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Los Zetas son como un cáncer que hace metástasis con rapidez y en todo lo que los rodea. Migrantes reclutados como zetas, militares reclutados por la banda, policías, taxistas, alcaldes, comerciantes y todo el que les sirva para cometer sus fechorías.

Por eso es difícil actuar en su territorio. Ya es bastante atemorizante pasearse por una de las calles de Tenosique, el pueblo donde inicia esta ruta. Ahí, una de estas tardes, un funcionario nos trasladó en su vehículo. Mientras transitábamos por la avenida principal que parte en dos ese municipio de 55 mil habitantes, nuestro piloto iba señalando hacia ambos lados de la arteria, cada vez que nos cruzábamos con un negocio grande de muebles, medicamentos, lo que sea, y decía:
--Al hijo del dueño de ese local lo secuestraron el mes pasado. Al dueño de ese negocio lo secuestraron y lo mataron hace cuatro meses. En esa calle secuestraron al ex presidente municipal, Carlos Paz, en mayo, y parece que la esposa del dueño de aquella farmacia también está secuestrada por Los Zetas...

Aquello es una vitrina de secuestros, un paseo turístico por un pueblo tomado por los narcos, donde las referencias abundan, pero en lugar de ser la esquina donde se tomaba café tal célebre personaje local, apuntan al negocio donde ocurrió el último secuestro o la cuadra donde sucedió la última ejecución.

Los Zetas, cuando dominan, dominan todo. Hacen monopolio del crimen: secuestros, extorsiones, sicariato, narcotráfico, venta al menudeo, piratería, rentas para los coyotes que circulan por su zona, todo les corresponde. Todos son giros de su negocio, y quien quiera dedicarse a alguno de ellos debe ser miembro de la banda o un empleado de ellos.

Jesús Acosta, de 27 años, es un nicaragüense que fue secuestrado por Los Zetas en Tenosique. Luego de unos días de secuestro, los migrantes consiguieron escapar tras atacar al vigilante a cargo de su custodia. Una semana después, en Veracruz, Jesús recibió una llamada telefónica de su familia, que le contó que su hermano menor, de 15 años, había sido asesinado en Tenosique.

Se armaron de pucho en pucho

-Lo controlan todo y a todas las instituciones. Fíjate que en Tenosique muchos de los secuestros de migrantes ocurren en las vías, justo enfrente de la estación migratoria. Los agentes de migración saben que si mueven un dedo, mañana amanece uno de ellos muerto. Mejor callan y reciben lo que les pagan -explica el agente secreto, que es una pieza clave de este trabajo periodístico para conocer cómo trabaja el cártel.

-Habrán tardado mucho en crear esa red -suelto un pensamiento en voz alta.

-No creás --responde el agente-. Ellos vinieron y pegaron fuerte. Lo que hicieron es incorporar a todas las pequeñas organizaciones criminales que ya existían. Si aquí apenas se empezó a escuchar de la banda en julio de 2006, cuando detienen a Mateo Díaz, alias el Comandante Mateo o el Zeta 10, uno de los fundadores del grupo, que en
1998 desertó del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército, los temidos Gafes, la elite de esa institución castrense.

Mateo fue quien llegó a poner orden en esta llamada región de los ríos. Él y sus secuaces fueron los que empezaron a recitar las reglas a las pequeñas bandas locales: o se alían o se apartan. Ellos reclutaron a la pandilla de unos 30 muchachos entre los 12 y los 35 años que se dedicaban a cobrarle 100 pesos a cada migrante que quisiera abordar el tren en Tenosique.

“Los Zetas” les ofrecieron un trato: a partir de ahora, trabajan para nosotros. A partir de ahora, no tendrán problemas con las autoridades municipales ni de migración. A partir de ahora se acabó eso de sacar solo unos cuantos pesos. Vamos a dominar la ruta, cobrar a los coyotes que pasen por aquí, castigar a los que no paguen y secuestrar a los migrantes que no viajen con uno de nuestros protegidos.

