•  |
  •  |
  • END

Acaba de entrar al corredor improvisado que funciona como sala de visitas, acalorado por el apretujamiento y sofocante por el bullicio que apenas permite conversar.

Pantalón capri negro, camisa azul, pañuelo azul encendido en la cintura, pendientes de oro laminado, fragancia fuerte, collar de perlas falsas y sonrisa fácil. Marcia O’Connor, 54 años, abogada de profesión, aquí desde 2006, sabe que este lunes su familia viene con desconocidos a la visita.

“Allá está un hombre arriba que sí cree en lo que decimos”, saluda. Después del saludo continúa hablando. Parece una prédica, y su hermano Reynaldo calla. Marcia habla por ambos. Cuatro años después de haber sido condenados quieren hablar. Van a contar su verdad.

Marcia y Reynaldo O’Connor fueron condenados en noviembre de 2006 a 23 años de prisión por delitos contra la salud pública, robo con fuerza y asociación para delinquir.

Ella no puede estar un segundo quieta, él sí lo está y asiente tímidamente a todo lo que su hermana dice. Ella insiste en que la condena fue producto de la presión social, él se lamenta porque estuvo en el lugar inapropiado aquel 23 de agosto cuando compraron cinco barriles de metanol pensando que era alcohol. Ella cuenta cómo fue recibida en el penal. Dice que hubo discriminación. Mucha discriminación. Los metanol, les decían: “los metanol, los metanol”. Ah, “pero es que es lógico, aquí no estamos en una universidad”, prosigue ella levantando los brazos. Él continúa callado.

De repente él se lamenta, pero el griterío de los visitantes en el Sistema Penal de Chinandega impide escucharlo. Es casi un susurro: “Y no debería estar aquí, ¡si yo estaba de goma! Sólo llegué al Pellizco a ver la transacción”.

Cuatro años atrás: 23 agosto de 2006, comarca El Pellizco, Carretera Chichigalpa-Chinandega. Las letras en la pipa eran tan grandes que se alcanzaban a ver desde lejos. Había algo raro, una M de más en el inicio: M-E-T-A-N-O-L. ¿Por qué está escrito metanol?, preguntó Reynaldo O’Connor, quien esa tarde pese a estar de goma accedió a acompañar a su hermana Marcia a hacer una transacción que a simple vista parecía una ganga. Su pregunta ingenua fue respondida con una contestación avispada: “Es para protección”. Aquel negocio estaba turbio, pero ellos no lo vieron así.

Ese día los hermanos O´Connor cerraron un negocio con José Ángel Rodríguez, “Changuelo”, quien un día antes llamó a Marcia para ofrecerle cinco barriles de etanol, usado para el guarón que su familia vendía desde hacía 30 años en León. Ella empeñó unas prendas para no perder la supuesta ganga y se fue con él al sitio estipulado por Changuelo.

Él dice que probó el alcohol que Changuelo les ofreció, dice que lo revolvió con agua tal como lo hacían siempre. Jura que lo probó. Asegura que se embriagó con ese guaro. Recuerda que fue a la vela de un vecino. Bebió y bebió. “No estaba malo”, insiste. Por eso fue que confiaron en que la pipa que decía metanol traía alcohol. Reynaldo, químico de profesión, siempre estuvo a cargo de la elaboración del guarón, afamado por demás. Ese guarón que la mitad de León bebió algún día estaba hecho con una fórmula simplísima: dos litros de agua más uno de etanol.

Pagados los 7 mil córdobas por los cinco barriles sustraídos de la pipa, los hermanos O’Connor se fueron a León a continuar con su cotidianeidad. Fue después que sus vidas cambiaron. Ella y él fueron detenidos por la Policía, y su madre, quien tenía la licorería Estela de los Mares, en Poneloya, huyó a Honduras. En esa licorería se vendió el guaro que mató a los primeros envenenados. El primero fue el catador de la familia, quien se pensó que había fallecido de “muerte natural”.

“¿Yo voy a querer matar a alguien? ¡Si de eso comía yo!”, comenta Reynaldo ahora que su hermana ha callado. Él recuerda una vez que iban a meterlo preso acusado de vender pega de zapatos a niños para graficar lo mal que le ha ido en el negocio. Los O’Connor han vendido de todo un poco: frambuesa, vinagre, pega de zapatos y alcohol en abundancia.

Ambos están claros de que el alcohol que compraron “era mal habido”. Cuatros años después siguen estándolo, pero ella insiste en no ver la dimensión de la tragedia. Dice que no conoce a ninguno de los muertos. “Estamos aquí ¡¿y por qué?!”, cuestiona. El Hospital Escuela “Óscar Danilo Rosales” contabiliza 744 intoxicados con metanol y 48 muertos.

… y en los juzgados

Ana Mercedes Martínez, 46 años, llega a las 8 en punto a los juzgados de León. Su hijo Jimmy la acompaña gran parte de las veces, carga la canasta donde ella organiza los confites, las galletas, los cigarros y demás chucherías; el termo donde ella hiela el fresco y el agua que vende y uno que otro asiento.

