Francisco Mendoza S.
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Matagalpa llegó a su 148 Aniversario de haber sido elevada al rango de ciudad, lo que se festeja a lo grande, bajo los auspicios de la alcaldía y el comité organizador de esta fiesta que no dejará sometida al olvido la historia de los indios de Matagalpa.

Pero como dice el historiador y abogado Sergio Zeledón Guzmán, “hay muchas personas que critican a quienes escriben la historia, porque ésta con frecuencia se ha visto envuelta en un velo y a veces se trata de relatar determinados hechos, pero detrás se esconden las verdaderas intenciones de quienes se consideran fieles intérpretes de los sucesos que acontecen en el tiempo y el espacio. Otras se omiten completamente”.

Con el fin de recordar a nuestros antepasados indígenas y primeros habitantes de la Perla del Septentrión, nos referiremos a la famosa guerra de los indios, también conocida como la guerra olvidada.

La participación de los indios flecheros de Matagalpa en la Guerra Nacional fue decisiva, pero menospreciada por historiadores conservadores. Ellos defendieron a la nación de las huestes de William Walker, y se graduaron como verdaderos patriotas, aunque sus rostros lampiños jamás aparecieron en la galería de la Historia oficial, ocupada por próceres patilludos.

Luego de finalizada la Guerra Nacional, los indígenas pensaban que las cosas iban a mejorar para ellos, pero fue todo lo contrario: comienza a empeorase debido a los cambios en la economía que ejecuta el entonces presidente de la república General Tomas Martínez. Se sustituye una economía de autoconsumo por una de agro exportación, debido a que Matagalpa tenía grandes extensiones de tierras sin cultivar y por supuesto, la mano de obra indígena sin explotar.

Llegó el café y el despojo a los indios

Fue así que comenzó el despojo de las tierras de los indígenas de Matagalpa para destinarlas al cultivo a gran escala del café, situación que según los historiadores alcanza su mayor auge con el gobierno reformista de José Santos Zelaya. Pero antes de Zelaya, hubo otros gobiernos como el de Pedro Joaquín Chamorro, que dicta leyes de incentivos a la agricultura que perjudicaron a las comunidades indígenas, ya que también se dictaron leyes de ocupación forzada con la finalidad de obligar a los indígenas a trabajar.

En 1881, durante el gobierno del general Joaquín Zavala, los indios ya no soportaron más la explotación y se revelaron ante las autoridades gubernamentales en dos ocasiones, principalmente en contra de Gregorio Cuadra, ejecutor de las crueldades que sufrieron los indígenas.

Cuadra, entonces Prefecto de Matagalpa, le hizo la guerra a los que contaban con tierras en comunidad, mientras a los indígenas les aplicaron la ley de ocupación forzada para obligarlos, además de las tareas agrícolas que ya les había impuesto el gobierno, a trasladar grandes rollos de alambres para el tendido telegráfico desde Matagalpa a Managua, lo que hacían a pie, en carreta o en lomo de mulas.

También eran obligados a construir caminos para viajar en carreta de Matagalpa a León, ayudar a edificar la casa consistorial de Matagalpa, entre otras construcciones relevantes y servir obligatoriamente en el ejército de Zavala.

No les dejaban hacer ni la chicha de maíz

Por si fuera poco, se les prohíbe la fabricación de chicha de maíz, con la que los indígenas acostumbraban celebrar sus festividades, pagar impuestos por no trabajar, incluyendo la persecución por medio de jueces e inspectores del trabajo para forzarlos al trabajo o de lo contrario eran encarcelados. El gobierno ordenó censar a todos los indígenas, lo que para ellos no era otra cosa que mantenerlos controlados y temían que los pudieran vender o esclavizar.

Según el historiador Zeledón, todos estos acontecimientos, más la expulsión de los jesuitas que atendían e instruían a los indígenas en las cosas divinas y les enseñaban a leer y escribir, constituyó el detonante para que estos pueblos aborígenes se levantaran contra del gobierno de Joaquín Zavala, que al final terminaría en una masacre, donde se asegura que más de 400 indios fueron asesinados por las fuerzas gubernamentales.

Se asegura que el Prefecto Gregorio Cuadra fue el causante del descontento indígena, ya que un sacerdote jesuita, que fue expulsado junto a su congregación, lo describe de la siguiente manera: “…abogado granadino, hombre adusto, poco prudente y absolutamente inexperto en los negocios que iba a manejar, porque éstos revestían carácter particular a causa de las personas que debían intervenir en ellos”.

Los indios ya no soportaron más

Era un 30 de marzo de 1881, cuando los indígenas decidieron ponerle fin a tanta injusticia. Cerca de las once de la mañana, las calles de Matagalpa, construidas por manos indígenas en su mayoría, yacían solitarias, pues se rumoraba que de un momento a otro serían tomadas por los indígenas que se oponían a las medidas del gobierno y al maltrato del Prefecto Cuadra. La divisa nativa era la guerra y su propósito quitar del cargo a Gregorio Cuadra.

Se asegura que los indígenas entraron de cuatro en fondo y poco a poco formaron un cordón alrededor de la ciudad, rodeándola poco a poco. Venían armados de flechas envenenadas, machetes afilados apunta de molejón y uno que otro con un fusil de taco, las indias mujeres los acompañaban como cargadoras de las armas y del parque. Ellas llevaban pólvora, piedras, masas de chile para untarles a sus enemigos en las partes más delicadas.

