•  |
  •  |
  • END

La memoria del militar granadino Fernando Chamorro Alfaro ha caído en injusto olvido. Hoy casi nadie recuerda al “cumiche” o hijo menor del criollo Pedro Chamorro Argüello, víctima de la disolución anárquica desatada en Nicaragua a raíz de la Independencia.

Nacido en 1824, ingresó a los quince años a la Universidad de Granada para cursar estudios medios. Dos años después, en 1841, obtuvo el título de bachiller en Filosofía, mientras compartía las ideas de su hermano de padre Fruto, expuestas en el periódico Mentor nicaragüense, editado en la imprenta de esa Universidad. En síntesis, esas ideas postulaban el orden social como fuente indispensable de legitimidad política.

Cinco años más tarde, en 1846, Fernando se graduó en el mismo centro de bachiller en Derecho Civil, para entonces había crecido ya la admiración por su hermano, obsesionado por el Orden y partidario de un sistema capaz de poner freno a las facciones anárquicas y de administrar con método y pureza, el Tesoro Nacional requiriendo de un gobierno fuerte y centralista, cuyo fundamento social estribara únicamente en la virtud y el talento.

Un historiador interpreta: “Fruto encontraba que la causa de los desórdenes en Centroamérica era la nulificación de la primera autoridad y la proclamación de la triple soberanía de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, lo que es distinto a la independencia de los mismos entre sí, y de hecho, la preponderancia del Legislativo, proclive a la peor especie de dictadura”.

Apoyó a su hermano Fruto en “la restauración del Orden”
Ejemplo a seguir, Fruto significa para Fernando lo que aquél se empeñara en demostrar: ser un “Campeón del Orden”, bandera que enarbolara, por un lado, el comandante en armas (a partir de 1845) general J. Trinidad Muñoz —vinculado a León— y, por otro, el coronel Fruto Chamorro, principal jefe del bando granadino, quien insistía en el civilismo para oponerse a su antagonista regional.

Fruto colaboró con Muñoz al debelar el movimiento armado y agrarista de Bernabé Somoza en 1849. Mas J. Trinidad cometió el error de ejecutar un coup d’etá el 4 de agosto de 1851 al gobierno constituido del licenciado Laureano Pineda —elegido Director Supremo en 1850, significando el triunfo de Oriente— perdiendo el militar y militarista de Occidente su disputa política ante Fruto Chamorro.

En efecto, éste organizó el “Ejército Restaurador del Orden”, y con el apoyo del Gobierno de Honduras —adonde se habían ido a refugiar, una vez expulsados, Pineda y sus ministros— derrotó a los golpistas. Y en esa campaña fue acompañando por su hermano menor.

Tenía entonces Fernando Chamorro, al secundar la tarea restauradora de Fruto, 27 años. Además, ya presentaba bien definidos los rasgos físicos y morales de su personalidad.

Era alto y blanco, de frente lisa, negro bigote espeso, ojos grandes, disciplinado y valiente. Luego, aclamado como apuesto y gallardo en el Oriente del país, eligió para casarse a la señorita Ana Argüello Ymeri. Con ella procrearía sólo un hijo: Alejandro Chamorro Argüello, dotado de arrojo militar como su padre, tenaz opositor a la dictadura de J. Santos Zelaya y alma de la llamada “Revolución del Lago” en 1903, fallecido en Cartago, Costa Rica, el 23 de febrero de 1908.

Antes del matrimonio, Fernando Chamorro Alfaro había tenido tres hijos, dos varones: Fernando y Alberto Chamorro Quezada y una niña, Sabá.

Sus acciones en la Guerra Civil de 1854

Cuando el general Máximo Jerez había iniciado la guerra contra el gobierno de Fruto Chamorro, Fernando combatió en “El Pozo” —al lado de su hermano mayor— el 12 de mayo de 1854 con el grado de Teniente Coronel.

Las fuerzas de Jerez no pudieron ser desalojadas. Fruto —abatido con su caballo, de noche, mientras se enfrentaba a la trinchera enemiga— quedó inconsciente y Fernando lo alzó del suelo, entregándolo a un oficial que lo llevaría a Granada montado por delante en su caballo.

