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Si en la región del Pacífico al final del coloniaje las lenguas indígenas habían desaparecido prácticamente, no sucedió lo mismo en la del Atlántico, donde sus tribus --asentadas en el bosque tropical húmedo-- conservaron las suyas. El etnolingüista alemán Walter Lehman, en su Zentral Amerika (1920) sostiene que dichas lenguas (sumo-ulwa, miskito, matagalpa-cacaopera) serían ramificaciones de una lengua madre: el misumalpa; teoría que aún no se ha modificado sustancialmente. Más aún: la confirman los investigadores más recientes. Sumos (mayangnas se autollamaron a finales del siglo XX) y miskitos tenían una relación mayor, como se ha comprobado en sus lenguas respectivas.

Al comparar éstas, el lingüista Robert Carmark encontró en una muestra de cien palabras que al menos el 50% eran comunes y parecidas entre el miskito y tres de los dialectos sumos: ulwa, twahka y panamaka. De acuerdo con un análisis glotocronológico --método creado por el norteamericano Morris Swadesh-- este porcentaje demuestra que la separación de la lengua madre se dio hace unos dos mil años. Pero si los sumos tendieron a la dispersión, los miskitos conformaron una consistente unidad, sobre todo a raíz de su alianza con los ingleses en los siglos XVII y XVIII.

Volviendo a la familia lingüística madre misumalpa, dos lingüistas contemporáneos han precisado sus separaciones y variantes dialectales.

Procedencia chibcha

Pero no debe olvidarse que sus hablantes revelan una procedencia sudamericana (o chibcha), menos densidad demográfica y la decisiva importancia de la yuca y otros tubérculos, como la palmera pejibaye, en la alimentación. A ellos también pertenecen los payas y xicaques, de Honduras, y los bribrí, cabécares y borucas, de Costa Rica. El mayor estudioso de los payas, Eduard Conzemius, no recogió ninguna muestra poética en la investigación que les dedicó a principios del siglo XX.

En cambio, acerca de los xicaques se conoce el testimonio del fraile Fernando Espino --natural de Nueva Segovia, provincia de Nicaragua-- a mediados del siglo XVII. Además, Espino fue autor de canciones en la lengua de esos indígenas, continuando una tradición remontada al siglo anterior. Bartolomé de las Casas, entre otros misioneros, había recurrido a los atractivos del verso y de la música para evangelizar a los indios de Tizulatlán, en Guatemala. “Hice arte en aquel idioma [el de los xicaques, consigna] y escrebí la Doctrina Cristiana”. Ese mismo franciscano, en la expedición a la Taguzgalpa, asistió a una celebración de los xicaques en que se cantaba a la culebra blanca: “Venid y decidme quién mata a mi hermana”.

Canciones de los sumos o mayangnas
De las expresiones poéticas que desde los primeros años del siglo XIX comenzaron a recoger algunos viajeros y religiosos europeos entre las culturas del Atlántico de Nicaragua, se han localizado media docena pertenecientes a los indios sumos (o mayangnas) y casi 20 de los indios miskitos. Uno de los primeros no podía ser más revelador: el relato de un indio sumo y de su comunidad, despojada de su tierra. Traducido por su compilador, Guillermo Kiene, dice: “Antes yo trabajaba en este lugar. En esta tierra sembraba yucas, quequisques, plátanos, guineos, cañas, aguacates, pijibayes. Poseí este terreno un año, dos años y muchos años. Un día nos fuimos río abajo a buscar comestibles. Al cabo de tres meses que regresamos, los españoles habían hecho una casa y se adueñaron de todo lo nuestro sin respeto ni consideración alguna”.

El mismo compilador rescató dos canciones de amor que no tienen nada que envidiar --en vuelo y sencillez-- a las homólogas de las tribus norteamericanas. Una es “El saludo”: “Hoy vine a prisa / a saludar esta muchacha, / porque si no la saludara, / luego me moriría”. La otra tiene de título “La flor”: “Qué flor tan bonita / la que lleva esa muchacha. / Pero es más hermosa ella / que la flor”.

