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El día que despertó se sintió abandonado y gritó. ¿Cómo era posible que por ser de León los trataran así? “¡Doctor, doctor, doctor!”, volvió a gritar. Gritó con más fuerza: “¡Dooctoor!”, y nadie respondía. Aquel lugar solitario y oscuro olía a puro alcohol y nadie estaba con él para ayudarlo a levantarse. Lloró de tristeza y gritó nuevamente para que el doctor lo escuchara. “¿Por qué nos botaron en este cuarto sin luz, sin nada?”, interrogó al médico. La pregunta provocó un silencio sepulcral que sólo fue interrumpido por el sonido de unos pasos. El doctor se acercó a Víctor Carvajal y le habló con una naturalidad que lo estremeció. El cuarto estaba muy iluminado, pero él estaba ciego. “A vos el metanol te cortó la vista”, le dijo.

Hace cuatro años y seis días que es de noche para Víctor Carvajal. La mañana de aquel 10 de septiembre de 2006, cuando despertó en la sala del Hospital “Lenín Fonseca”, su vida giró hacia la penumbra y la sobriedad, y delante del médico le hizo varias promesas a Dios. En el trueque que le propuso a Dios, él se olvidaba del licor y el Señor le devolvía la vista.

Él ha cumplido, pero el Señor no. Y los médicos le han dicho que su caso está perdido. “¿Acaso los médicos no creen en Dios?”, se pregunta este hombre de 54 años, pero que aparenta más edad, que ha pasado más de la mitad de su vida en el Mercado “Santos Bárcenas”, de León, trabajando como acarreador.

Son las 10 de la mañana y Víctor está llegando al mercado. El 7 de septiembre de 2006 vino a este lugar al despuntar el alba, y con los estragos de la bebedera del día anterior, de la semana anterior y de los años anteriores, porque a Víctor le gustaba mucho el trago. “Yo comencé a beber como a los 14 ó 15 años, y la agarré en serio en el 72”, cuenta.

Para quitarse la tembladera que le ocasionó la goma se compró un cuarto de guarón, y justo cuando se iba a empinar el licor que el dependiente le vendió en una bolsa transparente de media libra, una clienta lo llamó para que le acarreara varios sacos. La señora lo salvó por unos instantes. Sólo por unos instantes, porque poco después, cansado de tanto acarrear, se sentó a descansar y sintió la bolsa de guarón en la bolsa de su pantalón.

Cinco días antes en León todo era corre-corre. Las autoridades declararon emergencia sanitaria porque la gente estaba bebiendo metanol pensando que era licor. Una docena de muertos estaban siendo velados en los barrios de la ciudad, y pese a ello hubo quienes continuaron ingiriendo licor. Víctor era uno.

El calor empezó a quemar…

El nueve de septiembre de 2006, Leoncio Suazo, de 45 años, fue internado en el hospital porque sentía que se carbonizaba. Cuatro años después, Leoncio se tapa el ojo derecho y levanta el brazo: “Veo al gallo, veo la puerta, veo la silla, veo al perro, ¿su cara? Su cara no la veo”. El metanol le provocó pérdida parcial de la visión en su ojo izquierdo.

Antes de llegar al hospital pensó que su resaca era una más, pero los cambios visuales lo alertaron, pues miraba una rayería blanca y negra como la de los televisores sin señal. Cuando la temperatura de su cuerpo parecía la de un volcán, accedió ir al hospital. “Me dijeron: ‘Si vuelve a tomar queda ciego o se muere’, y cuando me eché un trago otra vez, me desperté pensando que estaba ciego, pero aquí estoy, ¡yo no sé por qué ‘El Colochón’ me tiene aquí!”, relata.

Víctor y Leoncio son dos de los 744 intoxicados con metanol que hubo en León en septiembre de 2006. Gracias a la acción rápida de los médicos que los atendieron no fueron parte de los 48 muertos. Los intoxicados compraron licor a granel, mejor como conocido como guarón, pero lo que les vendieron fue metanol, alcohol de madera usado como anticongelante, disolvente y combustible. La diferencia entre el metanol y el etanol es imperceptible para quien lo consume, pues sabe parecido y huele igual.

Los primeros tres muertos habitaban en Poneloya, balneario ubicado a 16 km de León, donde la familia O´Connor, con tres décadas en la distribución de alcohol y la venta de guarón, tenía la licorería Estela de los Mares. El primer fallecido, un señor apodado “Chupeta”, de 70 años, era quien hacía las veces de catador de la familia O´Connor. “Chupeta” no entró en los registros epidemiológicos porque se pensó que su muerte había sido “natural”.

