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I DE II ENTREGAS

Los motores del avión, un Ilushin 18 de fabricación soviética, le aturdían. Todo había sucedido tan rápidamente. La llegada a México en un Douglas de dos motores de La Nica, luego el viaje en Air France hasta París y ahora, hacia una tierra de idiomas y costumbres desconocidos. Intentó dormir. Se rascó imaginariamente la pierna que ya no tenía, sabiendo que sería inútil hacerlo en la insensible pierna artificial que le colocaran en México dos años antes. Miró a sus dos compañeros de viaje que dormían; es claro, ellos no habían pasado lo que él... Pidió un trago de vodka, y la azafata, una rubiecita moscovita, lo atendió solícita. Lo tomó despacio, dándole vueltas al vaso cual si fuera pinolillo, la fuerza de la costumbre. ¿Qué horas serían? Desde que atravesó el Atlántico había perdido la noción del movimiento del sol. Amanecía y anochecía indistintamente con el avance del avión, de un lado a otro del mundo.

Sea como fuere, pronto llegaría a su destino, aprendería un nuevo idioma, haría nuevas amistades y estudiaría en la universidad. Cambiaría la vida para siempre. Sin embargo, nunca podría borrar los recuerdos. Imperecederos, recurrentes.

Hay que cortar la pierna y el brazo

Un nuevo trago de vodka lo adormeció y lo hizo trasladarse muy lejos en el espacio y en el tiempo.

Sentía unos dolores horribles en la pierna, en el brazo y en la mano. Escuchaba lejanamente la voz de los médicos:
– Hay que amputar la pierna.

– También hay que cortar el brazo. Lo tiene traspasado.

Recordó más nítidamente el infierno vivido. Decenas de heridos agonizando, echados en el piso, revueltos con su sangre en el salón del Hospital San Vicente, de León. Faltaba sangre, plasma, medicamentos, suero. A su lado yacía Celán Ordóñez, estudiante del cuarto año del Colegio Calasanz, con una pierna destrozada. La masa muscular había desaparecido, sólo quedaba el hueso. Un poco más adelante, Juan Quiroz, su compañero del Instituto, se detenía las vísceras con las dos manos, ya que tenía el abdomen perforado y el intestino se le salía.

En la ambulancia de los Bomberos donde los transportaron venía también Mauricio Martínez, quien arrojaba borbollones de sangre por el pecho, y agonizó y murió antes de llegar al hospital.

– A este muchacho hay que operarlo ya, está perdiendo mucha sangre.

Era el Decano de la Facultad de Medicina, Dr. Ernesto López Rivera, amigo de su padre, que lo había reconocido.

Recuerda como entre sueños haber sido llevado a la sala de operaciones. Le cortaron la pierna.

– Yo creo que el brazo lo podemos salvar, dijo el Dr. Jaime Granera, quien acababa de regresar de Estados Unidos.

Después lo pasaron al Pensionado del Hospital San Vicente, junto a los otros heridos graves.

Gritos y pesadillas

En el Pensionado estaba también Celán Ordóñez. Lo cuidaba su hermano, el padre Orlando Ordóñez. Los médicos habían tratado de salvarle la pierna por todos los medios a Celán. Pero su estado era gravísimo, pues le estaba comenzando una gangrena. Tuvieron que rasparle nuevamente la pierna, en medio de grandes dolores e intensos tratamientos con antibióticos.

También estaba en la misma sala del hospital una joven, Fantina Palma Martínez, a quien un balazo le había atravesado el pulmón y uno de los pechos. A Juan Quiroz le operaron el abdomen, le metieron las vísceras y luego lo cerraron. A José Elías Benedit le hirieron una pierna y le cortaron el tendón. Un muchacho de apellido Hernández llegó con varios balazos en distintas partes del cuerpo. Nunca superó el trauma y murió dos años después.

Las luces del avión se habían apagado. Las aeromozas repartían frazadas y almohadas para que los pasajeros durmieran y se protegieran del intenso frío. Faltaban unas tres horas para llegar a Moscú.

– Tenemos que operarte nuevamente para ajustar el muñón a la pierna artificial que te pondrán en el futuro.

A los ocho días volvió al quirófano. Luego vinieron noches de insomnio y horribles pesadillas, se escuchaban también gritos en las otras habitaciones, entre rumores de que la Guardia rodeaba el Hospital y lo atacaría de un momento a otro. A él le parecía ver reflectores a través de las ventanas. Pastillas para la fiebre, pastillas para el dolor, inyecciones para evitar la infección, el tétanos y la gangrena. Plasma y suero intravenoso.

A los cuarenta días todos fueron abandonando el hospital para recuperarse en sus casas.

José Rubí había muerto casi instantáneamente en la clínica del Dr. Jorge Omar Espinoza. Mauricio Martínez, en la ambulancia que lo llevaba al hospital. A los otros, Erick Ramírez y Sergio Saldaña, nunca los vio.

