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El 30 de julio de 1893, tras suscribir un tratado de paz con los liberales triunfantes en Managua, el derrotado gobierno efímero de Joaquín Zavala convocó en Granada a una reunión de notables. En ella se planteó: la resistencia activa o la rendición incondicional.

Se pusieron en evidencia la fuerza bélica, las armas y municiones disponibles, más el dinero no escaso que podría reunirse. De hecho —observó uno de los notables— el reciente tratado significaba la capitulación de los granadinos. Zavala, entonces, pidió su opinión al ex presidente Vicente Quadra (1871-75), quien dijo: “Todo es verdad. Tenemos armas, soldados y dinero. Lo que no veo es quién sea el Fruto Chamorro (1805-1855) que reorganizará para la victoria todo este material bélico y humano”. Al fin, los conservadores de Granada optaron por aceptar la situación y no oponer resistencia alguna.

El golpe de Estado de Muñoz en 1851

No había sido igual, como recordaba Cuadra, la actitud asumida frente al famoso sitio de la ciudad, mantenido por Máximo Jerez (1818-1881) durante ocho meses y 14 días, del 26 de mayo de 1854 al 9 de febrero de 1855. Jerez fracasó en su intento de tomar Granada, regresando a León.

Su partido lo relevaría con José Trinidad Muñoz, un militar expulsado de Nicaragua en 1851, a raíz de su coup de e’ta contra el gobierno de Laureano Pineda. El golpe lo ejecutó en León el 14 de abril de 1851. Muñoz expulsó a Pineda a Honduras. Mientras tanto, los granadinos —al mando de Fruto Chamorro— organizaron el “Ejército restaurador del Orden”, y se impusieron sobre los leoneses encabezados por Muñoz. Pineda ocupó de nuevo la Dirección Suprema del Estado. En consecuencia, León perdió la capitalidad. En 1852, Managua ocuparía ese rango.

Los odios regionales

El odio y el antagonismo entre las dos ciudades rivales se incrementaron. Los granadinos suscribieron el siguiente ovillejo sobre Muñoz: ¿Quién es el hombre sin fe? / José. / Gestor de toda maldad, / Trinidad; / autor de lo más atroz, / Muñoz. // Pues si es así tan feroz, / sin honor ni religión, / muera a boca de cañón / José Trinidad Muñoz.

Por su lado, los leoneses no se quedaban atrás. En supuestos versos endilgaron a sus enemigos regionales esta curiosa composición: Sumar es crear / a partir de cantidad homogénea / una sola cantidad. / También la suma total es homogénea, / o más simplemente llamada la suma. / Un ejemplo: 30 libras de ignorancia / 20 cueros de mulas / 0 cantidad de juicio y talento / 1,000 arrobas de petulancia / 100 yardas de arrogancia / 900 asesinos / 10 carretadas de indignidad / 0 espíritu público / una tonelada de desprecio. // Al sumar esto, / ¿qué resulta?: / LOS HABITANTES DE GRANADA.

La elección de don Fruto

Un historiador anotó: “Con su rotundo triunfo sobre Muñoz, que desde luego significaba la derrota de León, don Fruto queda, naturalmente, no sólo dueño del poder efectivo, sino también del prestigio político necesario para ganar la próxima elección de Director Supremo”. Esta victoria electoral fue declarada por el decreto legislativo del 26 de febrero de 1853 con base en el dictamen de la comisión respectiva. Los candidatos fueron 26.

De ellos, Chamorro obtuvo 296 votos; Francisco Castellón (1815-1854) 193; José Sacasa 157; Rosalío Cortés 70; y los restantes entre 13 y 1 votos. Por tanto, atendiendo al principio de la igualdad social —“paladín del republicanismo”, según la Constitución vigente de 1838— dicha comisión concluyó que “a favor de ninguno —se refería a los tres primeros— hay los sufragios necesarios para constituir elección popular”. Pero que, obligada a elegir “con tino al varón ilustre que las circunstancias designen para concluir venturosa y dignamente la marcha política y social de Nicaragua”, había resuelto emitir ese decreto que declaraba el triunfo de Chamorro como Director Supremo.

