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II y última entrega
Gonzalo y yo hemos tratado de exprimir nuestra memoria para recordar los hechos lo más nítidamente posible, de aquella aciaga tarde del 23 de julio de 1959 en las calles de León.

Nos llegó la noticia de que unos compañeros habían capturado a un guardia y lo habían echado en la pila del Parque La Merced. Corrimos hacia el lugar. Fernando Gordillo se subió a un promontorio ubicado en la acera de la Librería Antorcha, frente al parquecito de La Merced. Fernando gritó que unos compañeros habían sido llevados presos al comando departamental.

Todos los que aún quedábamos en los alrededores corrimos nuevamente hacia el Parque Central. Vos y unos treinta compañeros más fueron capturados por la Guardia --me dice Gonzalo.

Nosotros nos quedamos junto al pelotón que estaba tendido entre el Club Social y la Librería Recalde. Vimos cuando los llevaban presos, manos arriba, hacia el Comando. Y ya cuando iban a entrar al edificio, de repente vino la orden de dejarlos libres.

Ustedes ­--me recuerda-- regresaron hasta donde los esperábamos nosotros, atravesaron el cordón de la Guardia y nos reunimos entre gritos de alegría. Nos abrazamos. Vos traías la bandera de la Universidad en alto.

De pronto miramos que Toribio Obando, alias “Pipilacha”, quien siempre estuvo actuando como correo entre el comandante de León, Juan César Prado, y el jefe del Pelotón, Anastasio Ortiz, le dijo algo a este último en el oído. Tacho Ortiz parecía resistirse.

El Batallón Somoza quedó tendido en tres niveles. Unos se acostaron apuntándonos desde el suelo. Otros se arrodillaron, manejando las ametralladoras llamadas “patas de gallinas”. Y los últimos nos apuntaban de pie.

– Celán Ordóñez y yo nos acercamos a vos, y yo te pedí la bandera que vos me entregaste, me recuerda Gonzalo.

– A Celán yo lo había bajado hacía un rato del bus del Calasanz para que nos acompañara en la manifestación, le contesto.

Estábamos juntos los tres, cuando vimos unos potes como latas de cervezas que daban saltos en el aire. Eran las bombas lacrimógenas. Comenzó el tableteo de las ametralladoras. Gonzalo iba corriendo de espaldas a la Guardia, sin soltar la bandera, cuando sintió el primer balazo en la pierna, que lo tiró al suelo.

Rubí muerto, Martínez agonizaba

-- Yo había leído que en la República Dominicana a los heridos los remataban, por eso empecé a arrastrarme por el pavimento. Otro balazo me rozó la espalda, otro me dio en el brazo y uno más en la mano. El balazo en la pierna no me dolía, sólo sentía algo caliente. De pronto surgió una mano de la clínica del Dr. Espinoza que me haló a mí y también a Celán, que se arrastraba a mi lado. José Rubí ya estaba muerto en el suelo. Mauricio Martínez ya estaba agonizando, afirma Gonzalo.

-- Sergio Saldaña, a quien yo había conocido durante mi primer año en la Facultad de Medicina, murió también instantáneamente. Otro tanto ocurrió con Erick Ramírez --intervengo yo. Gonzalo y Celán habían corrido hacia la derecha, sobre la acera del Club Social. Yo, por mi parte, corrí hacia la izquierda, entré al restaurante “El Rodeo”, y desde un balcón en el segundo piso vi los cuerpos, la sangre, al sacerdote norteamericano que daba la extrema unción a los caídos. La masacre en toda su magnitud.

Habla en ese momento Adán Ramos Vanegas, quien observaba los acontecimientos desde el Parque de La Merced, y me recuerda:
-- Entonces fue que te vi que venías sin camisa. Parecías un fantasma y te comenzaste a echar agua en la pila del parque.

