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Matagalpa
II Parte
En los días de combate, los indios capturaron en el sector conocido como el pajal a Benedicto Vega y a Juan José Vélez. Ambos telegrafistas. A Vélez lo colgaron de un palo que estaba ubicado con dirección al cerro Apante, donde según los informes, lo mutilaron con lujo de violencia, dedo por dedo, porque le decían: “Para que no vuelvan a hacer hablar por esos bejucos”.

A Vega también lo colgaron y le desollaron la cara. La muerte de los telegrafistas fue porque lo indios aseguraban que, durante la primera revuelta, se habían valido de “formas diabólicas” para llamar a las tropas de Managua, en referencia a un aparato desconocido por ellos como era el telégrafo.

A las nueve de la mañana del 10 de agosto de 1881, las municiones se les estaban agotando a las fuerzas del gobierno, y los indios se iban acercando más al centro de la ciudad. De pronto, se escuchó el estruendo de un disparo de cañón que anunciaba que el refuerzo había llegado. Eran las tropas que jefeaba el coronel Inocente Mairena, quien con 170 hombres bien armados, sorprendió a los indígenas que ya se desplazaban por el centro de la ciudad haciéndolos retroceder. Éste se abrió paso a sangre y fuego hasta llegar a la plaza donde se encontraba el prefecto Cuadra, acompañado de Enrique Salazar y de un doctor apellidado Rodríguez.

Cañón contra casas de pajas

El combate finalizó hasta las cuatro de la tarde del 10 de agosto. Los resultados de este enfrentamiento entre los indígenas de Matagalpa y el gobierno dejó un funesto resultado: por las fuerzas gubernamentales enviadas desde Managua, apenas tres muertos y 21 heridos con flechas. También se asegura que de la gente de Matagalpa murieron algunos, pero no aparece en el reporte oficial que sí detalla las bajas fatales sufridas por los indígenas: 400 sublevados, pero extraoficialmente fueron más 500, los que fueron enterrados en zanjas abiertas en el sector occidental del Río Grande de Matagalpa.

Posterior a los sucesos de agosto, las fuerzas del gobierno recorrieron las cañadas matagalpinas; llevaban un cañoncito y lo instalaban en lugares estratégicos y lo disparaban en contra de las casas de paja donde vivían los indígenas, castigándolos a sangre y fuego. Los indios capturados por los expedicionarios del gobierno que llegaron de Managua, los sometían a una Junta de Guerra compuesta por oficiales, donde una vez condenados, eran ejecutados.

Fusilados

Los líderes nativos, Lorenzo Pérez y Toribio Mendoza, fueron fusilados al amanecer del 11 de agosto, sin forma ni figura jurídica. La “pacificación” indígena estuvo a cargo del general Juan José Vélez, padre del telegrafista Juan José Vélez, ejecutado por los indios. El general Vélez ejecutó el plan con mucho esmero, y masacró al pueblo originario. Los historiadores aseguran que fue el primer genocidio de que se tenga noticia en Nicaragua en contra de los naturales.

En un comunicado enviado por el prefecto Cuadra al presidente Zavala, el 11 de agosto de 1881, dice: “Los defensores del orden con mucho denuedo conservaron la línea que el enemigo quiso asaltar con cargas repetidas, sin embargo, el poco número de tropas con que contábamos que apenas ascendían a 170 individuos, nos permitió desalojar al enemigo de los puntos principales que ocupa hasta que a la doce del día 10, el capitán don Inocente Moreira, a la cabeza de su columna, entró por el lado del cementerio batiendo en toda regla a los sitiadores. El número de éstos ha sido de 5 a 7,000 armados de rifles nacionales, de Allard, fusiles venaderos, flechas y tafistes, pero a las cuatro horas de fuego vivo de la tropa del capitán Moreira --quien vino combatiendo desde una legua fuera de esta ciudad--, la mayor parte de nuestra fuerza salió de la línea, despejó el campo, y los sublevados huyeron en grupos con dirección a las montañas, habiendo dejado no menos de 50 muertos en el primer día y 60 en el segundo.

“Sus bajas se calculan entre muertos y heridos en más de 400, de los nuestros tuvimos las bajas siguientes: el día 9, el sargento Benjamín Tinoco, y el siguiente los soldados Telésforo Delgado, Miguel Balmaceda, Mariano Vallecillo y Eleodoro García. Heridos: capitán Don Nicolás Grijalva, teniente Don Francisco J. Bonilla; sargentos Carmen Peña y Bruno Guzmán, cabo Miguel Silva; el patriota don Moisés López, y los soldados Jesús Rivera, José María Arana, Salomé Vásquez, Seferino y Timoteo Picado, Justiniano Navarrete, Basilio Soza, Leocadio López y Gregorio Morales, y de la compañía del capitán Moreira fueron heridos el cabo Pedro López y los soldados Vicente Ramírez, Silvestre Sotelo, Hipólito Solís, Isidro Olivares y Faustino Lezama, y recibió un golpe de bala el teniente don Agapito Rodríguez”. (Revista Conservadora, artículo “La sombra de Pedrarias”, del doctor Nicolás Buitrago Matus).

