Roberto Collado
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Ha visto tantos cadáveres en su vida, que ha perdido la cuenta. Es cirujano de carrera y aunque dice tener presente el juramento de salvar vidas, se aferra a la vocación para explicar que nació para escudriñar muertos.

Tiene 30 años en el oficio y asegura que no falta entre sus colegas uno solo que se declare extrañado por el volcón de 180 grados que le dio a su hoja de vida. Muchos todavía le dicen que no encuentran relación entre intervenir a una persona para salvarla o hacerlo en momentos en que la ciencia médica ya nada puede hacer.

Pero él tiene su coartada: es forense. Pero además, toma tan en serio su trabajo que cree que la vida de mucha gente depende de lo que resulte del encuentro entre él y el cadáver a examinar. “Nosotros (los forenses) hacemos que los muertos hablen”, dice. Y no exagera, muchas son las almas que descansan en paz cuando la justicia terrenal ha hecho su trabajo y un homicida paga por sus actos. “En cada caso resuelto hubo un útil dictamen forense de por medio”, añade convencido.

No hay en el Instituto de Medicina Legal, IML, quien no haya oído hablar de Andrés Altamirano Altamirano, formado en la escuela antigua, pero tan estudioso de la técnica moderna que muchos jóvenes de esta profesión lo llaman por ayuda ante cualquier acertijo difícil de descifrar en alguna escena de un crimen. Este hombre de 61 años, la mitad de los cuales la ha dedicado a “palpar” cuerpos, dice que si algo toma muy en serio en esta vida es la muerte.

El forense nace

Uno puede creer que un forense no sufre de pesadillas si sueña con morir. El doctor Altamirano dice que eso es un mito. “Un buen forense sabe que a la muerte se respeta”, explica. ¿Le teme usted a la muerte, doctor?, le preguntamos. “Claro, claro que le temo”, responde sin rodeos.

“Es más”, dice a renglón seguido. “El cadáver que vi ayer o antes de ayer, me sigue impactando como el primero que vi hace 30 años”, agrega. Puede que no exagere, el doctor Altamirano tiene bien presente el día exacto en que le tocó hacer su primera pericia como forense.

Cuenta que hasta antes de ese momento, todavía se consideraba un cirujano de tiempo completo en su natal Jinotega. Ocurrió en los años en que hablar de muertes violentas en el país pasaría a ser un asunto de todos los días. “Fue meses después del triunfo de la revolución de 1979, un día de agosto para ser preciso. Fui requerido por las autoridades de la época para levantar un instructivo a un cadáver tras una emboscada militar”, recuerda.

Esa fatalidad, a 30 años de distancia, se percibe como un antiguo acontecimiento, pero en la época tuvo su marca. El cadáver tenía un nombre que el doctor Altamirano aún no olvida: Luis Enrique Rodríguez. Era un combatiente histórico de la guerrilla que entonces gobernó el país. Ganó sus méritos al volante de la tanqueta que cañoneó el cuartel de la Guardia Nacional instalado en el Fortín de Acosasco de León. El autor del crimen fue otro combatiente cuyo apodo, más que su nombre, lo convirtió en leyenda: “Macondo lo llamaban”, rememora el forense.

Aquello, circunstancial para Altamirano, fue el comienzo de una profesión. Confiesa que esta práctica lo sedujo, y no fue la primera vez que se sintió atraído por la ciencia forense. “La muerte inexplicable de un pariente muy cercano me tentó algunos meses antes, pero no fue sino hasta después de ese hecho que me convencí de que quería ser forense”, admite.

¿Usted nació para ser forense, doctor?

Bueno, puedo decir que le he tenido afición a la anatomía humana. En mis clases siempre me interesó la medicina legal.

Entonces, doctor, ¿el forense nace, no se hace? Definidamente nace.

Según Altamirano la ciencia forense debe gustarle al que busca esta especialidad o pretende ejercerla. “Uno no llega por accidente a ejercer esto. No”, explica. “Debe uno recordar también que no sólo se trata de un muerto y ya. Se trata de la responsabilidad de todo un sistema. Esa muerte tuvo una causa y debe tener una consecuencia, hay una víctima y un culpable. El diagnóstico del forense es clave para resolverlo”, amplía.

“El diálogo posmortem”

A Altamirano le causa gracia recordar que en las series de televisión los forenses son a veces sustituidos por clarividentes que al tener contacto con algún objeto personal de la víctima, éste les revela sus últimos momentos de vida. “Bueno, es que eso pasa en las películas, lo nuestro es un asunto de ciencia, algo de intuición y mucha experiencia”, comenta.

Háblenos del diálogo con los muertos, doctor. ¿Es cierto eso?
Sí, hablamos con ellos. Les preguntamos: ¿Qué te pasó?, ¿quién te lo hizo? Es difícil, pero ése es el trabajo

¿Y ellos responden, doctor?
Sí, es la ciencia la que nos conduce a ese diálogo. Habla la expresión facial de la víctima, hablan las heridas, la sangre. La expresión de la víctima y las heridas se deben interpretar.

