Amparo Aguilera
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La comunidad de El Bote, a 16 kilómetros del Cua, Bocay, muestra otra cara desde 2007.

Ya no es la zona preferida de los delincuentes de sitios como Waslala, famosos por sus asaltos, secuestros y abigeatos. Su fama dio un giro hace tres años tras iniciar operaciones la planta hidroeléctrica El Bote, ubicada en la comunidad, pues desde entonces nunca les falta la luz.

Eso le dio “otra vida” al pueblo, según dice Rufino Hernández, quien desde hace 43 años vive en la comunidad y es miembro de la Asociación “Benjamín Linder”, que hizo el sueño posible.

Ahora la “bulla” es “sana” en el poblado, añade Hernández. En el sitio hay un par de bares pequeños y decenas de pulperías con todo tipo de mercadería: desde confites de 50 centavos de córdoba hasta gaseosas heladas, de nueve a más de 30 córdobas, y perecederos, como carnes, que requieren refrigeración.

De cada diez casas, por ejemplo, ocho son pulperías. “La verdad es que las ventas abundan, no termino de contarlas, todo el mundo vive de eso aquí (en El Bote)”, enfatiza Hernández.

Incluso, cuenta que cada año se “arrima” más gente a la comunidad, “y lo primero que hacen es poner pulpería, porque hay luz”, ejemplifica. Quienes no lo hacen son productores o empleados públicos.

Aunque hay por lo menos un molino de granos comunitario, y pequeños talleres artesanales de madera.

Hay hasta cambios sociales

En la comunidad también asoman cambios en términos sociales. Hay un puesto de salud que atiende ya de noche, y maestros que dan clases, en turnos nocturnos, a jóvenes que cursan entre primero y cuarto año de secundaria.

Sin embargo, esto aún no es del todo cómodo para los estudiantes, ya que las clases se imparten en casas particulares por falta de infraestructura.

En cada vivienda, por humilde que sea, no falta ni la refrigeradora ni la plancha, ni un televisor con su antena parabólica. “El cambio es grande, porque fíjese, vivimos hasta más informados, facilito se agarra el Canal 10 y el estatal”, agrega Maribel Lanuza, maestra de la comunidad.

Planta cambió la geografía

La “geografía” de la zona también cambió por la planta hidroeléctrica. A más de un kilómetro de la comunidad ahora hay una presa de más de dos metros de profundidad.

Se construyó para poner a operar, en 2007, la planta hidroeléctrica El Bote, cuya capacidad instalada es de 900 kilowatt hora, con dos generadores de 450 kilowatt cada uno.

Eso se logró tras 19 años de espera, con el empuje de la Asociación “Benjamín Linder”, del que es parte Hernández junto a más de 100 productores de la zona.

Para conseguirlo, los pobladores, sin embargo, trabajaron durante más de seis mil días, haciendo paralelamente hoyos y colocando los postes de energía, para materializar el sistema local de energía.

La planta, así, posee ya 58.3 kilómetros de líneas eléctricas  que brindan el servicio de energía echando mano del agua de la zona. Cubre a la comunidad de El Bote, conformada por más de mil personas, sin incluir sus comarquitas.

Además, brinda energía a un 20 por ciento del municipio de Cua, Bocay, habitado por 52 mil personas, según cálculos de su alcalde Raúl Acevedo Lara.

El coordinador de la Asociación “Benjamín Linder”, Félix Rosales, explica que la planta ha generado “buenos resultados”, y todavía opera porque ha partido del esfuerzo de la propia comunidad.

“Los pobladores lo hicieron posible, incluso la gente de Cua también lo hizo posible tras el empeño de un cooperante estadounidense que arribó allá en los años 80, llamado Benjamín Linder”, refiere.

El ingeniero Juan Enrique Morales recuerda que en ese entonces el Cua apenas contaba con unas 30 casas. “Y El Bote ni se diga, era una comarquita de unas cuantas casas”, rememora.

“Benjamín era un ingeniero electromecánico que apareció en la zona con deseos de ayudar a la gente”. En realidad, era un activista político, empeñado en la solidaridad, que solía disfrazarse de payaso para animar a la gente.

“Él vio que no había luz permanente en el Cua y sus comunidades, y sintió, palpó, que ese era el gran sueño de todos. Así se hizo cargo del viejo proyecto del gobierno de Somoza que era el de instalar minicentrales hidroeléctricas, incluso esto lo había retomado la Revolución Sandinista, pero por la guerra que comenzó a librarse en los 80 los ingenieros no se animaron a hacerlo realidad”, destaca Morales, quien vive desde hace 18 años en el Cua.

Linder, de acuerdo con el ingeniero, llevó al Cua “aparatos” para montar la central, “pero en su afán murió. Fue confundido, se creyó que era un militar, pues sus trabajadores andaban vestidos de ropa verde olivo cuando hacían las mediciones para instalar las centrales, eso fue como en 1988 y así murió”, recuerda, tras referir que de vez en cuando contaban con energía a través de una planta de diesel que daba unas seis horas de luz: tres por la mañana y tres por la noche, gracias al propio Linder.

Fue entonces cuando retomó la idea su compatriota Rebeca Leaf, con el apoyo de la familia de Linder, amigos y pobladores del Cua.

