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El calor de la improvisada fogata de media noche, hace ya varias horas dejó de calentarlos. Entre la penumbra escasamente se logran distinguir los bultos, pero ahí están. Los delata el olor a ropa vieja y a amoníaco que flota en el ambiente.

Son las 4:30 de la mañana, y la calle bulliciosa de día, está desolada y perezosa. Pese al frío de las horas que anteceden al alba, todos duermen. Unos de forma ligera, otros a plomo.

Por colchón tienen la acera de esa calle momentáneamente desértica. Por cobija, los más afortunados uno que otro trapo de los pocos que poseen, mientras que el resto, echan mano del siempre bienvenido papel periódico. No faltan quienes se apilan entre sí para abrigarse.

Descansan a piso puro, y a los pies del portón de hierro que sólo se abre dos veces en el día. Les han dicho que el que no está en la fila a las 7:00 de la mañana no logrará ingresar, y si bien a la 1:00 de la tarde se abrirá de nuevo, será sólo para despedir a los que entraron.

Ni en la madrugada ni a ninguna otra hora, la casa del portón de hierro parece lo que es. Las puertas y ventanas del resto de la propiedad parecen clausuradas. Así, la fachada le da un aire de melancolía y de abandono.

De vez en cuando, el destello de un foco de mano ilumina los bultos. La luz llega del otro lado del portón, de adentro. Pero no pasa nada. Es sólo la señal de que un ojo los vigila. En una hora, el silencio reinante así como la madrugada disminuirá hasta extinguirse, y con los primeros rayos de sol, esa arteria del mercado más grande de Nicaragua, El Oriental, será un ir y venir de gente y de vehículos apresurados.

Antes sí de que eso ocurra, el portón de hierro se habrá abierto, los cuerpos abandonarán la acera convertida en dormitorio, entrarán a la casa, y bajo techo, deberán estar bañados como una condición para recibir el único plato de comida decente que consumirán en el día.

Sin registro
Como ocurre con muchos otros datos oficiales, no hay forma de conocer con exactitud el estado de la indigencia en Nicaragua. En 2006, varias organizaciones de la sociedad civil elevaron a alerta los datos de pobreza de este país. Entonces se dijo que cerca de dos millones de nicaragüenses vivían como indigentes o por debajo de la línea de la pobreza extrema.

El entonces Instituto de Estadísticas y Censos, INEC, desconoció la alerta, diciendo que sus números indicaban que la cifra estaba a la mitad, o sea un millón de personas. El estudio más reciente sobre el estado de la pobreza en el país, presentado a finales de agosto de este año por la Fundación Internacional para el Desafío Económico Global, Fideg, que dirige Alejandro Martínez Cuenca, y que fue financiado con fondos suizos y holandeses, tampoco establece un número exacto de indigentes.

De acuerdo con los números de Fideg, en la actualidad, el 9.7% de la población, poco más de medio millón de personas, vive en Nicaragua con menos de un dólar por día, y por no tener la posibilidad de consumir las 2 mil 295 kilocalorías --que es el estándar de medición alimenticio-- son considerados pobres extremos.

“El problema” --dice Enrique Alaniz, Director de Investigaciones de Fideg-- “es que no podemos asegurar que este pobre extremo viva en la calle, puede que tenga una vivienda. Si es así, no podemos decir que este pobre extremo es un indigente”, aclara. “La rigidez del instrumento de medición me prohíbe considerar que en Nicaragua 9.7% de las personas viven en la calle”, reitera.

Cirilo Otero, sociólogo y economista de profesión, comparte a medias la timidez de Fideg. Señala que es imposible creer que alguien que vive con menos de un dólar por día, tenga una vivienda. “Es válido lo del instrumento, pero basta asomarse a estudios de pobreza anteriores y te das cuenta de que, en el país, pasamos del medio millón de indigentes”, explica.

