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A las 2 de la tarde, en la casa de los Fernández todo aparenta tranquilidad con el sopor vespertino. Don Marlon está sentado justo en la entrada donde tiene su taller de viejos televisores y circuitos eléctricos. En un banco de madera acomoda el muñón de su pierna y saluda al que entra con su sonrisa desdentada. Solícito acepta una entrevista y grita: “¡Carmen, buscan!”

De un pequeño cuarto emerge una mujer de mirada dura y amarga que atiende con desconfianza. Es la hijastra de don Marlon. Ella se encarga de cuidar a su hermano, quien tiene más de 30 años de padecer una enfermedad mental.

Al fondo de la casa, en un patio lodoso poblado de gallinas y “chereques”, un hombre sin camisa está encerrado en un gallinero acondicionado como “cuarto”.

Al escuchar las voces, rápidamente levanta la cabeza y vuelve a recostarse. Su imagen recuerda a Jesús del Santo Entierro, pues se encuentra semidesnudo, tiene las costillas repintadas y las manos sobre el pecho. Uno de sus ojos parece estar fuera de este mundo y el otro busca cómo distinguir los rostros que lo observan.

Manuel es su nombre. Él sabe decirlo entre murmullos y palabras de difícil entendimiento. No tiene edad. Nadie sabe responder a esa pregunta.

Su hermana María, vacilante, hace un gesto nervioso, y luego titubea explicando que el hombre se enfermó cuando ella aún era una niña.

Don Marlon recuerda que Manuel fue “normal” hasta los 12 años. Era un buen artista que dibujaba con talento sus caricaturas preferidas, pero la “naturaleza se le subió a la cabeza”.

Quizá le surgió de una bañada, cuando agitado se metió al río, especula don Marlon. Recuerda que una vez lo dejaron cuidando una casa, pero cuando lo fueron a buscar había desaparecido, a los días regresó, pero ya se comportaba de forma extraña, pues hablaba y se reía solo, como si estuviera acompañado.

En las tablas donde duerme lo acompaña un plato vacío. El pecado que lo tiene ahí encerrado es la comida. Para María esa es una de las razones para mantenerlo encerrado, “porque es capaz de comerse algún mango podrido del patio”.

Al preguntar si el hombre toma alguna medicina, María asegura tener miedo de dárselas, porque una vez casi se atora con una, pues las traga con vehemencia, como si fueran alimentos.

Don Marlon cuenta que al inicio de la enfermedad llevaron a Manuel al Hospital Psiquiátrico, pero cuando regresó, al poco tiempo, la psicosis renació. Eso fue hace muchos años.

Lo llevaron entonces a una consulta privada con un psiquiatra de Matagalpa, y gastaron unos 3,500 córdobas en tratamiento, toda una fortuna hace más de treinta años. No tuvo mejoría. Cuando Manuel tomaba esa medicina su cara y cuerpo se ponían duros y más bien sufría, recuerdan ellos.

Desde entonces, el familiar no recibe ningún tratamiento. En su cabeza hay rastros visibles de daños que él mismo se infringió en algún momento de crisis.

La Alcaldía, ante quejas y denuncias de vecinos y organizaciones humanitarias, ha intentado intervenir en el caso, pero el gesto se quedó, una vez, en el aporte de víveres para su alimentación y cuido. Luego no hubo más ayuda para los Fernández.

Las posibilidades de rehabilitación para Manuel se vuelven más lejanas sin medicación. Su encierro podría durar toda la vida, y Carmen seguiría asegurando la puerta del gallinero para evitar que el inquilino salga a hacerse daño y a comer mangos podridos.

Entendiendo la enfermedad

Manuel ha permanecido alrededor de treinta años en un estado psicótico. Según Jairo Chávez, psiquiatra del Policlínico “Trinidad Guevara”, de Matagalpa, la persona pierde su contacto con la realidad. Comienza a escuchar voces, a tener la sensación de persecución, o puede ver seres o cosas que no están presentes.

