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COLABORACIÓN

Escondida entre las montañas de la Costa Atlántica, en el territorio de Tasba Pri, se encuentra la comunidad de Santa Fe de Akawás. Hace dos años y medio fue devastada por la naturaleza, sin embargo, en aquel lugar a diario se lucha por el nuevo amanecer que sueñan sus habitantes.

Para llegar a Santa Fe de Akawás se debe recorrer el camino a Puerto Cabezas, donde los enormes baches se “tragan” a unidades enteras del transporte colectivo. Los conductores de estos buses prefieren acelerar en cada hueco, argumentando que de esa manera evitan golpes a sus pasajeros, quienes a su vez, responden que es un enorme riesgo tanto para su vida como para la enorme carga que llevan en la parte superior.

Un enorme rótulo anuncia el fin del camino y la entrada a la comunidad, donde se muestran obras de progreso que aseguran haber llevado a la zona algunas Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y grupos religiosos, bajo el título: Rehabilitación Agrícola, Salud Preventiva y Agua y Saneamiento.

Lejos de la política

La amabilidad de sus habitantes es natural en cada bienvenida, donde se habla de todo menos de los típicos problemas de la ciudad. Las controversias políticas que mantienen en vilo a los capitalinos no son relevantes en Akawás, donde muy pocos tienen cédula de identidad y los comicios regionales de marzo pasado ni siquiera son dignos de plática. El abstencionismo fue el protagonista, se concluye cuando sus habitantes saltan de tema al recibir visitas interesadas en el dato.

La posesión de la tierra es el tema predilecto “porque de eso depende si la cosecha da o no”, explican, aunque la lluvia también es clave, pues es el único y seguro sistema de riego. Enfermarse es un asunto de tratar con cautela, ya que el Centro de Salud más cercano está ubicado en San Pablo, a dos horas y media de camino llevando al paciente en hamaca y cargado entre dos.

Pastor Leytón es el “Presidente de la Salud” en dicha comunidad, y es obvio considerarlo entre los máximos líderes después de escuchar las opiniones. Los habitantes aseguran que sabe más que el doctor que atiende en San Pablo. Algunos aseguran que cuando este señor pasa un huevo por el cuerpo de un paciente “da en el clavo”, ya que al quebrarlo se le revela donde está la enfermedad.

Dos aulas, dos profesores

Sólo hay dos profesores en toda la comunidad y una pequeña escuela de dos aulas, donde caben con dificultad unos 40 estudiantes. Los materiales educativos son escasos y aquellos que aprenden a leer y escribir, tienen que trasladarse hasta Rosita para estudiar educación secundaria. Lo mismo sucede con los profesores, quienes dicen trabajar más por el amor a enseñar que por su salario.

A pesar de la pobreza y del abandono, el apoyo internacional es evidente. El proyecto que se expone en el rótulo de la entrada a la comunidad es un orgullo para cada familia, pues no hay hogar que no tenga su llave y de ella brote el vital líquido a cualquier hora del día.

Leytón relata con mucho entusiasmo cómo llego el proyecto. Fue la mejor consecuencia del paso del huracán Félix, pues la ayuda internacional se manifestó en cada rostro que despertaba sin esperanza. “Vinieron unos técnicos de origen costarricense, con el afán de emprender una obra que diera agua a la comunidad de Nazareth, los de dicha comunidad no quisieron y, pues les pedí por el lugar donde vivo yo, y ahora tenemos agua”, explica.

Trabajo comunitario

Bajo intensos rayos solares y un calor mayor trabajaron unidos todos los hombres de la comunidad para instalar la tubería, recuerda, y de esta forma el agua que baja de las montañas ahora se sacia la sed de los habitantes. Los pozos pasaron a la historia.

De esas mismas montañas, en cada uno de sus rincones, brotan los recuerdos de Margarito Dávila, originario de San Ramón, Matagalpa. Nunca se casó ni tuvo hijos. Los cerros y la espesura son testigos de sus andanzas, pues debió recorrerlas para el tiempo de la guerra. Se enfiló en el Servicio Militar Patriótico “con el fin de luchar por la igualdad y la justicia social”, según dijo, después de mencionar que “la contra” le mató a su hermano.

Es un libro viviente de historias de guerra, pero Margarito dice haber quedado con sus páginas en blanco al inicio de la década de los noventa, cuando terminó aquel enfrentamiento. Quedó sin nada qué hacer y se refugió en la palabra de Dios, poniéndola en acción como pastor de cada oveja de la comunidad. Ahora, además de cuidar de su madre vela por su hermano, Arnulfo Dávila, quien padece de una neumonía.