“Se formó la Asociación ‘Benjamin Linder’, y un grupo de locales fuimos hasta la costa oeste de Estados Unidos pidiendo donaciones para la planta hidroeléctrica, pues se quería que la luz fuera permanente en la zona. La familia Linder nos apoyó mucho, y así recogimos como un millón de dólares para comenzar con el proyecto”, relata Morales.

Comunidad toma las riendas

Leaf, según el ingeniero, también se apoyó en expertos extranjeros y locales. “Ella hasta se puso a trabajar con el alcalde de entonces, don Luis Quant, y así se movió la cosa, fue un asunto de todos: pobladores, alcaldía y cooperantes. Hasta el Gobierno ayudó con sus avales. Aunque claro, la comunidad participó en todo: desde la planificación del proyecto”, reitera.

Rosales explica que para eso organizaron de entrada a la comunidad de El Bote. “Se armó la Asociación como un ONG (administrado por un equipo liderado por Leaf) y se formó una directiva comunitaria”, subraya Rosales.

La directiva no sólo se encargaría de apoyar las labores de instalación de la planta, sino que también tendría como tarea, de forma permanente, darle mantenimiento a la cuenca de agua que permite que la planta genere luz”, señala.

Sin embargo, indica que hacía falta dinero para materializar la iniciativa. “El costo estimado sobrepasaba lo que se tenía: era de casi tres millones de dólares. Entonces, se tuvo que pensar cómo hacer un préstamo y hacer un acuerdo con los pobladores, que eran los beneficiados”, menciona.

Se recurrió al Banco Mundial, BM, entidad con la que se obtuvo un préstamo de 1.6 millones de dólares. “Ese dinero todavía se está pagando, así que la Asociación como un organismo no gubernamental es quien lo está administrando desde el Cua”, manifiesta.

En el Cua, la Asociación tiene un staff de “linieros” encargados de instalar la energía. “Además, se cuenta con un grupo de personas que son las que leen las facturas de energía y se encargan de recibir el pago de la misma”, precisa Rosales.

Hernández, en ese sentido, detalla que su función actual, desde El Bote, es la de reforestar la cuenca de agua, junto al resto de productores.

“Sólo en 2009 sembramos más de 70 mil plantitas de café, cacao y plantas forestales. Nosotros debemos garantizar eso, ya que si no se reforesta nos quedamos sin agua, hacemos esto mientras en el Cua, Rebeca se encarga de lo administrativo”, insiste.

Costo es alto, pero…

Morales destaca que el costo que pagan por la energía, sin embargo, es alto en relación con lo que pagan los habitantes del resto del país. “Pero se entiende eso porque aquí (en el Cua y en su comunidad El Bote) no hay subsidio gubernamental como ocurre en el resto de Nicaragua”, agrega.

Rosales coincide con Morales. Resalta, en ese contexto, que el precio del kilowatt hora a los consumidores del Cua, incluyendo El Bote, es de 21 centavos de dólar.

“Como hay un excedente, esto se lo vendemos a Unión Fenosa a 91 centavos dólar el kilowatt hora”, destaca.

No obstante, los pobladores suelen ahorrar energía. “Por ejemplo, planchamos de una sola vez. La refrigeradora no se está abriendo a cada rato. Tenemos cuidado con esto. Y la televisión la veo por la noche, así hacen muchos vecinos inclusive”, comenta, por ejemplo, Lanuza.

De allí que hasta la mora sea baja. “Es tan mínima que podríamos decir que todo mundo paga en tiempo y forma. No tenemos problemas con eso”, puntualiza Rosales. Mientras Hernández se declara “satisfecho” por lo logrado hasta ahora.

El proyecto

La planta hidroeléctrica El Bote ha contado con auspiciadores como la Alianza en Energía y Ambiente, el Banco Mundial (préstamo), Suiza, el Ministerio de Energía y Minas de Nicaragua y la Asociación “Benjamín Linder”.

La Alcaldía también ha hecho lo suyo al garantizar buenos caminos para la colocación de los postes de la red eléctrica.

Los equipos de control automatizado de la planta, medición, protecciones y switchgear de bajo voltaje han sido proveídos por la empresa ABB. La tecnología es complicada y sofisticada, y por eso al principio había problemas con el uso de los equipos, pero ahora ya hay más de cinco trabajadores capacitados para manejarlos.

La planta beneficia actualmente a dos mil personas de la zona que habitan en El Bote y en el Cua.

Está interconectada a la Red Eléctrica Nacional. Así el proyecto no beneficia solamente a las 14 comunidades del Cua, sino también a los clientes de la empresa de Unión Fenosa, al interconectarlo en las redes de esa empresa en el municipio del Tuma-La Dalia, debido a que la demanda de energía de sus clientes alcanzan los 400 kilowatt hora.

La Asociación “Benjamín Linder” tiene como objetivo extender la red eléctrica. “Estamos gestionando fondos y necesitamos miles de dólares sólo en materiales para eso. Mientras tanto, continuamos con la tarea de colocar miniturbinas en comunidades donde hay 40 casas. También apostamos a los paneles solares en comunidades bien alejadas, que no pueden interconectarse a la red”, apunta Félix Rosales, coordinador de la Asociación.