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El 1º de octubre de 1849, en The Daily Crescent de Nueva Orleáns, William Walker escribió: “Ansiosamente aguardamos que Cuba sea parte de la Unión (Americana) […] El Golfo [de México] será el centro del comercio más rico que el que podría jamás presumir el Mediterráneo; Nueva Orleáns será la Alejandría y Habana la Constantinopla de nuestro imperio, mucho más poderoso y extenso que el romano”. Tenía entonces el sureño de Nashville, Tennesse, 25 años, y esas líneas eran un eco de la “doctrina del águila rampante” expuesta en la corriente popular del Destino Manifiesto —término acuñado en enero de 1845— que justificaba la expansión territorial de los Estados Unidos hacia México, Cuba y la América Central.

De ahí que el fenómeno del filibusterismo estadounidense de mediados del siglo XIX haya sido una expresión de ese Manifiest Destiny, y que los designios de Walker trascendiesen Centroamérica, abarcando las Antillas. Posesión ultramarina de España, Cuba figuraba entre sus planes expansionistas. En el Istmo centroamericano, el filibustero pretendía asentar un Estado organizado y regido conforme a principios militares, desde el cual le arrebataría la Isla a la reina Isabel segunda.

Las invasiones de Narciso López a Cuba

Tal había intentado su predecesor, el general Narciso López (1798-1851). Desde Nueva York, el ex oficial del ejército español en Venezuela organizó en 1849 una expedición de cinco mil hombres con un respaldo de tres millones de dólares, aportados por exiliados cubanos, amigos neoyorquinos y ricos sureños esclavistas. Pero las autoridades federales la impidieron, en cumplimiento de la Ley de Neutralidad de 1818, que prohibía organizar dentro de territorio de Estados Unidos fuerzas armadas para atacar a una nación amiga. Una segunda tentativa invasora la realizó en mayo de 1850.

Aunque concebido en Nueva Orleáns, salió de Contoy, cerca de Yucatán. Sus 520 “libertadores” se dirigieron a la Bahía de Cárdenas (a 90 millas al Este de La Habana), en cuya ciudad del mismo nombre residían muchos comerciantes estadounidenses. Hubo enfrentamientos, pero los expedicionarios tuvieron que retornar en su embarcación “Creole”, perseguida por el veloz y armipotente “Pizarro” de la armada española. Entre los invasores, en su mayoría anglosajones, se distinguió por su valor e intrepidez el filibustero Callender I. Fayssoux, quien más adelante se incorporaría a las fuerzas de Walker en Nicaragua.

La tercera invasión a Cuba de Narciso López partió de Nueva Orleáns el 3 de agosto de 1851. Como en la anterior, el apoyo económico procedió de acaudalados extremistas de Nueva Orleáns, cuyo propósito era liberar Cuba de España, establecer temporalmente una república independiente y después anexar la Isla a Estados Unidos como Estado esclavista. El coronel William L. Crittenden, graduado en West Point, secundaba a López. Destruida la invasión por el ejército español, ambos fueron capturados y ejecutados en La Habana ante veinte mil vociferantes espectadores.

El “Manifiesto de Ostende”

Los sureños proesclavistas siguieron empeñados en adquirir Cuba. No ya mediante el filibusterismo, sino por la vía diplomática. En 1854, durante el gobierno de Franklin Pierce (1853-57), fue emitido el “Manifiesto de Ostende”, documento que firmaron el 18 de octubre de ese año James Buchanan (luego sucesor de Pierce en la presidencia), J. Y. Mason y Pierre Soulè —epígono del esclavismo— como ministros de los Estados Unidos en Inglaterra, Francia y España, respectivamente. Por orden de Pierce, se reunieron en Ostende, puerto de Bélgica, con el fin de adoptar medidas pertinentes por supuestos perjuicios causados por España al comercio de los Estados Unidos en Cuba. Recomendaba el Manifiesto que “Estados Unidos, de ser posible, compre cuanto antes Cuba”, y que si España se niega a vender la Isla, “las leyes humanas y divinas nos darán la razón si se la arrebatamos”. Mas España no estaba dispuesta a cederla por las buenas ni por las malas, y después de las expediciones desde los Estados Unidos de López no se logró invadir Cuba hasta la guerra hispano-americana de 1898.