Pero Altamirano dice que no sólo se quedan con los rastros que deja el criminal en su víctima, porque la escena juega un papel determinante. “En el lugar de la muerte se encuentra el 80 por ciento de información de cómo ocurrió el crimen”. El forense está claro de que todo es importante en la escena: puertas y ventanas, posición de sillas, lo que sea puede decirte qué ocurrió exactamente.

¿Qué sentidos del forense trabajan más en la escena, doctor?
Todos los sentidos, pero la observación se vuelve más aguda en el lugar. Ése yo creo que es el primer sentido. Si son salpicaduras de sangre, si la sangre fue un escurrimiento, si es un goteo, la forma del goteo, todo eso es información.

El muerto, un testigo valioso

Si un caso judicial depende muchas veces de una persona que estuvo en el lugar y la hora indicada, el forense depende de un testigo “mudo”. “Muchas veces el cadáver habla más que un testigo vivo”, se adelanta a aclarar Altamirano.

Doctor, ¿Hay diferencias entre el testigo vivo y el muerto? Definitivamente sí la hay, la diferencia está en el lenguaje. Un muerto habla porque su cuerpo tiene las marcas; el testigo vivo, aunque es muy valioso, se vale de recuerdos, de lo que vio y vivió.

Para Altamirano cada muerto tiene su propia particularidad. “Nunca hay un caso parecido a otro”, afirma. Dice que los muertos por arma de fuego, por arma blanca o por un accidente de tránsito --por citar algunos ejemplos--, sólo tienen en común la ausencia de la vida. “El paso de un estado a otro deja múltiples daños en cada cuerpo”, añade.

Muchos, especialmente los familiares de las víctimas, ven en el forense a un científico insensible. Un bisturí sediento de cortes y puntadas. Altamirano dice que eso también es otro mito y lo califica como una injusticia para su especialidad. “Claro que nos conmovemos, la muerte es fatal hasta para un forense”, alega en su defensa.

Entonces, doctor, ¿la muerte los impacta también?

Pero claro que sí, es posible que a un médico no lo altere un cadáver, pero, generalmente, el que le toca al forense es alguien cuya vida le fue arrebatada en circunstancias complejas. La muerte natural no es lo mismo que una muerte violenta. Ésa es la diferencia.

Dice que la autopsia que ellos practican debe entenderse como un acto quirúrgico. “Es que lo es. Es como una intervención quirúrgica a un vivo. No se mutila, se debe respetar al cadáver. Para un forense un cadáver es sagrado, un laboratorio donde se examina qué causó ese estado.

“Las muertes ahora son más violentas”

Hasta hace algunos años las autoridades policiales del país registraban 12 homicidios por cada 100 mil habitantes, la tasa más baja en la región. El último informe de desarrollo humano de las Naciones Unidas, aunque mantiene al país como el que menos homicidio registra, advierte de un ligero aumento.

“No hay duda --dice Altamirano--, hay más muertes violentas ahora”. Agrega que aunque las atenciones forenses siguen siendo mayores en personas vivas, los peritajes a muertos han abultado sus cifras en los últimos años. “Impresiona, hay más fatalidades hoy día”, dice Altamirano.

Las cifras de Medicina Legal verifican la apreciación del forense. En todo 2008, por ejemplo, este instituto practicó 740 peritajes a personas fallecidas, mientras que este año llevan 806, y todavía faltan 60 días para terminarlo. “La gente está muriendo más porque también hay más violencia, pero, además, se han disparado los accidentes de tránsito que ahora son un problema de salud pública”, explica.

El margen de error del forense y la autopsia feliz

Hay dos cosas que como forense uno no se puede permitir. Una es el margen de error en el peritaje y la otra es conversar con la esposa sobre las vivencias en el trabajo. Altamirano confiesa que en sus 30 años como investigador médico, nunca ha llevado a casa lo que hace como forense. “Imposible... Mi esposa no me lo permite”, dice.

Sobre lo primero agrega que el peritaje debe ser exacto. “Pero más que eso, se debe ser muy honesto”, agrega. “Definitivamente, no se permiten los errores en la medicina legal”, confirma. Señala que, aunque los ha habido, las consecuencias de ese error son fatales. “Hay crímenes que han quedado en la impunidad, por eso las equivocaciones deben ser mínimas”, explica.

Altamirano fue un entrevistado muy condescendiente. No dejó una sola pregunta sin responder, aunque su única exigencia fue dejar dos para el final. La primera pretende conocer su momento más feliz como forense, y la segunda, conocer cómo un forense pierde la sensibilidad a los olores y al horror.

“El forense no padece de asco, estamos condicionados. Uno nace con esa condición, es natural. Es una especie de don”, responde a lo segundo.

¿Y su momento feliz?, le insistimos. “Bueno, el que trabaja con la muerte nada agradable puede contar, sin embargo, me ha hecho muy feliz haber sido parte del equipo que exhumó los restos del padre Odorico de Andrea”, comentó.

El acontecimiento ocurrió un 17 de octubre de hace dos años, en San Rafael del Norte. El cura que muchos han elevado a divino fue encontrado en estado incorrupto. “Es sin duda el cadáver más agradable que he visto en mi vida”, señala orgulloso. “Ese día estuve frente a un santo”, afinó.