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En el marco de la lucha entre las potencias colonialistas de Europa, la provincia española de Nicaragua fue escenario de la expansión inglesa. Desde el siglo XVI el comercio inglés se enfrentaba al monopolio español en las Indias.

En el siglo XVII, Oliverio Cronwell concibió la organización de un imperio británico en las mismas Indias. Pero en el XVIII el poderío inglés se proyectó a plenitud. Por eso ejecutaron dos invasiones formales a nuestra provincia: una en 1762 (en la que tuvo lugar la hazaña de Rafaela Herrera); la otra en 1780.

El intento de 1774

Pero antes se había intentando un ataque que Jerónimo Vega y Lacayo, Sargento Mayor de la Plaza de Granada en 1759, consignó ese año en un impreso sobre los puertos del Reino de Guatemala, cuya “llave” —según él— era su ciudad natal.

Preparado desde Jamaica, con el fin de apoderarse de ella (la ciudad y puerto lacustre de Granada), ese intento lo había neutralizado el Capitán General de Guatemala, Thomas de Rivera, quien dispuso de inmediato que el Maestre de Campo José Antonio Lacayo de Briones, abuelo de Vega y Lacayo, auxiliase El Castillo de la Inmaculada Concepción con dos compañías de 50 hombres cada una.

En consecuencia, Lacayo y Briones se embarcaron hacia El Castillo el 3 de abril de 1745, reparó sus muros, profundizó sus fosos y contrafosos, construyó una nueva batería, lo abasteció de suficientes víveres y proveyó de municiones y pertrechos. Enterados de esta defensa, los ingleses desistieron de su proyecto.

El Plan Smith

Sin duda, el Lago de Nicaragua ofrecía el espacio más estratégico y vulnerable de atacar a los españoles. “Es por esta razón —escribía Bryan Edwards— un objeto de la más alta importancia para la Gran Bretaña; y, para decirlo de una vez, es aún más precioso que la posesión de Gibraltar”. De ahí que en 1769 haya surgido el Plan Smith consistente en la posesión de la hoy Bahía de Salinas, la toma de la Villa de Rivas y su fortificación inmediata para establecerse en ella, cortar la comunicación de Granada con el fuerte de la Inmaculada y así rendir éste, enviando fuerzas desde la propia Inglaterra a la costa de Mosquitos.

Con los planes levantados por los generales Hodgson y Lee del Lago y del territorio de Nicaragua —conducidos a Londres por Smith—, el Plan tenía como objetivo inmediato extender los dominios británicos por toda Centroamérica.

Ya no se trataba de las eventuales incursiones predatorias de los zambos-mosquitos —iniciadas en 1704—, sino de invasiones directamente dirigidas y financiadas por la monarquía inglesa. La de 1762 no pudo tomarse El Castillo; la de 1780 lo hizo, pero no logró avanzar por impedirlo las enfermedades tropicales.

Derivada del Plan Smith, esta segunda invasión a Nicaragua se inscribía en el contexto del Pacto de Familia entre Francia y España —los reyes de ambas monarquías eran Borbones— durante el reinado de Carlos III. En 1779, pues, España declaró la guerra a Inglaterra. Y el 24 de octubre del mismo año ya había sido tomada por los ingleses, al mando del capitán Dalrymple, la fortaleza de Omoa en Honduras.

Más de tres mil invasores

La expedición financiada por comerciantes jamaiquinos, traía más de 3,000 hombres: 2,000 soldados veteranos, aparte de civiles, zambos y mosquitos.

Su comandante era el Brigadier General Stephen Kemble, a quien el gobernador de Jamaica, John Dalling, le había dado instrucciones detalladas para asestar un golpe mortal a la monarquía española. Secundaban a Kemble los coroneles John Polson, William Dalrymple, Sir Alexander Leigh y Horacio Nelson. Era la primera vez que éste mandaba una embarcación de guerra. Tenía 22 años.

Los ingleses salieron de Jamaica el 4 de marzo de 1780, y veinte días después llegaron a San Juan de Nicaragua, internándose en las fragatas Resource, Horatio, Pilgrim, Hinchinbrake y Minona de 36, 32, 28, 24 y 20 cañones respectivamente.

