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Antes que cantara el gallo anunciando el amanecer, Claudia Murillo Flores ya estaba en pie barriendo el patio de la casa, luego encendía el fuego de leña para poner la nesquisa de maíz y partía hacia la escuela. Ésta era parte de la rutina durante su niñez y adolescencia en Nindirí, municipio de Masaya.

Claudia, al igual que muchas mujeres, fue educada en un hogar donde tareas como lavar, planchar, cocinar, limpiar y cuidar al chavalero, entre otros quehaceres, era visto como un trabajo exclusivo para el sexo femenino.

Mientras Claudia y sus seis hermanas hacían los oficios domésticos, sus tres hermanos sólo estudiaban, miraban televisión y jugaban.

Eso era un reglamento. Los varones no tenían que hacer nada de la casa porque eso era trabajo de mujer, nos decía mi mamá, recuerda Murillo, ahora profesora y estudiante universitaria de 46 años.

Hace 10 años ella se organizó con la Fundación Nakawé, un grupo que trabaja con mujeres de comunidades rurales de Masaya y Granada. Ahí nos capacitaron y fuimos tomando conciencia de que nosotras valemos. Hay que quitarse la albarda de encima porque no somos las únicas que podemos hacer las cosas de la casa, afirma Murillo, quien vive con su hija de 19 años.

Cambios en marcha.
La Fundación Nakawé tiene 17 años de funcionar en Nindirí, municipio de Masaya, y trabaja con aproximadamente 500 mujeres urbanas y rurales de este departamento y Granada, cuenta Jeanette Vásquez, su coordinadora.

Sus temas de trabajo:

Participación ciudadana para el desarrollo local, salud integral de la mujer y el programa de liderazgo, donde se aborda autoestima y programa de desarrollo económico.

Entrenadas para estas labores

Aunque siempre se ha visto como natural la repartición de las tareas más del lado de la mujer, la profesora expresa que con las capacitaciones tomó conciencia de que esto se debe a la forma tan diferente en que se educa a mujeres y a hombres.

Según su reflexión, lo que pasa es que la sociedad inculca ideas que relacionan el ser mujer con ser madre y tener una actitud de servicio hacia las demás personas. En parte, esto se debe a la educación y los mensajes recibidos desde chiquitas, no es casual que a las niñas se les promuevan juegos como chinear muñecas, preparándolas para ese rol en el futuro. Y encima, se dice que por naturaleza las mujeres saben criar y manejar todo lo de la casa.

Ideas como las anteriores validan la recarga de trabajo de muchas mujeres, esa famosa doble o triple jornada, porque quienes además tienen un empleo fuera de la casa, asumen que antes está el deber de alistar al chavalero, dejar hecha la comida y resueltos los asuntos del hogar. Al regreso de su trabajo remunerado, es probable que le espere la cocina, revisar tareas escolares y dejar todo listo para el día siguiente, como parte de su agenda diaria.

Y si tiene dinero para pagar, en muchos casos es la mujer quien se encarga de coordinar el trabajo de la empleada doméstica, ya que eso no es visto como una tarea masculina.

Así, las aproximadamente 12 a 18 horas diarias que las mujeres dedican al hogar resultan invisibles para el resto de la sociedad. En las capacitaciones nos preguntaban ¿ustedes trabajan? y nadie levantaba la mano, porque nosotras mismas no mirábamos lo que hacíamos. Ahora inmediatamente la alzamos, porque estamos conscientes de que todas trabajamos, aunque no nos paguen, reflexiona Murillo.

Además, o no se paga o se paga mal, enfatiza la profesora, y agrega que no tenemos seguro social por hacerlo y nos deja más propensas a que nos vaya mal cuando envejecemos.

Reconocer la verdad
Las tareas que se realizan en el hogar, como lavar, planchar, cocinar, limpiar, atender a las niñas y los niños, cultivar la huerta, ver a los animales, ir al mercado, hacer gestiones como pagar facturas, ocuparse de personas enfermas o con discapacidad; además de educar y cuidarlas material y emocionalmente se llama trabajo reproductivo, explica Martha Juárez, de la Fundación Puntos de Encuentro.

Son actividades que garantizan el buen funcionamiento del hogar y el bienestar de las personas. Lo pueden desempeñar hombres y mujeres sin importar el sexo, aunque nos hayan dicho otra cosa, acota Juárez.

Ideas como las que mencionamos antes impiden que los hombres asuman el cuido de sus hijas e hijos y se responsabilicen de su propio cuido. Así es que algunas veces el hombre que hace la comida, atiende a sus hijos, lava los platos o su ropa es señalado como marica o se dice que está dominado por su mujer, explica Jeannette Vásquez, Coordinadora de la Fundación Nakawé.

Además, se espera que las mujeres realicen este trabajo por amor, y aunque no genera dinero, es el que garantiza que todas las demás personas salgan a hacer el llamado trabajo productivo, reflexiona Vásquez. Por eso es importante estar claras que amar no es ser esclava y que sin este trabajo la sociedad no podría funcionar, por lo que hay que reconocer su importancia, añade.

En el hogar se garantiza el bienestar de las personas que salen a hacer el trabajo productivo, ya que es aquí donde se les asegura alimentación, ropa lavada y planchada para que estén a tiempo, presentables y con energía para trabajar. Además que aquí es donde se transmiten valores a las niñas y los niños, destaca Juárez.

