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En una pared de bambú de un patio está colgado un dibujo: dos casitas en un globo de pensamientos, una en mala condición y al lado la misma, pero todo reformado. Son los pensamientos de la mujer, mientras que el hombre con su sombrero hace una cara de interrogador arañando su barbilla.

“¿Qué es lo que ven en este dibujo?“, pregunta Blanca Oporta. “Es lógico“, dice Lidia Ibarra, de 39 años. “Es la mujer que piensa cómo mejorar la finca, al hombre ni se le ocurre hacerlo“, todas las mujeres se ríen tímidamente. El patio de la casa en Teustepe, Boaco, se convirtió en una sala de educación; 18 mujeres y dos varones están sentados en sillas de plástico y contestan las preguntas de la maestra Blanca Oporta, asesora de Crédito de Prestanic, Teustepe.

Ibarra ofreció su casa donde, además, maneja una pulpería, para hacer la reunión de las clientas que reciben microcréditos de los bancos comunales de la Sucursal de Prestanic, una institución dedicada a la atención crediticia del sector de la microempresa.

Con el crédito que Ibarra recibe puede comprar más cosas para la venta, y “así tengo más ganancias. Si recibimos un préstamo, tenemos que hacer el esfuerzo para trabajar, para aumentar esta plata. Con esta educación que nos dan, aprendemos un poquito más a manejar el dinero”. Con lo que gana su esposo fuera del país no alcanza, añade Ibarra.

Más fuerza para mujeres en campo
Cada quincena se reúnen no sólo para pagar su cuota, sino también para desarrollar talleres de Capacitación de Educación Financiera. Desde marzo pasado las clientas están aprendiendo --“jugando”-- la importancia de manejar sus préstamos, de desarrollar habilidades sobre la toma de decisiones financieras que les permitan el ahorro. Al mismo tiempo, la meta es desarrollarles más conciencia de género y fuerza a las mujeres en el campo.

“La diferencia con otros créditos es que con esto les damos seguimiento, educación, algo complementario para que se fortalezcan”, explica Omar Hernández, Gerente de la Sucursal Prestanic en Teustepe. Es parte de Promifin, Programa de Fomento de Servicios Financieros para Poblaciones de Bajos Ingresos, y financiado por la Cooperación Suiza.

Machistas por “naturaleza”
Según Hernández, hay comunidades donde el machismo todavía está muy alto. “A veces encontramos a mujeres que no hablan. Es el hombre el que manda: ‘Si mi marido me da permiso participo, si no, no’. Somos machistas por naturaleza“, indica Hernández.

La escuela improvisada sigue con otro elemento: una obra radiofónica, en la cual una pareja está discutiendo sobre el sentido de comprar un espejo. La mujer logra convencer al hombre de que hay que solucionar otras necesidades antes de comprar ese artículo. Las participantes, obviamente, están entreteniéndose, se ríen, gozan y cambia su enfoque.

Rito Felícito Hurtado, uno de los dos hombres presentes, que recibió 20 mil córdobas que utiliza para comprar veneno para cultivar sus tomates, dice que no siente que las mujeres se burlan de los hombres. “Es cierto que a veces la mujer piensa más”.

A pesar de la inferioridad numérica de los hombres, Abel Ríos, el segundo hombre que tiene un negocio --una venta de queso--, dice que “siempre la cabeza es el hombre, sobre todo él tiene que pensar. De vez en cuando la mujer ayuda para avanzar, pero el mayor tiempo es el hombre”.

Hasta ahora, los dos no han pensado por qué hay este desequilibro, que hace que hombres y mujeres estén recibiendo créditos. “Sólo a las mujeres les gusta trabajar“, se burla Ríos. A su lado, escuchando la plática está Aracelly Jirón, embarazada, y en compañía de su hija. “Es porque hay una regla: 80 por ciento mujeres y 20 por ciento hombres”. “¡Ah!, no sabía eso”, se sorprende Hurtado.

Jirón opina que la regla es porque la mujer es más confiable. “El hombre tiene sus vicios: el licor, el cigarro, se ha dado mala fama, y entonces ha ganado más valor la mujer. Pero todavía siguen de machistas“, señala la mujer de 31 años.

Figura del crédito en el campo es el varón
El Director Regional de Promifin, Juan Vega, confirma la presunción de Jirón. Dice que en todo el mundo prestar dinero funciona mejor con las mujeres. Dice que ellas son más responsables que los varones. En el sector urbano de Nicaragua, más del 70% del crédito que se desembolsa lo reciben las mujeres. En el campo es lo contrario, pues las mujeres están fuera del sistema de crédito nacional, explica Hernández.

Los institutos atienden más el crédito agropecuario, y en ese campo, los dueños de las garantías mayoritariamente son hombres: ellos son los dueños de la tierra y los dueños de la vaca. Las mujeres casi no acceden a un crédito con garantía individual para desarrollar su rendimiento.

“La figura del crédito es el varón: el jefe de la familia”, dice Omar Hernández. La experiencia de 16 años de Prestanic como microfinanciera mostró que las mujeres son más confiables, no gastan en cosas innecesarias, tienen ideas más rápidas que los hombres y son excelentes administradoras, explica Hernández.

No dan cargos a hombres
Prestanic está destinado a brindarse al sector femenino y ha sido un gran éxito, exclama Hernández. En el departamento de Boaco hay 84 grupos de mujeres, entre ellas muchas solteras, que funcionan bien. Un total de mil 200 personas que aprovechan para mejorar su vida, de esas, sólo 114 son varones.

Son créditos comunitarios y los grupos funcionan solidarios. En esta metodología se requiere una gran disposición al trabajo en equipo, lo que según las instituciones las mujeres cumplen con mucha facilidad. Cada grupo está organizado por entre 12 y 30 mujeres.

