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En su libro El doctor Zambrana / Padre y maestro de la democracia costarricense (San José C. R., EUNED, 2006), el historiador costarricense Armando Vargas Araya ha revalorado la carta que el ilustrado cubano Antonio Zambrana publicara en La América, Nueva York, 1884. Dirigida a José Martí, y fechada en la misma Nueva York el 15 de julio de ese año, se titula “La República de Nicaragua y el señor Joaquín Zavala”, y fue divulgada en Revista Conservadora (Managua, núm. 3, octubre, 1960, pp. 21-23), o sea: hace casi cincuenta años.

Director de La América, Martí consideró dicha carta un regalo a nuestros lectores, especificando que en ella encomia, como es de justicia, las ejemplares virtudes cívicas que a Nicaragua distinguen, y la hacen admirable. Y agrega: Que los Estados Unidos, que nacieron con la virtud puritana y con las libertades inglesas la fortalecieron, sean tierra próspera y libre no es alabar tanto como que aquellos países que vinieron a la vida con la lanza [Pedro de] Alvarado clavada en el pecho y el cilicio eclesiásticos apretado al cuerpo, hayan trocado la hipocresía e ignorancia coloniales en segura virtud republicana, del cuero de su cilicio hecho riendas para sus pasiones, y de la lanza arado. No sólo el problema de Nicaragua, sino uno de los más importantes de América, delinea con mano de maestro en su amplio y bruñido lenguaje el señor Antonio Zambrana.

Zambrana se hallaba en los Estados Unidos, procedente de Nicaragua —donde había permanecido ocho meses—, a título de comisionado del gobierno de Adán Cárdenas, con quien se relacionó a través de Rubén Darío —que trabajaba en su secretaría privada—, y del costarricense Aquileo J. Echeverría, quien era ayudante militar del mandatario rivense. Su cometido era contratar una veintena de maestros bilingües para las escuelas nicaragüenses, así como impulsar el desarrollo del país, según entrevista —aún inédita— de John Donovan, colector de estadísticas para la Historia de Hubert Bancroft de los Estados del Pacífico, el 29 de junio de 1883. Titulada “Education in Nicaragua”, consta de 11 páginas, y su manuscrito lleva el núm. 354 de la Biblioteca Bancroft, Universidad de California, Berkeley. Basado en este documento, Vargas Araya informa:
Los gobiernos de Zavala y Cárdenas elevaron la inversión en educación de 62,000 a 338,000 pesos por año, y el renglón alcanzó el 10.3 por ciento de las rentas totales del gobierno; las escuelas públicas llegaron a atender a 20,000 alumnos de 39,657 niños en edad escolar; se trajeron profesores de Europa, y el mismo Zambrana estaba encargado de contratar docentes en Estados Unidos; se inauguró en Managua [el 1º de enero de 1882] la Biblioteca Nacional con 5,000 libros; los jesuitas fueron expulsados del territorio [en julio de 1881].

A continuación reproduzco casi entera, debido a falta de espacio, dicha carta: Señor don José Martí. / Mi distinguido amigo: / Cuando estas líneas se publiquen en “La América”, cuento para ello con la bondad de usted, se encontrará probablemente en los Estados Unidos encargado de una misión importante, el señor general don Joaquín Zavala, ex Presidente de la República de Nicaragua. El general Zavala ha prestado ilustres servicios a su tierra, y es ella un campo de observación muy interesante para los que siguen con simpatía reflexiva la marcha de los pueblos libres. Usted comprenderá que yo quiera rendirle un sencillo homenaje y que venga con ese objeto a las columnas de su periódico.

El bello hogar de un pueblo laborioso y honrado

La república de Nicaragua es el bello hogar de un pueblo laborioso y honrado, que acredita todos los días la competencia posible de nuestra raza para el gobierno y las instituciones de la libertad. El sosiego en que ha permanecido durante los últimos quince años nos bastaría, ciertamente, para demostrarlo. Lógrase en otras partes la tranquilidad de la superficie con dictaduras sofocantes, que ahogan la voz de las opuestas y vibrantes pasiones; pero que las mantienen palpitando en el fondo de la sociedad, prontas a reaparecer, en súbita explosión, y a repetir, con iras acumuladas, el combate que se interrumpió.

Lo que cautiva al pensador desapasionado es el vigor sano con que las extremas ideas políticas viven y hacen propaganda en Nicaragua, sin que los excesos de apreciación y las intemperancias del lenguaje, a que una polémica ardiente siempre conducen, perturben el curso regular del mecanismo republicano. En medio de los ultra-liberales, que se impacientan, y de los ultra-conservadores, que se espantan, la mayoría política del país procede con firmeza y con pausa a la transformación que aquella sociedad necesita, y ofrece a todos los grupos, para que digan sus credos y para que procuren conquistar el apoyo de la conciencia pública, una prensa y una tribuna que están fuera de la vigilancia de la policía y de las amenazas de los cuarteles: se discute sin temer al gobierno, y se gobierna sin temer a la discusión.