¿Qué pasa si las mujeres se quedan en la casa?
Cuando a las mujeres se les limita la vida, ubicándolas en la casa para atender a la familia, eso afecta nuestros derechos, expresa la coordinadora de Nakawé. Y agrega que al no permitir que las mujeres se desarrollen en el mundo público nuestra vida se puede estancar, afirma.

En muchas familias es normal que la hija mayor deje los estudios para cuidar de la casa y de sus hermanos menores, ya sea porque la mamá enfermó o porque sale a trabajar al campo o al comercio informal, ejemplifica Vásquez.

También está el tema de que cuando se queda embarazada y sin siquiera preguntarse si es justo la sociedad, el futuro padre y las mismas mujeres asumen que la principal cuidadora debe ser la madre. En vez de dividir en partes iguales una responsabilidad que es de los dos, insiste Vásquez.

En primer lugar ser madre cuando una mujer lo decida debe ser un derecho, pero tampoco la maternidad tiene que significar que la vida se acaba. Hay que buscar la manera de distribuirse de forma justa las tareas y que tanto la mujer como el hombre puedan cumplir sus sueños de estudiar, trabajar y crecer como personas en todos los planos de la vida.

Claudia Murillo es un buen ejemplo de esto. Después que hizo la reflexión con su propia familia, entre todas las personas se dividieron las responsabilidades, comenzó a estudiar y a hacer otras actividades para su propia satisfacción personal.

Ahora voy a la universidad los sábados donde saco una especialidad en Preescolar, imparto Educación para Adultos y soy promotora de salud reproductiva en mi comunidad. Desde entonces mi vida cambió, finaliza muy orgullosa.

No es ayuda, ¡es un deber!
El trabajo reproductivo es una responsabilidad que debe ser compartida y les incumbe a hombres y mujeres, dice Johnny Jiménez, de la Asociación de Hombres Contra la Violencia, por lo que han incluido este tema en las capacitaciones que hacen con jóvenes y adultos de distintos puntos del país.

“Hay que reconocer que es una injusticia y que debemos perder privilegios”, dice Jiménez. Y añade que en principio hay que promover la valoración del trabajo doméstico que hacen las mujeres y que éste debe ser dividido por igual entre todos los miembros del hogar. Nadie tiene corona de oro, comenta.

“Es un deber porque se convive en la misma casa y si no quiere hacerlo que pague empleada, indica Jiménez de forma tajante y cuando asumimos, hay que cuidar de no hacerlo de forma autoritaria, sino respetuosa”, finaliza.

Justicia en la casa
A sacar cuentas. Escriba en una hoja de papel un listado a dos columnas con los oficios que realiza un hombre y una mujer en el hogar durante las 24 horas. Esto ayuda a visibilizar quién asume la mayor carga de trabajo para luego hacer una división más justa.

Reflexionar en grupo. Conversar con la familia entera y en especial con los hijos y el marido reforzando la idea que el trabajo doméstico no tiene sexo. Además, compartir las responsabilidades es una buena manera de demostrar consideración. Los niños aprenden del ejemplo: si ve que su papá hace oficios, él lo imitará.

Educar en la igualdad. Sin importar el sexo, las personas pueden asumir cualquier tarea, oficio y profesión. Por eso se recomienda no mandar a las niñas a lavar platos y a los niños a botar la basura, hay que turnarse para hacer de todo. No es cierto que las mujeres son mejores cocineras y más ordenadas por naturaleza, eso se aprende, y los hombres también pueden hacerlo. Asignarles tareas les ayuda a ser independientes y a ver las tareas domésticas como un trabajo de equipo.

Tomar en cuenta la edad y capacidades. No se debe cargar a una niña o un niño con tareas que no van acorde con su edad, para no irse al extremo de explotarles o humillarles.

Oídos sordos a las críticas. Las mujeres no son haraganas por querer que el resto de la familia asuma tareas, esa es una idea machista que trata de mantenerlas sometidas a los quehaceres sin más vida que servir a las demás personas. Hay que recordar que la responsabilidad es de toda la familia, no sólo de las mujeres.

Deber del Estado
Es un deber del Estado promover que se valore el trabajo reproductivo a través de la educación pública y con proyectos educativos que amplíen las oportunidades de las mujeres, en lugar de restringirlas a roles tradicionales vinculados al cuido de la familia y al ámbito doméstico.

Cada una de las tareas domésticas tiene un precio en tiempo, esfuerzo físico, sicológico y emocional que debe valorarse como un aporte de las mujeres a la riqueza y al Producto Interno Bruto nacional. Pero como no se reconoce el valor económico del trabajo que hacen las amas de casa, esto no se refleja en las cuentas nacionales, expresa la investigación Mujeres Nicaragüenses: cimiento económico familiar, publicada en 2008 por la Fundación para el Desafío Global, Fideg.

La Fundación Nakawé se encuentra ubicada en Nindirí, del parque de la iglesia Santa Ana, media cuadra al norte. Tel. 2522 -3671, correo electrónico: fundacion.nakawe@gmail.com
Tomado de la revista feminista nicaragüense La Boletina, edición 78.

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