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A veces decimos: “no hagas eso, que está el niño”. “Pero si a esta edad no se entera de nada. Por él no te preocupes”. ¿No te preocupes?

Desde su más tierna infancia, los niños aprenden lo que perciben, pues son enormes observadores-imitadores: lo que ven, lo hacen o lo quieren; lo que oyen, lo repiten. Gestos, movimientos de las manos, expresión facial, todo lo que proviene del modelo adulto es celosamente copiado por el infante.

Sólo los buenos comportamientos sirven de guía mental y vital. Los niños que ven a sus mayores sostener la puerta abierta para que otros entren, dejar pasar primero a los demás, ofrecer ayuda a los necesitados. Los niños que ven cómo los mayores hacen eso con sonrisa, están aprendiendo sin palabras.

Si un niño vive criticado, aprenderá a condenar(se)

“¡Qué malo sos, Andresito!”. “Siempre te portas mal”. Y Andresito se siente malo. En lugar de evitar su maldad, la hemos potenciado.

¿Por qué no probar con otras frases? “Esta mañana no estás siendo bueno”. “Ahora te estás portando mal”.

Si un niño vive avergonzado aprenderá a culpabilizar(se)

A exigencias excesivas, reproche permanente y conflicto seguro. Y la culpabilización hará estragos más adelante sobre las cabezas de los demás.

Muchos adultos caminan deprisa llevando de la mano a los pequeños, a los que culpabilizan por su lentitud. ¿No se puede acompasar el paso adulto al infantil? Desde luego, el paso infantil al adulto no...

Si un niño vive chantajeado, aprenderá a chantajear(se)

Para enfurecer al niño, o para divertirse con sus reacciones, jugamos al “ahora ya no te quiero, ahora ya si te quiero”.

A veces llegamos a la crueldad de llevar las palabras a la práctica con acciones y gestos. El niño pequeño no está capacitado para captar esa ficción, y la toma literalmente; además no posee los mecanismos adultos para superar el desafecto. Es un juego atroz para el pequeño.

Si un niño vive engañado, aprenderá a engañar(se)

Si le digo al niño “no te preocupes, te compro uno mañana”, o “no llores, mañana te llevo a tal sitio”, sabiendo que no lo voy a hacer, simplemente por salir del paso, estoy defraudando al niño, que irá perdiendo confianza en los mayores en quienes confiaba a ciegas, hasta el punto de no aceptar las promesas siguientes, aunque se hagan con sinceridad y se piensen cumplir: pueden sonarle a viejas mentiras y por tanto no las tomará en serio.

No debemos prometer cosas a la ligera, ni dar a un niño una orden o exigencia que no estemos dispuestos a cumplir.

Si un niño ve la mentira, aprenderá a mentir(se)

La mamá agarra un taxi con su hijo de seis años. El taxista, un varón, lleva un pendiente en su oreja. Al verle, el niño le pregunta: “¿tú eres marica?”. El taxista se ríe y le dice: “No, ¿por qué?”. “¡Porque llevas un pendiente!”. La madre interviene: “el niño repite lo que oye a su abuelo”. “Pues papá también dice que los hombres con pendientes son todos maricas”.

“Dile que no estoy”, ruega el adulto al niño cuando recibe una llamada de teléfono inoportuna, mientras el niño sabe que ese adulto falta a la verdad. “No vi el semáforo”, asegura el conductor al agente de tráfico ante el niño que se da cuenta de la mentira. El niño está aprendiendo a mentir.

Si un niño vive amenazado, aprenderá a amenazar(se)

Si le digo a un niño “como no te portes bien le daré el juguete a tu hermano”, terminaré haciendo de mis relaciones un peligroso juego de tensiones y chantajes, destruyendo la necesaria confianza e incondicionalidad.

Las amenazas generan en los niños inseguridad, desconfianza, desmotivación, desilusión. ¿Imaginan ustedes qué cara se le queda a un niño cuando entre amenazas le decimos gritando: “¡No hay que decir las cosas gritando”!? 

Si un niño crece abandonado, aprenderá a abandonar(se)
Se abandona tanto más a un niño cuanto menos tiempo se está con él. ¡Cuántos hijos para algunos ratos tan sólo! ¡Cuántos padres de foto! ¡Cuántos padres que ven a sus hijos tan sólo los fines de semana, si es que los ven!

El niño, mientras, aún despierto, espera que “quizá papá llegue pronto”. Niño abandonado, padre abandonador.

Si un niño está mal aconsejado, aprenderá a aconsejar(se) mal
Quien aconseja “pues vos no te dejes, no seas tonto, si alguien te pega, vos regale más”, está educando muy mal. Debería aconsejar: “decile que no te pegue porque te hace daño…, y que es más bonito jugar y ser amigos. Y, si no te hace caso, márchate y busca al profesor”. Y ojalá que el profesor no vuelva a decirle: “pues vos no te dejes, no seas tonto, si alguien te pega, vos pégale más”.

Si un niño cultiva el egoísmo, aprenderá a cultivar(se)
en el egoísmo
Cuando a un niño se le lanza el consejo “vos no le prestes a él tu libro”, se está fomentando el egoísmo infantil, pues compartir es algo que a los niños les cuesta mucho.

Pero si un niño...
Si un niño vive amado, aprenderá a amar(se)
El amor y la protección a un niño deben ser incondicionales. Nunca deben ponerse en duda. El niño debe saber que se le quiere siempre. También, por supuesto, cuando se le regaña. Cuando se le regaña es por su bien, y así debemos hacérselo entender al niño.

