•  |
  •  |
  • END

I. Sobre los méritos y eficacia del buen gobierno de China, que continúan en la crisis.

En Occidente la crisis está creando algunos problemas sociales, pero en un país como China, inserto en un esquema exportador extraordinariamente dependiente de los humores de la economía global, una fuerte contracción de la demanda occidental crearía dilemas existenciales. De ahí se deriva la imperiosa necesidad de afirmar un modelo económico más endógeno, más basado en el potencial del mercado interno y menos en la exportación de productos de bajo valor añadido.

El desmoronamiento del casino financiero, que en Occidente ha rehabilitado el keynesianismo, en China ha potenciado tendencias anti mercado y un nuevo apoyo a las empresas estatales, que han sido las principales receptoras del paquete anticrisis de medio billón de euros y de los créditos de casi un billón concedidos por los bancos, estrechamente controlados por el Estado. En algunos casos el giro a la izquierda en el discurso del Partido Comunista ha sido rampante.

Bo Xilai, el ex ministro de comercio hijo de un padre de la patria y de los ejecutivos de las multinacionales en Pekín. Gente como él, miembro del Politburó desde 2007, le ponían rostro a una China neoliberal y capitalista. Y en eso fue nombrado jefe del partido en Chongqing, la metrópoli, sucia y currante, del curso medio del Yangtze. En Chongqing los dirigentes han acuñado un nuevo concepto, el llamado “PIB rojo” que describe, “un desarrollo económico que se orienta en las necesidades de las masas y no viene dictado por la codicia de las clases privilegiadas representadas por los 30 millones de millonarios”, explica preocupado, Willy Lam, un conocido analista de Hong Kong. En Chongqing, Bo Xilai ha promocionado la construcción de una gigantesca estatua de Mao, símbolo del igualitarismo, y su administración ha estipulado que por lo menos una tercera parte de las viviendas que se construyan en la ciudad deben ser asequibles para los obreros y campesinos.

Sin tener nada que ver con un “regreso al maoísmo” o al “socialismo”, todo esto no es un adorno, sino algo serio, que de alguna forma ya adelantaron Hu Jintao y Wen Jiabao en los últimos años con su giro socialdemocratizante, por llamarlo de alguna manera.

Lo más extraordinario de China es que la política anti crisis comenzó antes de la crisis. En 2002 ya estaba en marcha un cambio de rumbo de dirección keynesiana. ¿Por qué?; porque el sistema chino vio venir muchos de los problemas de la economía global, entre ellos el peligro de la extrema dependencia del país de la exportación, lo que la dejaba completamente expuesta a los bandazos de un brusca caída de la demanda, como ha ocurrido.

La crisis ha supuesto también una prueba para el control político de la economía. La mayoría de los observadores coincide en que ese control, que se creía mermado por el auge que la empresa privada registró en los últimos años, es más robusto de lo que se pensaba. Eso ha sido resultado de lecciones aprendidas en la crisis de 1998. Entre entonces y hoy:
- los ingresos del gobierno se doblaron (hasta alcanzar el 21% del PNB),
- los beneficios del sector público se multiplicaron por cuatro (hasta el 23% del PNB).

- los “malos créditos” de los bancos se redujeron un 75%
- y las reservas en divisas se multiplicaron por trece.

Para el año 2007, todo eso ya había incrementado la capacidad de intervención del gobierno, que respondió a la crisis de 2008 lanzando la consigna de gastar, gastar y gastar, y de reconducir hacia el mercado interno la menguante demanda exterior, una operación compleja que precisa créditos. Precisamente por eso, la clave ha sido, y es, el control político del crédito:
- Dos tercios de la banca está en manos del Estado y sus directivos son nombrados por el departamento de cuadros del Partido.

- Cuatro de los cinco jefes de los grandes bancos son miembros del Comité Central, así que las órdenes se cumplen.

Como consecuencia, en el primer trimestre de 2009, los bancos chinos concedieron más créditos que en todo 2008.