Desde su toma de posesión del 1º de abril de 1853, Chamorro hizo sentir que intentaría llevar a la práctica su concepto de Orden, consagrado por la Constitución de 1854. Concepto específicamente paternalista que plasmó en el “mensaje” de su toma de posesión el 24 de abril del mismo año de 1853, sumado a una supuesta voluntad nacional representativa.

“Todos los pueblos del Estado son para mí una sola familia, una sola identidad. El mal de uno afecta a los otros; es mal común. Por eso mi gobierno no verá en cada uno de ellos sino un objeto en ejercitar su paternal solicitud. /Jamás he considerado como enemigo común a ningún pueblo; enemigo sí de la tiranía, la he combatido en León como en Granada, en Managua como en Rivas; la he combatido donde la he visto. No soy ciudadano de un pueblo, sino de todos los pueblos: mi patria es el Estado”.

El desequilibrio entre León y Granada

Chamorro no logró resolver el problema del equilibrio entre Granada y León, que era —al fin y al cabo— el principal problema político del país. No convenció a los leoneses que Chamorro haya invertido fondos públicos en la ciudad y ejecutado otros proyectos en la región de Occidente.

Viendo en Chamorro un adversario de temple —dispuesto a imponer su criterio y a consolidar la hegemonía de Granada—, los mismos leoneses inmediatamente conspiraron contra su gobierno, alegando el derecho de insurrección. Chamorro, sosteniendo la necesidad de prever los males antes que remediarlos, capturó, procesó y expulsó del país a los cabecillas, como lo justificara en su mensaje del 21 de noviembre (también de 1853).

A los líderes leoneses, convencidos del desequilibrio que significaba Chamorro, no les quedó otra opción que invadir el país desde Honduras, iniciando la llamada guerra civil de 1854. A ella había contribuido el primer acto trascendental de la Administración Chamorro, que fue dictar el decreto gubernativo del año anterior, convocando a elección de diputados para una Asamblea Constituyente. Ésta se reunió en Managua el 22 de enero de 1854, y el 30 de abril siguiente fue aprobada.

Chamorro, entonces, fue nombrado por dicha Asamblea para servir el primer período constitucional (del 1º de marzo de 1855 al 1º de marzo de 1857), con lo que concluiría el término de dos años para el que había electo como Director Supremo en 1853. Se inauguraba, en suma, una nueva Carta Fundamental que otorgó el nombre de Presidente de la República al Jefe de Estado, fijando en cuatro años la duración del período presidencial.

Jerez y Chamorro

El bando democrático (distinguido por una cinta roja en la cabeza de sus partidarios) lo representaban Castellón y Jerez, vinculados a las capas medias hegemónicas en el proyecto liberal policlasista de Centroamérica. De ahí que ambos se enfrentaran a Chamorro, adversario regional e ideológico que defendía intransigentemente valores opuestos a los de aquéllos. En realidad, las actitudes de Jerez y Chamorro respondían a las dos concepciones polarizadas e irreconciliables que se desarrollaron en Hispanoamérica a raíz de la independencia.

Una: la democrática o liberal, guiada por el signo numérico de la mayoría. Y la otra: la legitimista o conservadora, sustentada en la esencia de la tradición. Si la primera —de obvia estirpe iluminista— creía firmemente en el cambio acelerado, la segunda operaba con una celosa tendencia a preservar las estructuras básicas de la sociedad. Si esta posición se conceptuaba la única legítima en el sentido de expresar el orden natural de las cosas, considerando todo cambio una desviación ilegítima que debía extirparse; aquélla se empeñaba en destruir todo vestigio tradicional y en imponer los principios democráticos del liberalismo, comenzando con la igualdad ciudadana ante la ley.

Pero cada posición constaba, fundamentalmente, de otros elementos. La representada por Chamorro concebía a la sociedad en forma jerárquica y elitista, o mejor dicho, como patrimonio de los hombres de bien o de bienes; y la encarnada por Jerez, simplemente, como realizadora de la soberanía nacional. El legitimista adoptaba una política obsesiva: la lucha por el Orden, de indudable raíz colonial; el democrático, en cambio, exigía el ejercicio del derecho de insurrección, precisamente contra ese Orden propugnado, según sus palabras, por un pequeño círculo oligárquico. Chamorro, por su parte, incluía a Jerez entre los gestores de la demagogia.

