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Son las 12:35 de la noche. Tras casi 40 minutos de espera, la médico de base y la médico interna del turno, que cursa sexto año de la carrera de Medicina, por fin le dan el quirófano para operar a la segunda paciente de la noche: una mujer cuyo bebé viene sentado. Esa será la operación número 17 del equipo quirúrgico, cuyo turno es de 24 horas.

La mujer, que aparenta unos 30 años, se muerde los labios a cada rato y tuerce los pies cuando siente dolor. Su panza está baja, pareciera que busca el suelo, y ella, por instinto, la agarra con las dos manos. Da la impresión de que la chineara.

La doctora la observa y cree que los médicos del día le aplicaron Citotec para acelerarle el parto. Minutos antes de operarla, pregunta al equipo del turno si a ella le aplicaron algo.

Todos concuerdan que no. Ve el expediente de la paciente, y no ve nada raro.

Tras eso, el equipo conformado por cinco personas --entre instrumentistas, anestesióloga y enfermeras-- prepara la sala, que luce como un aula de universidad, aunque con un aire acondicionado que no da mucho.

El equipo, entre otras cosas, se encarga de acomodar a la mujer en la camilla de operación, arregla las lámparas con focos desprovistos de vidrio, y alistan los instrumentos quirúrgicos.

Entre tanto, la médico de base y la médico interna llenan el expediente, donde deben indicar el estado de la paciente y el procedimiento que ejecutarán. Además, deben argumentarlo. Mientras lo hacen, bromean y recalcan que si algo sale mal, seguro que al día siguiente lo sabrá todo el hospital y de paso serán famosas, porque no dudan de que (el hecho) saldrá en las noticias.

Y se alistan para la operación

Se ríen, y cuando acaban de llenar el expediente, se lavan las manos con agua y jabón líquido, algo que hacen durante cinco a siete minutos.

Luego se frotan las manos con alcohol gel, se ponen el cubre bocas, y unos lentes de plástico, como los que suelen usar los albañiles. Eso lo hacen, según explican, para protegerse los ojos de las gotas de sangre y del líquido amniótico. El accesorio corre por su cuenta, porque no lo suministra el Ministerio de Salud, Minsa.

Ya con los lentes puestos se colocan los guantes descartables y entran al quirófano. La mujer a la que van a operar ya está lista: tiene betadine, una solución antiséptica de yodo para reducir la posibilidad de infección, además, tiene puesta la sonda y está dormida.

Su pubis no fue rasurado, y la médico se queja por eso, y cuando se dispone a realizar el corte en el abdomen, pregunta a las mujeres del equipo, en tono de broma: ¿Cómo quieren que se haga la herida?, una le indica: “Como sea más rápido”.

Pero otra la interrumpe y grita: “Vertical”. La doctora se ríe y les dice: “Son bandidas, si la hacemos vertical le quedará como nalga, hay que hacer las cosas como nos gustarían que nos las hicieran a nosotras, ¿verdad? La haremos horizontal para que no se note y use bikini”, les responde.

Las mujeres se ríen otra vez y asienten. La doctora comienza la labor y va pidiendo los instrumentos conforme va avanzando. Así van pasando diferentes tipos de pinzas, todas con poco filo y sarrosas. La doctora se vuelve a quejar, y dice que así es difícil operar, además, insiste en que esos instrumentos dañan más a la paciente.

Usan hilo “chino” de mala calidad

Cuando por fin logra hacer las aberturas debidas para extraer al niño, la piel de la mujer lo resiente: está como dura, y a la médico le cuesta sacar al bebé. Lucha, suda y se enoja porque insiste en que la anestesia fue mal aplicada.

Sus compañeras guardan silencio. Tras varios minutos, logra sacar al niño. Lo da al pediatra, quien lo examina y luego lo arropa. La madre no lo logra ver. Nadie se lo muestra.

La médico, sudada, saca la placenta y limpia el útero. Tras eso comienza a cerrar cada capa de piel que abrió. Pide pinza e hilo.

Comienza a zurcir, y en la segunda puntada… ¡se rompe el hilo! Ella dice: “¿Y este hilo de dónde salió? “Es chino”, le indica una enfermera. “Es el que ocupamos desde hace un mes”, agrega.

La doctora vuelve a intentarlo y el hilo se vuelve a romper. “Así no puedo operar, estoy lastimando a la paciente, pero ¡este hilo no sirve!”, insiste la doctora.

El hilo, según su envoltura, es de nylon monofilamento. Su lote es el número 0808-28. Fue fabricado el 08-2008 y expira el 07-2013. Cada bolsita tiene 75 centímetros, y lleva impreso el nombre de Anhui Kanghing Industrial, de origen chino.

La herida de la paciente sangra, y la médico toma el lápiz cauterizador unipolar para evitar que el sangrado siga. “¿Ves? Ese es el problema con un hilo malo, lastima, lastima”, señala.

Ella cauteriza con sumo cuidado, pues comenta que cualquier movimiento en falso puede afectar cualquier órgano cercano. “Como el lápiz no es bipolar, su alcance no es focal, entonces puede tocar un órgano y perforarlo, y si eso ocurre a mí me acusarán de negligente”, se queja la especialista.

El sudor vuelve a aparecer, y a ella, esta vez, de inmediato le limpian la frente. “Una gotita que caiga de sudor a la herida, y ¡zas! infecta a la paciente”, comenta la médico. “El aire no da para más”, contesta una de sus compañeras de equipo.

