discreto, su refugio no sólo nuclear. Es su tesoro, su secreto mejor guardado, el lugar donde este hombre de casi 73 años, multimillonario y prepotente, simpático y mediático,  recibe a sus amigas y amigos, celebra informales consejos de ministros, cierra o prepara negocios o hazañas políticas, agasaja a los líderes de la derecha mundial, cuida de sus crisálidas, sienta a sus velinas en las rodillas y las pasea en el carrito del golf por el parque, zona militarizada y secreto de Estado desde 2006.

Según narran las fotos de Antonello Zappadu, Villa Certosa es también el lugar donde el magnate megalómano, el personaje excesivo, cómico y mitómano se olvida del abuelo que es (y que se alejó hace una década del dormitorio conyugal) y se convierte en macho otra vez, en el jeque del harén, en el Súper-Silvio moreno perpetuo, y operado (también de la próstata), mientras Italia susurra preocupada que toma demasiado viagra y que sus médicos temen por su corazón.

Por lo que sea

Villa Certosa es, además, el lugar donde su amiga napolitana Noemi Letizia, de 18 años recién cumplidos, fue invitada a pasar las vacaciones de fin de año con otras treinta colegas y una docena de próceres del berlusconismo, casi todos setentones como él: gerontocracia y chavalas de bandera.

El costo de una chica

Como dice el filósofo Paolo Flores d’Arcais, ‘la pregunta no es lo que pasa o ha pasado en Villa Certosa, sino lo que habría ocurrido en Estados Unidos si se hubiera sabido que Obama ha pasado las vacaciones de Navidad con 30 vedettes de 18 años y sin su mujer, o en Alemania si se descubriera que Angela Merkel veranea con 30 gigolós macizos’.

De lo que se trata, en el caso de estas jóvenes mujeres italianas, es de cumplir un sueño, de alcanzar la meta: conocer a Silvio y a sus potentes amigos, trabajar en la televisión y quizá llegar a la política, lo que en el país de la RAI y Mediaset, controladas por el mismo hombre, viene a ser lo mismo.

Acudir a Villa Certosa asegura a las chicas ese lugar bajo el sol, un teléfono al que poder llamar, quizás una recomendación del emperador, un pulgar hacia arriba, un casting al que acudir a la vuelta a Roma o a Milán, el domingo por la noche o el lunes por la mañana, tras las noches largas y divertidas, las charlas políticas de Silvio, los paseos, las salidas a comprar al centro comercial de Porto Rotondo (paga Papi, hasta 1,500 euros por chica), los bailes desenfrenados, algún strip tease más alcohólico que pagado, el machismo en su peor índole.

Toda Italia está en el juego, todo el país lo sabe, el problema es que todos lo cuentan, pero nadie lo dice con su nombre. Sátrapas, emperadores, monarcas y comendadores han llenado históricamente sus salones de jovencitas, pero ahora la gente tiene miedo, la omertà es condición indispensable para que la hipocresía no termine, la información está bajo control directo o indirecto del emperador (publicidad institucional, subvenciones públicas, promesas, créditos...), si alguien se sale del tiesto le puede costar el puesto, la Iglesia de Roma no debe enterarse (y por eso reclama sobriedad como toda crítica); y encima hay crisis, y vivimos en un país subterráneo por definición, ese maravilloso belpaese que siempre se declara orgulloso de su arte casero para arreglarse improvisando, ‘da igual Francia o España, lo importante es que se mangia (se come)’.

Cómo justificar lo evidente

Lo más complicado para Berlusconi no será justificar estas fotos, que ya ha definido como ‘inútiles’. El problema es que haya otras más comprometidas. ‘Berlusconi sabe que hay un topo en Villa Certosa. Alguien le ha traicionado desde dentro, pero no sabe quién es’, explica Marco Mostallino, un periodista local. ‘Berlusconi debe creer que está entre los guardias de seguridad. No por casualidad ha acusado a su mujer desde el periódico de su hermano de estar liada con su guardaespaldas’.

Villa Certosa está vigilada 24 horas como una fortaleza por militares y carabineros. También hay guardias privados y otros que llegan de todas partes. La historia de la seguridad en Costa Esmeralda está vinculada al agá Jan, el primer promotor turístico de Cerdeña, y empezó con los vigilantes (en español). ‘Jan contrató a todos los hombres disponibles, y muchos de ellos tenían antecedentes’, asegura Mostallino.

El proyecto a lo James Bond

Unos años más tarde, Berlusconi llegó a la isla. ‘Llegó con su hermano Paolo hacia 1981 ó 1982’, recuerda el político sardo. ‘Su idea era construir dos millones de metros cúbicos sobre el mar, en un terreno de 200 hectáreas al sur de Olbia, entre Le Saline y Capo Cerasso. Para abrumar, venía con unos libros enormes que decía contenían la valoración del impacto económico. Viajaba con un séquito de arquitectos, ingenieros, asesores fiscales, economistas. El proyecto tardó diez años en ser aprobado, sólo se le dejó hacer un cuarto de la extensión inicial, y en la montaña, lejos del mar. Pero cuando se aprobó no tenía el dinero. Era 1993, y en seguida entró en política’.

Silvio y Paolo construyeron la villa en los primeros años noventa. Con el tiempo fueron convirtiéndola en una casa digna de una película de James Bond. El irónico Severgnini ha escrito en Il Corriere della Sera que algún día alguien escribirá la historia de Villa Certosa: ‘La cínica elasticidad italiana consentiría contar mucho, si no todo. El último escollo es la coherencia oficial. Los políticos, incluso los de menos prejuicios, no están listos todavía para admitir lo que hacen, temiendo que alguien lo confronte con lo que dicen’.