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El consumo de licor entre los adolescentes es frecuente. Lo que muchos no saben es que eso tiene un costo. La gente llega a perder empleo, familia, oportunidades, su libertad, y en el peor de los casos, la vida. El alcoholismo es una enfermedad progresiva que avanza lenta pero firme, y no distingue sexo, raza o posición social.

Eso lo sabe bien Norlan Fonseca, de 34 años, quien probó su primer trago de licor a los 16 años: “Creo que lo hice por curiosidad… en el colegio tomaba con algunos amigos, después (el consumo del licor) fue tan rápido que si otro no quería me lo bebía yo solo”, recuerda.

Con el pasar de los años, luego de su jornada laboral, Fonseca compraba medio litro de licor. Las excusas para tomar comenzaron a sobrar, desde discusiones familiares hasta invitaciones de amigos para salir. La embriaguez era frecuente y lo reconoce, “nunca estaba sobrio”.

“Tuve un matrimonio y lo perdí por causa del licor, no me daba cuenta que la estaba perdiendo (a su esposa) hasta que se acabó todo”, dice resignado Fonseca, quien además de eso, también dejó de estudiar una carrera universitaria, luego de gastarse mil 600 córdobas en licor, cuyo monto era un préstamo que le habían hecho en su trabajo para continuar sus estudios.

Sin empleo y sin caminar

Al igual que Fonseca, Erick Duarte, de 27 años, empezó a tomar licor por “vagancia”, a los 17 años, y aunque no perdió a su familia, sí perdió trabajos y quedó en silla de ruedas para siempre.

Erick recibió el impacto de un disparo en las vértebras toráxicas 11 y 12, luego de una trifulca en una mañana de tragos.

Meses antes del incidente fue despedido de su trabajo por llegar ebrio. “Era día libre del gerente y yo me fui de parranda un sábado. Me tocaba abrir la tienda un domingo. Me quedé dormido, cuando siento la mano de alguien, y miro que era el mero mero”, recuerda Duarte. Ese día lo mandaron a descansar, pero “al día siguiente que llego, ya estaba la carta de despido”, refiere.

El despido no le importó a Duarte y el consumo de licor continuó, y los efectos eran más dañinos para su familia, a tal punto que una vez intentó golpear a su madre y ni siquiera se acuerda por el estado de embriaguez. “Con el licor yo me sentía el ‘superman’ de la cuadra”, dice.

Una vez Duarte fue asaltado cerca de su casa, en el barrio “8 de marzo”, al este de Managua. Días después, mientras tomaba licor en un bar ubicado en la misma zona, reconoció a uno de los sujetos que lo asaltó y envalentonado por los tragos procedió a golpearlo.

Minutos después, el chavalo golpeado regresó con su hermano: “Aquí estoy, volveme a pegar”, recuerda Duarte que le dijo, y él respondió: “Con el mayor de los gustos, --y me lo siembro--, pero en lo que el chavalo cae al darle la espalda al otro tipo, me pega un disparo en la columna y allí quedé, tendido.

De inmediato me llevaron al hospital… los médicos me dijeron que no había nada que hacer, que no volvería a caminar y quedaría parapléjico”.

El alcoholismo no ve sexo

Aunque la frecuencia de mujeres que toman licor en Nicaragua es menor a la de los hombres, el impacto que tiene en la vida de éstas, no es diferente.

El Instituto Contra el Alcoholismo y la Drogadicción (ICAD), adscrito al Ministerio de Salud (Minsa), publica en su sitio www.icad.gob.ni, que de cada 10 personas que consumen alcohol al menos siete son hombres y tres son mujeres, de acuerdo a los resultados de la Encuesta de Hogares 2006, realizada por el médico psiquiatra Mauricio Sánchez.

Socorro Estrada, de 40 años, se acuerda de su primer trago a los 18 años. “Llegué a una etapa que seguía y seguía tomando, agarraba la calle, amanecía en la calle, no eran ni dos ni tres, eran de 8 a 15 cervezas que yo me lanzaba, y eso era de viernes a domingo… hasta 700 córdobas me gastaba sólo en licor”, relata Estrada, luego de confesar su arrepentimiento.

De acuerdo con un estudio realizado en 2005 sobre “Alcohol, género, cultura y daño” en Nicaragua, el cual fue promovido por la Organización Panamericana de la Salud y publicado por el Minsa en su página www.minsa.gob.ni, al menos cuatro de cada 10 nicaragüenses sin distinción de sexo, aceptaron haber consumido licor antes de los 18 años.

Policía reporta más muertes por alcohol

La Comisión de la Mujer y la Niñez a través de una publicación del ICAD, revela que el porcentaje de casos de violencia intrafamiliar en donde hubo consumo de alcohol u otra droga, incrementó 10 puntos porcentuales en el primer semestre de 2009, en relación con el mismo período del año anterior, al pasar de 54.11%, (3 mil 857 casos) al 64.10%, (4 mil 291 casos).