Y faltan dos operaciones más

La médico internista le ayuda a cerrar la herida, y eso les toma casi 40 minutos, porque el hilo y el sudor no ayudan. El equipo está inquieto, y repite que ya llevan 17 cirugías y que faltan dos operaciones más.

La médico intenta calmarlos y les dice que ya descansarán, pero una de las enfermeras le recuerda que “todos los del quirófano, tras el turno (del hospital), nos vamos a las clínicas (privadas) porque el dinero no alcanza”.

“Ah, se me olvidaba”, les contesta... Todos ríen, y uno que otro recalca que tienen mucha carga laboral, que hay que apurarse.

En esas están, cuando concluye la operación. Se traslada a la paciente a una sala que comparte con otra gente. “Aquí no hay sala de observación, todo operado pasa a compartir sala con otros enfermos”, explica una enfermera.

La médico de base comenta que la mujer verá a su niño hasta el día siguiente si no hay complicaciones. Ya son las 2 de la mañana.

Esa es una de las tres operaciones que un doctor de base atiende, como mínimo, en su turno nocturno. Usualmente la carga es de cinco, ocho y hasta 12 cirugías en el turno que le asignan.

Turnos son extensos

Los médicos generales e internos, por ejemplo, trabajan 24 horas seguidas, y de inmediato deben cumplir con las ocho horas del turno normal, de modo que si entran a la 7 de la mañana salen hasta las 3 de la tarde del día siguiente.

Hay contratos de médicos especialistas, en tanto, de 12 horas de turno más las ocho del horario normal. Éstos ganan entre 9 mil y 19 mil córdobas según su antigüedad.

A cada cambio de turno, el médico que dirige el equipo, usualmente, trata de ponerse al tanto de todo con el médico interno, que le servirá de apoyo, y con la enfermera de la sala que generalmente tiene a su cargo a más de diez pacientes por sala, cuando la norma internacional dice que debe ocuparse sólo de dos por sala.

Áreas como Ginecología y Emergencia siempre están activas. Cada 10 minutos, en un hospital público, asoman uno o dos pacientes que llegan con dolor en cualquier parte del cuerpo.

Es muy común toparse con mujeres que van a dar a luz. La mayoría, según las enfermeras, llega al hospital antes de tiempo. “Las camas, en las salas, están siempre ocupadas”, insisten.

Juanita, cuyo nombre no es el real, cuenta que llegó al hospital a la una de la tarde. No hay un familiar a su lado.

“¿Y cómo pariste antes?”

A la hora que la médico de base recibió el turno, 7 de la noche, ella no paraba de gritar por los dolores de parto. Actuaba como si fuera el primero, pese a que era su cuarto niño. La enfermera, asustada por su estado, le preguntaba cómo había hecho para parir a los otros tres.

Juanita, en su desesperación, decía: “No sé, fue hace mucho tiempo”. La sala donde ubicaron a la mujer era pequeña, era un cuarto con cinco camas colocadas a menos de un metro.

La médico de base, al enterarse de que Juanita ya ha parido tres veces, le insiste: “Mamá, ya sabe qué hacer: hay que pujar y pujar”. Ella le responde: “No quiero morir”. “Entonces puje, coopere”, le reprocha la médico.

Al lado de Juanita están Griselda y Mariana, quienes aseguran que son “primerizas”. Juanita sigue gritando.

A las 7:30 de la noche, la médico indica que hay que llevar a Juanita a la sala de labor y parto. Le pregunta a ella si está lista, la mujer le responde que sí, que hará el intento.

Animales comen en bandejas de enfermos

Por la noche, en los hospitales, hay una calma a medias. Las almas en los pasillos se cuentan con los dedos de la mano, pero contrario a lo que se piensa, las situaciones “al límite”, en ese tiempo, sí son frecuentes.

En esos turnos nocturnos, además, todo es posible. Ver un animal doméstico comiendo en una bandeja donde les sirven los alimentos a los pacientes, no es raro. Es usual ver perros y gatos rondando por las bancas aledañas a las salas de los pacientes.

Éstos siempre encuentran algo de comer, porque las bandejas quedan en las bancas con los restos de comida. Ni el vigilante ni el resto de trabajadores están pendientes de eso.

Las cucarachas también rondan. Incluso, verlas en el recipiente donde se lavan los instrumentos quirúrgicos, es común. Nadie se asombra de verlas allí, sólo los nuevos visitantes.

Pero eso no es nada cuando se encuentra con pacientes como Juanita, a quien casi se opera por no pujar. La enfermera comenta que entre el 80 y el 90 por ciento de mujeres que llegan a parir no ayudan, porque no saben cómo pujar.

Eso significa, según la médico de base, que se no cumplen con la norma de atención prenatal, la cual dice que en la tercera visita las mujeres deben recibir el método psicoprofiláctico y el plan de parto para parir, sin problemas, de manera natural.

Al preguntarle a Juanita si a ella le dieron consejos durante las citas, comenta que no.

Por fin logra que expulse al bebé.

Ya son cerca de las 8:40 de la noche. El equipo vuelve a la sala donde una de las dos mujeres primerizas podría parir a las cinco de la madrugada, según cálculos que sacaron, considerando las horas de trabajo de parto y la hora real.

Los pies a esa hora no se aguantan. Pareciera que se ha caminado durante horas, y lo único que se quiere es sentarse y descansar. Pero no se puede: hay pacientes que ver y la noche apenas empieza.