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Al margen de la transformación del país, que encabezó durante su largo y férreo período de gobernante, José Santos Zelaya (Managua, 1º de noviembre, 1853-Nueva York, 19 de mayo, 1919) fue desalojado del poder, en buena parte, por confrontar políticamente a la potencia imperial de los Estados Unidos. No sólo exigiendo condiciones que no atentasen contra la soberanía nacional, o planteando una alternativa extracontinental (Alemania, Japón) para construir el canal, sino también suprimiendo las concesiones que había otorgado a compañías estadounidenses.

La cancelación de las concesiones a compañías estadounidenses
“Movido por entusiasmo comprensible, el general Zelaya, dictador auténtico, se mostró extremadamente generoso en la concesión a intereses norteamericanos de privilegios para la explotación de los recursos naturales de Nicaragua” —escribió Salomón de la Selva. En efecto, con su Administración se dio inicio a esa política de contenido capitalista, de la cual fueron beneficiarios compañías mineras como la Minning Explotation Company, que podía denunciar minas en una zona de 467 millas cuadradas de la jurisdicción de Prinzapolka; madereras como la Lousiana Nicaragua Lumber Company, dedicada a cortar árboles de pino en terrenos de la misma zona; bananeras como la Atlantic Fruit Company, autorizada para exportar bananos en unas cuarenta mil manzanas de la región de Laguna de Perlas, etc.

Una de las primeras concesiones, reportadas por el cónsul estadounidense Chester Donaldson, el 6 de enero de 1903, fue para la United Status and Nicaragua Company, de James Dietrick, de Pittsburg, Pa., compañía a la que se le permitía —según ratificación del Congreso Nacional— buscar oro y plata, hierro y carbón, cobre y otros minerales en los departamentos de Jinotega, Nueva Segovia, y en Cabo Gracias a Dios durante veinticinco años.

La concesión incluía la introducción libre de materiales inmobiliarios, ropa y comida para los trabajadores, y por ella Dietrick debía pagar al gobierno cien mil dólares oro: cinco mil al contado y veinticinco mil a los cuatro meses. Dietrick, además, gozaría de la navegación exclusiva y el transporte directo por el río Coco. Por otro lado, en 1905 las compañías inscritas en el Consulado de los Estados Unidos en Managua sumaban catorce: siete productoras de café, cuatro comerciales, dos mineras y una de hielo.

La cuestión Emery

Jaime Wheelock ha señalado que fue Zelaya, en América Latina, quien inauguró la política de recuperación de los bienes nacionales al cancelar dichas concesiones, en especial “la de un tal Mr. Emery”. La cancelación de tales concesiones, en realidad, se debió a que las autoridades nicaragüenses constataron violaciones explícitas, por parte de las compañías, a los contratos originales. Como lo subraya Wheelock, la más notoria fue la de Herbert Clark Emery y/o George D. Emery, modificada el 5 de mayo de 1898, ampliada el 11 de agosto de 1900 y cancelada el 11 de junio de 1903. Tal hecho fue decisivo en la caída de Zelaya, cuando éste, por protocolos firmados en mayo y septiembre de 1909, ya había resuelto acceder a todas las demandas, y en octubre del mismo año, en plena guerra y de su propio bolsillo, hizo el primer pago de compromiso. “La cuestión Emery, que a causa de las intransigencias del Gobierno norteamericano en las negociaciones con el nicaragüense, había inquietado los ánimos, pues se llegó a temer un rompimiento, acaba de arreglarse de una manera satisfactoria y definitiva” —aclararía el mismo Zelaya en su libro La revolución de Nicaragua y los Estados Unidos (Madrid, 1910).

Otra compañía fue la Fletcher, también de Pittsburg (que llevó a cabo grandes explotaciones mineras, madereras, de luz y fuerza, etc.) y cuyo abogado era nada menos que Philander C[hase] Knox. Pues bien, al ocupar éste, en el gobierno de Howard Taft, la Secretaría de Estado de su país, determinó “echar fuera a Zelaya”, y con este fin apoyó la revuelta libero-conservadora, estallada el 11 de octubre de 1909 en Bluefields.