Esta enfermedad suele manifestarse con trastornos del sueño. Quiere decir que personas como Manuel no pueden dormir con facilidad y pasan días, meses, sin que su cuerpo y mente se repongan a través del descanso nocturno.

Según el médico, de no recibir asistencia y medicación adecuada, las personas afectadas podrían reducir sus capacidades intelectuales. Sin embargo, cuanto más rápido se atienda la primera crisis psicótica, tiene menores posibilidades de sufrir una incapacidad.

Aunque no existe un censo de enfermos mentales en Matagalpa, un informe del Ministerio de Salud de 2003 establecía que, a nivel global, de cada 100,000 personas, 999 sufra de algún tipo de esquizofrenia. Eso es casi el 1% por cada 100 mil habitantes.

Según Chávez, la psicosis podría considerarse un padecimiento como la diabetes o las enfermedades cardíacas, en el sentido de que las personas deben tomar medicamentos el resto de sus vidas.

Atención en Matagalpa

En el departamento de Matagalpa existe atención y suministro de medicinas gratuitos. En la Policlínica “Trinidad Guevara” atiende el médico Jairo Chávez, y en el Hospital “César Amador Molina”, la doctora Zenelia Morales.

Doña Haydeé López viaja todos los meses a Matagalpa. Ella vive en un pueblo cercano al municipio de Muy-Muy.

Doña Haydeé recuerda que hace unos siete años, no había paz en su casa. Ésta se había convertido en una fortaleza para impedir que la muchacha, en ese entonces de 22 años, se escapara. Todos se habían unido involuntariamente al insomnio de la joven. Para curarla hasta había consultado a los brujos de su localidad.

Hasta hace un año, una amiga del barrio Las Marías, de Matagalpa, le comentó que había medicinas gratuitas. Desde ese momento la vida de su familia empezó a cambiar. La muchacha mejoró. Doña Haydeé cuenta que la joven, aunque pasiva, ahora ayuda en las tareas de la casa.

Rosalba Gurdián, miembro del Consejo Municipal de Salud, asegura que ya se les ha planteado a las autoridades del Ministerio de Salud y del Policlínico sobre la necesidad de dotar un consultorio para la atención psiquiátrica, ya que se carece de él.

En la actualidad, hay un consultorio en el Policlínico “Trinidad Guevara” que no tiene las condiciones necesarias, no hay una camilla ni un escritorio, la ventilación es escasa, y, además, el local está siendo ocupado por las brigadas venezolanas y cubanas.

Gurdián comenta que por parte de las autoridades ha habido interés para mejorar esta situación, sin embargo, hace falta incluir este tema en los planes de acción, y presupuesto para ser tomado en cuenta.

Evitar recaídas

La señora Ana López sabe que un mes sin tratamiento puede ser fatal para su hermana. Recuerda que desde noviembre de 2009 a enero de 2010, en el Policlínico no había fármacos. Su hermana recayó. Huyó de la casa y fue a parar a un río, que la arrastró diez kilómetros hasta parar en una comunidad cercana. Nadie sabe cómo se salvó.

Aunque hay quejas de los usuarios de Salud Mental Pública, de que no se les da el tratamiento completo o no les dan las medicinas, las autoridades mantienen el discurso de que se da una cobertura total a las necesidades de las personas.

Para este reportaje se le consultó a Jorge Martínez, encargado del área de Salud Mental en Matagalpa, quien aseguró no estar autorizado para dar información. vagamente contestó que esa institución da una cobertura total en la distribución de medicinas.

Un estudio realizado por el psiquiatra Nelson García Lanzas, del Hospital Psicosocial “José Dolores Fletes”, en 2003, analizó 245 expedientes de pacientes agudos ingresados. El 74.7% reingresó al hospital.

Para Rosalba Gurdián, de la Asociación Cuenta Conmigo, si hubiera mayores fondos e inversión en Salud Mental, las políticas deberían ser dirigidas a incrementar la atención en las comunidades, mejorar el acceso a medicinas y en programas de rehabilitación psicoterapéutica para evitar continuas hospitalizaciones.

