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Éste es un lugar fantasma. Es verdad que son las doce del mediodía y la capital parece adormecida en el sopor húmedo del solazo de la canícula, pero hace algunas décadas ni el peor clima del invierno o el verano infernal de Managua había doblegado los cerrojos de este restaurante Munich que hoy luce vacío y silencioso: sin mesas, sin música, sin olor a comida, sin parroquianos, sin botellas a la vista.

El portero, “Carlos”, dice él que se llama (luego de callar como cuatro segundos antes de decir ese nombre), cuenta que desde abril de este año el local no da para más. “No sé qué pasó, llame a los dueños, ahí están los números afuera”, dice, y nos remite de mala gana a los muros externos donde se lee “Disco-Bar Karaoke Son Nica”.

Ahí también está un rótulo que dice “se renta edificio” y unos números de teléfonos, casi encima de pintas de aerosol con la leyenda “Viva Daniel” que los miembros de la Juventud Sandinista se encargaron de poner por toda Managua. Detrás del rótulo, hacia dentro del local, se ven los faroles que quedaron mal ubicados bajo techo, un jardín descuidado y un tenue olor a creolina sobre los ladrillos rojos.

Al otro lado de la línea responden a nuestra llamada. Los números pertenecen a la oficina de la empresa del ingeniero Abelardo Guerrero Aguirre, hijo de Ángela Aguirre, propietaria histórica del lugar.

Novedad de Managua

Él nos cuenta la historia del cierre del otrora popular lugar: lo mató la crisis económica y la falta de atención del local por la enfermedad de doña Ángela, que ahora tiene 85 años y yace en silla de ruedas.

“El restaurante era su vida, y la vida del restaurante era mi mamá, ella se dedicaba de lleno al negocio, pero ahora enferma, no hay quien lo cuide mejor que ella, por eso lo alquilamos, pero no funcionó”, relata Guerrero.

Roberto Sánchez Ramírez, veterano periodista e historiador, ex reportero de La Prensa y trasnochador de aquellas épocas, recuerda al primer Munich en la vieja Managua, frente a la esquina suroccidental del Palacio Nacional.

Recuerda que fue el primer bar-restaurante de la capital que explayó sus mesas a las amplias aceras a orillas de la calle y que se declaró abierto las 24 horas del día con el lema y la filosofía de atención al cliente de que “aquí nunca decimos no hay”.

Su constitución de servicio era una mezcolanza internacional muy rara: un nombre de ciudad alemana, música mexicana y colombiana con bocadillos criollos, sopas y cócteles sudamericanos, bebidas inglesas y tragos y cervezas tropicales.

Sánchez recuerda que el edificio de dos plantas, con un salón abajo y un pequeño reservado arriba para comer, pronto fue acogido con entusiasmo entre la sociedad capitalina que entonces tenía pocos lugares donde amanecer y consumir bebidas y comida a todas horas del día y la noche.

Champaña y lágrimas

Su clientela era amplísima, recuerda Sánchez: militares, periodistas, intelectuales, burócratas estatales, oficinistas y turistas del Gran Hotel. La magia terminó por primera vez la noche del 23 de diciembre de 1972 cuando Managua perdió su corazón y todo lo que poseía se vino al piso entre los estruendos de horror del desastre.

El Munich también cayó, junto a los edificios vecinos. Sánchez recuerda que llegó al lugar y estaba vacío y en desorden. Había botellas de champaña por doquier y él tomó una y se sirvió en una copa. Lloró por la ciudad perdida y formó un extraño cóctel de champaña y lágrimas.

En esa cuadra inició uno de los incendios posterremoto más pavorosos que arrasó las ruinas del centro de la capital. Doña Ángela trasladó el negocio en febrero de 1973 a la llamada 35 Avenida de la zona occidental de Managua.

Entonces era una calle de tierra que quedaba en las periferias de la capital, cerca de la salida a la Cuesta El Plomo, que conectaba con la carretera desierta que llevaba al Open 3, hoy Ciudad Sandino.

Aquellas tragedias

En ambos locales el restaurante fue en distintos momentos el centro de atención del país por terribles tragedias de violencia que se originaron en sus mesas.

En abril de 1968, el mayor de la Guardia Nacional Óscar Morales Sotomayor (“Moralitos”) se encontró en el Munich con los hermanos René y David Tejada Peralta, ex oficiales dados de baja. Sánchez rememora que hubo cruce de miradas, palabras y burlas, un balazo al aire y luego la tragedia.

El ex teniente David Tejada fue mandado a capturar por “Moralitos” y fue brutalmente golpeado en los predios de la Tercera Compañía, de la que era jefe Morales, quien interrogó y torturó personalmente a los dos jóvenes un Viernes de Dolores cinco de abril de 1968.

El caso que nació en el Munich adquirió ribetes dramáticos cuando se conoció una versión oficial que indicaba que Tejada había sido lanzado al cráter del volcán Santiago de Masaya, para desaparecer el cuerpo del delito de asesinato.

Otra versión -–que resultó ser la verdad-- indicaba que un personal militar había inyectado gasolina y quemado el cadáver, cuyos restos fueron enterrados en el cuartel de la GN en el cerro Mokorón, que controlaba Morales y que sigue situado en los costados de la UNAN.

