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Una espesa neblina amaneció sobre Diriamba, haciendo borrosas las casas y grises las siluetas de la gente que ese viernes, 11 de noviembre de 1960, se disponía a sus tareas cotidianas. Los tramos del mercado fueron abiertos con la misma puntualidad, la panadería vendió sus variedades, la leche terminó temprano, los vendedores ambulantes ensayaron sus pregones en la calle, los maestros hacían tiempo a sus alumnos, y los obreros y oficinistas se dirigían a sus trabajos.

Cerca del parque, la Sanidad, la Alcaldía y el Correo iniciaron sus labores, y el cuartel de la Guardia Nacional no tuvo que abrir sus puertas, porque nunca las cerraba. Aparte de ser una mañana más fría y brumosa que de costumbre, nada presagiaba que algo espectacular alteraría ese día la calma rutinaria de la ciudad, de la vecina Jinotepe, y de la nación entera, sin embargo, la conspiración estaba en marcha, y su estallido era cosa de horas.

Don Rafael López Nicaragua, uno de los pocos combatientes que sobreviven 50 años después de la toma de los cuarteles de Jinotepe y de Diriamba recuerda aquellos sucesos: “Un domingo nos reunimos un grupo de jóvenes en Santa Gertrudis, finca ubicada entre Diriamba y Las Esquinas. Allí estuvimos Julio Rocha Idiáquez, Vidal Jirón, Livio Bendaña, Francisco Gutiérrez Medina, Arnoldo Díaz, Herty Lewites, Fernando y Edmundo Chamorro Rappaccioli, y este servidor. Supimos que la rebelión sería generalizada en toda la república para sacar a Somoza del poder. Todos juramos ir hasta el final, y cada uno asumió la tarea de reclutar a un combatiente. La macolla por persona era de cinco, lo que nos daría un total de cuarenta y cinco hombres. Lo mismo harían en Managua, Jinotepe, Granada, y Rivas...”

“Fernando Chamorro era el enlace con los dirigentes opositores de León, y Edmundo atendía el sector de Carazo, que coordinaba con Herty Lewites y Manrique Zavala, de Granada. Nos entrenábamos en los cafetales de San Vicente, finca de don Reynaldo Lacayo. Habíamos comprado un rifle Garand, y teníamos una vieja ametralladora M3. Aprendimos lo básico, porque ninguno de nosotros era militar. Un día, a las siete de la noche, Mundo, su otro hermano, Silvio, y tu servidor, salimos en el Land Rover para Rivas, donde Mundo se reunió y le dio un dinero a Manuel Pastora, quien era el enlace que había metido las armas que Indalecio Pastora dejó enterradas en Costa Rica, todas sarrosas. De allí nos fuimos para Sapoá, cerca de la frontera tica, hasta llegar a un lugar donde nos detuvimos, levanté la capota del jeep y fingí que estaba reparando…”

“Después que confirmamos que no había señales de peligro, nos metimos en una montañita donde estaban dos hombres y un chavalo con tres mulas. Ya habían descargado los sacos con las armas y las municiones. Los montamos al jeep y nos regresamos a Diriamba. Era un invierno crudo, y como a las dos de la mañana, pasamos frente al cuartel de la Guardia en Jinotepe, con el Land Rover hasta la joroba de armas; llegamos a la casa de los Chamorro, metimos el jeep, bajamos las armas y las escondimos. Eso fue como un mes antes del 11 de noviembre. Después, una noche nos reunimos en Diriamba, en la casa de Julio Rocha, donde acordamos que atacaríamos el 11 de noviembre…”

El asalto al cuartel de Jinotepe
Antes de las tres de la tarde del 11 de noviembre, de la residencia de los Chamorro Rappaccioli salió una camioneta de tina, donde, cubiertas con una alfombra, van seis ametralladoras M-3, una sub ametralladora Thompson, varios fusiles Mausser, y una carabina San Cristóbal, hecha en República Dominicana, en tiempos de Trujillo.

