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Las emociones generan profundos cambios en el sistema nervioso autónomo que controla la respuesta cardiovascular y la del sistema endocrino, además se producen cambios en la actividad cerebral, principalmente en los lóbulos frontales y temporales.

No obstante, “al centrarnos en la actividad cerebral asimétrica del lóbulo frontal que se produce experimentamos emociones, existen dos modelos que entran en contradicción en el caso de la ira, explicó en la revista Hormones and Behavior”, la investigadora de la Universidad de Valencia, la doctora Neus Herrero.

El primer modelo de valencia de emocional, propone que la región frontal izquierda del cerebro está implicada en la experiencia de emociones positivas, mientras que la derecha está más relacionada con las emociones negativas.

El segundo modelo, de dirección motivacional expone que la región frontal izquierda está implicada en la experiencia de emociones relacionadas con el acercamiento, mientras que la derecha se asocia con las emociones que provocan la retirada.

Las emociones positivas, como la felicidad, suelen asociarse a una motivación de acercamiento y las negativas, como el miedo o la tristeza, se caracterizan por una motivación de retirada. Sin embargo, no todas las emociones se comportan de acuerdo a esta relación.

“El caso de la ira es especial porque se experimenta como negativa pero, a menudo, evoca una motivación de acercamiento. Ante la experiencia de la ira, se observa un aumento de la ventaja del oído derecho, que indica una mayor activación del hemisferio izquierdo, lo que apoya el modelo de dirección motivacional.

En otras palabras, cuando nos enfadamos, nuestra respuesta cerebral asimétrica está mediada por la motivación de acercamiento al estímulo que nos provoca la ira y no tanto por el hecho de considerar este estímulo como negativo: Normalmente cuando nos enfadamos mostramos tendencia natural a acercarnos a aquello que nos provoca la ira para tratar de eliminarlof.

Ira y enfermedad cardiaca.
Hay personas que viven como el mercurio, con la menor cosa se les sube la ira, muchas veces esta condición está ligada a enfermedades orgánicas, otras veces con enfermedades psíquicas.

Nuestros padres eran sabios, cuando nos miraban enojados, nos decían, respira profundo y cuenta hasta diez. Aunque controlarse cuesta demasiado, habrá que hacerle caso al consejo de nuestros padres porque más investigaciones científicas demuestran que los ataques de ira y hostilidad aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

La evidencia surge a partir de un estudio que la Universidad de Duke, Estados Unidos, realizó en 313 veteranos de guerra del Vietnam, que se encontraban sanos: Al monitorear su salud, se encontró que la ira, la hostilidad y la depresión conducían a subir el riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes e hipertensión.

La investigación duró diez años, incluyó pruebas médicas, evaluaciones psicológicas que permitieron determinar los niveles de hostilidad, ira y depresión.

¿Cómo llegaron a los resultados? Los científicos midieron un parámetro: los niveles de la proteína C3 en la sangre, que indica la inflamación de las arterias coronarias, un factor de riesgo de enfermedad cardiovascular.

Hallaron que el 25% de los participantes con mayores niveles de ira, hostilidad y depresión tenían un aumento significativo y constante en los niveles de la proteína C3. En cambio, en el 25% de los veteranos con menos niveles de ira, hostilidad y depresión, no se registraron cambios.

Hasta el momento, se desconoce con certeza por qué los niveles de la proteína C3 se van por las nubes a partir de un ataque de ira. Pero los científicos, estiman que la ira dispara una serie de reacciones químicas en el sistema inmune que terminan produciendo la inflamación.

La inflamación (indicada por los niveles de la proteína en sangre) pone en riesgo a los hombres de hipertensión, diabetes y enfermedad de las arterias coronarias.

La ira está relacionada con un pronóstico desfavorable en pacientes con enfermedad coronaria porque puede inducir isquemia miocárdica y arritmias. Esta observación está lejos de ser absoluta ya que varía con la intensidad y duración de la ira y de la capacidad de cada individuo de regular las emociones.

Los pacientes con tendencia fácil a la ira y alta tendencia a reprimirla se considera que pertenecen al tipo de personalidad “D” y tienen riesgo aumentado de efectos adversos.

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Empatía y violencia
La Universidad de Valencia ha sido pródiga en estudios neurológicos, entre ellos los estudios sobre la ira. En una revisión científica han resumido e integrado que las estructuras cerebrales que envuelven a la empatía, es decir la capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Concluye que los circuitos cerebrales de esta habilidad convergen en parte con los de la violencia.

Los seres humanos somos la especie más empática que exista sobre la tierra, pero también somos la más violenta.

La corteza prefrontal y temporal, la amígdala y otras estructuras del sistema límbico, desempeñan “un papel fundamental en todas las situaciones en las que aparece la empatía”.

Estas partes del cerebro “coinciden de forma asombrosa” con aquellas que regulan la agresión y la violencia. Por ello se piensa que ambos circuitos cerebrales, el de la empatía y el de la violencia, podrían ser “parcialmente similares”.

De todos es sabido que el fomento de la empatía actúa como inhibidor de la violencia, pero quizá sea no sólo por cuestión social sino también biológica: la estimulación de los circuitos neuronales antes mencionados en un sentido hace que disminuya la actuación del otro.

Las recomendaciones son que usted controle su ira, las consecuencias de no hacerlo podrían ser muy graves para su salud, pero no sólo la ira como hemos visto, también la depresión puede ser un factor muy dañino para su salud, por lo que usted debe hacerse atender lo más pronto posible si sufre de un cuadro depresivo, la ira también puede ser controlable con ayuda psicoterapéutica.


Dr. Javier Martínez Dearreaza.

Universitá degli Studi di Pavia-Italia.

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Tel. 2222-2494 Cel. 8877-1894