“Moralitos”, lúgubremente célebre por su crueldad sin límites, luego habría matado al capitán y médico Fernando Cedeño, quien atestiguó en su contra durante el juicio por la muerte de los hermanos Tejada. Oscar Morales Sotomayor murió en marzo de 2008 a los 79 años, en Miami, a donde recaló tras escapar del país a Guatemala, donde puso un restaurante.

La ruleta rusa del general

Otro de los crímenes que Sánchez recuerda que ocurrieron en el Munich fue el que pasó, según sus recuerdos, el 20 de noviembre de 1968. Esa vez el involucrado fue el general Guillermo Noguera, quien supuestamente mató a un muchacho llamado Leonel Peralta, un ex militar graduado en la Academia Francesa de Saint Cyr.

Esta víctima era hijo del coronel Agustín Peralta, militar de confianza del viejo Somoza García. El joven sufría de problemas de alcoholismo y aquella noche andaba hambriento y sediento y llegó al reservado del segundo piso y pidió licor y comida al general Noguera.

Recuerda Sánchez que, de acuerdo con lo que se informó por esos días y de lo que él investigó posteriormente, el general Noguera, quien luego llegó a ser jefe del Estado Mayor General de la GN, retó al joven a jugar la ruleta rusa a cambio de comida y tragos. Esa noche el comedor del Munich se salpicó de sangre y un joven quedaba inmolado por el vicio y la crueldad.

Algunos otros hechos sonados ocurrieron en ese local, pero el lugar nunca perdió el prestigio gracias a la atención esmerada y personalizada de doña Ángela, quien día y noche se encargaba del negocio. En su nueva dirección, por ejemplo, el ex director del Incei (antes Enabás) de Somoza dio muerte a Róger Fonseca e igualmente también recibió un balazo mortal.

Clientela notable

Entre sus clientes se recuerda al mismísimo general Anastasio Somoza Debayle, al general panameño Omar Torrijos, a Mario Moreno “Cantinflas” y a su equipo; a Toña “La Negra”, los Churumbeles de España y Celio González.

Además su clientela local incluyó a veteranos y renombrados periodistas como Rodolfo Tapia Molina, Danilo Aguirre, Sidar Cisneros Leiva, Orlando Meza Lira, Ricardo Arróliga, “El Fat” García, Eduardo Alvir y muchos otros notables de la época.

Con la llegada de la revolución, en 1979, doña Ángela y su familia se fueron del país. El negocio fue confiscado por las nuevas autoridades del FSLN y dado en arriendo por la Corporación Nacional del Turismo a una antigua empleada del negocio, quien lo administró hasta 1990, cuando su propietaria regresó a reclamarlo.

En 1994 la presidenta Violeta Chamorro ordenó la devolución legal del negocio junto al Hotel Las Cabañas, Centro de Diversiones Bolerama, Centro de Diversiones Lobo Jack, Centro de Diversiones Jinotepe, Hotel 10 ½, Hotel Alambra, Hotel Bajamar, Hotel Camino Real, Hotel D´Lido, Hotelinsa, Restaurante El Flotante (Trapiche), Restaurante El Volcán, Restaurante Mirador Tiscapa, Restaurante Xiloá Turística y Restaurante Los Gauchos.

El Munich siguió su ritmo, atendiendo día y noche a las nuevas generaciones de noctámbulos. El lugar cambió un poco su estilo: las mesas ya no estaban en las aceras por la inseguridad creciente de la zona, pero las sopas seguían en ofertas y se sostuvo la participación de mariachis y grupos musicales que entonaban serenatas hasta el amanecer.

“Ahí uno podía llegar a las 5:00 de la mañana a desayunarse un pichel de cerveza o a comer un nacatamal. Igual te lanzabas una sopa de punche a las cuatro de la mañana, como una media a las doce del día. Era 24 horas y nunca, nunca, nunca cerraba”, recuerda Sánchez.

Los últimos años del Munich

Los últimos años del Munich no fueron muy generosos. Si bien se sostuvo la concurrencia y el sol siguió dando los buenos días a muchos capitalinos, los negocios de la competencia fueron creciendo en los alrededores, al ritmo que la salud de su propietaria se volvía precaria.

De hecho, sus últimos años el Munich tuvo su más férrea competencia en la otra acera, con el bar La Guitarra, que sigue vivo en la 35 Avenida.

Doña Ángela sufrió hace algunos años un infarto y otras dolencias propias de la edad que la postraron a una silla de ruedas y la obligaron a retirarse del negocio. Una ironía de los últimos años del restaurante es que se hizo famoso por sacar sus mesas a la acera, y de último había sido no sólo amurallado y enverjado, sino que hasta se techó y se le vedó la vista al cielo a los parroquianos.

Ahora el ingeniero Guerrero comenta que el local puede terminar convertido en la extensión de una universidad vecina que podría convertirlo en un auditorio académico, en una sala de congregaciones religiosas o en un pequeño restaurante de comidas diarias para los trabajadores vecinos del sector.

Si algo hay que decir del Munich es que murió en su ley: cantando. Su último negocio fue, en abril pasado, un bar-karaoke. Una noche cerró de madrugada con las últimas canciones mal entonadas de una garganta ebria y con la luz del día, el Munich cerró sus puertas y apagó las memorias de un pasado que ya nunca volverá.