Zelaya: el robo elevado a categoría de gobierno

A la cabeza de ella figuraba —seducido por los conservadores, sobre todo por Adolfo Díaz— el Gobernador e Intendente de la Costa Atlántica, general Juan J. Estrada (Managua, 1865-Bluefields, 1947). Dos hermanos tenía Juan J. Estrada: Aurelio y José D., pertenecientes al artesanado de la capital. Pero Juan J. decidió rebelarse contra su ex jefe y protector, ilusionado con sustituirlo en el poder. En su proclama, declaró: “Desde 1896 [cuando los liberales leoneses intentaron derrocar a Zelaya] hasta el presente [11 de octubre de 1909] su carácter soberbio, autoritario y despótico se ha desarrollado de tal modo, que hoy ya no se detiene, ni ante el derecho más rudimentario de los ciudadanos, ni ante la conciencia que se estremece al ver la iniquidad”. Y puntualizaba: “El robo lo ha elevado Zelaya a categoría de gobierno. Y ha constituido rigurosamente en diez años atrás, el único número de su programa administrativo”. Y proseguía: “Monopolios de tabaco, de aguardiente, de especies fiscales, de navegación en los lagos y en los ríos; concesiones de destace, de pesca, de hulería, de minas, de perlas, de sal; desfalcos horribles en la Hacienda pública; empréstitos interiores formulados a nombre de la nación para su propio bolsillo; las aduanas libres para sus cómplices y mil infamias más, que han agotado todas las fuerzas de los nicaragüenses, paralizado de modo triste el progreso nacional y apagado todo lo que es luz, idea, libertad”.

Juan J. Estrada: traidor

Desde luego, para los zelayistas, Estrada no era sino un traidor, “un muchacho carpintero convertido, por la munificente protección de Zelaya, en un funcionario público de superior categoría” —según uno de ellos, Santiago Argüello, en un folleto. “Estrada fue muchas veces traidor —proseguía—. Fue traidor a la mano de su benefactor, al hombre que hizo de aquel ser casi anónimo un propietario de tierras y monedas. Fue traidor a su Jefe, a aquel que puso en sus manos una espada para la libertad, y que él sacó de su vaina para la deslealtad. Fue traidor al partido, que le entregó un ideal que él no supo comprender”. También sus dos hermanos —Aurelio y José D.— calificaron su proceder de ignominioso, reprobándolo, al igual que los correligionarios liberales del país en sendas actas municipales.

Knox y su agresividad diplomática

Como Zelaya obstaculizaba la acción estratégica de los Estados Unidos en Nicaragua, Knox contribuyó a derrocarlo. Primero con su influencia en Francia, para que no se pusiesen en circulación los valores del empréstito del gobierno de Nicaragua a la Ethelburga, Sindicato de Inglaterra [con el cual se construiría el ferrocarril de San Miguelito a Monkey Point, perjudicial a los intereses estadounidenses]; y segundo, a través del cónsul de los Estados Unidos en Bluefields, Thomas P. Moffat, apoyando la revuelta. Adolfo Díaz, empleado de una compañía estadounidense, aportó a dicha revuelta una suma seiscientas veces más que el salario anual que recibía.

Era un hecho explícito, pues, el financiamiento de las compañías estadounidenses a la revuelta antizelayista. Según reportaje del New York Times del 10 de septiembre de 1912, el mismo Estrada confirmó “que tales compañías contribuyeron para la revolución de Bluefields con un millón de dólares; y la casa de Joseph W. Beers con unos doscientos mil, y la de Samuel Weill con cerca de ciento cincuenta mil dólares”. Sin embargo, el tiro de gracia a Zelaya lo constituyó la célebre nota que Knox enviara a Felipe Rodríguez Mayorga, Encargado de Negocios de Nicaragua en Washington, en la que rompía relaciones con el Gobierno nicaragüense.

Suscrita el primero de diciembre de 1909, tenía como pretexto el caso de dos ciudadanos estadounidenses radicados en Nicaragua, al servicio de la revuelta: Lee Roy Cannon y Leonardo Groce, ambos capturados in fraganti delito cuando colocaban una mina de dinamita para volar dos vapores [Diamante y Hollenbeck] que transportaban las fuerzas gubernamentales en el Río San Juan; convictos y confesos se les había sentenciado a muerte y fusilado.