El Ceibo, el paso fronterizo que da entrada a la ruta de Tenosique, en Tabasco, es un pequeño poblado que funciona como mercado negro de armas y municiones.

“Los Zetitas”

-Estas bandas que ya existían son las que se encargan de muchos negocios que dan dinero a “Los Zetas” en esta región. Si incluso hemos detectado que se encargan de manejar el negocio de la producción de CDs piratas de música y películas Y lo manejan a su modo. Cuando llegaron, levantaron a traficantes de madera y vendedores de droga al menudeo, y les dieron una calentada. Ellos primero demuestran su forma de actuar, luego negocian -explica el agente secreto.

-A ver: ¿pero estas bandas son zetas o no? Hemos escuchado que les llaman zetitas.

El agente ríe antes de contestar:

-Me gusta ese nombre: zetitas. Es más o menos lo que son. Ellos no son Zetas en el sentido de que no participan de la estructura de la banda, no manejan cargamentos de droga ni tienen una función dentro del cártel. Pero en la práctica, sí lo son. Ellos tienen permiso de identificarse como zetas, y tienen la protección de los pesados. O sea que para cuestiones prácticas, funciona igual: si un agente de migración denuncia a uno de los zetitas de las vías, se está metiendo con un negocio protegido por los grandes zetas, y estos se van a vengar. Pero los que andan en las vías son solo los que recogen a los migrantes, jefes de esas bandas de chavos que existían antes.

Ellos convencen con mentiras a los migrantes de que se vayan a sus casas, que los llevarán a la frontera con Estados Unidos, pero luego los entregan a otros que ya son sicarios del cártel, como los que estaban en el rancho La Victoria, sitio en el que estuvieron 52 indocumentados secuestrados dos de los cuales fueron asesinados cuando intentaban huir.

Uno de aquellos días, bajo un permanente sol que calcina la piel, decidimos movernos a Macuspana, un pequeño municipio rural ubicado a unos 250 kilómetros de Tenosique. Por ahí pasa el tren. Por ahí pasan los migrantes que salieron de las vías de Tenosique. Y ahí, como en El Águila, El Barí, El 20, Villa, El Faisán, Gregorio Méndez y Emiliano Zapata, hay bandas de zetitas.

El terrible temor de hablar

En Macuspana no hay albergue. Lo que hay es una iglesia con un traspatio donde los migrantes tienen techo y comida hasta que sigan su camino. De la iglesia salió un hombre delgado y de rostro anguloso. Es el administrador de la parroquia. Con parsimonia, arregló dos bancas alrededor de una mesa, y empezamos una conversación que poco tardó en terminar.

Cuando le explicamos que buscábamos información sobre las bandas de secuestros, el hombre enmudeció. Sus ojos se volvieron esquivos y el color moreno de su rostro empalideció. “No sé nada de eso, yo solo doy de comer a los migrantes, no sé nada”. Esa, como era obvio, sería su respuesta final.

Decidimos salir de la parroquia y tumbarnos en el traspatio con los ocho hondureños y el guatemalteco que dormitaban ahí. El proceso siempre es igual. Ellos tantean a quien les pregunta. El truco para que un migrante empiece a confiar consiste en hablarle del camino, demostrarle que uno también lo conoce, que conoce sus códigos, sus peligros, su tren, sus rutas. Así se logra que en unos minutos la respuesta inicial -“tranquilo, compa, todo tranquilo, gracias a Dios-, siempre falsa, vaya cambiando, y ellos empiecen a contar lo que en realidad han vivido.

Pasado el protocolo me enteré de que tres de los ahí presentes se libraron de un secuestro en El Barí. El guatemalteco de El Petén que los lideraba por ser su segundo intento tuvo la perspicacia de detectar que cuando se les acercó un hombre dentro de una camioneta, con una escuadra en la solapa y diciendo al celular “tengo a un grupito”, era un buen momento para echarse a correr.