La conclusión de todo esto es que mientras en Alemania oímos a la Canciller Merkel quejarse de que los bancos que están siendo rescatados con dinero público no dan créditos, China muestra una gobernabilidad mucho más efectiva de la situación. Como resultado, China mantiene su nivel de crecimiento anterior a la crisis y se ha convertido en el principal exportador mundial.

A partir de este dato se actualiza la leyenda de la superpotencia china.


II. Sobre la debilidad de China en la globalización y la evolución de la leyenda china al calor de la crisis
Antes de la “superpotencia amenazante”, durante los años noventa, el discurso sobre China era diferente. Entonces lo que se decía era que el crecimiento chino era algo coyuntural y que pronto se desmoronaría como un castillo de naipes. No fue así, y desde finales de los noventa, la interesada y manipulada exageración sobre la superpotencia china, tomó el relevo a la embarazosa constatación de que un gran país en desarrollo salía adelante con recetas estatistas bien diferentes a las pregonadas por el consenso de Washington.

La leyenda actual, la del siglo XXI, podríamos decir, tiene que ver con la obsesión por buscar enemigos y amenazas que tiene un sistema fundamentalmente agresivo y belicista. Afortunadamente para China apareció Bin Laden y en 2001 la “guerra contra el terrorismo” canalizó todo eso hacia otro enemigo.

En el momento actual la leyenda afirma que mientras la crisis hace estragos en la potencia occidental la superpotencia china está avanzando aun más posiciones en la globalización. Ese discurso afirma lo siguiente:
- Que China ha superado a Alemania como primer exportador mundial.

- Que su PIB ya es el segundo del mundo, por delante de Japón.

- Que tres bancos chinos ocupan los primeros puestos mundiales en capitalización.

- Y que las empresas chinas están aprovechando la crisis y sus fabulosas reservas de divisas de 2,3 billones de dólares, las mayores del mundo, para comprarlo todo.

China es una gran potencia exportadora, pero su posición en la globalización, por más que pueda mejorar con la crisis sigue siendo muy débil. Veamos algunos datos significativos:
En el grupo de las 1400 empresas más punteras, las de Estados Unidos, Japón y Europa forman el 80%. Es verdad que China tiene las mayores reservas de divisas, pero:
1- Si esos 2,3 billones se reparten per cápita, resultan 1800 dólares (Corea, 5600$ per capita, Japón 8400$).

2- Solo las diez principales empresas de Estados Unidos ya superan en capital de mercado esa suma.

3- Los 500 principales administradores de activos, de los que el 96% pertenecen a empresas de la tríada (EU, UE, Japón), manejan 64 billones de dólares, es decir 27 veces más del capital de la reserva china.

En la construcción de empresas globales, China está en pañales. Hay algunas empresas que han logrado determinados nichos en el mercado global pero son excepciones y en nichos no estratégicos.

Los bancos chinos son grandes, pero tampoco están en el mundo: no figura ni un sólo banco chino entre los 50 principales por su presencia mundial.

Hasta la entrada de China en África, -donde ha invertido 7800 millones en un año (2009) una cantidad moderada y en países relativamente abandonados por la tríada por su ruina o peligrosidad- es objeto de leyendas sobre “el nuevo colonialista”.

Las inversiones directas en el extranjero del conjunto de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), representan menos que las de Holanda. El monto total de las inversiones que China realiza en el extranjero es inferior al realizado por Rusia, Brasil o Singapur. Es decir: las transnacionales están muy metidas en China, pero las empresas chinas NO existen en el mundo desarrollado.

La realidad es que China sigue siendo un país en desarrollo y la prueba es que con una población que supera en 300 millones a los 1.000 millones de los países más ricos, su PIB es una quinta parte, y sus exportaciones una décima parte, del PIB de aquellos. Así que la conclusión sigue siendo la de que el éxito de China es el de una hábil administración de su debilidad en la globalización.

Por su condición de país en desarrollo, por su debilidad en la globalización y por los costos humanos y en medio ambiente que acarrean, todos estos éxitos de crecimiento deben ser considerados éxitos en la crisis, más que victorias en un proceso que conduciría inevitablemente hacia el estatuto de superpotencia.