Los testigos de esa época aseguraron que en esa primera rebelión de los indios de Matagalpa, participaron unos mil, entre hombres y mujeres; unos entraron por el Norte y otros por el Sur. La finada Josefina (Pinita) Arnesto Avilés, profesora de generaciones, aseguraba que por ser su familia vecina del lugar, le dijeron que un grupo fuertemente armado “entró por el Este, por donde actualmente está ubicado el Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria”.

En esa calle, la que fue bautizada como 30 de marzo, en honor a la rebelión de los indígenas se dio el enfrentamiento entra las fuerzas leales al gobierno y los insurrectos indígenas. En ese enfrenamiento fue herido de un flechazo don Nicolás Grijalva y perdió la vida a mano de los indígenas, el soldado José Luz.

La maestra Josefina Arnesto, quien siempre le mostraba a sus alumnos una puerta donde habían impactado las flechas lanzadas por los indígenas, asegura que el combate duró unas tres horas, donde murieron muchos indios, pero los heridos y muertos fueron cargados por sus compañeros, por lo que nunca se supo oficialmente cuántas fueron las bajas en total. Eso sí, fueron muchas, aseguraba.

Parte del testimonio de la profesora Pinita: “Los indios que vinieron del lado de Apante entraron por donde estaba la Corte de Apelaciones, al ser derrotados algunos huyeron entrando al patio de la casa donde ha vivido la familia de don Dolores Arnesto Mairena, entraron a la cocina donde había un horno, ahí se metieron los indios para protegerse; las fuerzas del gobierno (refuerzos) llegaron después, quienes hicieron fuego, les dispararon y los mataron. Esta calle se llama La Ronda y después 30 de marzo”.

La segunda rebelión indígena
El Prefecto Cuadra después de la revuelta, logra que los 14 jesuitas que construían la hoy Catedral de Matagalpa y otros centros importantes de la ciudad, salieran de la Perla del Septentrión el 4 de mayo de 1881. El 7 de julio del mismo año fueron expulsados definitivamente del país junto a sus hermanos que estaban en León y otros departamentos, por lo que el descontento popular no se hizo esperar, hubo protesta en toda la nación, pero la más sentida fue la segunda insurrección de los indios de Matagalpa.

El historiador Sergio Zeledón, quien ha recopilado el papel que jugaron los indígenas de Matagalpa, asegura que los indios esta vez estaban mejor organizados ya que pelearon a sangre y fuego durante tres días contra las fuerzas bien armadas del gobierno que a diario los oprimía y los perseguía para obligarlos a los trabajos forzados.

Amanecía que el ocho de agosto de 1881. Ya los jesuitas habían salido de Nicaragua y el gobierno no los quería ni ver ni pintados, aunque estaban sus obras que no las podían borrar. A las ocho de la mañana, los indígenas agrupados de cinco a siete mil hombres, tendieron un cordón alrededor de la ciudad, jefeados por los indígenas Lorenzo Pérez, Toribio Mendoza e Higinio Campos.

Tácticamente entraron por el Sur de al ciudad, estableciendo su cuartel general en la iglesia de El Laborío, hoy Iglesia San José. Se asegura que la gente de este barrio ya había sido evacuada, pues las casas eran de barro, por lo que los indígenas hicieron boquetes entre las paredes que les servía para comunicase entre sí, operación que llamaban “Cusuquear”. Esa técnica luego la emplearon los sandinistas en la guerra de liberación de 1979, sólo que entonces se decía que la habían tomado de la experiencia vietnamita.

Los indígenas tácticamente bloquearon todas las entradas de la ciudad y se posicionaron de los cerros El Calvario y Apante, de donde podían vigilar el movimiento del enemigo. Por las noches encendían hachones de ocote y avanzaban poco a poco al centro de la ciudad. Iban armados de arcos, flechas de pijibay a las que llamaban “Tafistes”, y algunos fusiles que habían conseguido en León.

La guerra comenzó el ocho de agosto. El 10 parecía que los indígenas iban a derrotar al representante del gobierno de Zavala en Matagalpa, pero llegó refuerzo de la capital en número de 170 hombres que estaban armados con rifles de fulminantes de un solo tiro a los que llamaban “Negritos”, y de chopos antiguos, especie de arcabuz de chispa y pólvora.

Los soldados del gobierno dirigidos por el capitán Francisco Bonilla, se ubicaron en el cerro “El Mico”, donde ahora es el Club Social. El capitán Blas Villalta y su gente se ubicaron en el alto de la iglesia parroquial y otros se parapetaron en el cabildo municipal, donde posteriormente fue el cuartel de la Guardia Nacional de Somoza.

En el combate hubo muertos de ambos bandos, incluyendo a un soldado que portaba un rifles Winchester de repetición, quien quiso tomar una posición de los indígenas, murió de un balazo en la cabeza disparado por las fuerzas sublevadas. Cada vez que los indígenas disparaban y arrojaban sus flechas y piedras, lanzaban sus consignas: “Ahí te va el telégrafo y Muera la Gobierna”.