Cuando en el hospital murió el segundo paciente, hijo de la primera fallecida reportada por esta causa, los médicos ordenaron la autopsia, y fue hasta entonces que se supo lo que pronto fue un eco en toda la ciudad: la gente estaba muriendo al beber guarón. La muerte estaba determinada por la cantidad del licor tomado, el tiempo que demoraba el paciente en asistir al hospital y la rapidez con que se aplicaba el tratamiento.

El tratamiento enojó a más de uno. Cada hora, y de acuerdo con su peso, a los pacientes se les suministró desde Stolichnaya hasta Flor de Caña Gran Reserva, pasando por Johnnie Walker. “Nos zampaban guaro diario… ¡diario! Día y noche. Sólo bolo vivía”, recuerda Francisco Marcelino Valdivia, de 45 años, quien aquel día de septiembre de 2006 sintió de “mal gusto” el guarón que compró por la pizarra del estadio, por eso se bebió un trago, caminó media cuadra y cayó.

El Hospital Escuela “Óscar Danilo Rosales Argüello”, Heodra, de León se convirtió en aquellos días en la cantina más grande de León, la segunda ciudad que más consume licor en Nicaragua. Allí Valdivia se encontró con el amigo con el que compartió el guarón envenenado. Su amigo murió una hora después de haber llegado, y muchos otros amigos siguieron llegando al hospital. Hubo quienes llegaban al centro asistencial con síndrome de abstinencia, buscando un trago de guaro, pues las autoridades prohibieron la venta de licor en la ciudad.


Y la muerte
le dio el trago…
Glu-glu-glu-glu-glu-glu. Víctor se aturugó el guaro de la bolsa. “Apurate, que la policía lo anda quitando” --le dice el amigo--, y él, obediente, se apura, se empina la bolsa: glu-glu-glu-glu-glu… y acaba la última gota de guaro. Una cuadra después cae, y es una patrulla de la Policía que anda decomisando el guaro la que lo recoge.

Hace cuatro años que Víctor no acarrea. Ahora pide en el mercado. ¿Y Víctor? Allá por la sección de carnes sentado en el piso, con su bastón, su mochila negra en el pecho, sus lentes oscuros, su gorra azul, y en el cuello el escapulario de la Virgen del Carmen y el rosario.

“La señora que me acaba de dar estos realitos no me deja morir. Pasa todos los días, ¿son las once, verdad? A ella sólo le acarreé una vez, un saco de limones. Fue un siete de diciembre”, comenta este hombre, que goza de una memoria espectacular y unas ganas de vivir que dan envidia.

La desesperanza lo invade cuando recuerda que vive en una casa donde siente que estorba. En esa casa, sólo la perra Duquesa lo recibe con cariño cada tarde que llega del mercado, adonde todos lo conocen, y donde unos le ayudan y muchos otros no. Víctor quiere “hablar con el Comandante” porque necesita un lugar donde vivir. Saca su historial sandinista como credencial para conversar con el mandatario, y dice que los ex militares sandinistas ponen obstáculos. “Los combatientes se creen más que el Comandante”, insiste.

El doctor Abraham Delgado, del Centro Nacional de Oftalmología, asegura que los intoxicados con metanol que perdieron la visión no podrán volver a ver. Víctor no cree en la incredulidad de los médicos. “¿Acaso los médicos no creen en Dios?”, pregunta una y otra vez.

La ruta de la toxicidad

El doctor Abraham Delgado, Subdirector del Centro Nacional de Oftalmología, explica cómo el metanol afecta la vista. Esta sustancia incolora por sí misma es inofensiva, pero si se ingiere puede causar la muerte. Si bien al órgano que más daña es el riñón, sus metabolitos pueden perjudicar también el sistema nervioso central y el nervio óptico.

Una dosis pequeña de metanol, como un trago, puede producir efectos devastadores. Cuando esta sustancia afecta el nervio óptico, daña todas las fibras o algún porcentaje de ellas, y el daño es irreparable. Es entonces cuando el paciente que sufre la intoxicación pierde parte o totalmente la visión.

El doctor Delgado sostiene que ingerir nuevamente alcohol no empeora ni mejora la condición visual del paciente.

MAÑANA:

* Los hermanos O´Connor hablan desde la cárcel: “Changuelo nos engañó”