Cada uno, en fin, combatía de acuerdo con la expresión ideológica de los grupos sociales a que pertenecía: el pragmático Chamorro al sector granadino de la clase propietaria, obstinado en conservar el pasado o, en todo caso, para reformarlo bajo su dirección hegemónica; y el idealista Jerez al sector de la misma clase residente en León, pero dirigida por políticos de extracción media y formación universitaria, como él, que optaban exclusivamente por una ilusoria utopía democrática.

Resumen de la guerra

Desde esta perspectiva, la guerra civil del 54 era inevitable. Jerez se dirigió a Honduras, gobernada por el liberal Trinidad Cabañas, quien le ayudó a organizar un movimiento que desembarcaría en El Realejo el 5 de mayo de 1854. Ese mismo día el presidente Chamorro decretaba un llamado a las armas declarando facciosos a los alzados. La primera acción tuvo lugar en El Pozo, el 12 de mayo. En ella, las fuerzas de Jerez derrotaron a las de Chamorro, obligándolo a huir hasta Granada.

El mercenario Doubleday al servicio de Jerez

La resistencia militar de los granadinos fue obstinada y enérgica. Bajo el liderazgo y el temple de Chamorro, tomaron la ofensiva no pocas veces y resistieron a sangre y fuego los desesperados ataques de los leoneses.

Desde la torre de la iglesia de La Merced, un francotirador legitimista hizo blanco en la rótula derecha de Jerez, quedando éste “renco” para siempre. Los democráticos importaron un cañón para derribar dicha torre, lo cual lograron en gran parte. Disponían de Radicati, un artillero italiano; y de unos cincuenta norteamericanos e ingleses, encabezados por C. W. Doubleday, conocido como “Capitán California”.

En sus reminiscencias de la guerra, Doubleday cuenta que a su compañía de rifleros en una incursión se le añadió el cirujano del ejército democrático, el doctor Peck --de raza negra y oriundo de Pittsburgh--, quien fue muerto por bala de cañón. Además, informa que él y sus hombres --en otra incursión-- se ocuparon “en incendiar todas las casas, trozos de madera u otra cosa que al dejarla sirviera de protección al enemigo”.

La acción del músico Pedro Morales

El incendio de algunas casas, por razón de guerra, fue ordenado por el propio Chamorro. Fue el caso de una vivienda en Pueblo Chiquito, a cincuenta varas del “Cuadro de la Muerte”: trinchera donde había emplazado un cañón, “El Venerable Colis”, para atacar la iglesia de Jalteva, cuartel de Jerez.

Dicha casa podía servir de refugio para hostilizar al “Cuadro”. Por eso Chamorro envió una comisión para incendiarla. En el camino, se apareció el dueño de la casa, Pedro Morales –-uno de los mejores músicos de la ciudad-- quien decidió él mismo prender fuego a su vivienda.

El “vómito prieto”

Como éstas, se dieron muchas acciones terribles en el Sitio de Granada. El sargento democrático Cástulo Córdoba las narra en sus “dolorosos recuerdos”. Córdoba estuvo presente en el combate del 16 de julio de 1854, llamado “Cuadro de la muerte”, donde fallecieron las dos terceras partes del auxilio hondureño a Jerez llegado el día anterior. La otra fue víctima del “vómito prieto”: peste desatada al ingerir agua de los pozos infectados por los cadáveres que ahí echaban los legitimistas.

En síntesis, los democráticos leoneses se retiraron, como se dijo, el 9 de febrero de 1855. Jerez no pudo traspasar la “Calle de las Barricadas” (la paralela, hacia el oeste, a la de la iglesia de La Merced). Pero las fuerzas contendientes había quedado tablas.

Fruto Chamorro moría, retirado en su hacienda “Quismapa”, el 12 de marzo. Entonces, Francisco Castellón firmó con el norteamericano Byron Cole un contrato para conseguirle 200 mercenarios de California. Así se incorporó William Walker al servicio de los leoneses. Mientras tanto, Nicaragua quedaba dividida, exhausta, arruinada e indefensa.