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El puerto de San Juan del Norte, ocupado por Inglaterra desde enero de 1848, fue bombardeado y destruido el 13 de julio de 1854 por la corbeta Cyane, de la Armada de los Estados Unidos, al mando del capitán George Nicholas Hollins.

Un conflicto entre las autoridades inglesas del puerto (bautizado Greytown en honor del gobernador de Jamaica, Sir Charles Grey) y los intereses de la Compañía del Tránsito --la cual reiteradamente se había negado a pagar al municipio los cobros portuarios-- fue la causa de ese salvaje acontecimiento.

El asesinato de Antonio Paladino

Pero su factor desencadenante correspondió al siguiente hecho. A principios de mayo de 1854, el ministro de los Estados Unidos en Nicaragua, Solon Borland (1808-1864), tomó en Granada el vapor del Lago, y en San Carlos el vaporcito de río Routh para luego esperar el vapor en San Juan del Norte, también de la Compañía del Tránsito, que debía conducirle a Nueva York. El 16 de mayo, en un cauce estrecho, el Routh y el bongo del pequeño comerciante de Granada, Antonio Paladino —procedente de San Juan del Norte— se cruzaron.

Paladino amenazó al capitán del Routh, de apellido Smith, respondiendo éste con malacrianza. El ministro Borland, que presenciaba la escena, requirió a Smith: “¿Cómo se deja usted ultrajar de esa manera por un negro? Tome su rifle y tírelo como un perro”.

El Routh retornó río arriba, alcanzando al bongo; Paladino, quien se hallaba sentado en la popa, se puso de pie y gritó colérico: “¡Cuidado, capitán, que usted rompe mi bongo!” Smith pidió un fusil a un hombre de su tripulación, y apuntando a Paladino, lo hirió en el pecho. “Paladino dio dos pasos adelante —refiere el historiador Gámez—, e iba a dar el tercero cuando cayó de cabeza en otro bongo que estaba amarrado al suyo, en donde murió con los pies arriba”.

Los marineros de Paladino recogieron su cadáver y regresaron a San Juan del Norte. A las 7 de la noche lo presentaron a las autoridades inglesas. Éstas encontraron a Smith y a Borland, quien aseguró que no las reconocía, y que él, como Ministro de los Estados Unidos, podía convocar en su auxilio a todos los pasajeros del tránsito y dar muerte a todos cuantos se les opusieran.

Un pedazo de botella en la cara de Míster Borland

Tras nuevas dificultades entre ingleses y estadounidenses, Borland declaró que no permitiría el arresto de Smith aun cuando hubiese cometido asesinato, pues las autoridades de la ciudad no tenían derecho para juzgarlo. Durante el altercado —oído por una muchedumbre excitada— un pedazo de botella fue a dar a la cara de Míster Borland, hiriéndolo gravemente. La muchedumbre se disolvió. Al día siguiente, Borland y Smith subieron al Northern Light, y zarparon para Nueva York; de allí, el Ministro se dirigió a toda prisa a Washington para denunciar el ultraje del que había sido víctima. Informado el presidente Franklin Pierce por el ministro Borland, aquél --indignado contra San Juan del Norte-- propuso darle “el pequeño escarmiento que le aconsejaban los asociados de Míster Fabens” (Cónsul de Estados Unidos en Greytown).

Con ese objetivo, Pierce envió al capitán Hollins desde Nueva York, en la corbeta de guerra Cyane. Mientras tanto, circulaban cartas en San Juan del Norte que traducían la intriga de la Compañía del Tránsito en el Departamento de Estado, “para quitar a los ingleses el dominio local, adueñarse del puerto y gobernarlo a su antojo, sin tomar en cuenta en nada a Nicaragua, que valía para ellos menos que los indios mosquitos para Inglaterra”, señala Gámez. Una de ellas la había dirigido Joseph L. White, Presidente de la Compañía del Tránsito —fechada el 16 de junio de 1854 en Nueva York— al cónsul estadounidense en San Juan del Norte J. W. Fabens: “Si los malvados son castigados severamente, podemos tomar posesión de la plaza y crearla como asiento de negocios, poner empleados nuestros, transferir la jurisdicción… y ya usted sabe lo demás”.