Doña Mery, como la llaman las amigas que venden cerca de ella, no es una vendedora cualquiera. Se quedó allí de tanto llegar al juzgado a ver cómo iba el proceso de su esposo, el famoso Changuelo, reconocido en León por ser el supuesto autor de varios asaltos a mano armada en la carretera León-Chinandega.

Changuelo es el mismo que le vendió el metanol a Marcia y a Reynaldo. Ese que ellos dicen que los engañó. El mismo que asaltó la pipa de la empresa Quibor. El “Pirata de la Carretera” en palabras del fiscal Freddy Arana, quien estuvo a cargo del caso. Ese es Changuelo, un ser temido.

“Mi esposo era un comerciante que compraba y vendía. Él compró eso con el amor de ganarse el pan de cada día”, asegura doña Mery, agarrándose su delantal. Ella estuvo tres meses en la cárcel y fue una de las pocas que quedó libre de culpa cuando finalizó el proceso. Sólo lamenta --y llora-- porque su hijo mayor fue condenado a diez años de prisión por cooperar durante el asalto a la pipa.

Doña Mery tiene 29 años de ser “la señora de Ángel”, y se refiere a Changuelo como “un padre bueno en la forma que no los desamparó”. “Una cosa es que haya sido bisnero y otra que haya querido hacer esto. ¡Una persona tan viva e inteligente como él! Es que nunca fue asaltante ni matón. Nunca, nunca la autoridad le quitó una pistola, un garrote”, sigue.

“Siempre ha andado vendiendo, estuvo 17 años en el Ejército, él lo recuerda mejor, ¡es que tiene una mente! --dice con cara de enamorada--. Me le dieron medalla Camilo Ortega en bronce, en plata. Estuvo en Mulukukú y nunca me lo sacaron por delincuente”.

Su vida no ha cambiado de manera estrepitosa. La gente le sigue diciendo adiós. Los vecinos cuyos familiares murieron envenenados con metanol también la saludan en la calle. Doña Mery cuenta con los dedos: “uno… dos… tres… cuatro personas murieron por la cuadra y nunca me han ofendido. Fíjese que me dicen adiós”. Ella sigue vendiendo, como antes, dice, aunque la gente en la calle murmura que su vida era muy lujosa cuando su Ángel no estaba preso.

En noviembre del año pasado Changuelo dirigió un amotinamiento en el Sistema Penitenciario de Chinandega y fue trasladado a la cárcel en Tipitapa. Doña Mery sabe bien del asunto porque él se lo contó. Al recordarlo primero se pone seria, y luego no puede contener la risa. “Dicen que él lo dirigió, pero él sólo les dio la idea. Yo le dije: ‘Ángel, ¿en qué te metiste?’, y él me dijo que ellos sólo querían protestar por sus derechos y que les dio una idea: buscar en las leyes”.

Según doña Mery, Changuelo desdeñaba del liderazgo que asumió en la cárcel de Chinandega. Las autoridades piensan que les ayudó a los presos, “porque había un dicho que decía: ‘Si Changuelo vive, la lucha sigue’”, recuerda, y suelta una carcajada.

La gravedad del amotinamiento fue tal que hubo un muerto, dos lesionados graves y 14 intoxicados con los gases lacrimógenos, pues las autoridades del sistema fueron auxiliadas por brigadas especiales de la Policía para repelar a los 300 reos de los pabellones uno, dos y tres.

¿Y los “O’Connores”? Doña Mery voltea la cara y espanta los zancudos con su toallita azul.

No llora

Marcia O’Connor se ve robusta, pero dice que necesita vitaminas. Se mueve de aquí para allá en ese diminuto lugar sin piso y sin dónde sentarse, en el que se reciben las visitas; reclama a su hermana esto o lo otro, la ropa que no ha venido, le gestión que no se ha realizado. Reynaldo sólo ríe.

“Todo León nos ha venido a ver, desde la vendedora más humilde hasta el magistrado”, dice ella, y luego habla de procesos legales y de leyes que le benefician, para al final asegurar: “Ah no, este año nos vamos, nos vamos de viaje”. Ella dice que en el mercado hay gente que lloró cuando los apresaron. Él llora ahora, tiene cirrosis. Ella no: “Si no me ve llorar es porque estoy cansada de hacerlo”.

Diferentes penas, una misma tragedia

El fiscal Freddy Arana es especialmente duro cuando se refiere a este caso. “No hay manera de que en 15 reencarnaciones yo pueda perdonarle algo a Changuelo”, dice, al recordar los cuatro días de juicio y los detalles que incriminaron a José Ángel Rodríguez.

Además de Changuelo, condenado a 30 años, y de los hermanos O’Connor, también fueron condenados Marvin y Flavio Jerónimo Centeno Darce, y Denis Salgado Moreno a 23 años por ser cooperadores necesarios de los delitos cometidos por los antes mencionados.

Alfonso Martínez Quedo, propietario de la reconocida cantina “La Cuarta”, fue condenado a 18 años de prisión por el delito contra la salud pública. Así también Francisco Javier Rodríguez Martínez, hijo de Changuelo, a 10 años y seis meses, por ser cómplice de robo con fuerza, asociación e instigación para delinquir y delito contra la salud pública.