• II Y ÚLTIMA ENTREGA |
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Gerardo Cortés, el joven inmigrante, fue abriendo los ojos, y poco a poco se fue dando cuenta de que “el sueño americano” se convierte en “una pesadilla” para quienes no cuentan con una visa y terminan con sus anhelos “mojados”. Su paso por México, rumbo a Estados Unidos, es una peligrosa experiencia que no recomienda vivir a nadie.

Gerardo, junto a un grupo de centroamericanos, llegó hasta Nuevo Laredo, en México, donde se enfrentó a un nuevo reto, evitar que fuertes corrientes de un río lo arrastraran y le quitaran la vida. “Allí pasamos una noche en vela, pero a la siguiente noche todos los hombres y las mujeres que estábamos allí nos desnudamos para pasar el río, agarrados de un mecate y con una bolsa negra sobre nuestras cabezas, porque en ella llevábamos la ropa; al otro lado del río estaban unos “coyotes” esperando a los inmigrantes para introducirlos a otros estados de Estados Unidos”.

La prima residente en Estados Unidos había acordado con “los coyotes” --traficantes de personas-- el pago de 1,500 dólares a cambio de que llevaran hasta su casa a Gerardo. Dieron 1,000 dólares, y el resto sería cancelado cuando el joven llegara a su destino. Ya en terreno estadounidense faltaba pasar algunos obstáculos. Los inmigrantes abordaron una camioneta Van que recorrió un trecho de unas dos horas en Laredo, Texas.

Hasta este punto, asegura que no escuchó hablar de los miembros de los diferentes cárteles del narcotráfico, sólo de mareros y de los guerrilleros “zapatistas”, además, de los riesgos que pasó, escapando de criminales. Él corrió con mucha suerte, ya que ahora los criminales organizados se han dado a la tarea de secuestrar a los indocumentados con el fin de extorsionar a las familias con grandes cantidades de dinero que no pueden pagar.

Al “Hotel” migratorio

En el camino, “los coyotes” detuvieron el vehículo y bajaron a los inmigrantes, ya que llegaron al primer “check point” (área de requisa). Las orientaciones fueron que caminaran alrededor del puesto migratorio, hasta llegar al otro lado y pudieran abordar nuevamente la Van, y así continuar la ruta.

“Para salir a encontrar otra vez a ‘los coyotes’ un poco más adelante, caminamos desde las nueve de la noche de ese día hasta las siete de la mañana del siguiente. Al llegar nos estaban esperando, pero cuando íbamos a abordar el vehículo llegó una patrulla de la Policía, ‘los coyotes’ huyeron y a nosotros nos agarraron y nos llevaron a las celdas de migración en Houston, Texas”, recordó Gerardo.

El joven vio frustrado y rodeado por dos grilletes metálicos su “sueño americano”. Cuenta que sintió una gran impotencia y ganas de llorar, al ver que los casi 30 días de aguantar hambre, desvelo, humillaciones, y de haberse estrenado como mendigo, no sirvieron para nada, ya que sabía que su futuro más cercano era ser regresado a su empobrecida patria donde las oportunidades son escasas.

“Nos llevaron a unos cuartos donde ponían entre 20 a 24 inmigrantes, allí hay duchas, inodoros, televisión, te daban tu desodorante, papel higiénico, pasta para dientes, hasta shampoo; por las mañanas te dan tu desayuno con leche, café, corn flakes, pan cakes, wafles…, y yo estuve trabajando en la cocina, parece mentira, pero allí hay buenas condiciones, porque parece que estás en tu casa”, describió Cortés.

Un encierro humanizado

Diferentes estudios realizados por Organismos No Gubernamentales y por miembros de los derechos humanos de Estados Unidos, han señalado que existen grandes violaciones a los derechos de los inmigrantes detenidos en las celdas de migración, por ejemplo: maltrato verbal y físico, abuso laboral y hasta violaciones.

Afortunadamente para nuestro compatriota, su encierro de tres meses no fue tan dañino, pues asegura que en el lugar los detenidos tenían derecho a hacer ejercicios en un gimnasio, a practicar durante una hora alguna actividad deportiva y asistir a pláticas religiosas. “A veces llegaban algunos gringos a vernos, y como estábamos cerca de la Navidad, nos regalaban comida. Yo pasaba todo el tiempo pensando en mi esposa, en mis hijos, en mi mamá y en toda mi familia”, dijo.

Finalmente, nuestro amigo fue enviado a su patria en un avión comercial, privilegio para los nicaragüenses, ya que asegura que los salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, por ser más numerosos, son enviados en aviones federales de la USA Marshall.

“Yo les digo a todos los nicaragüenses que por más pobres y necesitados que estén, mejor que busquen un trabajito aquí en su tierra, y no se vayan a pasar sufrimientos, penas, humillaciones y maltrato a otro lugar; además, recuerden que en el intento pueden perder la vida, recomendó Gerardo.