Domingo Goicouría y su alianza con Walker

Pues bien, un banquero de la tercera expedición anexionista de López, el criollo cubano Domingo Goicouría (1804-1870), entró en arreglos con Walker cuando éste controlaba el gobierno de Patricio Rivas, como Comandante de las Armas. Goicouría era ingeniero de profesión, hijo de un millonario industrial del azúcar —sustentada en la mano de obra esclava— que de joven había vivido en Inglaterra como representante de los negocios de su padre. Luego, por expresar ideas separatistas, fue deportado de Cuba a España. Su conversación revelaba una clara inteligencia, conocimientos extensos y un carácter vanidoso e impertinente.

Poco después apareció en Estados Unidos, con residencia en Misisipi. Se alió con López, y, al fracasar éste, se asoció al general John A. Quitman para planear una nueva expedición a Cuba que nunca llegó a realizarse. Al apoderarse Walker de Nicaragua, Goicouría llevaba una vida de holganza en Nueva York. Contaba entonces con 51 años. Era alto y esbelto, de poblada barba blanca que le cubría el pecho, y que había jurado no afeitarse hasta ver a su patria libre del yugo español. No quería que Cuba siguiera el ejemplo de los estados centroamericanos, sino que se anexionara a Estados Unidos.

El convenio Lainé-Walker

En diciembre de 1855, Goicouría envió como representante suyo ante Walker al capitán Francisco Alejandro Lainé. El jefe filibustero escuchó con agrado la propuesta de Lainé, y el 11 de enero de 1856 suscribió con él un convenio mediante el cual Walker y Goicouría aunarían esfuerzos. Estipulaba dicho convenio que los cubanos debían juntar sus medios materiales con los de Walker y ayudarle “a consolidar la paz y el gobierno de Nicaragua”. Una vez realizado esto, Walker “ayudaría y cooperaría personalmente, aportando sus diversos recursos, como hombres y demás, en pro de la causa y la libertad de Cuba”. Goicouría aprobó el convenio y se dispuso partir con destino a Nicaragua.

Goicouría y su aporte filibustero

A 250 filibusteros, mayoritariamente cubanos, había enrolado para servir en las filas walkeristas. El financiero Cornelius Vanderbilt, uno de sus amigos neoyorquinos y presidente de la Compañía Accesoria de Tránsito, contribuyó al costo de los pasajes. Goicouría y sus hombres arribaron a Granada el 9 de marzo de 1856. El cubano se enteró de inmediato con espanto que Walker había resuelto separar a Vanderbilt de su compañía, convencido de que el filibustero había matado la gallina de los huevos de oro y obtenido un poderoso enemigo de terrible carácter vengativo. Permaneció, sin embargo, fiel a su palabra, y en las siguientes semanas prestó útiles servicios en la guerra contra Costa Rica. Mientras Walker salía a combatir a los costarricenses en Rivas, se quedó como gobernador político y militar de Granada, siendo reconocido como tal por las tropas en parada pública.

La toma de posesión usurpadora del “rey de los filibusteros”
Goicouría fue nombrado Intendente General de Hacienda con el rango de Brigadier, manipuló para encumbrar a su aliado en la presidencia, promovió la separación de la Iglesia nicaragüense de Roma, y sofocó amagos bélicos de los legitimistas en Chontales, fusilando a quien encontrase en su camino. De manera que el 12 de julio de 1856, al tomar posesión de su espuria “presidencia”, Walker hizo engalanar la plaza de Granada con las banderas de Nicaragua, Estados Unidos, Francia, y el estandarte de la estrella solitaria de Cuba. Pero Goicouría no estaba presente (el 12 de junio había partido a Estados Unidos a conseguir un empréstito; y luego seguiría a Inglaterra en misión diplomática, pero se quedó en Estados Unidos), sólo los cubanos de la Guardia de Honor.

Walker leyó en inglés su discurso y, a continuación, el cubano Lainé repitió su lectura, traducida al español, con énfasis declamatorio. Otro ayudante de campo de Walker era el capitán Manuel Francisco Pineda, también cubano. Los hombres de Goicouría ofrecieron una misa en la parroquia de Granada y celebraron el quinto aniversario del fusilamiento de Narciso López. Para Walker, según lo refiere en su libro, los ardientes jóvenes cubiches soñaban con vengar la muerte de López. Además de Goicouría (que terminaría rompiendo con Walker por negarse a viajar a Inglaterra y aconsejar a su Jefe) y de Lainé, se conocen los nombres de treinta filibusteros cubanos.