El vehículo lo conduce Silvio Chamorro, acompañado de sus hermanos Edmundo, Fernando y Emiliano. Las armas las trasladan a la finca San Ramiro, en las afueras de Dolores, entre Diriamba y Jinotepe. De ser interceptados por la Guardia, deben fajarse a balazos.

Antes, Fernando, el “Negro” Chamorro, había trasladado allí a varios diriambinos, entre ellos a César López, el “Manudo”, hermano de don Rafael. Herty Lewites había llevado gente de Jinotepe. A las tres de la tarde catorce hombres estaban listos para iniciar la rebelión.

Minutos después de las cuatro, los estruendos de fusilería de los insurgentes despedazaron la bucólica calma de la población jinotepina. En zafarrancho de combate, los alzados saltaron de la camioneta, y penetraron al cuartel de la G. N. por las puertas del costado sur, provocando las primeras bajas de alistados, mientras los demás, impulsados por la ebullición de sus adrenalinas, lograron armarse, desatándose una encarnizada y estridente balacera adentro de las actuales instalaciones de la UNAN-Carazo, donde combatían Edmundo, Silvio y Fernando Chamorro, Vidal Jirón, Carmen Rosales, Rafael López, Orlando del Carmen, Diego Manuel Robles, y otros insurrectos.

De manera simultánea, en otro vehículo, Julio Rocha, Reinaldo Rosales y otros alzados, siguieron hasta la Sala de Guardia, frente al parque, disparando contra el cuartel para neutralizar una ametralladora 30-30, ubicada en la azotea del torreón, mientras Emiliano Chamorro, Vladimir Flint, Plutarco Silva y otros, se parapetaron en la estación del ferrocarril, detrás del parque, disparando sus Mausser.

En el fragor del combate cayó Reinaldo Rosales. Otros combatientes, entre ellos Auxiliadora Parrales y Lila Aguilar, se tomaron el Palacio Municipal, en el centro de la ciudad, donde estaba el correo, impidiendo que solicitaran refuerzos a Managua.

A los pocos minutos de combate fueron capturados el coronel Rodolfo Dorn, comandante de la plaza, el capitán Bernardo Mendieta, un teniente y dos sargentos. El coronel Dorn fue obligado a ordenar la rendición de su tropa cuando Vidal Jirón, después de reducir a tres guardias que defendían el torreón, se apoderó de la 30-30, y desgajó una convincente ráfaga de 150 balazos que astillaron las posiciones de la guardia y doblegaron la arrogancia somocista.

Después de la rendición, los jefes rebeldes ocuparon el arsenal, armaron a sus combatientes, y los distribuyeron dentro y fuera del cuartel. Algunos no sabían usar las armas, imprevisto que solucionaron obligando al sargento Herrera a que les enseñara los mecanismos de disparo, y hasta el arme y desarme de campaña. Manrique Zavala se había incorporado con su gente, y unas seiscientas personas se acercaron al cuartel pidiendo armas para combatir, motivados por el antisomocismo arraigado en los nicaragüenses e inspirados en el reciente triunfo de la Revolución Cubana.

La noticia de la rendición de la guardia corrió como reguero de pólvora por la ciudad y por el país, y fueron capturados muchos somocistas, incluido el alcalde, Mario Arana Román. La población daba refrescos y comida a los alzados, mientras los jefes del movimiento organizaban la defensa de la ciudad, pero no tenían ninguna noticia de los alzamientos previstos en el resto del país.

El asalto al cuartel de Diriamba
Después de quedar la plaza de Jinotepe bajo las órdenes de los insurrectos, las miras de los fusiles apuntaron hacia Diriamba, emblemática ciudad del altiplano de los pueblos, cuna de Diriangén y El Güegüense, símbolos de la resistencia del pueblo nicaragüense. Hacia allá se dirigieron los Chamorro y otros alzados, armados con rifles calibre 30, Browning y granadas de mano.