Pero me concentré en el hondureño gordo del rosario negro, que hacía los comentarios más osados. Si yo decía: “En esas vías te llegan con mentiras para hacerte caer”. Él complementaba: “Y te sacan el número de teléfono, que es lo que les importa”. Si yo agregaba: “Y te lo sacan como si de verdad fueran coyotes que te van a llevar”. Él continuaba: “Pero al final pura mentira, más adelante te enterás de que vas secuestrado para Coatzacoalcos (Veracruz)”. Luego, la charla de todos se convirtió en charla de dos.

Este hondureño era un tipo de talante duro. Se le notaba la calle en sus palabras, en sus maneras. Asegura que en su viaje anterior, y gracias a que vieron en él a un tipo temerario, le dieron posada en la casa de El Cocho, el líder de la banda de zetitas de El Barí. Intentaban hacerlo ingresar al grupo, pero él no quiso. “Y como sabían que yo no tenía a nadie que pagara por mí, no me secuestraron, sino que ahí me daban posada”, aseguró. Nunca le creí del todo la historia, no sé si era verdad o si él era un infiltrado de los que Los Zetas meten en el tren para seleccionar víctimas. Lo cierto es que gran parte de lo que contó me lo confirmó luego el agente secreto.

El hondureño aseguró que El Cocho, un compatriota suyo como de 30 años, es el líder de la banda de zetitas que operan en El Barí, uno de los puntos de secuestro más calientes de esta región de los ríos. Aseguró que ese líder de banda trabaja con otros nueve hondureños que como él nunca se alejan de su 9 milímetros. “Ni para dormir”. Que la banda de El Cocho sigue activa, pero que de momento se han refugiado en el monte, “debido a un operativo que hubo”. Dijo que eso le habían contado ahora que pasó por ahí, antes de llegar a Macuspana. Todo coincide. Hace dos meses hubo un operativo en el que 24 migrantes fueron liberados por los militares en ese poblado. Cuando los militares llegaron, ya estaban ahí los policías municipales de El Barí. Todos los zetitas habían huido.


-Es que están compinchados, si cuando yo estaba ahí llegaban los policías a comer con El Cocho, y él les daba un sobre con dinero -recordó el hondureño gordo tumbado en el piso del traspatio.

Impunidad total y el “Señor de los trenes”

Luego, pasó a describir a la banda del hotel California. Esta es una de las más descaradas expresiones de la impunidad que he visto en estos años cubriendo migración. El hotel California es reconocido en Tenosique -por absolutamente todas las autoridades que, a pesar de no dar su nombre, aceptaron hablar- como propiedad de Los Zetas, como sitio donde guardan armas, droga y a grupos de migrantes secuestrados antes de trasladarlos. Ese hotel está justo a la par de la garita de migración y ambos locales están justo frente a las vías donde han ocurrido decenas de secuestros masivos.

Ahí, dijo el migrante en Macuspana, trabajan unas 10 personas al servicio de El Señor de los Trenes. Este, un hondureño de unos 40 años, es un ex pollero que allá por 2007, cuando llevaba a un grupo de centroamericanos, fue atrapado por Los Zetas en su cruzada por evitar que un coyote que no les pague pudiera pasar por su zona. Él dijo que no conocía las reglas, que quería compensar su error, y durante más de un año estuvo en una esquina de Coatzacoalcos vendiendo tamales y grapas de cocaína. Luego de pagar piso, le fue entregada esa plaza de secuestros y ese grupo de zetitas. Ahora, cuando El Señor de los Trenes se rapa la cabeza, se le puede ver la Z que lleva tatuada.

-Si a mí me pagara la policía por enseñarles dónde vive El Cocho, dónde vive El Señor de los Trenes y encontrarles a unos tres líderes más de esas bandas, yo en un día se los entrego -fue la manera en que se despidió el hondureño en Macuspana antes de que nos largáramos de ahí.

Mañana

* Filosofía de “Los Zetas”: Una región se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad
* A todo aquel que intente enfrentarlos, lo hacen temblar y cede, un sacerdote lo alza su voz, pero no pasa nada y un periodista lo sabe todo, pero no publica nada
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