La ardua tarea de regenerar la educación pública
Cupo al general Zavala la ardua tarea de regenerar en Nicaragua la educación pública abriendo el país a la enseñanza moderna, a las emancipadas ciencias nuevas, y modificando por ende, aun sin deshacer el Concordato [de 1861], sino interpretándolo bien, aquellas relaciones entre la Iglesia y el Estado que se establecieron en la oscuridad, social y política de la Edad Media, y que formando parte esencial, por cierto, del régimen de las colonias españolas, tocaron por juro de heredad de nuestras democracias americanas […]

Un patriciado que ha hecho posible una democracia serena y circunspecta.

El hecho es que cierto fenómeno social importante ha tenido éxito así en Chile como en Nicaragua —y en Nicaragua sobre todo— el establecimiento de un patriciado, fruto de la selección social, que sin convertirse en oligarquía y sin oponerse a innovaciones saludables, sino por lo contrario, sabiéndolas llevar a cabo, ha hecho posible que impere en ambos pueblos la democracia serena y circunspecta, que otros en vano apetecen […] En Nicaragua, lo que yo pudiera llamar aristocracia —viene a serlo en el mejor sentido de la palabra—, es una fuerza que equilibra, pero que no estaciona el movimiento nacional. El Partido Conservador, que esa clase social allí, por lo general, ha constituido, tiene una retaguardia, como es lógico: hay en él, católicos, de los que antes ha pintado, y otros, que sin ser indoctos, ni enemigos a todo trance de la civilización moderna, temen ver para su país, acaso demasiado, un régimen de radicalismo tumultuoso y de impiedad opresora: pero marchan en las primeras filas del partido y a buen paso, sin duda, hombres de nuestro tiempo y de convicciones enérgicas que adelantan, con entereza varonil, la educación republicana de sus compatriotas [...]

La población escasa y mal reunida de Nicaragua, lejos de aplicar sus virtudes republicanas, las aquilata a mis ojos, ¿qué nos importa la grandeza material de las naciones, y sus numerosos rebaños de soldados y de siervos, a los que apreciamos en su valor la civilización democrática? […]

La candidatura del doctor Adán Cárdenas
Convencido de esto, asistí con interés vivísimo a la última crisis política que ha atravesado Nicaragua. Concluíase el período de mando del general Zavala y había surgido entre otras candidaturas a la Presidencia la del doctor don Adán Cárdenas, un hombre tan distinguido por su carácter bien templado, como por su inteligencia luminosa y su instrucción vasta; pero tachado de impío, más que por otra causa, por la sinceridad loable con que manifestaba ideas que los timoratos encubren. El Partido Conservador se dividió enseguida: los medrosos y los prudentes fueron a reforzar el grupo que en el idioma político del país, por un motivo especial, se llama gráficamente “iglesiero”, y que es inútil describir, y el general Zavala seguido por conservadores conspicuos, aunque dejando atrás amigos queridísimos y mentores venerados, creyó llegado el momento de ir a mezclarse valientemente con los liberales, que sostenían entusiastas, como propia, la candidatura de Cárdenas.

No hubo siquiera la sombra de una intervención gubernativa: el Presidente usaba sólo de su voto, de su influencia y de su prestigio individual; pero la prensa ultraconservadora llevó hasta la fiebre el ardor de la polémica, y el varón eminente que ocupaba la primera magistratura fue víctima un día y otro de destempladas cuanto injustas acusaciones. Alzóse entonces una verdadera tempestad de ideas, de insultos, de amenazas, de reproches, y sin soldados ni aparatos de guerra para guardar el orden, sin Corte de gárrulos aduladores que remeden con sus aplausos los de la opinión pública, no por eso hubo de vislumbrarse temblor nervioso en la mano firmísima que gobernaba el timón del Estado. La discusión activa y libérrima junto a las urnas del sufragio, tuvo desenlace oportuno y pacífico en la expresión definitiva e incontrastable del voto nacional, y el doctor Cárdenas, que había procedido con reserva digna en no anticipar promesas tranquilizadoras frente a las iras y los anuncios terroríficos del fanatismo, una vez elegido, con inmenso triunfo, dijo a Nicaragua en un mensaje magistral: “Conozco mis deberes como Presidente de la República, en que los sentimientos religiosos se encuentran tan profundamente arraigados, y conozco el límite que la Constitución señala a la influencia de mis personales ideas”. Y su conducta ha probado que los conoce.

Pueblo honrado y gobierno honrado

Añada usted pueblo honrado y gobierno honrado; una estadística del crimen que marca poco números y pocos radicales desviaciones de la ley moral; las rentas públicas cobrándose y gastándose a la luz de un examen escrupuloso y bajo la inspección de una vigilancia que llega a ser impertinente; funcionarios que lejos de retirar medros los sacrifican al desempeño de sus cargos […] El único país sin deuda exterior, en toda América española, el único gobierno que ha hecho en ella, con economías de las rentas sin emprestar un peso, y sin pedirlo a las fortunas privadas, el ferrocarril que la república necesitaba; sólo veinte mil pesos señalados en el presupuesto para gastos secretos de la Administración pública, y los Presidentes teniendo a punto de honor el trasmitirse los unos a los otros íntegra o casi íntegra, la insignificante partida […]