Llegan Carlos Fonseca y Chico Buitrago

En 1958, cuando estaba en tercer año de bachillerato en el Instituto Nacional de Occidente, llegaron Carlos Fonseca y Francisco Buitrago Castillo a organizar una célula revolucionaria. Eran cinco: Marcos Quintana, Edgar Corrales, José Elías Benedit, Juan Quiroz y él, Gonzalo Alvarado Acetuno. Desde entonces hacían trabajos coordinados con el Movimiento Estudiantil Universitario. A veces iban a asomarse a las asambleas que se efectuaban en el Paraninfo, donde hablaban Manolo Morales, Alejandro Serrano, Francisco Buitrago, Joaquín Solís y otros dirigentes. Sabían que Pedro Joaquín Chamorro y la gente de Olama habían caído prisioneros. Estaban conscientes del estado de sitio imperante en el país, pero a los estudiantes todo eso los enardecía más. Era tanta la tensión, que los estudiantes casi no nos concentrábamos en las clases. Sólo pensábamos... en lo que podía suceder. La noticia de la caída de los mártires en El Chaparral estalló como una bomba en todo el país, pero sobre todo en León.

Aquella mañana fuimos a la misa por los compañeros caídos oficiada en la iglesia de El Calvario. Luego, en el atrio de la iglesia La Merced, Manolo Morales anunció que Carlos Fonseca había muerto. Desde ese momento todo fue movilización. La Guardia redobló la vigilancia en la ciudad. Algo pesado se sentía en el aire.

Hasta que llegó ese día, 23 de julio de 1959, cuando Joaquín Solís Piura, Presidente del Centro Universitario; Francisco Buitrago, Vicepresidente, Alejandro Serrano, Óscar Danilo Rosales y otros dirigentes, citaron para las dos de la tarde a la magna e histórica asamblea en el Paraninfo universitario.

Habló Joaquín, habló Alejandro, habló Gordillo y habló Rafael Ugarte, en nombre de los compañeros novatos o “pelones”, como se nos decía en ese tiempo.

La manifestación salió del Paraninfo universitario y comenzó su recorrido por las principales calles de León. El pueblo se nos fue uniendo, coreando nuestras consignas.

– ¡Abajo la dictadura! ¡Mueran los Somoza!

Cuando la manifestación pasó por el Instituto, a eso de las 2:30 de la tarde, los estudiantes estaban listos y se salieron para unirse a los universitarios. Allí iban Marcos Quintana, Edgard Corrales, José Elías Benedit, Juan Quiroz y él, Gonzalo Alvarado Acetuno. Todos los reclutados por Carlos Fonseca Amador.

Frente a frente con la Guardia

La multitud avanzó por la Calle Real, con rumbo hacia el Parque Central. Allí fue el primer encuentro con la Guardia que tenía una escuadra tendida entre la Casa Prío y la Librería Recalde.

Comenzó el forcejeo entre los líderes estudiantiles y el mayor Anastasio Ortiz, quien comandaba el pelotón del Batallón Blindado o “Batallón Somoza”. La Guardia exige que retrocedamos. La dirigencia estudiantil, a su vez, presiona para que se retire la Guardia. Se llega a un acuerdo. Ambas fuerzas retrocederán al mismo tiempo, alejándose de la línea en conflicto. Un paso atrás daría la Guardia y un paso atrás darían los estudiantes, y así sucesivamente. La Guardia comienza a alejarse, pero la masa estudiantil se resiste a hacerlo. Entonces, el Batallón Blindado saca sus bayonetas y avanza hacia nosotros. Ese es el emotivo momento en que el estudiante novato Julio Briceño, que está ubicado entre la Librería Recalde y el salón cervecero Lucky Seven, se abre la camisa y les dice a los guardias:
– ¡Mátenme!
El guardia hace ademán de introducir el arma asesina en el pecho de Julio, pero luego retrocede.

La muchedumbre continúa su recorrido por las calles calurosas con olor a asfalto derretido. Los discursos se suceden. Hablan los estudiantes, habla el pueblo. Se improvisan tribunas. Hay otros encuentros con la Guardia que bloquea todas las entradas al Parque Central, donde se encuentra el Comando Departamental (frente a la esquina donde quedaba el Teatro González).

Finalmente, a eso de las cinco de la tarde, la manifestación tomó nuevamente rumbo al edificio central de la Universidad. Allí los dirigentes estudiantiles dan por terminada la marcha y piden a los compañeros regresar a sus casas.

Mañana:

* El Batallón Somoza tendido en tres niveles y el susurro de “Pipilacha” al oído de Anastasio Ortiz
* Las lacrimógenas como tarros de cerveza y luego el rugir de fusiles y ametralladoras de trípode
* Erick Ramírez murió instantáneamente, igual Sergio Saldaña; José Rubí expiró en una clínica, y Mauricio Martínez en agonía de muerte en una ambulancia