La necesidad de una rehabilitación

Mario y Julio son hermanos mayores de 50 años, quienes además de habitar la misma casa, comparten un mismo padecimiento. Su madre los atendió los treinta años que pasaron sicóticos debido a un uso inadecuado de tratamiento médico. Ella murió hace un año, cuando sus hijos empezaron a mostrar mejoría.

Ambos hombres se integraron en la Asociación Cuenta Conmigo, de Matagalpa, que les dio apoyo, asesoría en la toma de medicinas y educación especial.

Karla Obregón, promotora de Cuenta Conmigo, relata que cuando conoció a Mario se asustó al verlo: “Parecía un fantasma que deambulaba por la casa, comunicándose únicamente con sus voces”.

Ahora Mario es un hombre diferente, parece un niño conociendo el mundo. Cuando sale a la calle, se fija incesantemente en los rótulos y comenta que la ciudad ha cambiado mucho.

Julio también está tranquilo, pero él, además de tener trastorno sicóticos tiene constantes ataques de epilepsia. En varias ocasiones se ha caído en las calles, y se ha lastimado todo el cuerpo. También padece enfermedades gastrointestinales y depresión a raíz de la muerte de su madre.

La tía Celia quedó a cargo de ellos, pero no viven en la misma casa. Ella camina varias cuadras desde su casa para ir a dejarles los tres tiempos de comida.

Ella admite que se cansa, es una mujer mayor de 60 años, pero ve “la necesidad de velar por sus sobrinos”. Karla se encarga de darles la medicina. Mario y Julio aún no la aceptan a voluntad, así que debe buscarse un modo de dárselas. Parecen niños.

Obregón considera que un factor importante que ha permitido la estabilidad de estos hombres ha sido la integración de la familia en el tratamiento médico. Sin embargo, aunque los hermanos llevan una vida tranquila, deben aprender a funcionar por sí mismos.

Cuenta Conmigo trabaja con más de 70 usuarios y sus familias, a quienes los fines de semanas se les dan charlas sobre el uso de las medicinas y sobre el control de las emociones, y, además, talleres para aprender a hacer piñatas u otras manualidades.

Pese al esfuerzo de esta asociación, que ha contribuido con la estabilidad de varias familias de personas con psicosis, sólo un 3% de personas que atienden están integradas al campo laboral.

Según Karla Obregón, una de las metas de esta Asociación sería la creación de otros programas de rehabilitación integrales con la participación de más especialistas.

En la actualidad, la ciudad de León es uno de los pocos lugares que tiene una instancia más integral denominada Centro de Atención Psicosocial en Salud Mental, (CAPS) “Alfonso Cortés”. Esta institución cuenta con un equipo de psiquiatras, psicólogos y neurólogos, entre otros, que brindan atención a las personas con enfermedades cerebrales y fomentan la participación comunitaria.

Para Carlos Quintero, Vicepresidente de la Asociación de Salud Mental (Asmen), de León, un punto decisivo para que exista un CAPS en esa ciudad ha sido la cooperación internacional.

Merce Castells Batalla, es socioeducadora catalana que ha trabajado con centros residenciales para personas con enfermedades mentales crónicas.

Según Castells, cuando la enfermedad ha avanzado debido a la ausencia de tratamiento, tiende a deteriorar a las personas, por lo que se hace necesario recordarles y supervisar sus hábitos de higiene y convivencia familiar.

Estas residencias se crearon con el objetivo de dar a las personas la oportunidad de llevar una vida independiente. Usualmente se asila a aquéllas que no tienen un familiar que las cuide y las apoye.

Para Castells, lo que ha permitido que el nivel de atención haya mejorado es el aporte de la empresa privada, pero aun así, tanto en España como en Nicaragua “se debe trabajar por disminuir la discriminación hacia este tipo de personas”.

Según esta especialista, que ha trabajado con algunas familias matagalpinas, en muchos de los rostros de estas personas la enfermedad no ha dejado estragos. Lo que significa que aún se puede hacer mucho por ellas.