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Aquí, en las cárceles de la Estación Dos de la Policía Nacional, se vive en estado primitivo. Comer, dormir y defecar son las tres rutinas.

Dentro de estas gruesas paredes de concreto forradas con barrotes de acero, nadie habla de la reelección presidencial ni de “los bandazos” de la oposición, ni de la crisis mundial ni de los altos precios del combustible o del gas licuado, menos de los últimos inventos tecnológicos.

El tema más ameno son las hazañas delictivas de uno y de otro. Entre más espectacular, mejor; mientras más impunidad haya logrado sobre sus victimas, más respeto tendrá entre sus colegas de infortunio. Se jactan quienes viven para contarlo.

Droga, sexo y violencia. Eso es lo que más han vivido estos jóvenes que se encuentran detenidos este fin de semana en las cárceles de la Estación Dos. Algunos aguardan una libertad momentánea hasta su próxima fechoría, mientras otros esperan una cita en los juzgados para ir a recibir una sentencia de un sistema que algunos califican más delincuente que ellos mismos.

“Todos son m… vendidos, los jueces, los policías, nadie se escapa. Cagales las manos y vas a ver que nada te hacen”, dice un reo que parece padecer un mal humor de nacimiento. “¿Querés estar tuani?, portate bien con el carcelero, es todo men”, agrega, con la experiencia de muchas visitas a la delegación.

“La diferencia entre ellos y nosotros es que ellos tienen la ley a su favor para robar”, le agrega otro con un lenguaje más cristiano. “Nos roban hasta la comida que nos traen los familiares”, denuncia sin tapujos. “Pero no digás nada o te va de la chingada”, advierte, mientras saca la mitad de un cigarrillo Casino regular, y lo enciende auxiliado de una cajetilla de fósforos tan maltratados como el ambiente que se respira en la preventiva.

“Los huéspedes”
Aquí en una celda sucia, maloliente, con un área de seis metros cuadrados, me toca compartir con el “Puercoespín”, un personaje cuyas historias, al escucharlas, parece ser más un personaje de novela de sátira a los delincuentes novatos, que un delincuente de la vida real.

El está aquí por el delito de robo frustrado. Llevaba poco más de un mes en esta celda. Me contó toda la tragedia de su familia, y la suya también. “Mi problema es la droga, no la puedo dejar”, dijo, como aceptándose sin alternativas.

Uno de sus hermanos fue muerto por un escopetazo que le hiciera un vigilante de un centro comercial. Meses después apareció muerto el vigilante. “Puercoespín” se siente culpable de ser ladrón y adicto.

Estas personas dicen que desearían no tener que llevar la vida que llevan. Muchos han buscado refugio en la religión cristiana “para alcanzar el verdadero perdón”. “Sólo Dios salva... Poné el corazón, Él entra, ese es el puente”, dice un cartel pegado en la pared que está frente a mi camarote. La retardación de justicia hospeda al “Puercoespín” en la Estación Dos 45 días, y según el procedimiento legal, no debió pasar más de 48 horas.

Tuve la oportunidad de vivir 60 horas con los marginados de este sistema. Jóvenes que roban, asaltan y hasta matan para conseguir droga. Prostitutas, estafadoras, drogadictas, hijas de la sombra de la noche, víctimas de la violencia, también estaban aquí en una celda cercana a la de los hombres, donde se lograba escuchar sus gritos y lamentos por el encierro después de una redada en las cercanías del Ministerio del Trabajo.

La droga no sólo los mata lentamente a ellos, sino también a sus familias, a los vecinos y a cualquier persona que tiene recursos para financiar su adicción. Entre ellos las víctimas de sus asaltos.

Un drama

Todos son jóvenes que no llegan a los 25 años. Las horas las matan fumando o hablando a gritos entre ellos, cuentan sus acciones delictivas como verdaderas proezas humanas para desafiar un sistema de desigualdades. Viven en barrios marginales donde los expendios de droga proliferan, y dejaron la escuela muy temprano, porque sus padres no pudieron mantenerlos.

Sin acceso a salud preventiva, conocen los hospitales porque han llegado de emergencia tras una agresión alguna noche de atraco, cuando su víctima tuvo la suerte de repeler el ataque, o bien, cuando otros compañeros de infortunio defendieron su territorio a filazos, piedras o con alguna arma hechiza.

Dicen que viven la violencia en las calles, también en el hogar, en el barrio. El alcohol también mata a sus padres. Las grandes víctimas de la historia son otra vez las mujeres: sus madres, hermanas, sobrinas. Muchas de ellas han decidido dedicarse a la prostitución para poder sobrevivir y tener acceso a drogas.