Su padre le hizo las muletas

El padre de Gonzalo tenía una mueblería, mientras estuvo en el hospital le hizo unas muletas para que pudiera seguir yendo al instituto y terminara su cuarto año. A Celán Ordóñez, finalmente, le lograron salvar la pierna. En las vacaciones de 1960, la Universidad mandó a Gonzalo a México, donde lo atendió el Dr. Juan Ignacio Gutiérrez Sacasa. Allí le pusieron la pierna artificial.

En 1961, Gonzalo y yo nos volvimos a encontrar en la Facultad de Derecho, ya que yo había cambiado de carrera. Ese año lo terminamos juntos, Marcos Quintana, Carlos Miguel López, José Dolores Morales, Tito Guardado y otros miembros de la izquierda estudiantil.

Era compañera nuestra Marta Bravo Lorío, sobrina de Juan y de Augusto Lorío, líderes del Partido Socialista Nicaragüense. A través de ella se hace una solicitud para que Gonzalo, Óscar Turcios, Liliam García y Gustavo Adolfo Vargas viajen a estudiar a Moscú.

La solicitud la lleva Óscar Danilo Rosales cuando viaja a un congreso en Checoslovaquia. Finalmente, nos informa Gonzalo, sólo viajamos Óscar Turcios, Liliam García y yo. Estuvimos una semana en México, con el profesor Edelberto Torres. De ahí volamos a París y luego abordamos el Ilushin 18 rumbo a Moscú.

La Patricio Lumumba

“Your attention, please...”. La voz femenina en los magnavoces lo sacó de sus cavilaciones. Estaban aterrizando ya en Moscú, y desde el aeropuerto fueron directamente a la Universidad Patricio Lumumba. Allí los recibieron los nicaragüenses Noel Rivera, Ramiro Bermúdez y nuestro viejo amigo Julio Briceño.

Vivían en la residencia de la Universidad y estudiaron el idioma ruso durante seis meses. Primero, Gonzalo estudió medicina, pero después se pasó a derecho. Estuvo siete años en Moscú, donde se relacionaba mucho con los compañeros latinoamericanos. Los estudiantes hacían vida social y hasta tenían un club. Fue compañero de cuarto de Julio Briceño, también sobreviviente de la masacre. En Moscú le pusieron una nueva pierna artificial, de tan buena calidad, que la sigue usando en la actualidad: “A veces ni me parece que la llevo”, dice.

– Oscar Turcios era un estudiante brillante. Cuando ya iba en el quinto año de su carrera decidió venirse para integrarse en la guerrilla del Frente Sandinista. El Rector de la Universidad se reunió varias veces con él para convencerlo de que se graduara primero. Sin embargo, él se vino a Cuba para entrenarse militarmente. También hicieron lo mismo Róger Deshon, René Tejada, Henry Ruiz y José Valdivia.

Me casé en Moscú, sigue diciendo Gonzalo, con Emilia Tcherkuskaya, con quien tuve una hija, Marta Esperanza. Después vivimos cinco años en París, donde representaba al Partido Socialista Nicaragüense. Mi esposa y yo hacíamos traducciones para ganarnos la vida.

En 1975 me regresé a Nicaragua, mientras mi esposa y mi hija se quedaron en Moscú, porque le tenían miedo al régimen de Somoza. Aquí me volví a casar, esta vez con Fantina Palma Martínez, también sobreviviente del 23 de julio, baleada en el pulmón. Y ahora tengo 33 años de dar clases en la Facultad de Derecho de la UNAN-León.

Adán Ramos Vanegas, nuestro común amigo, me ha hecho el favor de traerme en su carro a Gonzalo desde León hasta mi casa en Managua, para tener esta conversación. Mi esposa, Miriam, nos ha servido un almuerzo de vigorón con chicharrones de soya. Vicente Baca Lagos, quien nos acompaña, ha escuchado fascinado el diálogo entre nosotros sobre aquella tarde gloriosa y trágica del 23 de julio. Vicente y yo vamos a dejar a Gonzalo a la terminal de buses de León. Nos abrazamos los tres, y yo con una sonrisa le digo a Gonzalo:
-- ¡Hermano, después de 50 años, todavía seguimos contando el cuento!