•  |
  •  |
  • END

En una montaña se ven personas agachándose, agitados recolectan cosas inútiles para sus dueños originales. De repente sus figuras desaparecen, cuando el viento agita una neblina gris y espesa. Aquí la vista cambia en cuestión de segundos.

Todo lo que uno logra ver aquí es basura. La neblina no es nada más que el humo. Humo y llamas que salen por todos lados del vertedero La Chureca en Managua. La Chureca por dentro “flamea”. Siempre hay humo aquí, la basura arde y vuelve más violento el calor natural de este trozo de la capital. El calor parece emerger de la tierra, así me imaginé el infierno.

En medio del monte donde llegan en cadencia de pocos minutos los camiones que depositan los desechos de los ciudadanos de Managua, aparece María del Socorro González. Está seleccionando pichingas para llenar su bolsa medio vacía. Los ojos de la mujer de 37 años le están lagrimeando y sus labios, secos y rajosos, parecen mudar de piel. “Lo peor es el humo, es insoportable”, se queja González que parece estar llorando.

Un humo que hace llorar
Nadie en La Chureca escapa al ataque del humo; los ojos arden y dentro de unos minutos salen las lágrimas sin cesar. Es una sensación como de cortar 40 cebollas picantes a la vez. Aquí se está quemando plásticos, baterías, papel, comida podrida, desechos de los hospitales.

Se siente entrar la mezcla tóxica por la nariz y la boca. Se siente cómo inunda las vías respiratorias. El olor de los acumulados 8 millones de metros cúbicos de basura casi no se nota, todo está dominado por el humo.

La mayoría de los que habitan en La Chureca no llevan mascarilla. Unos se protegen con pañuelos encima de su cara que les hace parecer bandidos a punto de asaltar un banco.

“Tenemos que ganarnos la vida”, explica María del Socorro González. Se levanta diario a las cinco de la mañana para llegar pronto. “El que se duerme no agarra nada”, dice sonriente. En los mejores días gana 200 córdobas coleccionando pichingas, pero admite que el promedio es 50 córdobas, 2.30 por kilo recogido.

Así la mujer soltera que vive en La Chureca desde hace 21 años mantiene a sus dos hijos que viven con ella. Al mediodía se van a la escuela y en la mañana trabajan en la entrada del basurero porque no le gusta que sus hijos trabajen aquí en el humo.

Unas cuarenta personas se aglomeran cuando llega un nuevo camión recolector que descarga la basura de los managuas. Salen a su encuentro con un saco colgado al pecho y una vara (palo) que parece una lanza, con dos zarpas largas en la punta para hurgar en los desechos y encontrar algo reciclable: aluminio, papel, zapatos viejos, ropa, pichinga. “Aquí se vende todo, no se pierde nada”, explica un “churequero” que nos acompaña y a quien todos llaman “Bachiller”. “En la tarde, vienen los vendedores para comprar todo lo que salió de “la rebusca”, como se llama el trabajo en La Chureca”.

“Aquí viene gente de todos lados, de Masaya, hasta Bluefields. La pobreza se hace venir”, comenta González. Uno tiene que acostumbrarse al calor y al olor, pero al humo no se puede habituar, explica ella. “Deberían echar agua para extinguir las llamas”, demanda González de los responsables del vertedero, y sus compañeros que se han acercado, asienten con sus caras envueltas de tela. Siguen trabajando, María del Socorro González con auriculares de un mp3 en sus oídos. Solo que el cable no se conecta a ningún reproductor de sonido.

Vidrios: más plata, más cortes
Unos cientos metros alejados de la recolección de pichinga, en un punto más alto, el paisaje hace memoria a un cementerio de basura abandonado. Si no hubiera tanto humo, se vería toda La Chureca de 40 hectáreas que está situada en la orilla sur del Lago Xolotlán.

Casi no hay personas, pero detrás de pilas de llantas y sacos se escucha un ruido de tabletear vidrios. Sentada en un cubo en el suelo, Nuria Ernestina y su hija de 15 años ahondan sus manos en un hato de fracciones de vidrios para separarlas en tres tipos de colores: verde, marrón y blanco. Desde hace dos meses están aprendiendo este nuevo negocio, explica Ernestina, y debajo de sus manos sucias, se muestran varias lonjas.

Antes trabajó coleccionando pichingas en La Chureca. “No me gané ni 20 pesos en un día, por eso vine por aquí”. Ahora gana 110 pesos diario, los sábados cuando le paga el dueño, se va a Ciudad Sandino. Ahí tiene su cuarto donde duermen sus dos hijas y su hijo de 19 años con discapacidad. “Tiene problemas sicológicos, mentales, es como un niño”, explica la mujer de 40 años. No puede cuidarle todas las noches, porque durante la semana tiene que quedarse en La Chureca. Empieza a trabajar a las cinco de la mañana.

