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Desde muy joven vendió cebollas y tomates, lo cual le enseñó a conocer el mundo del comercio, se involucró en la insurrección que dio al traste a la dictadura somocista, pero al final el destino lo ubicó en el oficio que tuvo su padre: la compra-venta de automóviles nuevos y usados.

Este personaje es Juan Carlos Zúniga, propietario del autolote “El Chele”, a quien encontramos en su negocio atendiendo directamente a los clientes, ya que no le apetece “refugiarse” en una oficina con aire acondicionado y todas las facilidades que tiene un ejecutivo.

Nació el 6 de febrero de 1963 en el hospital El Retiro. Los primeros siete u ocho años de su vida los pasó en el barrio Altagracia en la Colonia Téllez, y por eso afirma: “Soy de uno de los mejores barrios de Managua…”

Por razones económicas, su mamá se trasladó a vivir a Loma Linda, hoy Sierra Maestra, y hasta la fecha ella sigue viviendo en esa populosa zona, a pesar de que Juan Carlos le ha ofrecido comprarle una casa en cualquier reparto de la capital, pero ella le ha insistido que no.

Del Calasanz al Primero de Febrero
Estudió en el Colegio Calasanz y en el Instituto Primero de Febrero. A este segundo centro --que en junio próximo estará cumpliendo 50 años de fundado-- Juan Carlos llegó cuando ya podían ingresar hijos de civiles.

Su papá, el doctor Santos Zúniga Bravo, quien reside en Miami, vendió carros hace cincuenta años.

Se siente orgulloso de haber estudiado en el Primero de Febrero porque “era un colegio competitivo”; de ese centro recordó que les decían “orejas”, y también que ahí estudiaron muchos sandinistas.

“Cantábamos el Himno Nacional y Hermosa Soberana; ahí los maestros eran de primera, competíamos con el Centroamérica, con el Pedagógico y con el Colegio Americano, y tenía una biblioteca de primera”, afirma.

Mientras recordaba esos tiempos, rememoró la existencia de un coronel de la Guardia de Somoza que se llamaba James Thomas, que tenía un Ford Granada, rojo. Thomas era una persona impecable, y a pesar de ser un militar de carrera, era un tipo bien educado, pero “cuando cometíamos indisciplina era bien duro con los estudiantes”, dice Juan Carlos, a quien le tocó utilizar la insignia del colegio en la manga izquierda de la camisa “como que si fuéramos militares”.

No terminó la secundaria en el Primero de Febrero, pues tuvo que abandonarlo cuando vio en 1978 que a los buses les ponían un Becat (Brigadas Especiales contra Acciones Terroristas) adelante y atrás. “Yo le dije a mi mamá que eso no me gustaba y que era peligroso, por lo que la secundaria la terminé en la Inmaculada, un colegio de monjas que está en la entrada de Pochocuape”, relata.

En el colegio de monjas aprendió a cocinar, “porque había dos cosas: terminabas la secundaria con una asignatura especial, ya fuera costura o cocina, pero yo opté por aprender nociones de cocina”, aunque aclaró que no fue cocina profesional, y “por lo menos no me muero de hambre porque sé cocinar, lavar, planchar, lampacear y realizar los quehaceres de una casa”.

El machismo en la casa
Reconoce que “por el machismo los varones no valoramos el trabajo de las damas o el trabajo que hace una doméstica, y esto, como yo lo he hecho, te puedo decir que es un trabajo bien duro y noble, porque mucha gente le da de comer a sus hijos, y mi mamá planchó para poder darnos de comer”.

Su primer trabajo fue en 1987 en una empresa de obras marítimas, donde fue auxiliar de contabilidad. Después pasó a ser bombero de una gasolinera, y le agradece a su tío David Mairena, que era el administrador de la Shell Las Brisas. Fue asistente de su tío --a sugerencias de la esposa de don David--, fue bombero, hacía los cortes. En la gasolinera trabajó como dos años y medio.

Fue en esa ocupación donde miró que se movían muchos negocios, y “da la casualidad que cuando era estudiante me decían ‘Chele Bisne’ porque me gustó el negocio. “Vendí cebollas, tomates, agua y fui ayudante de albañilería”, cuenta.

Estando en la gasolinera, en 1988, ahorró plata y compró su primer carro, un Volkswagen que “chajinió” y puso muy bonito. “Me costó 500 dólares, le metí otros 500 dólares en remodelación, y lo vendí en 2,000 dólares a unos franceses que se enamoraron de mi carro”, afirma.

Ahí encontró el futuro de su vida, porque después compró una camioneta y se vino enamorando totalmente de los carros. Después lo llamó el entonces diputado de Masaya, Guillermo Chavarría --que formó parte del Grupo de Centro en la Asamblea Nacional, en la década de los 90--, el que le propuso trabajar con él, y “así nos fuimos metiendo en el negocio”.

“Hasta hoy, gracias a Dios, no he tenido un solo juicio en los juzgados de que alguien haya salido diciendo que ‘El Chele nos estafó, nos vendió un carro mal habido, nos vendió un carro que tenía problemas legales’”. Lleva 22 años de estar en el negocio de la compra-venta de vehículos, valoración y talleres.

