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Se proyectó como un hombre franco, un poco cauto y bastante meticuloso a la hora de plantear sus ideas. No es del tipo de persona que suelta una palabra sin medir las consecuencias de ella. A veces, parece que a propósito se tarda un poco buscando la respuesta adecuada, y cuando la encuentra, piensa otro tanto de tiempo esperando el espacio para soltarla.

Julio César Avilés Castillo recién se estrena en el cargo de Comandante en Jefe del Ejército de Nicaragua. Su nuevo rango es de General de Ejército. Un nombramiento afortunado para alguien que todavía el 19 de julio de 1979 estaba disparando, mientras otros ya celebraban en la capital el fin de una dictadura, y concluyó la guerra de los años ochenta desarticulando una estructura militar establecida en Managua para enfrentar una eventual invasión de los Estados Unidos.

De hecho, no estuvo en el país, ni aparece en las fotos cuando ocurrió el dramático traspaso de mando del general Humberto Ortega al general Joaquín Cuadra en 1995, y aunque estudió Derecho y lo matricularon para periodista, terminó siendo administrador de empresas y jefe de una organización de 12,000 hombres armados que obedecen sus órdenes.

Nunca una locura
Sabe el poder que ese cargo le confiere y trata de convencer con rostro severo, palabras suavemente dichas y gestos corporales de dedo en alto, que nunca, nunca subrayado, ocurrirá “una locura” dentro del Ejército con las armas que ellos cargan.

Fue nombrado como sucesor del general Omar Halleslevens en noviembre de 2009, y de inmediato fue ratificado por el presidente Daniel Ortega como el Jefe de las Fuerzas Armadas para el período 2010-2015. Se tomó libre el mes de diciembre para digerir la noticia y enfocarse en el nuevo puesto, el más alto de su vida, y el que nunca, dice él, esperó ocupar.

¿Cuál es la historia del hombre detrás del uniforme? Habrá que decir que su vida venía con los dados cargados contra la familia Somoza. Su padre, el doctor Julio César Avilés, era un político conservador opositor a la dinastía, y sus amistades y cercanos compartían la animadversión a todo aquello que olía a somocismo y a Guardia Nacional.

Pero fue hasta en 1971 cuando la herencia política de su padre se convirtió en experiencia propia. Por esos años, en todo el país hubo protestas contra el gobierno por la liberación de presos políticos, y él, estudiante de secundaria del Instituto “Juan José Rodríguez”, se sumó a la protesta que los alumnos de los cuartos y quintos años habían organizado en Jinotepe.

El despertar de las conciencias
La Guardia Nacional llegó, entró a fuerza al colegio, y culateó a quien estuviera ahí. Los estudiantes, incluyéndose él, pensaron que envolviéndose en una bandera nacional azul y blanca la Guardia los respetaría.

“Más duro y más rápido nos patearon”, relata este hombre blanco, que es un poco recio de tronco y abdomen y de cabello rojizo. A pesar de estar relajado, se mantiene firme y recurre a las manos para afianzar las palabras.

Al igual que varias generaciones de jóvenes, abandonó las clases, las suyas de Derecho en la UNAN-León, y la fugaz matrícula en Periodismo en la UNAN-Managua. Se unió a la guerrilla de manera clandestina y total en 1976, y tras varios traslados de un frente a otro, el 19 de julio de 1979, cuando ya varios celebraban en Managua el fin de la dictadura, él estaba combatiendo en el Norte contra los últimos restos de la Guardia Nacional, que buscaban una retirada por el rumbo norte.

Lo que apenas comenzaba…
“Muchos compañeros pensaron que las cosas se habían terminado con la caída de la dinastía en 1979, que hasta ahí llegaban, algunos se fueron a sus casas”, dice.

“Yo, en este caso, fui uno de los convencidos de que las cosas apenas empezaban, y de que había que construir a partir de ese momento un Ejército nuevo, diferente del anterior, que había pasado muchos años culateando, avasallando, masacrando, torturando y desapareciendo a jóvenes y campesinos”, agrega ahora, con la chaqueta verde-olivo abierta, y sobre sus hombros las charreteras de cuatro estrellas y dos ramas entrecruzadas.

Luego del triunfo fue integrado al Estado Mayor en Estelí, y ese mismo año fue enviado a Cuba a recibir preparación en la Academia Militar Antonio Maceo.

A su retorno, cuando ya empezaba a gestarse la guerra de la contra, fue asignado a varios cargos, y estaba un día en la zona de operaciones de los escenarios de guerra y otro en misiones de logística e inteligencia.

De hecho, el final de la guerra, que comenzó con los acuerdos de paz a finales de la década de los 80, y que concluyó con los resultados de las elecciones del 25 de febrero de 1990, lo encontró en Managua tratando de desarticular por mando las estructuras de un enorme Ejército que ya no cabía en tiempos de paz.

Y mientras él estaba dedicado a las labores “ingratas” de reorganizar los mandos y los medios, y de notificar a los compañeros de armas que pasaban a la vida civil, él mismo recuerda que no estaba seguro de si seguiría su vida militar, y la incertidumbre era tal, que no sabía qué haría si de pronto alguien le notificaba a él que todo había terminado.

“Moverse con cuidado”
Pero nadie le notificó nada, se quedó, siguió su entrenamiento en academias del exterior y acumuló medallas y condecoraciones, hasta la última recibida, el pasado 21 de febrero de 2010, que estaba tan distante de aquel humilde rango de teniente primero que recibió en 1980.

