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Hay herramientas por todas partes en aquella vivienda de Reparto Belmonte, cuya fachada esconde una especie de laboratorio múltiple donde el doctor Felipe Valenzuela Moreno, a sus 92 años, todavía se dedica a saciar propósitos científicos. El patio es una estela de aparatos de generación de energía eólica, el jardín es caldo de cultivo de especies raras, y su consultorio no sólo revela su interés por la medicina sino por la música grabada en vinilo. “Es mi vida”, dice el especialista en várices y hemorroides, que hasta hoy imprime el sello de innovación al país.

“El doctor Valenzuela”, como se le conoce en varios hospitales de Managua después de 61 años dedicados a su carrera, fue el primero que practicó con éxito un injerto de aorta abdominal en Nicaragua. Reemplazó por otra de plástico esa arteria que transporta la sangre desde el corazón a todo el cuerpo, algo que hoy es un procedimiento recurrente.

Esa es su carta de presentación, y Valenzuela lo deja en evidencia sin rezago, al relatar sus anécdotas, mostrando varias revistas científicas que destacaron la experiencia en grandes titulares de portada, igual que el diario Novedades de nuestro país, aquel viernes seis de mayo de 1960, cuando se anunciaba la llegada al mercado internacional de la primera píldora anticonceptiva.

“Tiempos aquellos”, afirma el galeno, mientras se acomoda en su acojinada silla del consultorio privado, ubicado del Hospital “Fernando Vélez Paiz” tres cuadras arriba y media cuadra al sur, una sala donde se cruza la medicina con la música y otro poco de la ingeniería eléctrica.

Más de medio siglo

Valenzuela Moreno hoy es un señor de hablar y caminar pausado, pero de urgente ánimo y de mirada indeleble, como se le expone en aquellas publicaciones de medio siglo atrás. Sus familiares dicen que viste ropa clara en su mayoría, las que no logran esconder las múltiples pecas que saltan en la guayabera entreabierta.

“Por cada peca en su cuerpo, podemos contar anécdotas, recuerdos, logros y dificultades. Sus ojos vivaces lo dicen todo. Camina erguido y con paso firme y su abrazo borra toda tristeza”, relata Elisa Valenzuela, una de sus nietas que lo describe en internet.

Es un médico que diario “devora” los periódicos en busca de historias humanas y científicas, quien se declara fanático de la energía solar y la eólica. Su vivienda es un experimento completo. La entrada está adornada de paneles solares conectados a una batería, la que provee energía eléctrica cuando hace falta.

Cuando el fluido eléctrico se interrumpe, aquella vivienda se distingue en todo Belmonte, cerca de las instalaciones de la Cruz Roja Nicaragüense (CRN). Es la única que cuenta con suministro gracias a la “terquedad” de Valenzuela. Las bujías que circundan la casa encienden de inmediato entre la oscurana, y hasta dispone de agua caliente usando un sistema eólico.

Terquedad

Recuerda haber fracasado una y otra vez al instalar este equipo que produce energía eléctrica a partir del aprovechamiento del viento, “pero el que persevera alcanza”, y el galeno lo hizo funcionar. Al encenderlo por primera vez la hélice giró tanto que voló por las nubes y terminó en el Colegio Nicaragüense Francés “Víctor Hugo”, adonde llegó a traerla y volvió a probar y probar hasta lograrlo.

“Es testarudo en la ciencia, sucedió hace cinco años”, relatan sus familiares, quienes celebran sus 92 años de edad disfrutando la disposición que muestra al atender a sus pacientes en casa, al practicar sus experimentos en el patio, al verlo extasiado con cada flor u hoja que brota de las plantas al crecer al margen de la tierra, al practicar la hidroponía.

Dice que jamás inicia el día sin atender a su esposa, la doctora Emma Sotomayor, a quien conoció estudiando en León, y con quien comparte su vida desde hace 59 años cuando se casó.

Tiene siete hijos: María Eugenia, Álvaro, Mauricio, Carlos, Gustavo, Luis Esteban y Felipe Javier. Sólo estos dos últimos le heredaron la pasión por la Medicina. Uno es cardiólogo en Puebla, México, y el otro trabaja en Costa Rica para el Instituto del Seguro Social.

Esteliano de cepa

Valenzuela Moreno nació en Estelí el 27 de octubre de 1918. Su padre era agricultor, y su madre una dedicada ama de casa que procreó 13 hijos. Es el cuarto de ellos, y dice que siempre estudió en colegio público, muestra de eso es que se graduó en la Facultad de León a sus 30 años, el dos de agosto de 1948.

Relata que llegó a Managua a estudiar el sexto año de la secundaria en el Colegio Pedagógico de Varones, de donde saltó hacia León en 1940. Su tesis fue sobre un nuevo diagnóstico precoz del embarazo, que recién había sido descubierto en Uruguay por el doctor Gally Maniani.

En aquel tiempo todavía no se podía saber cuando una mujer estaba embarazada, entonces, por sugerencia del doctor Jacinto Alfaro, se dedicó a estudiar este proceso que utilizaba a los sapos para determinar cuándo una mujer estaba encinta, mediante la inyección de orines. “Si este animal producía una gran cantidad de esperma después de introducido el líquido, entonces se sabía que la señora estaba embarazada”, recuerda.