Enfermarse es peligroso

El hermano menor de Margarito permanece en una cama. Para algunos es descanso, pero Arnulfo asegura que “es una tortura”, pues debe observar a su anciana madre llevarle un vaso de agua con mucha dificultad para caminar, cuando su esposa no está.

Arnulfo se mantiene con la mirada perdida. Cuando llega la gente de la comunidad a visitarlo para cumplir con el mandato de visitar a los enfermos, se siente con mucha pena pues su condición de salud le obliga a escupir constantemente y lo hace en un viejo recipiente en el suelo.

Margarito dice que su hermano sufre al ver a sus seis hijos que crecen y los mayores se tienen que ver obligados a trabajar a causa de las dolencias de Arnulfo. Asimismo, el delegado de la palabra explica lo difícil que es para ellos encontrar medicamentos “en estos montes”.

“Hace 14 años tuvo tuberculosis, pero ahora, en el último examen sólo le aparece neumonía. Nosotros hemos ido a los hospitales de Rosita y Puerto Cabezas, y lo que él tiene es neumonía. También tiene retención de líquido y padece del corazón y los riñones”, señaló el hermano de la palabra de Dios, quien clama por ayuda.


Recuerdos del “Félix”

La sombra del huracán Félix aún sigue acechando a las comunidades de Tasba Pri, que fueron afectadas por la fuerza de la naturaleza. Los ojos de Eduardo Leytón muestran la tristeza al recordar lo que vivieron hace tres años. Dice que la tierra aún lamenta el hecho y esta resentida.

“El reclamo se muestra en sus frutos, que ya no germinan como antes”, señala Leytón, quien anhela ver aquellas montañas verdosas que lo acogieron hace varios años, donde hoy sólo se ven grandes patios con troncos caídos.

Leytón recuerda que fueron prevenidos por la radio que un huracán “se venía” para donde ellos. “A la cinco de la mañana ya teníamos el viento encima, aquello parecía el fin del mundo”, indicó.

“Nosotros buscamos como guardar el producto que teníamos”, agrega, al explicar que desde una ventana de su hogar y junto a su familia, observaron uno a uno los destrozos que el viento les dejaba.

Bosque se pierde

Leytón llegó desde Waslala a Santa Fe de Akawás, “porque aquí tengo mis tierras”. Además es agricultor y siembra frijoles y maíz. Con el paso del tiempo, el suelo negro y mojado que perteneció al bosque, se fue perdiendo con la siembra y el pastoreo de ganado.

Pastor Leytón señala que la ayuda se comenzó a recibir mes y medio después del Félix, pero la contribución de los países y ONG, siguió llegando hasta un año después. Lo recuerda con nostalgia y sonríe por la hazaña que le tocó vivir, pues fue la primera vez que se montó a un helicóptero para rescatar a una familia que estaba perdida en una comunidad llamada La Esperanza.

“En aquel momento, las noticias eran que no había sobrevivientes y que se ahogaron por la crecida del río”, apunta, sin embargo, Leytón hizo caso omiso y por su gran conocimiento de esas tierras, pudieron llegar hasta La Esperanza, donde la gente estaba refugiada en la capilla después de ocho días de abandono total.

Dos años y medio después, los niños sonríen en esta zona, mientras los hombres frente a sus viviendas trabajan la tierra buscando cosechar maíz, frijoles y piñas. Las mujeres pasan sumidas en su cocina atizando el fuego y arreando las gallinas.

Salud es necesaria

Los problemas de las 30 comunidades de Tasba Pri van sobre la misma línea: salud, educación, vivienda y alimentación. Lo primero es lo más necesario. En Semana Santa la gente acostumbra cambiar la rutina y el doctor del Centro de Salud de San Pablo, ubicado a una hora y media de camino, en la comunidad de Wakiwás, no fue la excepción.

“Un joven de 16 años de edad que vivía en Wakiwás, murió por causas de negligencias”, según comentan en el lugar. Sus familiares desconocen la razón exacta. Unos dicen que fue malaria y otros aseguran que fue un derrame.

Esa muerte, para María Fernanda Siles, misionera y estudiante de Sociología, fue “completamente evitable”. Ella criticó que “las vidas de nuestros campesinos y campesinas valen muy poco para quienes tienen el poder”. Es necesario que las autoridades se preocupen por llevar las mínimas condiciones de vida a este lugar, señaló.

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