Los últimos datos proporcionados a Conexiones por la segunda jefa de Tránsito, Comisionada Mayor Mercedes Amador, revelaron que entre enero y agosto de 2009, en relación al mismo período de este año, las muertes en accidentes de tránsito tras haber consumido licor, aumentaron de 26 a 31, a pesar que los lesionados disminuyeron de 123 a 53.

Por esa razón, Amador afirma que la Policía de Tránsito ha aumentado sus esfuerzos en la prevención. “También hemos aplicado un total de 980 multas, que significan 980 licencias retenidas. Al infractor se le suspende por tres meses, paga una multa de 1,500 córdobas, y se le duplica si no la paga en 24 horas”, lo que implica también una afectación económica a la persona que conduce ebria.

Marvin Navarro, sicoterapeuta y especialista en adicciones y violencia, explica que el alcoholismo es un problema acompañado de muchos factores, ya que el alcohol es un depresor del Sistema Nervioso Central, que permite la desinhibición de las personas y causa una alegría insulsa.

Navarro, quien también es director de la clínica de rehabilitación “Restaurando Vidas”, también dice que el consumo de alcohol provoca que los sentimientos frustrados que datan de la niñez se liberen: “Si yo tengo mucho resentimiento y desde niño vengo acumulando situaciones que me han marcado, lamentablemente con el alcohol puedo cometer cualquier situación de desorden conductual”.

Alcohol afecta la economía y la salud

El estudio sobre “Alcohol, género, cultura y daño” en Nicaragua, realizado en 2005, precisa que casi la mitad de los hombres encuestados aceptaron que su forma de beber les afectó su economía familiar, sólo el 16.7% de mujeres consultadas aceptó lo mismo.

De igual forma, reconocen que el consumo de alcohol generó pérdida de su trabajo en algún momento, en detrimento de su familia.

Asimismo, casi tres de cada 10 entrevistados reconocieron que en algún momento fue afectada su “salud física”, además de su matrimonio, o la relación con alguna pareja, así como con la de sus familiares.

Los hombres señalaron que sus parejas los amenazan con abandonarlos, debido al comportamiento que tienen cuando beben licor.

Expertos que se dedican al estudio del consumo del alcohol y sus consecuencias, recuerdan que los niños y niñas, hijos de padres alcohólicos tienen experiencias traumáticas que afectan en no obtener buenas calificaciones en sus clases, tienen mayor incidencia en padecer depresión, ansiedad y estrés, y su autoestima es mucho más baja que la de otros infantes.

El director de la clínica “Restaurando Vidas”, asegura que el otro problema es que mucha gente trae una predisposición genética y en cualquier momento que consuma alcohol, el peligro que desarrolle esa patología es muy elevado, principalmente en los hijos de alcohólicos.

“Yo sí pude dejar de beber”

Se trata de una batalla férrea, pero con compromiso y paciencia se puede dejar de consumir licor, lo más importante es amarse a uno mismo.

Un alcohólico puede dejar de consumir esa bebida, pues según el sicoterapeuta Marvin Navarro, aunque esa enfermedad no tiene cura, las personas pueden aprender a vivir sin tomar licor, que es como una droga. Por eso, Navarro recomienda ayuda profesional.

Fonseca es uno de los pacientes que fue atendido seis meses en la clínica “Restaurando Vidas”, ahora trabaja como gestor aduanero y sus pensamientos se concentran en su familia.

“Aprendí a decir no, o a decir sí cuando se debe, no es fácil convencerme a mí mismo que no puedo, no debo, pero se puede”, dice.

Erick Duarte no recurrió a una clínica o centro de rehabilitación, su fuerza para dejar de tomar licor salió de su familia y de Dios. Ahora visita la iglesia evangélica Pentecostés “8 de marzo”, ubicada en el barrio del mismo nombre.

“Mi esposa, mi mamá, mi suegra son cristianas evangélicas, entonces tomé la decisión de ir a la iglesia y me ha ayudado grandemente, porque tomé la decisión de dejar de tomar y me siento bien”, expresa Duarte, quien ahora espera conseguir un trabajo, pues asegura que es difícil que alguien le dé empleo a una persona en silla de ruedas.

Socorro Estrada decidió cambiar el tiempo que dedicaba al consumo de licor por el de compartir con su familia, cuando una de sus hijas le dio su primer nieto y lo tuvo en sus brazos.

Reflexionó sobre los rechazos que sufrió y la vergüenza que hacía pasar a sus hijos. “Apenas mi hija dio a luz, yo dije hasta aquí nomás, dejo el licor, hasta aquí nomás, aborrezco el licor, no niego que me costó, pero pude”, finaliza.