El proceso contra Cannon, Groce y Couture

En su libro citado, La revolución de Nicaragua y los Estados Unidos, Zelaya transcribió el proceso contra Lee Roy Cannon, Leonardo Groce y Edmundo Couture “por el delito de rebelión contra el Estado y Gobierno de Nicaragua”. Couture era natural de Francia, de 48 años, soltero y agrimensor, domiciliado en Prinzapolka. En cuanto a los estadounidenses, Cannon era ingeniero civil, también soltero y residente en Masaya; y Groce tenía 37 años, radicaba en Bluefields y era minero y casado. A Couture se le sentenció a un año de prisión y a los mercenarios estadounidenses se les condenó a muerte.

A las cinco de la mañana del 15 de noviembre de 1909, el Fiscal de Guerra, Salomón Selva Glenton, les leyó la sentencia a los tres reos, pero Cannon y Groce pidieron “reforma de ella ante el Superior respectivo”. A las 7 a.m., el Fiscal ordenó cumplir la sentencia, señalando su ejecución a las 10 de la mañana del día siguiente, “con todas las ritualidades que establece el Código Militar, ejecución que se verificó en el panteón de este lugar [El Castillo]. Los reos murieron a la primera descarga”. O sea: el 16 de noviembre de 1909.

Las cartas de despedida

El 15 se le permitió a los reos escribir a sus familiares. Cannon escribió a su hermano Juan Jacoby en Masaya. “Estoy en capilla por sentencia del Consejo de Guerra. Mañana a las diez me fusilan y suplícote escribir a mi madre: yo no lo hago porque no tengo fuerzas ni espíritu para ello” —comenzaba la suya. Groce, por su parte, escribió a su madre: “This will be a terrible to you. The last words you will ever receive from your wayward son. I can’t write much as I am too nerveous and only have a few minutes to live.” [Esto será terrible para usted. Las últimas palabras que usted recibirá de su desobediente hijo. No puedo escribir mucho, pues estoy muy nervioso y sólo tengo unos cuantos minutos de vida]. Según posdata de su carta, Groce era masón al igual que el comandante de El Castillo Rafael Medina: “Tell Sandy, the general in command here is named Rafael Medina and is a brother mason”. [Dile a Sandy que el Comandante aquí, llamado Rafael Medina, es un hermano masón].

Pero la carta más impactante de Groce fue la dirigida a su esposa de nombre Rosa, quien vivía en Nandaime, muy de mañana del 16 de noviembre: “Ayer fui condenado a muerte por Consejo de Guerra porque andaba con Emiliano Chamorro en la Revolution [sic]. Seré fusilado hoy a las 10 am. Nombre [sic] usted alguna que ver lo que yo tengo en los diferentes lugares de las minas. Entiéndase con Mr. Christian Bundeau. / Dame unos abrazos y besos a mis hijos y dígale que su padre se ha muerto. Adiós, mi adorada Rosita —suyo hasta a bordo [sic] de mi sepulcro. Leonardo Groce”.

Justificación y caída de Zelaya

Zelaya justificó en su libro dicha ejecución con estas palabras: Como Cannon y Groce eran revolucionarios, perdieron el derecho a la protección de su Gobierno, según la ley americana, y en tal caso, no tienen por qué sentirse agraviados los Estados Unidos. De todos modos, el gobierno de Washington podía haber entablado la reclamación correspondiente antes de declarar por eso rotas las relaciones con Nicaragua. Dos pesas y dos medidas tiene el fuerte tratándose del débil.

Un mes después, Zelaya renunció a la presidencia “para evitar la continuación de la guerra y, sobre todo, la profanación de mi Patria por los soldados yanquis”. El 21, Manuel Coronel Matus, presidente de la Asamblea Nacional Legislativa, emitió un dictamen en el que protestaba ante el mundo civilizado por la injerencia del gobierno estadounidense en los asuntos internos de Nicaragua. Ese mismo día, Zelaya depositó la presidencia en José Madriz; el 22 lanzó un “Manifiesto al Pueblo Nicaragüense”, y el 24 se embarcó en Corinto hacia México. Así concluyó su permanencia en el poder 17 años, 3 meses y 5 días de forma continua, récord que no ostenta ningún otro mandatario en la historia de Nicaragua.