Las mujeres jóvenes están en el penúltimo lugar de la cadena de la violencia, los niños quedan al final. Cuando salen embarazadas y no logran abortar clandestinamente, “al nacer el niño lo regalan o abandonan en el hospital”, confiesa “La Tiburona”, una leyenda viviente que se mueve en forma de sombra entre las luces de los focos de los carros que transitan por el Estadio Nacional. “Ahora que estoy en el estanco (cárcel) mis clientes me van a extrañar”, dice a carcajadas.

De la preventiva a La Modelo

“Carlitos Babilonia” (nombre con el cual le dije que lo identificaría en este reportaje para proteger su identidad) permaneció durante 4 años y 8 meses en la Cárcel Modelo en Tipitapa. Allí se graduó como un “chef” de altura para cocinar la cocaína y convertirla en piedra de crack. “En la Cárcel Modelo se vive por la comida… Hay que trabajar para comer”, explicó. El trabajo consiste en comprar y vender todo. Desde una aguja hasta un huevo, pasta dental y droga, que entra a las celdas de mil maneras.

Es una gran plaza comercial el sistema penitenciario. Y el bien más escaso es la seguridad. Todos quieren tener seguridad, sentirse protegidos de los mismos reos. Y hasta de los carceleros, que también entran al circuito de la oferta y la demanda, por supuesto que desde su posición de poder ventajosa para el regateo.

Para sobrevivir ileso en La Modelo hay que tener un nombre y un prestigio que se construye en el día a día de la actividad delictiva de la ciudad, en las calles. Los jóvenes de las preventivas saben que es en estas celdas provisionales donde se hace la fama, que luego será un patrimonio importante para cuando toque “subir a la grande, a La Modelo, pues”, comparte Babilonia.

Hombre de la calle

En las celdas preventivas, el Estado les procura a estos jóvenes una celda al menos más segura, recientemente remodelada gracias a la cooperación internacional de distintos países del mundo. Cuentan con camarotes de concreto y con dos platos de arroz con frijoles al día. La mayoría de “sus habitantes” no culminó los estudios de primaria.

La droga y el sexo son las dos razones de vida de esta juventud. Robar sólo es una práctica necesaria para conseguir las otras dos cosas. Del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, Sida, han oído hablar poco, aunque saben que la manera más efectiva de protegerse es usando condón. Pero todo lo que se dice sobre esta enfermedad no les asusta, a veces se protegen y otras juegan a la “ruleta rusa”. “A ver quién se saca el premio mayor”, dice Babilonia.

Las relaciones patriarcales de sus familias son reproducidas en su vida cotidiana. Algunos, aunque jóvenes, tienen compañeras de vida. Son mujeres a las que consideran “mulas de carga y de placer”, pues sobrellevan la responsabilidad de mantener a los hijos, de buscar los alimentos y de satisfacerlos sexualmente. “Somos de la calle ‘bróder’, es lo que pasa”, justifica uno de ellos.

La política y la economía del país parecen diseñadas para que se multiplique la actividad delictiva. Para estos jóvenes es mejor ser temidos y no ignorados por un sistema que, en las últimas décadas, en lugar de combatir la pobreza ha terminado por combatir a los pobres, es decir, a más del 60 por ciento de la población nicaragüense.

De continuar las cosas así, y a este ritmo, serán tantos los jóvenes metidos en la drogadicción y en la delincuencia, que podrán romper en mil pedazos, el espejismo publicitario de los últimos gobiernos, que gritan a través de los medios de comunicación que Nicaragua es el país menos violento de Centroamérica.

Se van, pero siempre regresan

En las preventivas el calendario es lo que menos importa. Nadie sabe qué día es, y sólo se percatan de que ha anochecido cuando la luz que se cuela entre los barrotes se disipa.

Cuando les toca ir a los juzgados, el carcelero los despierta muy a las seis de la mañana. Los llaman por sus nombres, que suenan muy extraños entre ellos, acostumbrados sólo a los apodos.

Los elegidos hacen fila en los pasillos. Las caras denotan años enteros de desvelo, aunque ellos mismos dicen que por la fuerza de la costumbre, duermen como recién nacidos en las camas de concreto. Formados, algunos se notan tristes, otros ansiosos, y no faltan quienes reflejen sentimientos de culpa.

Se ven pálidos y flacos, con la ropa sucia. Todavía ríen al escuchar los silbidos y los gritos de sus compañeros al despedirlos, parecen asentir a las frases de aliento. “¡No se raje, que está huevón, no les des gusto a esos hijos de p…!”, se le oye gritar a uno. “¡Me saludás a tu mama, Carepaila!”, grita otro desde su reclusorio.

Pero por más optimismo que muestren, saben que ese viaje quizá no tenga retorno, que las preventivas serán dejadas atrás, y que un nuevo mundo los espera en “la grande”.

Especial para El Nuevo Diario