El 9 de abril la fuerza invasora venció a los defensores de la isla Bartola, donde el gobernador de Nicaragua, Juan de Ayssa había colocado 5 cañones y 16 soldados. Aunque fueron echados a pique dos botes con 60 hombres que intentaron asaltar la trinchera, doscientos ingleses vadearon la retaguardia y cayeron sobre la isla con bastante ímpetu.

La toma del Castillo el 29 de abril de 1780

El 11 de abril el invasor apareció frente al Castillo, en una punta alta llamada Padrastro de las Cruces, abriendo el fuego que se prolongó hasta el día siguiente. El 13 duró el cañoneo 14 horas. El 14, 15, 16 y 17 continuaron los fuegos que se suspendieron el 18.

Dedicados a reparar sus baterías y a preparar el asalto, los ingleses se limitaron a disparar sus fusiles. El 19, a las cuatro de la tarde intentaron tomarse El Castillo, pero un cañoneo español se los impidió.

El 20, no sin hacer fuego, perfeccionaron sus trincheras. El 21 la guarnición del Castillo rompió los fuegos sin recibir respuesta sino hasta por la tarde cuando auxiliados por piraguas, sus enemigos se lanzaron a tomar la fortaleza. Ésta se rindió ocho días después: a las cinco de la tarde del 29 de abril de 1780 al coronel Polson. Diecinueve días había durado la defensa.

Se rindieron 235 personas, incluyendo 17 mujeres, 13 niños, 6 esclavos (hombres, mujeres y niños), 17 artilleros, 31 soldados españoles y 61 negros. En la capitulación firmada por el coronel Polson —Comandante en Jefe de los ingleses— y Juan de Ayssa, —Comandante de El Castillo— el mismo 29 de abril, fue reconocida la gallarda defensa de la fortaleza que mantuvo el gobernador de Nicaragua, razón por la cual Polson permitió a la guarnición salir marchando a banderas desplegadas, mechas encendidas y redobles de tambores.

También permitió que llevaran consigo los ornamentos y efectos necesarios para su culto religioso, aceptó tratarla como prisionera de guerra, con humanidad y decencia y prometió “mantener a los zambo-mosquitos dentro de los límites de la moderación”.

Trágico fin de prisioneros en Jamaica

Once soldados perecieron durante el sitio y 105 por disentería, después de la rendición, de manera que los prisioneros capturados por los ingleses fueron enviados a San Juan de Nicaragua el 3 de mayo. Éstos sumaban 45, pues tres milicias se habían despachado a Granada y Guatemala como correos. El más importante prisionero era Juan de Ayssa, recibido por Kemble en el mismo San Juan de Nicaragua (o del Norte, como luego se conocería).

De allí, tras intentarlo dos veces, partió el buque Monarch con 45 defensores del Castillo hacia Santiago de Cuba. Al arribar a Sabanalamar, puerto de Jamaica, el Monarch fue hundido por un huracán, habiéndose salvado únicamente Ayssa y los oficiales Pedro Brizzio, Antonio Antoniotti, Gabino Martínez y Joaquín de Isasi. Los cinco retornarían a la provincia a principios de 1781. Cuarenta murieron ahogados.

El 12 de mayo ya Polson tenía ocho prisioneros indios de la Isla de Ometepe, dos de ellos pilotos en el lago al servicio del rey de España (Baltasar Condega y Antonio Redombes).

Polson les dijo que el rey de Inglaterra no había enviado su ejército a hacer la guerra a los pobres indios, sino a redimirlos de la esclavitud de los españoles; que si permanecían quietos no serían molestados en sus personas ni propiedades, antes bien, las armas de Inglaterra los protegerían y que vivirían libres de tributo.

Condega y Redombes fueron interrogados, lo mismo que el soldado español Juan Paulino (con cincuenta años de vivir en El Castillo) y el negro espía Francisco Yore.

El interrogatorio a Francisco Yore

Por ellos se averiguó que las lluvias comenzaban en los primeros días de mayo y terminaban en noviembre; septiembre y octubre eran los meses más lluviosos. Que los caminos eran buenos entre Rivas, Granada y Managua, pero eran mejores los mulares.