A saber: el coronel José Machado que, al mando de doscientos hombres, fue abatido en la batalla de Rivas el 11 de abril de 1856 por un disparo del teniente costarricense José María Rojas; Francisco Agüero Estrada —Prefecto del departamento Oriental— e Isidro Payllón, muerto accidentalmente. Tres más fallecieron víctimas del cólera en el sitio de Granada: Cirilo Flores, José Manuel Hernández y Gregorio Pinto; y otro —también del cólera— en el puerto lacustre de La Virgen: Manuel Higinio Martínez. Cuatro regresaron a los Estados Unidos: Francisco de Armas Céspedes, Francisco Montoro, Pablo Antonio Golívar y Manuel Francisco Pineda. Doce acompañaron a Walker durante algún tiempo: Manuel Tejada, José Serrano, Adolfo Pierre Agüero, Martín Jiménez, Antonio García Abarca, Diego Hernández, Cristóbal Ramos Alegre, Rafael Pulgarón N. Castillo, Antonio Fleuri, José María Rodríguez, José Crespo y Manuel Fleuri. Finalmente, sólo cuatro permanecieron a su lado a lo largo de toda la campaña: Enrique Félix, N. Félix, Miguel Betancourt y Ramón Ignacio Armao.

El fusilamiento de Lainé y la represalia de Walker

Tras su captura en Diriomo por los aliados en octubre del 56, Francisco Alejandro Lainé fue ejecutado por orden del guatemalteco José Víctor Zavala, quien preguntó: —¿Habla el prisionero español? / —Sí, mi coronel, perfectamente. / —Pues, entonces, que lo amarren a un árbol y lo fusilen por la espalda. ¡Su traición es doble! En represalia, Walker (quien tenía un alto aprecio por Lainé) ordenó fusilar en Granada a dos prisioneros guatemaltecos: el coronel Brígido Valderrama y el capitán Bernardo Allende, capturados durante una escaramuza en Jalteva.

Este acontecimiento fue lamentado por los combatientes de los dos bandos. El filibustero James Carson Jamison anotó en sus memorias: “El coronel Valderrama y el capitán Allende eran caballeros de superior cultura, indudablemente acaudalados y de modales corteses y delicados. La impecable corrección de ambos prisioneros había ganado la voluntad de sus custodios, al grado de que detenidos y carceleros cantaban y bailaban juntos. Cuando el general Walker expidió la orden de ejecución ardieron nuestros corazones y todos nosotros derramábamos lágrimas.”

Goicouría y su final
En síntesis, la participación de Domingo Goicouría en la intrusión del expansionismo filibusterismo en Nicaragua consistió en tres aspectos: 1) como reclutador de soldados cubanos y estadounidenses, 2) como activo combatiente al servicio de Walker dirigiendo exitosas operaciones militares y 3) como agente diplomático en los Estados Unidos e Inglaterra. El 21 de agosto de 1856 Walker le escribió desde Granada que asegurase en su misión que la Gran Bretaña devolviese a Nicaragua el puerto de San Juan del Norte. Dicha negociación debería terminar con la firma de un tratado hacia mediados de diciembre.

El fusilamiento de Walker en Trujillo, Honduras, el 12 de septiembre de 1860, puso fin a las ambiciones del aguerrido y dementado heraldo del Destino Manifiesto. Sin embargo, su aliado Goicouría continuó sus acciones conspirativas hasta su muerte, cuando fue ajusticiado en La Habana el 7 de mayo de 1870, a sus 66 años. “Hijo de vascongados, con más de treinta años de lucha constante contra la dominación española, noticioso en los Estados Unidos de la muerte en acción de su joven hijo, trasladóse a Cuba en febrero de 1870 y fue apresado por soldados españoles. Conducido a La Habana, donde tenía causa pendiente desde 1851, el Capitán General de la Isla consideró conveniente para su política ofrecer el bárbaro espectáculo de la ejecución del implacable enemigo de la metrópoli a los voluntarios habaneros, condenándolo a morir en el garrote” —informa el historiador cubano Ramiro Guerra.