“No damos cargos a varones, sólo a las mujeres, por sus habilidades y para darles liderazgo, así se están fortaleciendo en sus comunidades“, indica Hernández. En forma democrática eligen a los líderes de su grupo. Prestanic capacita a las mujeres, les enseña cómo organizarse, cómo manejar el dinero y la carta del desembolso para funcionar solas con este proceso de recuperación.

Simulación de un año en su vida financiera
En el patio llegaron a la parte educativa del programa, con un juego de sociedad que funciona como un monopolio: las participantes reciben pequeños préstamos con los cuales intentan invertir, ahorrar y pagar sus cuotas. Una hora de juego, simulando un año en su vida. Al final, saben si ganaron o si perdieron, y reflexionan por qué, explica Juan Vega.

La embarazada Aracelly Jirón, quien vive con su esposo, ya sabe bastante bien cómo funciona el proceso. Ella fue una de las fundadoras de esta banquita. Usa su crédito, que en un año llegó hasta 10 mil córdobas, para preparar y vender refrescos y pan en su casa. “Gracias al crédito tengo más relaciones con la gente y más comunicación en la comunidad. Antes era ama de casa y no salía, ahora estoy vendiendo y vengo a las reuniones”.

Lo contrario ocurre con la socia Catalina Romero, de 69 años, quien tiene su pequeño negocio de vender nacatamales gracias al crédito, pero ha recibido poco apoyo de su familia. “Al esposo y a los chavalos no les gusta que trabaje porque dicen que ya estoy maciza, pero uno se aburre de ser ama de casa. Si estoy sentada todo el tiempo me voy a enfermar”, señala la mujer que todavía se observa llena de vitalidad.

Hombres observan con inquietud
Una de las metas más importantes de este crédito es mejorar la vida de las mujeres, que saquen su propia ganancia y aumenten su autoestima y su propia percepción. Varios hombres lo observan con inquietud. “La gente mira que ellas se reúnen. El varón es bandido, está pendiente de lo que está haciendo su esposa, por curiosidad vienen a las reuniones“, dice Hernández.

Él observó que al fundar una nueva banquita llegan los dos, esposo y esposa, aunque el crédito lo recibe la mujer. “La mujer no se atreve a tomar decisiones, ella mira a su varón para esperar su reacción. Vuelve a ver a su varón para preguntar: ¿qué decís?” La institución quiere evitar que los hombres solamente manden a las mujeres para sacar el dinero, y luego la mujer continuar siendo ama de casa. Omar Hernández pone el ejemplo de Abel Ríos, el vendedor del queso.

“En este caso, la señora no trabajaba nada, sólo se le dio la plata”. Ríos confirma que él le dijo a su esposa desde el principio que ella era la que sacaría la plata, y que él la iba a trabajar.

En la reunión, en la cual la participación es obligatoria, él sustituye a su esposa porque está enferma. Según las observaciones de la Junta Directiva, la señora ahora trabaja también. Ríos viaja por todo el país para vender una parte del queso, y la esposa vende otra parte en su casa.

La Junta Directiva está pendiente, observando si la mujer usa su crédito para algún negocio. “Si nos damos cuenta de que la mujer no hace negocios, no le damos más crédito. Somos bien estrictas en nuestras decisiones, por los riesgos“, explica Aracelly Jirón.

La garantía es el grupo
El crédito funciona en un sistema solidario: todos se conocen. Ellas mismas valoran si les dan un crédito a las personas, y evalúan el nivel de confianza. Si una persona no viene a pagar, ellas recogen entre todas y pagan la cuota perdida. Y luego van a cobrar a otra persona para recuperar su plata.

La mujer de la casa
Mientras el grupo sigue jugando monopolio, en otra casa en Teustepe, Melba Obando está lavando maíz para hacer tortillas. La mujer de 51 años prefería pagar la multa de 50 córdobas por no llegar a la reunión, porque tiene que mantener a sus tres hijos y a su marido. Hace 14 años que estaba haciendo tortillas, pero con el aumento del precio del maíz, necesitó el préstamo. “Sin el crédito no podría comprar maíz y entonces no podría mantener a mi familia”. Su esposo trabaja ahora en la carretera, “pero si no tiene trabajo, me ayuda a lavar maíz, porque este trabajo siempre hay“, comenta Obando.

Ella no es una excepción: “Ahora ya nos encontramos con muchas mujeres que tienen control”, explica Hernández. “Con este crédito llegamos a provocar un cambio en el mediano y en el largo plazo en mucha gente. Tenemos que quitar esta mentalidad de nuestra cultura machista poco a poco“.

No sólo dar el crédito, sino el seguimiento
El programa de Educación Financiera tiene más de dos años de haberse iniciado en Nicaragua, a través de las instituciones microfinancieras y de instituciones públicas. Promifin, programa financiado por la Cooperación Suiza en Centroamérica, promueve la profundización de los servicios financieros para la gente más pobre, sobre todo en zonas rurales.

El objetivo es que las clientas no sólo reciban un crédito y aprendan a manejarlo y a ahorrar, sino ofrecer acompañamiento a las instituciones para que se fortalezcan. Les dan asistencia técnica y apoyo en la cuestión de metodología para transmitir el “Know-How”. Los programas están especialmente diseñados para personas de muy bajo ingreso, sobre todo en el campo, e incluye analfabetas y personas que inician una actividad económica.

En Nicaragua, hasta ahora se han capacitado 12 mil clientes con el programa, un 98% mujeres. Los microcréditos son de 2 mil córdobas los primeros cuatro meses, después se aumentan.