Por fin, el 11 de julio de 1854 entró al puerto la Cyane. Hollins bajó a tierra y conferenció con Fabens, quien envió una intimidación a los habitantes, recordando “la ofensa hecha a los Estados Unidos de América en la persona de su Ministro, Míster Borland”. Al día siguiente, fue fijada en sitios públicos una proclama de Hollins exigiendo inmediata satisfacción; de lo contrario, procedería a bombardear la ciudad. Al final del día, un cuerpo de soldados y marinos del Cyane saqueó y destruyó el cuerpo de guardia de la policía local que custodiaban dos agentes policiales, quienes por prudencia se retiraron al aproximarse la fuerza estadounidense. Luego, trasladaron los muebles y mercancías de la casa del cónsul Fabens al establecimiento del Agente de la Compañía, Joseph Scout, en Punta Arenas.

200 balas del cañón y una gavilla de saqueadores

De regreso, a bordo del Cyane, la fuerza encargada de la operación anterior divisó sobre el consulado inglés, flotando, su pabellón. Llegó a dicho consulado, arrancó de su asta el pabellón, y, en presencia de toda la población que había concurrido estupefacta, lo pisotearon y despedazaron, profiriendo insultos soeces contra la Reina. Aquello produjo verdadero pánico y comenzó una estampida general. La mañana del 13 la ciudad quedó completamente desierta. Greytown (San Juan del Norte) recibió 200 balas de cañón, y una gavilla de saqueadores lo incendió por completo.

El capitán Hollins informó a sus superiores detalladamente su acción, iniciada a las 9 a.m. y concluida a las 4 p.m. Luego, desembarcó un contingente al mando de los tenientes Pickeryng y Fauntleroy con órdenes de pegar fuego a los escombros hasta completar la destrucción de la ciudad. Y añadía: “Nuestras balas y metrallas habían casi totalmente destruido las casas; pero se creyó conveniente incendiar las ruinas para inculcarles a los vecinos del lugar una lección de castigo ejemplar que jamás olvidarán; y para que el mundo entero se dé cuenta de que Estados Unidos tiene el poder y la voluntad de obligar, como gobierno, a que lo respeten y le den las reparaciones debidas en cualquier punto del globo en que se cometan ultrajes.”

En un documento se lee: “La destrucción de propiedades, en este saqueo de San Juan, puede valuarse en más de dos millones de pesos. Las principales víctimas del bombardeo y del incendio son europeos; he aquí sus nombres: M. M de Barruel e hijos, Menier, Sigard, St. Ange, Solari, Goddes, Shepherd e hijos, C. Campbell, J. Carmichael, Widdeman, Bercher, León y Félix Mancho. Sólo los M. M. Barnet e hijos han perdido más de cien mil pesos”. De acuerdo con el informe del cónsul francés a su gobierno, se arruinaron las siguientes familias pertenecientes a doce nacionalidades: 96 nicaragüenses, 33 inglesas, 11 francesas, 11 estadounidenses, nueve alemanas, siete sardas, seis mosquitas, cinco de Nueva Granada (Colombia), cinco de Haití, cuatro de Costa Rica, tres españolas (León Mancho, Félix Mancho y Pedro Pons) y una de Yucatán. En total, perdieron 25 millones y medio de francos; de esa cantidad, siete millones correspondían a los comerciantes nicaragüenses.

La protesta de Nicaragua

Desde luego, Nicaragua presentó su protesta por esa barbarie perpetrada el 13 de julio de 1854. El 28 del mismo mes, José de Marcoleta, nuestro representante en Washington, se dirigió al Secretario de Estado pidiendo compensación para el país y para los nicaragüenses residentes en San Juan del Norte, por la destrucción de este puerto. El Secretario de Estado rechazó la solicitud con fundamento en que esos nicaragüenses estaban en “traicionera asociación” con los enemigos de su patria, que ellos sabían que el capitán Hollins iba a castigar a los culpables, y, por tanto, pudieron haberse puesto a salvo, y que si Nicaragua consideraba que tenía derecho a proteger a sus ciudadanos residentes en San Juan del Norte, también vendría a hacerse responsable ante los otros Estados por la conducta de todos los residentes en ese puerto.