Zavala justifica expulsión de jesuitas

El 24 de enero de 1882, el presidente Joaquín Zavala dirige un mensaje al Congreso de la República, al celebrar el XII período constitucional, donde justifica su actuar al expulsar del país a los jesuitas. El mensaje en unos de sus párrafos dice: “Sus numerosos amigos se desataron en provocaciones, insultos amenazas contra el gobierno, los mismos padres lejos de procurar contribuir al restablecimiento del tranquilidad, como se lo demandaban su posición y su carácter, lejos de guardar siquiera un prudente silencio, hacían en sus escritos y predicaciones, alarde de su poder y de su prestigio, contribuyendo eficazmente al mantenimiento de la rebelión y el más lamentable desconocimiento de los fueros de la autoridad”.

Al referirse a la masacre de los indígenas de Matagalpa, señala: “Terminada la insurrección indígena de Matagalpa por el sometimiento de los rebeldes, y restablecida la tranquilidad en León y Masaya, el gobierno decretó una amnistía amplia e incondicional para todos los culpables, pensando, como era natural, que ella, debidamente apreciada, volviese al país su anterior estado de tranquilidad y bienestar.

“Desgraciadamente no sucedió así. A principios de agosto, los indígenas de Matagalpa vuelven a rebelarse, cometiendo los crímenes más atroces, cuya sola relación nos causaría indecible horror, y un mes después se alzan también en el departamento de León, el estandarte de la anarquía. Ya sabéis Honorables Representantes cómo este injustificable movimiento revolucionario fue inmediatamente sofocado y cómo la segunda rebelión de los indios de Matagalpa, que ha exigido una ruda campaña, puede darse también por terminada. Sabéis cómo en todas partes las armas del Gobierno escarmentaron severamente a los rebeldes, cuál ha sido el noble comportamiento de nuestros militares, dando en toda ocasión, prueba de su disciplina, de su valor y de su moralidad”.

Indios, dignos de ser personajes homéricos
Alejandro Miranda, autor del libro “Una odisea centroamericana”, quien había llegado a Matagalpa como telegrafista y que participó como soldado del gobierno en contra de los indios, nos ofrece un trozo de lo que él mismo, a pesar de haber sido de las fuerzas gobiernistas, llama epopeya indígena:
“El último baluarte de los insurgentes fue una casa del barrio llamado La Ronda: allí se habían refugiado unos treinta, y la resistencia que hicieron fue heroica. Con la pieza de artillería se le abrió un boquete a la puerta. En tres ocasiones se les intimó rendición, y sólo contestaron con el más profundo silencio. Después de cada intimación, un grupo de soldados con bayoneta calada se acercaba a la puerta, y de allí eran rechazados por unas cuantas flechas que salían por el boquete de la puerta. Así, aquellos 30 héroes indígenas, dignos de epopeya homérica, mantuvieron en jaque, como por tres horas, a un poco más de cien hombres y una pieza de artillería; y ellos armados solamente con sus tafistes (flechas de madera fina); hasta que al fin se les agotaron las flechas y sucumbieron 25 de ellos, los cinco restantes se refugiaron en un rincón de la casa, pero nunca se dieron por rendidos”.

“Cuando los asaltantes, temerosos todavía, entraron en aquella guarida de leones, sólo hallaron cadáveres, tres heridos y cinco hombres sanos, teniendo como única arma en sus manos el arco de sus flechas. Sin humillarse y sin pronunciar palabra se sometieron a los vencedores. Éstos les obligaron a cargar los heridos y los condujeron a la Plaza; pero al llegar casi frente al Cabildo, les salió al paso un borracho de malos hígados, muy conocido en la ciudad, y que estaba de alta en el cuartel con el grado de Sargento; increpó a los soldados por llevar vivos a aquellos valientes, acreedores a todos los honores militares, y secundando sus palabras con la acción, tendió su rifle para dispararlo sobre los prisioneros. Éstos dejaron caer a los heridos que llevaban en hombros y echaron a correr por el medio de la Plaza: una lluvia de balas los dejó allí tendidos. Dos o tres episodios como ese presencié aquella trágica tarde: no quiero ni recordarlos y mi pluma se resiste a escribirlos”, señala el autor de “Una odisea centroamericana”.