•  |
  •  |
  • END

En febrero de 1957 vi la firma impresa de Juan Iribarren como autor de una composición en verso que, con motivo del centenario de la Guerra Nacional antifilibustera, traía una memoria escolar. Esta poesía me causó una grata e intensa emoción: Al arma, granadinos, / intrépidos pelead, / por vuestra cara Patria, / por vuestra libertad (…) – comenzaba. Y nunca la olvidaría.

Referencias iniciales

Sin embargo, mucho antes de esa lectura, algunos conocían a Iribarren. Coetáneo del cronista Jerónimo Pérez (1828-1884), había figurado fugazmente en la principal obra histórica de aquél: Memorias para la historia de la revolución de Nicaragua (1867). Aludiendo a la guerra civil de 1854 entre legitimistas y democráticos. Pérez escribía: “Cuando la guerra amenazaba de muerte al Gobierno y al bando conservador en Granada: cuando allí no había tropas con qué hacer la defensa; cuando los pocos militares que había daban a conocer que el honor y sólo el honor les obligaba a estar en su puesto, un joven de talento raro, de imaginación ardiente, de alma bella y de constitución muy delicada, don Juan Iribarren, inspirado del genio, que al poeta revela en ciertos rasgos del porvenir, prorrumpió estos versos, cuya canción animaba a todos en el combate”.

A continuación, Pérez reproducía el poema cuya estrofa inicial he transcrito. Asimismo, Iribarren había sido incorporado a una vasta obra de referencia política e intelectual de la época: la del chileno José Domingo Cortés: “Poeta de la República de Nicaragua, a quien arrebató la muerte muy joven. Dejó algunas composiciones notables por su inspiración” –consignó Cortés en su Diccionario biográfico americano (2ª ed., París, Tip. Lahure, 1876; la es el año anterior).

Y de nuevo Pérez suministra dos datos sobre Iribarren: que había introducido el zacate para Granada y se había destacado entre los grandes literatos del país; al respecto, en sus “observaciones dirigidas al público sobre la carta de Monsieur Levy”, escribe: “¿...cuántas imágenes poética no pudiera citar de Iribarren? Iribarren, joven aún, festivo como un francés, pensador como un alemán, sentimental como las cañas musicales de la bella Italia. Iribarren, poseedor de los idiomas principales, y tan culto que le recibió con agrado el inmortal Pío IX. Su canto, Nicaragua, Nicaragua, Patria amada no deja nada que desear, como también su muy bello canto que dirigió a Laureano Pineda cuando dejaba el poder: Como el sol que se oculta en la tarde / De un hermoso, apacible verano / Y se ostenta radiante y ufano / A los mundos que vida les dio…”

Un joven pálido con aires de intelectual
Los anteriores constituyen las referencias iniciales existentes sobre Iribarren. A ellas habría que agregar tres más del siglo XIX y cuatro del XX. La cuarta tiene de autor a E.G. Squier (1821-1888), quien en su Nicaragua, ist people, scenary, monumenta and the proposed interoceanic canal (1852) no cita su nombre; pero, de acuerdo con la tradición granadina, Iribarren era el joven pálido con aires de intelectual que enseñaba en la casa de habitación del comerciante jamaiquino Federico Derbishire a los hijos de éste. Squier anota: In the corner of the corridor were two or three movable desks, where Don Federico′ s children were engaged in ther afternoon lesson with tutor, a pale, intelectual looking young man (En un ángulo del corredor dos o tres pupitres en que los niños de don Federico dejaban los sesos estudiando las lecciones de la tarde con su tutor, un joven pálido con aires de intelectual).

La quinta pertenece al primer antólogo de la poesía nacional: el salvadoreño Félix Medina (1857-1943), quien dice acerca de Iribarren en su Lira nicaragüense (1878): “Nació en Granada y educóse en la misma ciudad. / Hizo siete viajes al exterior visitando lo más notable de los Estados Unidos y Europa. En uno de ellos fue comisionado para celebrar el Concordato entre esta República y la Santa Sede. / Murió en la flor de su edad, el 20 de enero de 1864. / Sus restos fueron sepultados en la iglesia de San Francisco de la misma ciudad de su nacimiento”.