Los habitantes estaban muy mezclados en toda la provincia. Se alimentaban de maíz, frijoles, carne de res y puerco. Los ribereños recibían artículos de Europa por el lago, y harina de trigo de Guatemala, acarreada por mulas.

De San Carlos a Granada la navegación duraba tres días con buen viento. En Granada residían, según Yore, seis mil personas, pero no estaba seguro del dato.

En Ometepe habitaban mil distribuidos en dos pueblos: uno de indios y otro de mestizos, éste junto al lago; sólo un español vivía allí: el cura.

Respecto al fuerte de San Carlos (sin decir que así se llamaba), Yore agregó que estaba defendido por 12 cañones montados, 2 de calibre 12 y 10 de 8. Lo defendían 50 soldados regulares blancos, tres artilleros y doce negros. El resto de negros y mestizos eran como 500 y 150 soldados regulares, cuya llegada estaban esperando. Había como 100 enfermos y el lugar era tan insalubre como El Castillo.

Toda la milicia estaba armada con mosquetes. Granada sólo estaba defendida por arroyos. Rivas carecía de fortificación alguna, al igual que las islas del lago.

Nelson y su actuación

En cuanto a la actuación de Horacio Nelson (futuro Lord Nelson of the Nile y vencededor de Trafalgar) llamó la atención de sus superiores por sus grandes cualidades militares y humanas. Al partir a Jamaica el 30 de abril —al día siguiente de la rendición del Castillo— escribió Polson a Dalling: “El capitán Nelson, entonces en el Hechimbroke, arribó con 34 marinos, un cirujano y 12 infantes de marina. Me faltan palabras para expresar lo que debo a ese caballero. Él era el primero en cualquier comisión, ya de día o de noche; apenas hubo cañón que no fuera dirigido por él o por el Lugarteniente Despard, jefe de ingenieros…”

Desastre y retiro de los ingleses
A los ingleses no les fue mejor. Su tardanza en la toma del Castillo permitió a los españoles fortificarse en la boca del lago (el fuerte San Carlos), operación que no afectó a los invasores, ya que no pasaron de la fortaleza capturada. Pero el extravío de algunos botes, el retiro de los zambos-mosquitos (a quienes Polson negó tomar a los españoles como esclavos), más la escapatoria de Condega y Redombes, las lluvias, la insalubridad y la mala alimentación (tuvieron que probar carne de mono que les pareció sabrosa) acabaron con la expedición. Enfermos de disentería, optaron por retirarse.

El 13 de mayo los soldados estaban desnudos, sin camisa, ni pantalones, ni zapatos. Entre el 21 del mismo mayo y el 9 de junio, todos los oficiales ingleses cayeron enfermos. Las tiendas se hallaban en tan mal estado que no detenían el agua de lluvia. Tuvieron la intención de construir chozas, pero no hubo hombres para hacerlas.

En suma, casi una cuarta parte de los invasores (unos 700 hombres) salió con vida. Los demás (unos mil y pico al menos) fueron obligados a huir enfermos de muerte, en su mayoría. Pocos se quedaron en El Castillo hasta finales de 1780. El 26 de noviembre recibieron la orden de evacuarlo y destruirlo con minas. Esta tarea la ejecutó el jefe de ingenieros Edgard Marcus Despard el 2 de enero de 1781. No lo destruyó del todo, sino parcialmente, dejándolo arruinado.

Destinos y tumbas de Nelson y Despard

Mientras Nelson llegaría a ser un héroe nacional, y sus restos descansan en la catedral de San Pablo, el coronel Despard —volador del Castillo— conspiró en 1802 para apoderarse de la Torre de Londres y de la Casa del Parlamento, matar al rey, levantar una insurrección y botar al gobierno.

Fue procesado. Nelson declaró que en la expedición de Nicaragua habían dormido en una misma tienda y que su conducta correspondió a la de un oficial valiente y leal.

Lo condenaron a muerte. Dos años después, ambos dormían casi juntos sus sueños eternos: Nelson, bajo el espléndido monumento de San Pablo; Despard en una tumba sin nombre a la sombra de la misma Catedral, mejor dicho a su lado sur, en la parroquia de St. Faith.