Los miskitos y sus cantos amorosos

En cuanto a los miskitos, se rescataron también composiciones amorosas, pero más intensas, motivadas por la ausencia de la amada o del amado, o por la presencia de los mismos; pero siempre en contacto con la naturaleza y la vida cotidiana. Aún populares, como “Ercilla” y “Tinimiska” (las letras de ambas llevan música), se destaca “Keker mairen nane” (Me voy lejos de vos), ya antológica, con seis versiones distintas desde finales del siglo antepasado. La última es del suscrito: “Querida muchacha: me voy lejos de vos. / ¿Cuándo volveremos a encontrarnos / para caminar unidos a la orilla del mar? / Siento las suaves brisas sobre mis sienes. / Oigo lejano el trueno tenebroso. // Veo el relámpago iluminando la montaña / y toda la pradera. / Pero vos no estás conmigo. / Mi corazón permanece abatido y lloroso. / Adiós, querida muchacha: ¡Sin vos vivo desolado!”

El moravo alemán Fellechner (1845) recogió otra canción más breve titulada “Partida”: “Me iré lejos de vos. / Mi tristeza es muy grande. / Voy a conseguirte cuentas de colores. / Cuando vuelva te traeré ropas / y el viento del Este estará soplando fuerte. / ¡Pronunciaré tu nombre con tristeza!”

Otra, de mayor precisión y contenido, es la rescatada por Bell (1862) y traducida por Francisco Pérez Estrada, quien la tituló “Canción de amor en Cabo Gracias”, y la tradujo: “Mi niña: cuando pasees con tus compañeras / y haya neblina en la bocana del río / y el olor del pino se sienta en la montaña / pensarás en mí y dirás: / amigo, ¿es cierto que has partido? / oye, compañero, ¿no te veré más? // Mi niña: ¡estoy muy triste por vos! // Recuerdo el olor de tu piel. / Quiero poner mi mano en tu regazo / pero estoy solo, tendido bajo un árbol, / oyendo únicamente el rugido del mar; / la marejada se levanta a los lejos / ¡y no puedo escucharte!”

Por su parte, Ernesto Cardenal localizó en Nogales (1928) la siguiente, que tradujo al español: “Me voy, me voy lejos, / me voy con mi amado por el río. / Adiós muchachas hablantes de la lengua del Wanki. / Me voy lejos, adiós. / Volveré pronto con mi amado”.

Un canto comunal de mujeres miskitas

Entre los textos orales de carácter comunal se halla un canto colectivo de mujeres que también recreó otro poeta contemporáneo: Alberto Ordóñez Argüello. Su título es el mismo que el de su primer verso: “A él no le gusta el zapote verde”: “A él no le gusta el zapote verde. / Sólo maduro. / Nosotras tenemos nuestras calabazas. Sólo nosotras. / A él no le gusta la hierba verde. Sólo amarilla. / Nosotros rompemos nuestros cuchillos. Sólo nosotras. / A él no le gusta la guayaba verde. Sólo dorada. / Nosotros cantamos a la madre caoba. Sólo nosotras. / A él no le gusta el caribe verde. Sólo plateado. / Nosotros jugamos con nosotras”.

Como se ve, consiste en una danza vinculada a la existencia tradicional de los miskitos y a sus alimentos o frutas (zapote, guayaba y caribe o plátano) e instrumentos domésticos (calabazas --recipientes para conservar agua-- y cuchillos); en un canto “a la madre caoba”, a la madera con que construían sus viviendas. Otras ceremonias la constituyen el “Uro palaya” (danza sobre el advenimiento del año nuevo), el júbilo de las madres por el regreso de sus hijos y el lamento de éstos por la muerte de aquéllas. Un texto ilustrativo del primer tema, recogido también por Bell (1862), se ha titulado “Los hijos regresan”, y lo tradujo igualmente Francisco Pérez Estrada:
“¡Oh, mis hijos, ya volvieron a mi lado! / Yo estaba desolada sin ustedes. / Otras madres tenían a sus hijos. Yo las veía. / Y mi corazón suspiraba por ustedes. / Por la noche recordaba a mis muchachos que me llamaban: ¡Madre! / Pensaba que estaba sola y no tenía hijos. // Me acordaba de mis hijos / Pero ellos estaban lejos entre los blancos. / ¡Mis hijos han vuelto! / Mi corazón ahora / es como el cogollo del plátano / que brota cuando nace el sol.