La sexta referencia se le debe al guatemalteco Antonio Batres Jáuregui en su Literatura americana (1879), donde reseña brevemente su vida e inserta, al igual que Medina, el poema romántico por antonomasia del vate granadino: “Sáficos (A la señorita Ana Toledo)”. La séptima data de 1910 y es anónima; localizada en el Boletín de El Diario Nicaragüense, difunde la composición de Iribarren “A la terre de la Merced”. La octava se lee en la Corona fúnebre del Dr. Adán Cárdenas (1918) y reitera que la misión oficial de Iribarren a Roma fue ante Pío IX.

Un autor inspirado y notable de la lucha contra Walker

La novena referencia corresponde a la del cónsul de Nicaragua en París, Desiré Pector, en sus Regions insthmiques de L′ Amerique Tropicale (1925), “Figuret parmi les musiciens notables: la maestro Marcelo Lacayo (1820-1888) de Granada, qui tut violinista, chef de orchestra, compositeur de Al arma, granadinos, Ya el bandido del Norte prepara…”O sea, que la música de estas dos poesías de Iribarren había sido compuesta por el violinista y director de orquesta granadino Marcelo Lacayo. Y la décima pertenece al doctor Carlos Cuadra Pasos, en cuyos “Cabos sueltos de mi memoria” (1962) se define a Iribarren como un cantor inspirado y notable de la lucha contra Walker. Desgraciadamente –se lamenta– no hay un tomo de esa sonora, ardiente y patriótica poesía.

Bajo la tutela de don Fruto Chamorro
Cuatro años después, el suscrito recogería 22 poemas de Iribarren, y publicaba su testamento anotado, en Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano (num. 69, junio, 1966), precedidos de una amplia introducción donde fijaba los nombres de sus progenitores: el criollo de origen gallego y de oficio platero Fernando Somoza y Juana Iribarren, de ascendencia vasca, ama de llaves de la familia de don Fruto Chamorro. Por eso el hijo ilegítimo, que en realidad había visto luz en Masaya el 9 de septiembre de 1827 –de acuerdo con su partida de nacimiento, descubierta posteriormente por el doctor Alejandro Bolaños Geyer– fue educado y protegido por don Fruto. Más aún: compartía los mismos privilegios de las hijas del líder conservador: Mercedes, Jacinta, Josefa, Carlota, Adela y Carmen, a quienes Iribarren profesaba un explicable amor fraternal.

Mientras tanto, había estudiado en la Universidad de Granada, de la que sería Secretario y en 1858 contraído matrimonio con Bernabela Bermúdez, procreando tres hijos, de los cuales morirían dos en temprana edad. Formó dos compañías comerciales, una de ellas con Joaquín Zavala. Después de su misión oficial a la Santa Sede, donde recibió una cruz plana de condecoración, escribió –ya enfermo de los pulmones– una “Oración fúnebre” –toda una biografía exegética del general Fernando Chamorro Alfaro, héroe de la Guerra Nacional antifilibustera– y falleció en Granada, como se dijo, el 20 de enero de 1864, a los 36 años, cuatro meses y 21 días. Fue enterrado junto a la tumba de su madre, fallecida el 27 de noviembre de 1856, en uno de los corredores de la iglesia de San Francisco; la siguiente inscripción había sido escrita por su hijo: Descansa en paz querida madre mía / Y si en la mansión en donde te hallas / Conservas alguna memoria de este mundo / Conságrame un recuerdo.

“Contra los filibusteros”

Asimilando la poesía española del siglo XIX, tanto la de carácter cívico (Quintana, Jovellanos, Meléndez Valdés) como la romántica (Zorrilla, Bécquer), Iribarren llegó a ser el poeta de la guerra nacional contra el filibusterismo esclavista, como lo expresó al menos en cinco poemas, entre ellos “Contra los filibusteros”, “Despertad granadinos” y “Al capitán don Francisco Sacasa” (muerto en San Jacinto). En otras palabras, transformaría su emotiva inspiración en sonora arma bélica al servicio del país, asediado por “los fieros beduinos del Norte”, como llamó a los invasores en el primer poema citado. Este se entonaba en las trincheras y noches de vivac con música de “La Marsellesa” y fue considerado el himno de guerra de las tropas nacionales y centroamericanas; de allí su estribillo: “Centroamericanos / El arma empuñad / Y morid peleando por la libertad.