El año pasado, el Ministro de exteriores chino, Yang Jiechi recordó lo obvio: que, “las ciudades como Pekín y Shanghai no representan al conjunto de China”, donde hay “muchas zonas rurales y remotas muy pobres, con 135 millones de chinos viviendo con menos de un dólar diario (el 18% de los 750 millones que hay en el mundo en esa categoría), 400 millones (más del 30% de la población) que viven con menos de dos dólares diarios, y 10 millones sin acceso a electricidad”.

Muy pocos países han logrado en el último medio siglo salir del agujero del subdesarrollo e ingresar en el club de los más desarrollados. La lista se limita a Corea del Sur, la isla de Taiwán y poco más.


III. Sobre el movimiento obrero en China
El imperativo de desarrollar el mercado interno tiene enormes implicaciones sociales, porque la mejora de las condiciones generales de vida de los de abajo y el aumento de sus ingresos salariales, son condiciones ineludibles para afirmar un crecimiento más endógeno, más basado en el consumo nacional, y menos dependiente de la turbulenta economía global. Ese es el sentido general de invertir en la sociedad, de disminuir los gastos en educación para los más pobres, de liberar de impuestos a los campesinos y de organizar un sistema de seguridad social y atención médica que cubrirá al 100% de la sociedad en el año 2020, comenzando por los más débiles y desprotegidos; ancianos, mujeres embarazadas, niños... Cuando estalló la crisis, todo eso –una tarea colosal- ya estaba en marcha.

¿De donde partió ese reflejo? En primer lugar, del precedente sentado en 1998 por la crisis asiática y el creciente desorden financiero en Estados Unidos. En segundo lugar, del impacto de la crisis del Sars, el brote de neumonía atípica del 2003, que evidenció que una simple crisis sanitaria podía hacer tambalear el crecimiento y trastocar toda la economía debido a la ausencia de socialismo, de redes sanitarias y de seguridad social. Fueron alarmas que hicieron tomar consciencia de la insostenibilidad de un crecimiento desigual y desequilibrado. Toda esta reflexión social tiene grandes consecuencias para la clase obrera china y abre oportunidades institucionales al movimiento obrero allá.

Recordemos brevemente de lo que estamos hablando cuando decimos “clase obrera china”:
Lo que ha pasado en el mundo del trabajo en los últimos veinte o treinta años, no se entiende sin el ingreso en la economía capitalista de los trabajadores del bloque del Este, la India y China. Ese aporte duplicó el número de la mano de obra global (pasamos de 1.460 millones de obreros a más de 2.900 millones). Muchos más trabajadores compitiendo por el mismo capital alteraron la correlación global entre capital y trabajo.

China responde de la mitad de ese incremento global de mano de obra. Las condiciones de trabajo de su clase obrera repercuten en el escenario global. Por eso, que las autoridades chinas estén interesadas, por razones de la sostenibilidad general de su economía y de su régimen, en la mejora de las condiciones sociales, tiene gran relevancia fuera de China, en el mundo entero.

Hay que decir que la voluntad tecnocrática de los dirigentes de Pekín es importante, pero se ve mermada y relativizada por su limitada capacidad para hacer cumplir sus decisiones y directivas; por ejemplo la relativa cobertura que el gobierno central ha prestado a la última ola de huelgas, o una nueva legislación sobre convenios colectivos y representación sindical en las empresas. Gobiernos provinciales y locales pueden convertir en papel mojado esas directivas.

El escenario ideal sería que China llegara a una situación como la de Vietnam, donde existe el derecho de huelga y donde los tribunales (que en China dependen del poder local, lo que merma su independencia) suelen dar la razón a los obreros en las disputas laborales.

En China hay dos clases obreras, la antigua y atípica, producto de la industrialización maoísta, que tuvo puestos de trabajo vitalicios, pensiones, y redes de vivienda y sanidad, en gran parte desmantelada en los años noventa, y la de origen campesino-emigrante, que alimenta la manufactura para la exportación, una clase obrera “clásica” en el sentido de Marx. Estos dos ejércitos laborales están unidos por una reclamación de legalidad que deja fuera de juego a las autoridades, porque ellas mismas hablan de gobernar de acuerdo a la ley. Para las autoridades el norte no es la justicia social sino la estabilidad, y reprimen de la forma más feroz cualquier intento de organización obrera autónoma.

