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A las cinco de la madrugada se marchó de su casa, en San Pedro de Aguazuaz, en las montañas de Bocay. En sus brazos iba su hijo de 14 meses. Mariana Centeno, de 21 años, era acompañada por su marido. Caminó dos horas para poder subir al bus. Se despidió de su cónyuge, tomó la unidad que la llevó hasta Matagalpa, de donde partió hacia Chinandega, y allí la esperaban los médicos de “Operación Sonrisa”. Iban a intervenir a Becker, el bebé en brazos.

“Cuando mi hijo nació me asustó, porque no sabía que había niños así. Fui a un centro de salud de la comunidad para preguntar de lo que era”, relató Centeno, en el Hospital España de Chinandega, el cual está lleno de madres felices y niños con deformidad en la boca. Unos están llorando y otros, como el de Mariana, están callados y quietos.

Becker realmente no tiene labios. En esta parte de su rostro, sólo se observa una ranura vertical que llega hasta su nariz y apenas expone sus dientes. “Los primeros días no podía amamantar a mi hijo”, dijo Mariana.

Según el doctor Armando Siu Bermúdez, quien fue titular de los médicos de Operación Sonrisa en Nicaragua, el niño tiene una fisura doble en su labio, en ambos extremos. Además, una fisura en el paladar. “Será una de las cirugías más difíciles que tenemos en está jornada”, explicó el doctor.

Maíz para el pasaje

Es por eso que Becker fue aceptado en la evaluación hace más de una semana, al iniciar la primera jornada de Operación Sonrisa en Nicaragua este año, junto a otros 122 niños. Más de cien personas tuvieron que volver a sus casas, ya que en total llegaron 230 casos.

Mariana se informó de las operaciones gratuitas por la radio. “Cuando escuché, me dije que yo iba a venir, para ver bien a mi niño”. Entonces ella y su esposo, quienes sobreviven cultivando maíz y frijoles, se dedicaron a buscar dinero vendiendo más maíz. Recuenta que el viaje de cuatro días le costó 300 córdobas, pues pasó la noche en Matagalpa y terminó en Chinandega, donde la llevó la empresa Cisa Exportadora, que apoya de esta forma la jornada de Operación Sonrisa.

Su historia se escucha a un costado del Hospital España que fue preparado para esta jornada. Hay mucho movimiento. Doctores, enfermeras, organizadores y psicólogos van y vienen, se organizan para poder mantener en cantidad el ritmo de las operaciones. La meta programada son 25 por día en una semana.

En cuanto se termina una operación, están llamando al próximo paciente. Llega el turno de Becker. Mariana, de estatura frágil, entrega su bebé al anestesista, y mientras Becker es llevado a otra sala, la joven madre se despide con angustia.

“Me siento bien”, dice ella, “tengo un poco de miedo, pero ¿qué puedo hacer?” Ella desconoce cuánto tiempo tardará la operación, por eso vuelve a su silla para contar seguramente los minutos más largos de su vida.

Otros niños todavía esperan su turno en brazos de familiares en la misma sala. Lloran más y más, mientras el calor empieza a provocar sed, no obstante, ellos deben llegar con sus estómagos vacíos a la operación. Adentro, el anestesista aplica un sedante a Becker y los asistentes preparan todo para la cirugía.

Un castigo de Dios

Los 60 médicos y especialistas trabajan voluntariamente. La mitad llegó del extranjero: Estados Unidos, Canadá, Perú, Ecuador, Paraguay y México. Joe es uno de ellos, llegó desde Nueva York y tiene 25 años. “Quisiera estudiar medicina en el futuro”, dice.

Es un joven voluntario que se comprometió para ayudar donde lo necesitaran. Le llamó la atención las malformaciones faciales. “Es increíble que en una semana se puede cambiar la vida de más de 120 niños para siempre”, afirmó.

En muchas comunidades la gente no aprueba la fisura labial como enfermedad genética. Unos colaboradores que hacen las evaluaciones saben, por sus entrevistas con los pacientes, que la gente a veces dice que es un pecado por los padres y Dios lo está castigando de esta manera.

“Por pena, estas personas no salen y se quedan por el resto de sus vidas en sus casas”, comenta el doctor Rodrigo Cabrera Mendieta, titular de los médicos de Operación Sonrisa Nicaragua.

“No tenía amigos”

Mariana Centeno dice que nunca sintió rechazo en su comunidad, pero un joven de 19 años, quien está a la espera en la misma fila, dice que conoce este sentimiento a plenitud.

“Cuando yo estudiaba en la primaria, muchas personas me insultaban. Me trataban mal, me oprimían”, manifestó, mientras espera su cuarta operación. La primera fue cuando tenía tres años, pero siguieron las dificultades para poder pronunciar la letra “r”.

“Ahora me siento mejor, tengo amistades. Antes me dejaban a un lado y todo eso por el cambio en mi rostro”, agregó. La operación evitará que el agua salga por la nariz del jinotegano cuando la bebe.

Es uno de los pocos jóvenes que tiene la oportunidad de ser operado en esta jornada, pues la mayoría de casos son niños, y dice que no tiene miedo. “Ya tengo experiencia. Claro que da un poquito de nervio, pero nada para preocuparme”, estimó.

En una de las tres salas están operando a dos niños. El aire es frío, huele a desinfectante y a sangre. Hay alrededor de 20 personas vestidas con batas de color verde. Alrededor de cada mesa hay seis personas colaborando.

Todos llevan gorras, y en la frente tienen escritos sus nombres. Para comunicarse mejor, en cada caso trabajan personas que hablan el mismo idioma. A la izquierda, la mesa canadiense, y, a la derecha, la mesa nicaragüense. En la última todos están atentos, un cirujano ajusta sus guantes, toma aire y se inclina sobre Becker. Empezó la operación.