El cronista Jerónimo Pérez narra este incidente: “Don Fernando, el oficial que llevaba al presidente —a quien creían moribundo porque estaba sin habla— y otro oficial compañero, tomaron una dirección opuesta, perdidos en las haciendas los enemigos, de modo que habrían sido tomados si los democráticos hubiesen hecho alguna persecución”.

Otra acción de la Guerra incivil en la cual se destacó Fernando, fue la del 9 de febrero de 1855 en Masaya. “El señor coronel Fernando Chamorro, Segundo Jefe de la División, en medio de lo más nutrido del combate, se portó con tanto coraje, denuedo y bizarría, que nada deja que desear” —se informa en el parte correspondiente.

En seguida, la contienda se intensificó con la presencia de un ejército mercenario que, jefeado por el estadounidense sureño William Walker, combatió al bando legitimista en Rivas el 29 de junio de 1855, llegando a tomarse Granada el 13 de octubre del mismo año.

Entonces, en el Norte de Nicaragua fue organizado el “Ejército del Septentrión”, al cual Fernando contribuyó tesonera y eficazmente (vendiendo, según tradición oral, las alhajas de su familia). Igualmente, como segundo jefe de ese Ejército (el primero era Tomás Martínez), fue el inmediato superior de José Dolores Estrada, entonces coronel, que hizo morder el polvo en San Jacinto a los invasores rubios, quienes representaban al expansionismo filibustero y esclavista de los Estados Unidos, atentando contra la existencia misma de la Nación y, en general, de Centroamérica.

Iribarren y su himno patriótico

“Don Fernando Chamorro había levantado el estandarte de la Patria” —puntualizaría el cronista Pérez en sus memorias de la Guerra Nacional--. Prisionero en Granada a raíz del 13 de octubre, salió libre tras el fusilamiento de Ponciano Corral el 7 de noviembre, refugiándose en Chontales, acompañado de subalternos y amigos. Entre ellos figuraba el poeta Juan Iribarren, autor de un himno patriótico que se hizo entonces famoso.

El Himno fue escrito en Boaco el 23 de septiembre de 1856, cuando los partidos luchaban contra Walker y Chamorro había sido el más empeñado organizador del Ejército del Septentrión, sus dos primeras estrofas decían: “En el seno mirad de la Patria / A los fieros beduinos del Norte; / Habrá alguno tan vil que soporte / Tanta mengua, tan negro baldón? // A la lid, compatriotas, volemos / A buscar la victoria o la muerte, / Que al vencido le espera la suerte, / De gemir en entera opresión.”

El Acta de Matagalpa del 20 de abril de 1856
El mismo sentimiento de Iribarren animaba a Fernando en su empeñosa tarea de resistir en la zona Norte-Central del país, manteniéndose como una protesta viva contra el filibusterismo.

De Chontales —donde había permanecido desde finales de noviembre de 1855 hasta febrero de 1856— pasó a Matagalpa al Valle de Matapalo, e inmediatamente al pueblo que hoy es ciudad y cabecera departamental. Allí se enteró de la derrota de Walker en la hacienda Santa Rosa, Costa Rica, el 20 de marzo de 1856.

Se retiró, entonces, a Yucul, cañada a la que concurrieron oficiales legitimistas y gran número de indios flecheros; regresó a Matagalpa y el 21 de abril encabezaba el acta de esos mismos oficiales que reconocían —como único gobierno legítimo— al del diputado José María Estrada. Asimismo, proclamaban “sostener, hasta derramar la última gota de sangre, la Independencia nacional”.

Tal determinación, aparte de Chamorro, la firmaron el Teniente Coronel José Dolores Estrada, ocho capitanes y veintisiete oficiales más.

La derrota de Somoto

Este documento constituyó la partida de nacimiento del Ejército del Septentrión, cuyo núcleo sería mandando por Chamorro, mientras el Gobierno designaría como jefe a otro, es decir, al general Martínez, cuyo liderazgo entre los legitimistas se había impuesto el año anterior. Mas dicho ejército sufrió una derrota frente a los democráticos leoneses en Somoto el 26 de abril, retirándose Chamorro al Valle de Matapalo e incorporándose al gobierno legítimo en Somotillo.