Si un niño vive cuidado, aprenderá a cuidar(se)
Cuidar no es imponer un corsé de hierro, no es desplegar una rigidez excesiva, agobiar, atosigar. Cuidar no es poseer. Cuidar es soportar todos los desvelos al principio para que al final pueda el niño gozar de autonomía y de libertad.

Si un niño vive acogido, aprenderá a acoger(se)
Acogida no significa permisividad absoluta: “que haga lo que quiera, pero que me deje en paz”. “Que haga lo que quiera, porque a mí mis padres no me permitieron nada”; “que haga lo que quiera, que para eso es la democracia”; “todos hemos sido niños”; “son niños y no hay que darle importancia”; “déjales que sean felices”, etc.

Permitir a los niños salirse siempre con la suya puede llevarles a no sentir ninguna responsabilidad por sus actos. Por el contrario, cuanto más claros tengan los límites desde niños, menos problemas padecerán después.

Acoger es partir de lo que el niño es, potenciando lo mejor y corrigiendo con cariño lo peor cuando llega el momento: mañana es tarde. La posición “cuando sea mayor ya habrá tiempo de ponerle límites al niño” es falsa.

Esperar a que el niño haya comprendido la importancia de la disciplina para someterse a ella constituye una equivocación, pues cuanto mayores son los niños, tanto más complicado resulta poner límites a sus desafueros.

Si un niño vive educado, aprenderá a educar(se)
Si con un niño utilizamos buenos modales, si solicitamos permiso antes de hacer cosas, si respetamos su intimidad, si le escuchamos con atención, entonces al final también él utilizará buenos modales, solicitará permiso...

Si un niño vive la justicia, aprenderá a ajustar(se)
Para que un niño sea justo ha de vernos practicar alegremente la equidad con amigos, con vecinos, y con extraños. La fuerza del ejemplo es primordial para educar en valores. ¡No vaya a pasarnos lo que a aquel autor de una “Guía para peatones”, que resultó atropellado el mismo día en que salió el libro!

El niño soporta con paciencia algunas molestias, dificultades y disgustos si los adultos a quien admira le han hecho ver que es bueno aguantarlo. Si un niño nota que su madre amada está muy agotada no hará ruido para no enturbiar su descanso.

Si advierte que algún hermanito está triste, le regalará cualquiera de sus propios juguetes, o jugará con él. En la medida de su desarrollo evolutivo comprenderá que necesita estar atento a quienes están atentos a él.

Aprenderá que hay momentos oportunos e inoportunos para pedir cosas según la situación de la otra persona, para preguntarse por la tristeza o alegría de los demás, etc., y para buscar los medios con que superar las dificultades.

La pregunta lógica y normal “¿por qué debo desprenderme de este juguete?” encuentra respuesta sencilla y no necesitada de justificaciones intelectuales cuando el niño ve que el adulto admirado se desprende una y otra vez de sus propios “juguetes” y los comparte como cosa normal con quienes no los tienen…
Cuando ve que el adulto habla con respeto de los demás; cuando no murmura, ni calumnia, ni difama; cuando no baja del autobús sin pagar el pasaje; cuando no cuenta pequeñas mentiras; cuando ayuda a sus propios hermanos más necesitados; cuando se acerca a enfermos para auxiliarles, etc.

Asimismo aprenderá a preguntarse por la identidad y la diferencia: “Esto le molesta a él, ¿por qué no me molesta a mí?”, “esto le agrada a él, ¿por qué no me agrada a mí?”, etc.

Todo lo dicho es tan evidente, que hasta podría expresarse en sencillos pareados:

Más valor tiene a la hora de enseñar
estilo de vida que forma de hablar.
No hay lección más desleal
que hablar bien y vivir mal.
Enseñar el bien sin ser bueno
es locura y desafuero.
La mucha palabrería
enturbia la pedagogía.

La tarea de educar (padres y maestros) es tan hermosa y apasionante como no siempre fácil. De lo que no cabe duda es de que ustedes son sumamente, insustituiblemente importantes, y de que pueden. Puede hablar a su hijo con autoridad quien predica con el ejemplo:

“Mañana, hijo mío, todo será distinto;
sin látigo, ni cárcel, ni bala de fusil
que reprima la idea.
Pasarás por las calles de todas las ciudades,
en tus manos las manos de tus hijos,
como yo no lo puedo hacer contigo.
No encerrará la cárcel
tus años juveniles como encierran los míos,
ni morirás en el exilio temblorosos los ojos,
anhelando el paisaje de la patria.
Mañana, hijo mío, todo será distinto”

Edwin Castro escribió estos versos desde la cárcel en 1958

Este libro y su autor viven plenamente convencidos de que la educación científica y moral del niño no estará nunca completa sin el ejemplo concreto y personal de ustedes, los padres y maestros. Ustedes son sumamente, insustituiblemente importantes. De su ejemplo depende el porvenir de este niño, y a su través el de las generaciones venideras.

Muy estimados padres y maestros, vamos a trasladar a la acción todas estas cosas que sin duda ustedes conocen teóricamente. Al respecto nunca se insistirá lo bastante en la necesidad de aprender a ser permanentemente niños para ponernos de puntillas y ver el horizonte, para recuperar en nuestros ojos adultos la ilusión y la infinitud de los mundos infantiles, que parecen no tener fin.

Por eso querría decirles lo siguiente:
Hablen con los niños
y no simplemente a los niños.
Escuchen lo que tienen que decir.
Respeten sus derechos a ser escuchados.
Ayúdenlos a ser ellos mismos
Y, por encima de todo,
dejen que les enseñen
lo que quizá ustedes ya hayan olvidado:
la comprensión, la ingenuidad.
Y nada más, feliz travesía: ustedes pueden.

• Discípulos, Revista de Teología y Ministerio
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Tomado de Discípulos*