¿Cómo sobrevivió donde otros no sólo quedaron fuera del Ejército, sino que hasta perdieron la vida? ¿Alguna vez tuvo miedo a que lo mataran? “La realidad de las cosas es que en esos escenarios, en todos, uno tiene que moverse con cuidado. Y ahí es donde uno debe tener nervios de acero para poder vivir”, dice, dando por respuesta que es la sangre fría, más que la suerte, la que permite separar a los hombres de la vida y de la muerte en tiempos de guerra.

¿Hubo algo que lamentara en esos 10 años de guerra más allá de la muerte de compañeros de armas? “Sí, despedirse de los que habían sobrevivido y mandarlos a un mundo para el cual no estaban preparados: al mundo de la paz”.

“Fue doloroso que en el primer Plan de Licenciamiento se fueron a la vida civil 10 mil oficiales. Estábamos claros de que debíamos tomar las decisiones del mando, pero una de las cosas más difíciles de un jefe militar es seleccionar entre quién y quién, quiénes se van y quiénes se quedan”, dice, y recuerda que otra vez, tuvo que decidir la suerte de otros.

Trabajar, trabajar…
“Es difícil despedir a compañeros porque hemos pasado toda una vida en esta institución, hemos compartido aquí más tiempo con los compañeros de armas que con la misma familia. Muchas veces nosotros sacrificamos tiempo con la familia para cumplirle a la patria y a la institución. Las despedidas son momentos complejos para alguien, te causan nostalgia”, dice.

¿Esperaba alguna vez llegar tan alto en su vida? Dice que sólo trataba de hacer bien su trabajo.

“Ahora que me han nombrado, me han llamado compañeros y amigos, a los que les he dicho que los cargos y las misiones que se me han asignado, yo lo que he tenido en mente es cumplirlos de la mejor manera posible, sin pensar en saltar de ahí a otro lado. Mi principio es responder de la mejor manera al cargo en el que estoy”, dice, explicando su lógica de trabajo que le ha dado buenos resultados: trabajar, trabajar y luego seguir trabajando.

Nunca más allá de sus obligaciones
¿Y como ser humano no ha tenido las ambiciones de saltar? “Pues modestamente les digo que no. Yo no trabajo más allá de un cargo al que estoy asignado, mi responsabilidad, por principios, es cumplir de la mejor manera en el cargo asignado. Si lo hice bien y me dicen: ‘mirá, te queremos aquí’, pues allá voy y trato de hacer las cosas bien, pero no viendo más allá de eso”, dice el general Avilés.

En 1994, cuando se da el cambio en el Ejército, él estaba en Francia, en estudios militares, y no aparece en las fotos.

“Yo estaba a cargo del IV Comando Militar y de ahí salí a estudiar en 1994 y regresé en 1995, cuando ya había entrado en vigencia la Ley 181, (Código de Organización, Jurisdicción y Previsión Social Militar), que fue un elemento muy importante que afianza la institucionalidad del Ejército”, expresa.

“No hubo traumas. Ya se estaba avanzando en esa dirección desde 1990, el Ejército se venía consolidando, se viene consolidando desde entonces”, expresa, para caer al terreno actual, a la situación del cuerpo militar hoy en día.

“La realidad de las cosas es que estamos sobre bases sólidas, hay mucha coherencia en nuestras decisiones, las que apuntan en una sola dirección, claramente, con lo que dicta la Constitución, con lo que dicta el Código militar, la Ley 181, y otras leyes que nos vinculan a nosotros y tenemos plena conciencia de eso”, manifiesta.

Ser el jefe de más de 10 mil hombres armados, configura poder a una persona. ¿Usted ha reflexionado sobre la responsabilidad social de ese poder?
“Nosotros tenemos bastante conciencia de eso. Esas armas, esos hombres, nosotros las tenemos, pero no nos pertenecen. Pertenecen al pueblo. Yo decía que nosotros vivimos de la sociedad nicaragüense, del pueblo en su conjunto, de esa confianza. Y los hombres que estamos aquí tenemos que saber y administrar bien esto. Aquí no puede salir nadie con una locura y decir que ahora porque tengo los ‘chopos’ puedo hacer cualquier cosa, no, aquí tenemos un alto sentido de responsabilidad, sabemos que estas armas son para cuidar a la nación, para velar por la población ante las amenazas externas e internas”.

Se dice un firme creyente de la modernización de las instituciones, bajo la lógica de que el mundo avanza rápidamente y de que quien no se modernice, se queda atrás.

“Vamos en la línea de fortalecer las capacidades del Ejército y la Defensa Civil para preparar debidamente a nuestra población ante las eventualidad de la naturaleza y el medio ambiente. Lo que pasó en Haití, los huracanes, el cambio climático, todo eso son amenazas que hay que tomar muy en serio”, dice con gesto de preocupación.

El general sin el uniforme
Suele ver las peleas de boxeo cuando hay alguna buena figura internacional, y casi siempre cuando un compatriota va a buscar o defender su corona. Le gusta el deporte y sintió mucho la muerte de Alexis Argüello.

Dice que todavía lo estima mucho como el más grande deportista de Nicaragua. Además, le gusta el béisbol, deporte que jugó cuando era joven. Sigue los juegos del equipo de su departamento en el campeonato “Germán Pomares”, y siempre está pendiente del desarrollo de las pequeñas ligas y de las ligas juveniles.

Le entretiene montar a caballo, y asegura que le gusta hablar con gente del campo que anda a caballo. “Eso me permite tener una comunicación bastante fluida con los campesinos y productores”, dice Avilés, quien pertenece a la generación que leyó y relee a Gabriel García Márquez.

Como parte del trabajo, lee todos los diarios, ve un poco de noticias y trata de mantener el contacto, y el orden, de sus 13 hijos, de los cuales 11 son propios y los otros “como propios”.