Allí aceptó, con Estrada, la jefatura máxima de Martínez y decidió, ante el reconocimiento del Gobierno de El Salvador al gobierno antagonista de Patricio Rivas, gestionar la unión de los partidos. “Aun perdida mi fortuna, yo pelearía con ardor por la independencia de mi país” —escribió al general hondureño Juan López, aliado de los legitimistas.

Transcurrido San Jacinto, donde una columna del Ejército de Septentrión bajo su mando había derrotado a los invasores, Chamorro participó en varias acciones de guerra de la Guerra Nacional antifilibustera.

De acuerdo con Juan Iribarren, lanzó una ofensiva —después del incendio de Granada el 22 y 23 de noviembre de 1856— contra los filibusteros que defendían el barrio de “Santa Lucía”. También la noche del 12 de diciembre reorganizó a las tropas salvadoreñas que se había desbandado y, ya en camino hacia Rivas, participó el 27 de febrero en El Obraje. Allí fue rechazada una columna enemiga de 440 hombres.

La batalla del Jocote

En seguida tomó posesión en San Jorge, el 5 de marzo de 1857 protagonizó la batalla del Jocote que se desarrolló en dos llanos —El Coyol y La Cruz— sobre la Ruta del Tránsito, habiendo derrotado a las fuerzas del coronel walkerista Sanders.

(El propio Walker, en su libro, no pudo disimular el escozor que le causó esa derrota campal inflingida a sus mejores tropas: su primera compañía de rifleros). El Jocote, como lo hizo ver Irribaren, fue “la única batalla campal decisiva que tuvo lugar entre centro y norteamericanos, en que no habiendo por una ni otra parte, ventaja de atrincheramiento ni de posiciones, debían decidir precisamente el éxito del combate, el valor y talento de los jefes y la bravura y subordinación de los soldados”. Chamorro dejó 28 muertos contra 3 y 19 heridos de los centroamericanos. Walker puso en su libro que sus fuerzas sufrieron 20 muertos y 8 heridos.

“Los jefes oficiales y tropas que tuve el honor de mandar en esta jornada han cumplido su deber de manera heroica”, informó Fernando en el parte correspondiente al general Florencio Xatruch, general en jefe de los Ejércitos Aliados.

Expulsado el filibusterismo, Chamorro fue uno de los prestigiados militares que se empeñaron en salvar a la Nación, mejor dicho: promoviendo la reconciliación de los partidos para construir la República. Así apoyó al gobierno binario y discrecional de Martínez y Jerez, al que siguió la Constituyente instalada el 8 de noviembre de 1857. Esta le autorizó —en compañía de Estrada y de los otros citados— aceptar y llevar la Cruz de Honor otorgada a los cuatro militares por el Presidente de Guatemala el 15 de marzo de 1858. Igual permiso recibió el 22 de mayo para llevar otra condecoración, esta vez del Gobierno de Costa Rica.

Para ese año, Fernando Chamorro, además de general era senador. Y dos años más tarde se encargaría de la presidencia durante cuatro meses y dieciséis días por retiro temporal de Martínez. Ejerciendo esta máxima responsabilidad, proclamó el 20 de julio de 1860, ante la noticia del arribo de William Walker a las Islas de la Bahía, frente a Honduras: Un enemigo, el filibusterismo, nos viene a brindar la ocasión de probar al mundo entero que sabemos defender nuestros derechos.

Asesinado a sus 39 años

Poco después se opondría, secundado por José Dolores Estrada, a la reelección en 1863 del mismo presidente Martínez, siendo ambos despojados de sus rangos. En consecuencia, decidieron luchar por el principio republicano de la no-reelección enfrentándose a su viejo amigo y jefe.

El hecho es que pereció a traición en Choluteca, mientras se unía a Máximo Jerez en pro de la unión centroamericana que promovía, desde El Salvador, el mandatario de ese país, general Gerardo Barrios. Un lanzazo en la espalda de un belitre (ruin, vil) acabó con su vida el 21 de julio de 1863.

Mientras tanto, Estrada —compañero, de nuevo, en esa causa centroamericanista, a la que se oponía Martínez en Nicaragua— calificó a Chamorro, dirigiéndose a sus subalternos como “uno de vuestros jefes más ilustres, el patriota desinteresado que jamás ambicionó ningún puesto ni esquivó ningún peligro para salvar la Independencia y las instituciones de su país”.