En “Contra de los filibusteros” –datado en Boaco el 30 de septiembre de 1856- Iribarren señala la esclavitud, inherente al proyecto político de Walker y de los estados del Sur de los Estados Unidos (Al que negro nació, como a hombre / de inferior condición lo desprecian); reconoce nuestros recursos potenciales (A la industria extranjera ofrecemos / nuestras fértiles tierras y lagos) e indica la causa del ardor anti-intervencionista de todo su pueblo (y los yankees nos traen en pago/exterminio, despojo, ambición) para sentenciar: Guerra a muerte a esos viles ingratos / guerra al yankee de robos sediento. / Que reciba un severo escarmiento / su perfidia, su horrible traición.

En el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (num. 62, agosto-octubre, 1989) volvió el suscrito a compilar los poemas de Iribarren, esta vez con cuatro más, distribuidos en cinco secciones temáticas: “Los fieros beduinos del Norte” (cantos patrióticos), “La muerte cruel con golpe repentino” (composiciones necrológicas), “Pobre, infeliz trovador” (composiciones románticas), “De alborozo gritaba, cual niño” (varia ocasional) y “Al arma, granadinos” (arengas bélicas localistas). Una de ellas tuvo de título “A la torre de Merced”, escrita en el contexto de la guerra civil de 1854: ¡Oh torre, oh gran baluarte / Del pueblo granadino! / Tu cúpula levantas / al cielo zafirino; // Y desde tus almenas / Orladas de cañones, / Vomitas horror, muerte / En Mochos y Chelones. // El vándalo no puede/Mirarte sin temblar; / Por eso tu alta cima / Se afana en derribar; // Mas cual gigante herido / Por mísero pigmeo, / Te burlas y desprecias / Su débil cañoneo.

“Al capitán don Francisco Sacasa”

Otro poema de carácter patriótico fue el dedicado “Al capitán don Francisco Sacasa”, un soneto: Por dos veces en lucha fratricida / Corrió tu sangre noble y generosa, / Mas dos veces muerte respetuosa / Su guadaña depuso, tan temida. // ¡Ah! No debía tu apreciable vida / Acabar en contienda tan odiosa; / No debía una tumba tenebrosa / A tus restos servirle de morada. // Una página de oro en nuestra historia / Reclamaba tu espada vencedora / I debía un laurel de eterna gloria // Tus sienes coronar en tu última hora. / Disputándose tu patria al extranjero / Exhalaste tu aliento postrimero. Sacasa había llegado a San Jacinto el 12 de septiembre al mando de un contingente de indios flecheros de Matagalpa.

“Ninfa divina del fugaz Mayales”

De sus composiciones románticas, la más representativa resultó “A la señorita Ana Toledo”, articulada por la ilusión inicial: Ninfa divina del fugaz Mayales, /Fragante rosa que Juigalpa cría, / Hurí preciosa de los ojos negros. / Oye mi canto. // Prófugo, errante y con el alma triste / Pasé yo un día y te miré un instante, / Mas ¡ay¡ tu imagen desde entonces sigue, / ¡Sigue mis pasos¡ // Tu tersa frente de nevada albura, / Tus negros, dulces y brillantes ojos, / Tus labios tiernos que la rosa envidia / ¡Do quier los miro¡ // Tu voz recuerdo que sonó en mi oído, / Cual son del arpa en solitaria noche, / Quisiera oirlo, mi Toledo hermosa / ¡En este instante¡ // Quizá yo entonces te cantara trovas, que tú mi bella, con placer oyeras, / El eco blando de tu voz divina / Sonando en ellas.

Enseguida, presentaba el choque con la realidad: Pero la ausencia de mirar me priva / Tus bellas gracias, tu mirar de fuego, / Y sólo y triste por el mundo vago, / En ti pensando. Y concluía con el de-sengaño doloroso: Mas tú entre tanto mi adoraba esquiva / Tal vez no piensas en el pobre bardo / Que como el cisne sus amores canta / ¡Y luego muere!
Otros versos memorables podrían transcribirse del canario granadino, como lo bautizó Jerónimo Pérez; Pero a las fuentes citadas –por el limitado espacio de esta página– remito al lector. No obstante, citaré el final de su poesía “Sobre la tumba de mi madre” (Granada, 1858) que se explica por sí solo: No más, no más en el materno seno / Reclinaré mi dolorida frente, / Ni sentiré tu mano dulcemente / Mi cabello amoroso acariciar. / Y aquel corazón de quien yo fuera / Un ídolo de amor y de ternura / Helado ahora en esta sepultura / No volverá jamás a palpitar.