El rostro del bebé al fin está totalmente expuesto y bajo una luz fuerte. Se observa que labios y paladar no hay, están deformados. Bisturí en mano, el médico empieza a trazar los puntos que le permitirán reconstruir la musculatura de los labios y sus bordes. “Es una reconstrucción estética y funcional”, explicó el doctor Siu Bermúdez, que está observando la cirugía y dispuesto para una próxima.

Música para la tensión

Al mismo tiempo, hay cuatro casos en otras salas. En las puertas hay banderas de Estados Unidos y de Canadá. En otra, el doctor Cabrera junto a colegas de Ecuador y México, operan a su segundo paciente del día, un niño de ocho años.

“Este caso es algo muy frecuente y hay que repararlo para que la comida no se vaya desde la boca en la nariz”, explicó Cabrera, mientras la asistente le pasa un hilo desinfectado. Un balde debajo de la mesa se está llenando con algodón usado. El ruido de la manguera de aspiración se mezcla con una canción pop que se escucha en la sala.

“Eso es para que no nos aburramos”, dice el doctor, y los demás ríen. “Operar es bonito pero una también tiene que entretenerse, para que durante las operaciones no haya tanto silencio y para mantenernos alegre, para desestresarnos”, dijo Cabrera, el doctor ecuatoriano.

Conmovedora labor

Después de dos horas, la mesa nicaragüense termina la cirugía de Becker. Llevan el niño a la sala de recuperación. Los asistentes ponen a Becker en una de las cuatro camas, donde yace otro niño en recuperación. Las enfermeras de Estados Unidos los cuidan, controlan su temperatura, la presión de sangre y la respiración. Lentamente, ellas ayudan a superar el efecto de la anestesia.

La enfermera Lynn Gardener dice que los niños están desorientados y confundidos cuando despiertan. En sus brazos, uno de ellos llora sin cesar mientras observa a su alrededor. “Creo que está buscando a su mamá”, dijo la enfermera, quien se apresta a entregarlo a la familia.

Gardener explica en inglés su conmovedora labor, y es interrumpida de repente en su relato, pues la madre del niño entra con un traductor. La enfermera trata de explicar en qué estado entrega al niño, pero, la madre no escucha explicaciones y llorar también.

Quedan en observación

En la otra cama algo parecido está por suceder. Becker está despertando. Empieza a llorar casi en silencio. Han llamado a Mariana, su madre, quien se acerca tímidamente a la sala. La traductora le invita a sentarse en la cama para recibir a su hijo. El bebé solloza con los ojos cerrados, el efecto todavía no pasa. Debajo de la sutura ahora se dibuja un labio superior.

Mariana esconde sus labios mientras observa los de su hijo, después sonríe y “traga grueso”. “Me siento feliz. Ya veo el cambio. Pero debe tener hambre… por eso llora”, dice la feliz mujer.

Todavía no pueden irse. Los pacientes deben pasar la noche en el hospital con sus acompañantes, ya que están en observación. Unas 80 familias se quedan en un albergue dispuesto para los pacientes que llegaron de lejos. Para algunos, el viaje de retorno dura varios días y Mariana es uno de esos casos.

La organización hace una excepción con ellos y les controla antes, explicó Felice Chay, Directora de Operación Sonrisa Nicaragua. “Sabemos que ellos dejaron a sus familias, a sus maridos. Ellos tienen que regresar. Si realmente tratáramos de tenerlos aquí por más tiempo creo que no vendrían”, señaló.

Chequeo continúa

Un mes después todos estos casos deben presentarse para un chequeo y así vigilar la evolución de la operación.

Seis y 12 meses después, sucede lo mismo. Cada caso recibe un papelito con la primera fecha prevista. Estas citas antes se realizaban sólo en los lugares donde se efectuaba la jornada, dijo Chay, y ahora lo ofrecen también en las regiones como Matagalpa, para dar mayores posibilidades.

Becker está llorando en brazos de Mariana, quien se dirige a la sala de observación para pasar la noche junto al bebé, en camas que fueron acondicionadas.

Dice que es un gran alivio saber que no asumirá el costo del camino desde Chinandega hasta las montañas de Bocay, sin embargo, es seguro que pensará en el largo camino de recuperación del niño, y en el maíz que debe vender para los gastos de su próximo viaje.

Mayores esfuerzos

En la primera jornada quirúrgica de este año, los miembros de Operación Sonrisa Nicaragua recibieron 230 solicitudes para operaciones gratuitas. “Quedaron más de 100 niños sin la posibilidad de operar”, lamentó doctor Rodrigo Cabrera Mendieta, titular de los médicos.

“Es por eso que nosotros queremos continuamente estar haciendo operaciones para que quienes se quedaron fuera tengan el chance en la otra jornada”, indicó Cabrera.

Elisa Montealegre, presidenta honoraria del organismo, comentó que “si tuvieran mayor apoyo “andaríamos en microbús con un equipo por todos lados. Entonces, sería más cerca para las personas”.

Operación Sonrisa es una organización mundial de filantropía médica infantil con sede en Norfolk, Estados Unidos. El proyecto ha beneficiado a más de dos mil 400 pacientes en Nicaragua, gracias al apoyo de instituciones, fundaciones, empresas privadas y el esfuerzo de 60 voluntarios de Nicaragua y del extranjero (Estados Unidos, Canadá, Perú, Ecuador, Paraguay y México).

Montealegre agradece el esfuerzo y empeño de los voluntarios, pero dijo que se necesitan más nicaragüenses integrados a la causa. “El único apoyo del Estado es que nos prestan el hospital”, dijo Montealegre. Cuatro misiones más están planificadas en 2010. En abril será la próxima en Managua o Granada.