Al regresar de Estados Unidos en 1955, después de aprovechar una beca y de haber recibido entrenamiento durante 18 meses en el ST. Luke’s Episcopal Hospital de Houston, Texas, fue asignado a doctores con experiencia en várices, hemorroides y también en el área cardiovascular. Gracias a ellos empezó su especialización.

El terremoto

Fue aceptado como cirujano general por el Instituto Nacional del Seguro Social (INSS), en 1958, y por más de 25 años se desempeñó como cirujano pediátrico y especialista cardiovascular. En 1968 fue nombrado jefe del Departamento de Cirugía del INSS.

Recuerda que terminó trabajando en el Hospital El Retiro, que colapsó con el terremoto de 1972. “Nunca había conocido un hospital tan lindo y elegante como ése”, señaló, al relatar que su destrucción dio paso a la construcción de otros, entre ellos, el Hospital “Antonio Lenín Fonseca” (llamado antes “14 de Julio”).

Con sus hijos, Álvaro y Felipe, se integró en aquel tiempo a la rehabilitación del Hospital “Vélez Paiz”, que se encontraba abandonado y fue utilizado como escuela de enfermería durante algún tiempo. Viendo la escasez de centros hospitalarios comenzaron a limpiar el sitio con la ayuda del doctor Armando Ode, quien apoyó la llamada “Brigada Valenzuela”, que desarrollaba dichas labores.

Las operaciones

El trabajo que más recuerda es una operación de la Aorta Abdominal, una vena que se obstruye causando serios problemas de salud. La realizó en 1959, a una señora que residía en Miami y que pasaba vacaciones en Nicaragua. Dice que al ver la urgencia del caso se arriesgó y resultó un éxito, colocándole un injerto de plástico mediante una técnica aprendida en Estados Unidos.

El éxito de esta operación llamó la atención en la Nicaragua de aquella época, y dos años después realizó la siguiente, obteniendo los mismos resultados, lo que mereció la publicación del caso en revista de la Sociedad Médica de Nicaragua y la Asociación Médica Nicaragüense.

Otras operaciones novedosas que practicó Valenzuela aparecen en revistas regionales, y entre los casos mencionados se refieren enfermedades como ruptura esplénica, quistes y fistícula del conducto tirogloso, toroides agudas, escariáis hepáticas, aneurisma de la aorta abdominal, resección e injerto.

12 horas en el quirófano

Entre las más comentadas se encuentra la que le practicara a la paciente María Teresa Aburto Lacayo, en 1980. Ella tenía un tumor en el páncreas que logró extirpar después de 12 horas en el quirófano, la operación más larga de su vida en el “Lenín Fonseca”.

“Sólo podía mover sus manos para extraer el cuerpo extraño que la paciente tenía adherida… su equipo fue relevado tres veces, y él seguía atento, sin moverse de los dos ladrillos que ocupaba”, relata un diario que guarda, donde expone en detalles aquella intensa jornada.

Todavía guarda una gran cantidad de fotografías de estas operaciones, y hasta copia de los expedientes que atendió en los diferentes hospitales de Managua donde prestó sus servicios. Recuerda que las intervenciones antes se dibujaban de forma previa en papel, y, mostrando uno, refiere que “era bastante complicado, pero muy interesante”.

Cuarto de soltero

Ahora Valenzuela se regocija en sus recuerdos, y asegura que disfruta de ellos en su “cuarto de soltero”, una especie de “baúl de los recuerdos” que una nuera le preparó junto a la clínica, donde tiene un camarote donde descansa todas las tardes.

“Todas las cosas que uno hace o quiere hacer tienen su ventaja, y debemos guardarlas con cariño. No hay que desaprovechar oportunidades, siempre hay que pensar en positivo”, indica el galeno, señalando el mueble grande que decora con piezas precolombinas y fotografías de la familia.

Por eso no es casualidad que en el consultorio de este médico sobresalgan sus diplomas y la fotografía de 50 años de su boda, además de los reconocimientos recibidos. Aún le acompaña la lámpara grande que tenía cuando laboraba para los hospitales públicos, y cuatro tocadiscos de vinilo que son su pasión, los cuales hace sonar “de vez en cuando”.

En el mismo consultorio guarda un desfile de artistas a través de los discos de larga duración (LP). Son varios ejemplares que guarda como un tesoro en un mueble donde hay fotografías del “Papito” y la “Mamina”, los nombres que acuñó a este matrimonio su primera nieta, Valeria.

Actitud y aptitud

El doctor se sienta, cruza las piernas con clase, y con actitud regocijante reconoce tener varios aparatos sofisticados donde podría escuchar su música (iPod y MP3), sin embargo, dice que jamás renunciará a sus “Long Play”, que no sólo guardan música sino su historia médica.

Desde hace 45 años este médico vive con su esposa en aquella casa de Belmonte, donde vio crecer a su familia y estableció su clínica particular después del terremoto, donde disfruta de ver los resultados de sus experimentos y afán científico. Considera que los jóvenes pueden darle a Nicaragua mucho más que eso, pero es la actitud y la aptitud de cada uno lo que marcará el paso y destino de una vida que no se resume en años, sino en aportes a la sociedad.