El segundo tema --las lamentaciones de los hijos por la desaparición de sus madres-- lo ha ejemplificado Eduard Conzemius en su Etnographical Survey of the Miskito and Sumu Indians of Honduras and Nicaragua (1932), principal fuente de estudio contemporáneo sobre miskitos y sumos; se trata de un testimonio traducido del inglés por Fidel Coloma: “¡Ay, madre!, ¡pobre madre! ¡Ay, madre!, ¿a dónde te has ido? / Aquí están tus hijos llorando por vos. / Ayer conversábamos juntos, pero ahora allí estás yacente. / ¡Ay, madre!, ¿te fuiste enojada con nosotros? ¿Ya no nos quieres? / Aquí está tu marido afuera con la cabeza inclinada. / Y las mujeres sentadas con las cabezas cubiertas. / Todo por amor a vos. / Pero nos has abandonado. / ¡Ay, ya no veré jamás tu rostro de nuevo! / ¡Ya no escucharé jamás de nuevo tu voz!”

En los años 40 del siglo XX, un inmigrante español recogía otro testimonio de ese fenómeno: cuando el miskito muere, hay plañidos, velorios, comilonas y borracheras rituales. La única defunción que yo presencié fue la de un chico. La madre lloraba y clamaba a un tiempo mismo: “¿Quién irá a dormir en el tapesco en que dormía? / ¿Quién irá a trabajar con el machete con el que trabajaba? / ¿Quién tomará guabul en su huacal? / ¿Quién me alegrará de su ausencia y me traerá pescados?...”

Helms (1971) insertó dos canciones en su clásica obra Asang, y el suscrito elaboró esta recreación en español de “Pequeña mujer” (Sírpiki mairen), cuyo original transcribió Argentina Bravo, y dice: “Pequeña mujer: / sos bonita / y coqueta, / mi muchachita. // Pequeña mujer: tienes los labios rojos, mi muchachita. / Por vos moriré, / bella mujer. // Sólo vos sos / mi pena. // Adiós, adiós / mi muchachita”. (Arellano, 1977)

Canto al “sukia”
Años después, Steadman Fagot incluía otras letras de danzas, rescatadas por su hermana Ana Rosa, como las de “Ursulina” y “Zopilota”, además del “Uro Palaya” (o “Urra Lee”) y de un “Canto del Sukia”: “¡Aaaaaaa a! / ¡Aaaaaaa a! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / ¡Dueño del trueno! / ¡Dueño del relámpago! / ¡Dueño de las faldas de los cerros! / ¡Dueño de Kirabu! / ¡Dueño de las aguas! / ¡Vengan, vengan, vengan! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / ¡Ten cuidado! ¡ten cuidado! ¡ten cuidado! / ¡Ten cuidado! ¡toda la gente! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! ¡a a a a! / ¡Amárrelo! ¡amárrelo! ¡amárrelo! ¡amárrelo! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / ¡Llévelo! ¡llévelo! ¡llévelo! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / ¡Apalka! ¡Apalka! ¡Apalka! ¡Apalka! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / ¡Llévelo! ¡llévelo! ¡llévelo! ¡llévelo! / ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡ah! / Aaaaa aaaa / I mmmm mmmm

Se trataba, pues, del conjuro mágico del chamán o sukia. Palabra que originalmente significa “chupador”, ya que el curandero nativo curaba a través de la succión. Según la tradición miskita, el destino se encargaba de escoger al individuo para ser sukia y ocupar ese rango social. Algunos espíritus ejercen sobre ellos una influencia de la cual no pueden despojarse, ya que los acompaña hasta el último día de su vida. Por las noches, los espíritus se posesionan de su conciencia y el sujeto actúa como si hubiese perdido el juicio. Se levanta de la cama y conversa con seres invisibles en una lengua que no es la suya. En el momento del trance, es capaz de realizar actos proféticos. Si las profecías se cumplen, sus allegados lo inducen hasta lograr su iniciación como sukia.