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La educación de los hijos ha venido cambiando con el tiempo, se ha dejado atrás la formación rígida de nuestros abuelos que incluía comportamiento muy respetuoso, obediencia a las decisiones de los padres, castigos físicos, etc. Hemos comprendido que una educación muy rígida puede generar problemas de autoestima y por ello se han buscado maneras para establecer una nueva relación padre–hijo. Con esto se busca que no sólo se cubran las necesidades como alimentación y atención de enfermedades de los hijos, sino que también se respeten sus decisiones, gustos y emociones.

Queda claro que la creatividad y espontaneidad de muchos niños se han beneficiado con este cambio; sin embargo, hay que señalar que hoy es más frecuente presenciar un hecho que contradice el objetivo de los padres por establecer trato entre iguales, y que hecha por tierras sus buenas intenciones: el hijo, a través de gestos, actitudes de enojo y berrinches, pone contra la pared con relativa facilidad a su padre y/o madre, obligándolos a cumplir con sus caprichos en forma incondicional.

Este comportamiento que llamaremos de “pequeña tiranía” se convierte en un problema de convivencia familiar cuya consecuencia más notable, de momento, será “pasar vergüenza” cuando el menor hace sus rabietas en una reunión o en un lugar público. Los padres deben tener presente que de prevalecer esta conducta, su hijo tendrá serios problemas en sus relaciones sociales, además de que su desempeño escolar y hasta laboral pueden volverse problemáticos.

Los padres se preguntarán: ¿No será mejor volver a los métodos de nuestros abuelos, en donde se hacía lo que el padre ordenaba? Para dar respuesta a esta interrogante, veamos qué es lo que propicia la conducta manipuladora en los niños, además reciba una orientación para cambiarlos.

¿Hasta dónde podemos permitir?

Muchos de nosotros recordamos el autoritarismo de nuestros padres, en muchas ocasiones hicieron que nos olvidáramos de nuestras aspiraciones y en algunos casos hicieron que sus hijos se enfrentaran al mundo con inseguridad y tristeza, por no haber sido capaces de tomar sus propias decisiones. Muchas veces el deseo de ir a la discoteca o salir con los amigos, formar parte de un equipo de béisbol o aprender a tocar un determinado instrumento, quedó convertido en un sueño que nunca se cumplió.

No es de extrañar que al crecer, una persona con este tipo de educación desee que sus hijos tengan menos privaciones, de modo que al formar la propia familia aspire a cubrir las necesidades emocionales del pequeño y transmitirle el estímulo necesario para que emprenda sus proyectos.

Errores de los padres

Pero ¿qué pasa?, este tipo de papá o mamá conocido como “permisivo” puede exagerar en las libertades que otorga al niño al punto de caer en ciertos errores:
1. Tiende a ser pasivo en cuanto a fijar límites. Cualquier niño tiene una dificultad natural en reconocer hasta dónde pude llegar. Así, los niños son excelentes demandantes. De allí que intenten conseguir todo lo que se les presente apetitoso, sin cuestionarse y sin mucho o ningún análisis de lo que conlleva su pedido.

Cada llanto de un bebé es una llamada a sus padres, una perfecta demanda de cuidado y amor. Y así, les correspondemos con alimento, abrigo, cuidados, limpieza, caricias y lo que se nos ocurra para calmarles su llanto, Ahí comienza una historia de pedidos y respuestas o intentos de corresponder a nuestros hijos.

Dada entonces su capacidad de pedir sin discriminar hasta dónde, se tratará de que sus padres puedan darle un lugar a sus demandas, sin permitir el abuso. Esto se irá formando gradualmente conforme va creciendo el niño y a medida que desarrolla su capacidad de comprender.

Son los padres los encargados de ir trazando los límites razonables a todo aquello que exceda su capacidad para responder a los requerimientos del niño. Así el menor comienza a sumergirse en un orden lógico. Comienza a darse cuenta de que entre todo lo que pide, hay algunas cosas que no le son dadas y otras sí.

Si todo este orden y limitación a sus demandas no se produce a tiempo, los niños comenzarán a creer que pueden pedir siempre más y obtener todo lo que pidan.

Es allí donde se origina la manipulación. Primero la practican con sus más cercanos para luego avanzar a oros niveles.

Encontrarse con el límite, para estos niños es una experiencia desconcertante. Responderán a la falta de complacencia de sus pedidos con gritos, berrinches o escándalos difíciles de disimular en público. Son los niños que no aceptan un “no” como respuesta y creen merecerlo todo:

1.Los niños manipuladores, son capaces de disponer de la presencia de sus padres y de llevarlos a una relación de dependencia marcada por la dominación sobre el adulto. Un estado de tiranía.

2.No tiene metas claras para orientar a su hijo, creyendo que se le debe permitir un desarrollo conforme a sus inclinaciones naturales.

3.Es poco exigente respecto de una conducta madura y permite que el niño regule su propio carácter.

4.Es temeroso, no busca discutir con su hijo y prefiere quedarse callado antes que confrontarlo. Tolera que le grite, incluso en presencia de otras personas.

¡Enfrente el problema!
* Dar libertad de decisión al niño es una medida adecuada para su formación. También es importante que los padres hagan hincapié en el respeto a las normas de convivencia, a la vez que no toleren actitudes de violencia, abuso y caprichos sin sentido.

* Actuar con firmeza. Cuando el niño se resista a obedecer cosas realmente importantes, es necesario que los padres impongan un límite firme para indicarle que debe cambiar su actitud de inmediato. Aunque para tal caso se requiere un tono de voz seguro, se deben evitar gritos y expresiones llenas de ira. Es más fácil decirle con tono severo y convincente: “¿Por qué no llevas tus juguetes fuera de aquí?” o “Debes hacer tu tarea”.

* Acentuar lo positivo. Todos los niños son más receptivos cuando se les dice qué hacer en vez de qué no hacer. Así, en lugar de órdenes como “no grites” o “no corras” se recomienda indicarle “habla bajo” o “camina despacio”. Decirle “no” a un niño indica que hace algo inaceptable, pero no se le explica qué comportamiento se espera de él.

* Explicar por qué. Cuando un niño entiende el motivo de una norma de conducta como una forma de prevenir situaciones peligrosas, para sí mismo y para otros; se sentirá más animado a obedecerla y pronto desarrollará valores internos de comportamiento que formarán su propia conciencia de lo que es bueno o malo. Ante todo, son mejores las explicaciones breves, por ejemplo: “no muerdas a las personas, eso les hará daño” o “si rompes los juguetes de otros niños, ellos se sentirán tristes”.

* Ser consistente. Las rutinas son importantes para el buen funcionamiento de la familia y se deben cumplir de manera constante y sin excusas, ya que de esta manera es más fácil fijar límites en la educación del menor.


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Dr. Javier Martínez Dearreaza.

Universitá degli Studi di Pavia-Italia.