Participo en la insurrección de 1979
A los 12 años se involucró en la lucha para derrocar a Somoza y aprendió a manejar los Garand, que lo pasaban en tamaño. También participó haciendo pintas en las paredes, y por eso casi lo expulsan del colegio las monjas de la Inmaculada.

El 10 de junio de 1979 “nos fuimos como 70 jóvenes al kilómetro 8 de la Carretera Sur, donde la GN mató a 32 chavalos, entre ellos un primo hermano de Juan Carlos que se llamaba Alberto Zúniga, “pero nosotros nos salvamos de pura casualidad, porque la Guardia nos atacó por todos lados”.

Después de la caída de Somoza, Juan Carlos fue ubicado en la primera estructura que tuvo la hoy Policía Nacional, y recuerda que su primer salario fue de 1,800 córdobas, “lo que era para mí un montón de plata cuando tenía 15 años. Le dije a mi mamá que yo no quería estar en la Policía porque necesitaba estudiar”.

Pero el destino le tenía preparada otra sorpresa. Llegaron unas becas para estudiar en Cuba, y las mismas serían otorgadas a los que habían participado en el derrocamiento de Somoza y que tenía familiares caídos. Un primo suyo de nombre Ramiro Pineda le informó de la oportunidad, “y yo ni corto ni perezoso acepté la beca porque quería estudiar”.

En la Isla de la Juventud estudió ingeniería. Se vino de vacaciones a Nicaragua y ya no regresó, por lo que no pudo coronar una carrera profesional, “pero como siempre me gustó el billete, no quise regresar a Cuba, y me fui donde mi tío que me dio la oportunidad de trabajar en una gasolinera”.

Capítulo de Ricardo Mayorga
Con respecto al boxeador Ricardo Mayorga, Juan Carlos dice que Dios le dio unos puños de oro, “pero él los convirtió en unos puños de aserrín”. El pugilista ha tenido el privilegio de codearse con los grandes a nivel mundial después de Alexis Argüello.

“Me le acerqué a Mayorga por dos razones: una, para hacer un negocio y me fue bien, y la otra cosa era ver el potencial de este muchacho que tiene una pegada espectacular”, dice. Fue ese poder de pegada y su fogosidad la que lo llevó a enfrentarse con grandes del boxeo como Óscar De la Hoya y Tito Trinidad, entre otros.

El defecto de Mayorga es que “este muchacho no tiene ningún nivel cultural, a duras penas medio lee, y después de eso no aplica los conocimientos científicos, porque si vos no conocés algo, por lo menos preguntá, como decía Albert Einstein”.

Mayorga “se creía el poderoso, el entrenador, el asesor económico, el asesor de la comida y de todo, pero no es así la cosa. En pocas palabras, las alturas marearon a Mayorga, y ni su mamá ni su papá tuvieron la capacidad de entrar en ese juego donde le podían ayudar”.

“Yo quise ser un asesor sin mayores beneficios para que este muchacho tuviera una conducción adecuada. En Estados Unidos, le decía que tratara de limar las asperezas con los periodistas nicaragüenses, que no los maltratara, porque los periodistas son importantes en la vida del ser humano, de las empresas, de las personalidades”.

“Como él nunca logró entender, yo dije que no iba a tomar lucha porque eso lo desgasta a uno, cuando le decís a una persona que esto es blanco, pero el te dice que es negro”, afirma Juan Carlos, quien consideró que no iba a desgastarse porque su negocio le consume tiempo para que camine.

Mayorga le quedó debiendo a Zúniga unos 30 mil dólares. Al entrar a este tema, Juan Carlos se hizo una autocrítica y dijo “que el boxeador fue un poco ambicioso cuando dijo que iba a ganar 6 millones 900 mil dólares con Tito Trinidad, y mucha gente nos fuimos de boca y comenzamos a darle crédito --al pugilista-- a manos libres”.

“Venía aquí Mayorga y se llevaba dos camionetas nuevecitas, y si vos eras amigo de él y le caías bien, te regalaba un carro de 10 mil dólares, y me decía dámelo, después te lo pago, y así hizo con mucha gente. Conozco a un abogado al que le regaló un carro que valía 12 mil dólares, conozco gente que venía a traer camionetas de 20 mil dólares”, relata.

“Yo le agradezco a Dios y a todos los amigos que me ayudaron, y sobre todo a los periodistas, los comentaristas de deportes, porque yo no andaba de mala fe y eso me ayudó, porque Ricardo me pagó la mayoría de la plata que me debía por la venta de vehículos”.

“Casi todo me lo pagó porque era una cantidad grande, pero a muchos los dejó en la calle”, dice Juan Carlos, quien recordó una anécdota de una señora a la que Mayorga le empeñó su cinturón por 200 dólares. Después llegó donde esa señora y le dijo que lo acababan de llamar de México y necesitaba que ella le diera el cinturón y así le soltaban una plata. “Agarró el cinturón Mayorga y se lo llevó a otra persona a empeñarlo, y así hizo mil cosas”, recuerda Juan Carlos.

Número de carros vendidos
A estas alturas, Juan Carlos dice que desde que se inició en el negocio de los autolotes ha vendido unos 4 mil vehículos de todo tipo: carros, camiones, camionetas, equipos pesados, pipas, minicargadores frontales, motos acuáticas, lanchas y yates, y distribuyó unas motos producidas en Asia.