A estas débiles argumentaciones contestó Marcoleta diciendo que Nicaragua no había tomado posesión de San Juan del Norte por temor a la fuerza de Inglaterra, y porque los Estados Unidos se habían negado a interponer su mediación, y que “si los Estados Unidos con sus 26 millones de habitantes, su marina, su milicia, su riqueza y su enorme influencia no se habían atrevido a asumir la responsabilidad y peligros de la empresa, Nicaragua no podía ser justamente censurada por no haber tomado posesión del puerto y arrojado a los aventureros que la ocupaban”.

Agregó Marcoleta que los nicaragüenses, por necesidad, debían vivir y tener negocios en San Juan del Norte, por ser el único puerto en el Atlántico que podía usar la República; que de nada hubiera servido a los nicaragüenses ponerse en contacto con el capitán Hollins, porque un francés, M. Barruel, que llegó ante él a protestar contra las autoridades del puerto, también vio sus propiedades destruidas; y, finalmente, que no Nicaragua, sino más bien Inglaterra, debía ser responsable de los abusos de las autoridades de San Juan del Norte.

Todos estos argumentos fueron inútiles, y los nicaragüenses no recibieron indemnización alguna por la destrucción de San Juan del Norte. En cuanto a Costa Rica, guardó silencio, y ni siquiera se preocupó por las pérdidas de las cuatro familias costarricenses establecidas con negocios en dicho puerto. Tampoco los comerciantes estadounidenses de Greytown, cuyas pérdidas se calcularon en un millón ochocientos mil francos, obtuvieron indemnización, ni el resto de los arruinados. La cámara de representantes de los Estados Unidos el 30 de marzo de 1860 dio curso a los reclamos presentados por Samuel S. Wood y W. P Kirtland, ordenando una investigación, pero la guerra civil lo impidió. Todavía en 1896 los españoles reclamaban sus indemnizaciones a través de sus viudas y herederos, afirmando:

“Injusto y brutal fue el proceder de esta nación [Estados Unidos] que acarreó la completa ruina de un grupo de comerciantes establecidos en aquel puerto, ocupados tan solamente en un lícito comercio con el interior de Nicaragua, sin mezclarse en asuntos políticos de este país, ni intervenir en la marcha más o menos progresiva de empresas [Norte]Americanas, que disfrutaban del mismo derecho que todos, ni crear dificultades a la bandera inglesa, cuya proyección ofrecía paz y tranquilidad a los moradores de la población.”

La protesta de Inglaterra y la aprobación de Pierce
En Inglaterra la condena fue unánime. Su Ministro de Relaciones Interiores calificó el caso de “un desmán sin paralelo en los tiempos modernos”. Pero nada más: su país estaba concentrado en la guerra de Crimea. Dicho Ministro suponía que el gobierno de los Estados Unidos repudiaría el hecho, pero no fue así. El desagrado con que en Estados Unidos se veían las actividades británicas en América Central venía in crescendo desde la firma del Tratado Clayton-Bulwer en 1850, cuya abrogación había sido solicitada por Borland cuando era Senador por Arkansas en 1853.

El bombardeo recibió la incondicional aprobación del Departamento de la Marina, del presidente Pierce y de su gabinete. En su mensaje anual del 4 de diciembre de 1854, Pierce expresó el criterio de su gobierno. Después de reseñar con cierta extensión y parcialidad el hecho, manifestó que, si bien habría sido preferible que la corbeta Cyane hubiera cumplido su misión sin tener que emplear la fuerza, “la arrogante contumacia de los delincuentes hizo imposible evitar la alternativa de arrasar el poblado o dejarlo bajo la impresión de que podían continuar impunemente su carrera de insolencias y saqueos”. Estas palabras fueron el epitafio de la cuestión, en medio de una tormenta de airadas protestas en la prensa estadounidense, aunque tres periódicos defendieron el bombardeo.

En resumen, este acontecimiento no fue sino el resultado de la fricción que tuvieron en Nicaragua Estados Unidos e Inglaterra, la cual ejercía soberanía sobre el puerto, política contraria a la doctrina de Monroe.