Camas de cartón
Ella vive aquí, en uno de las varias casitas improvisadas. Su construcción de galpón solo tiene una pared y un techo. Alrededor, en el suelo, hay todo tipo de desechos. “Por el viento mi casa siempre se llena con basura”, se queja. Para dormir no hay espacio, duerme en un cartón delante de su galpón.

No tiene miedo, dice que los vecinos son gente mayor y se cuidan. La ventaja de estar aquí es que el humo llega, pero no es tan agresivo como abajo y “a mucha gente no le gusta recoger vidrio porque se cortan, pero a mí me da para comprar mi arroz y mis frijoles”. Dice que ya no tiene tiempo para ir a coger alimentos de las camionetas porque “es allá, abajo”.

Los camiones vienen diario en la madrugada y llevan comida expirada de los supermercados o restos de los mataderos: pollo, res, cerdo, cabezas, ojos o huesos, explica “Bachiller”. “La gente espera con su balde y su cuchillo para - como se dice aquí - hacer ‘el recorte’. A veces se pelean los zopilotes, los niños, los perros y los adultos por un pedazo de carne”, dice “Bachiller” y añade que los recolectores de los súper, por ejemplo, llevan el pollo de una semana atrás. Nuria Ernestina comenta que nunca se enfermó por la comida. “Sólo por el humo, trae muchas enfermedades, a mi hija y a mí nos duelen aquí”, y pone su mano sobre sus pulmones.

La comida viene del “Supermercado”
Unos metros más arriba, es la hora del almuerzo. En el fogón se está asando un gran pedazo de carne y una sopa espesa de color marrón está hirviendo. María Fuentes, una mujer mayor, flaca y de piel arrugada, está pelando una naranja podrida. Ella y su pareja, Róger Membreño, quienes viven hace más de 30 años aquí, están haciendo una pausa de la recolección de aluminio, que le da cinco córdobas el kilo.

Junto a ellos están descansando dos hombres más, los ojos de uno de ellos están lagrimeando constantemente, aunque los fuegos están lejos. En la casita duerme un gatito. Todos están esperando para almorzar lo que han recolectado hoy muy en la mañana. “La comida es muy buena, viene del Supermercado”, bromea Róger Membreño, y al sonreír muestra sus dientes estropeados.

Ellos casi nunca salen de La Chureca. Lo hacen una vez cada dos semanas, sólo si tienen que hacer un mandado, explica Membreño. “No hay esta necesidad de ir al mercado, aquí hay de todo”. Hasta agua potable hay y se bañan diario, dice el hombre sentado que tiene grabado rayas de mugre en su cuello. Él muestra su lugarcito donde duerme al aire libre en el polvo. “No vale la pena construir una casa si con el proyecto de España se los van a sacar pronto”. Al despedirnos nos dicen “gracias por la visita.”

Cientos de piernas de vacas
Al otro lado, cerca de donde se quema la basura, niños están saltando sobre un cerro. Es elástico como un trampolín. En realidad son excrementos secos de las aguas negras de la ciudad. Es su pasatiempo entre la escuela en la mañana y recolectando pichinga en la tarde. Alrededor, en el suelo, hay piernas de vacas con moscas que chupan líquidos en las partes todavía húmedas.

Los huesos vienen de los mataderos que los botan en la mañana. El papá de Ana Paíz los recoge y los pone por acá para secar. Luego los queman, los muelen hasta que quedan finos y blancos para vender como concentrado para los animales. Este proceso dilata y al final ganan 25 córdobas por bolsa de cien libras. En la tarde, Ana, de 19 años, se dedica a este trabajo, mientras que en la mañana aprovecha un programa de formación técnica de la alcaldía.

Desde el primero de marzo ella estudia albañilería que perdura un año y medio. No todos quieren hacerlo porque pierden medio día de trabajo, explica Paíz. “Mucha gente que trabaja aquí piensa en el día y no en el futuro. Por lo menos aquí ganamos algo diario”. Para mantener sus estudios sus hermanos quienes también trabajan en La Chureca, la apoyan.

“Lo más difícil en este trabajo es el humo. Pero hay demasiada gente que recolecta pichingas, por eso decidimos recoger huesos aunque a veces el olor es insoportable.” Económicamente sale igual. Sobreviven con 70 córdobas diarios. Con un brillo en sus ojos, la joven guapa dice que “esperanza siempre la tenemos. La esperanza de aprender, saber y seguir adelante”.

Después de cinco horas en La Chureca, el blanco de los ojos se convirtió en un color rojizo. Al sacudirse los mocos todo sale negro, la cabeza duele y me siento como si hubiera fumado 50 paquetes de cigarros, arde en la boca, en el respiradero hasta en el estómago. El humo y la ceniza se pegan en la ropa y el pelo.

Aún después de un baño, el próximo día el pelo sigue oliendo a “chureca”, se siente una calentura, ojos, cabeza y garganta siguen fatal. Hasta el olor del plástico de la cámara fotográfica recuerda días después a la visita. Mientras que las molestias lentamente desaparecen, los “churequeros” siguen su vida, buscando para comer en el infierno.