Al llegar a la ciudad, se unió un grupo que esperaba su oportunidad para combatir a la Guardia. Con rápidos y envolventes movimientos militares se apoderaron del cuartel, apresaron a la guarnición, y tomaron posiciones en los edificios vecinos, asegurando una amplia cobertura visual y de movimientos para enfrentar la inevitable respuesta de la elite militar de la dictadura, concentrada en el Batallón de Combate “General Somoza”.

El contraataque de la Guardia Nacional
A las seis y media de la tarde se oyeron las sirenas de tres radiopatrullas al mando del mayor Guillermo Sánchez Roiz, las que fueron recibidas a balazos por los hombres apostados en el costado derecho de la Basílica de San Sebastián y en los edificios adyacentes. Aquí se dieron las primeras bajas de la guardia.

El mayor Sánchez logró penetrar a las oficinas del Correo y desde allí, con un alistado, enfrentó a los insurgentes y solicitó refuerzos a la Loma de Tiscapa. Al poco tiempo los aviones de la Fuerza Aérea de Nicaragua, hicieran sus primeros vuelos de reconocimiento.

Una humillación de semejante calibre, contra la “invicta” Guardia Nacional exigía la inmediata recuperación de los cuarteles a cualquier costo. El alto mando militar ordenó al capitán Fernando Guadalupe Ocón Matus la reconquista de Diriamba, y al capitán José Fanor Cruz, la de Jinotepe. El capitán Ocón salió hacia Diriamba a las siete de la noche, con cuatro transportes, en los que viajaban 5 oficiales y 120 alistados del Batallón de Combate General Somoza, con los que organizó 4 pelotones de 30 listados: 3 de infantería y 1 de Comunicaciones.

El grupo de exploración llevaba motociclistas, un carro patrulla de enlace con las tropas, un pelotón de infantería de punta de vanguardia, seguido por otro de infantería. Al centro de la columna iba el pelotón de trasmisiones, y en la retaguardia otro de infantería.

La punta de Vanguardia iba comandada por el subteniente Jacobo Ortegaray; el pelotón de Trasmisiones, por el teniente Alberto Luna; y el de Retaguardia por el subteniente Orlando Taleno. El teniente Sebastián López estaba de segundo al mando, con un sargento primero, un operador de radio, y cuatro rasos para mensajeros y enlaces.

En Las Esquinas reorganizaron las tropas: cada pelotón y grupo de mando tendría cinco fusileros, equipados con radios, serían exploradores y facilitarían las trasmisiones. Luego iría un agente de enlace, seguido por un pelotón de infantería al mando del subteniente René Barberena, y después otro pelotón de infantería.

La marcha fue a paso forzado sobre la cinta de asfalto, donde al unísono retumbaban las botas militares, acompañadas de los resoplidos de los soldados, que en la oscuridad semejaban el desplazamiento de una gigantesca serpiente prehistórica y sanguinaria desplazándose hacia Diriamba, con la premeditada intención de despedazar a los combatientes que se habían tomado la Capital del Mundo, como la llaman los diriambinos.

En las cercanías de la hacienda La Palmera, el ofidio gigantesco fue alcanzado por los carros blindados, proveyéndolos de un equipo de radio a cada uno, y asegurando la comunicación entre la tropa y los carros, cautela más que justificada, pues la guardia sabía del arrojo de los revolucionarios, pero no la cantidad que se había apoderado y empoderado de Diriamba. Y entraron a la ciudad: uno de los blindados, protegiendo a un pelotón de infantería, se dirigió hacia la torre del reloj, donde creían que había francotiradores; otro blindado dobló en la esquina del Teatro González, hacia el Oeste, en dirección al cuartel, protegiendo a otro pelotón de infantería; detrás iba el grupo de mando, el pelotón de Trasmisiones y el pelotón de reserva, quien dobló hacia la calle del Hotel Majestic, rumbo al cuartel, donde minutos después ocurrirían encarnizados combates.