Contra la idea tópica que se tiene de ellos, los chinos son muy rebeldes, y sus exigencias de derechos y salarios más altos están creciendo. En 2008 se registraron 127.000 protestas y tumultos sociales que implicaron a 12 millones de ciudadanos (en 2005, fueron 87.000). En 467 casos esa protesta incluyó el asalto a sedes del gobierno, en 615 casos ataques a la policía y en otros 110 casos destrozos e incendios de vehículos. Muchos de estos desórdenes son obreros. Llegamos así a un aspecto crucial, el último, para comprender el comportamiento internacional de China que es el de su potencial de caos interno como factor disuasorio de aventuras exteriores de tipo imperial.


IV. Sobre el comportamiento mundial de China en el pasado y en el presente
Pese a todo lo dicho sobre la leyenda de su potencia y la debilidad de su posición en la globalización, es obvio que China crece, en economía y en poder ¿Cómo administra esa nueva fuerza?
En primer lugar la relativa escasez de conflictividad exterior de China y su entorno hoy y ayer. En el ayer vemos: Dos guerras con Japón provocadas por este, alguna incursión en Birmania, guerras de afianzamiento de las fronteras y poca cosa mas. En la época moderna, estando amenazada por la superpotencia, la guerra de Corea, la guerra fronteriza con India de octubre de 1962, provocada por ésta, los incidentes fronterizos con la URSS durante la Revolución Cultural y, como excepción, la invasión de Vietnam, esta sí, una vergonzosa operación de castigo de la que los chinos salieron trasquilados.

Hoy constatamos un papel moderado, prudente y pacificador en los dos escenarios más calientes que China tiene en su entorno inmediato: el de la península coreana y el de Taiwán, ambos vinculados a la guerra fría y los impulsos agresivos de Estados Unidos. También vemos moderación en gastos militares (150.000 millones de dólares) y en la doctrina nuclear que rige un arsenal discreto (su tamaño es comparable al británico) y que apenas se ha renovado desde los años ochenta.

Volviendo a la historia, constatamos un desinterés histórico por el comercio de larga distancia y por el dominio y conquista exterior, factores de imperialismo. En lugar de eso domina una tradición de imperio tributario claramente dominante de su entorno asiático, basado en valores confucianos compartidos con Asia Oriental, e interesado en la armonía de su entorno y que arroja un resultado de 500 años de relativa paz.

¿Cómo se explica eso? Mucho tiene que ver con la propia complicación de mantener China estable. Si un gobernante tiene grandes problemas y debe dedicar enormes energías y atención a la gobernabilidad interna de su país, su predisposición hacia la aventura y agresividad exterior es necesariamente reducida.

Desde la revuelta Tai Ping (la mayor guerra civil de la historia con 50 millones de muertos en el XIX), hasta las grandes hambrunas del cambio de siglo. De ahí a la quiebra imperial, la disolución y fragmentación nacional de los señores de la guerra, la invasión extranjera, la guerra, la guerra civil y la revolución. Desde entonces el gran salto adelante (la mayor hambruna del siglo XX que el voluntarismo político agravó), la revolución cultural, la actual degradación medioambiental...

No creo que haya en el mundo un país con tal potencial y concentración de caos, lo que explica con creces la prudencia de China y su obsesión por la estabilidad, interna, y, por extensión, externa. Porque lo externo es visto como algo subordinado a lo interno, al problema de la gobernabilidad. Es cierto que la viva y creciente dependencia china de recursos energéticos exteriores es un factor nuevo que altera el histórico desinterés chino por el comercio de larga distancia, pero, en general, creo que tenemos argumentos razonables para pensar en un papel paliativo de China de puertas afuera, en el caos que anuncia el inquietante siglo XXI.