Según la Encuesta de Medición de Nivel de Vida, EMNV 2009, realizada por el Instituto Nacional de Información para el Desarrollo, Inide, el ente estatal de las estadísticas (antes INEC), la pobreza extrema pasó de 17.2% en 2005 al 14.6% en 2009, es decir, unas 876 mil personas sobreviven con menos de ese dólar al día. “Eso ratifica el hecho de que hay más gente debajo de esa línea, de que habría más indigentes, de que podemos estar cerca del medio millón”, sostiene Otero.

El mundo aparte de las cifras
A las 5:55 de la mañana, “los bultos” han cobrado vida. La primera en descubrirse es Jessica Daniela. Tiene 23 años, y destaca en el grupo por ser siempre la primera en llegar a la casa del portón de hierro. Dice que la mañana está más fría que de costumbre. Se le ve cansada, pero aclara que sólo es “la resaca” de la mañana.

No repara en dar su nombre completo. “Soy Jessica Daniela”, dice, “pero me podés decir ‘La Negra’. Es mi apodo y no me apena”, agrega. La plática despierta al resto. Siete en total. ¿Y qué hacés durante el día?, inquirimos. Se ríe apenada y aparta a la cara. No contesta.

“El Daddy”, todavía acostado frente a ella, se despega uno de los parlantes pegados a la oreja, y dice a secas: “Es puta”. “Puta, tu madre, yo soy trabajadora sexual”, le reclama ella con mirada pendenciera. A renglón seguido y como si quisiera cambiar algo en la respuesta de su amigo de fortuna, añade: “Pero sólo lo hago por la noche, en el día no, ¡oíste Daddy de mierda!”

“El Daddy” se incorpora y la ve fijamente a través de unos lentes al estilo John Lennon. Pareciera esperar una segunda embestida, pero ella decide bajar la guardia. “El Daddy” se llama Julio. Raya los 21 años, y dice que no le gusta dar el apellido. Regordete, 1.68 de estatura, tiene dos aficiones: la música de Daddy Yankee y las gafas de sol. “Pues sí, soy ‘El Daddy’, por Daddy Yankee”, dice, “éstas me las regaló un amigo”, agrega, señalando con el índice derecho los anteojos de marco redondo y lentes tornasol.

En el otro extremo de la calle, frente a la casa de portón de hierro, está don Juan. “Juanito” le llaman ellos de cariño. 69 años, bajo, y más que rostro cansado se le ve triste. “Todos éstos son unos mulos”, dice sin reparo a que lo oigan. Vive en la calle desde hace 15 años, desde que sus hijos mayores lo calificaron como “innecesario y jodión”. “No es que era jodión, es la artritis que me tiene fregado”, aclara.

Ninguno acepta de entrada que vive como indigente. Todos dicen tener familia, pero que han preferido “probar mundo”. Si de pertenencias se habla, lo que cargan es lo único que tienen. Don Juan cree lo contrario: “No, señor. Soy dueño de mi nombre, tengo un nombre y un nombre es una historia, una vida, pues”, se explica.

“Este viejo no es dueño ni de su sombra”, le grita Jessica Daniela desde el otro extremo de la calle. Don Juan, ¿usted tiene cédula de identidad? --le preguntamos. --“Ahhaa… no, no, tenía, la perdí, pero tenía”, responde. ¿Sabe que personas como usted, que viven en la calle no están reflejadas en las estadísticas de pobreza en este país? --le preguntamos“ --¿Ahaa...? No, no sabía”, reacciona decidido a no discutirlo

A la sombra del General

En otro extremo de Managua, bajo el paso a desnivel de la Laguna de Tiscapa, Byron es el primero en levantarse. El resto, cinco en total, esperarán a que anuncie que el café negro está listo. Tiene 28 años y cinco de vivir ahí. Diez años atrás hacía lo mismo: se levantaba temprano y hervía el café. Entonces vivía en un apartamento en Guatemala, y el café era servido para sí, su mujer y dos de sus niñas en edad escolar. Pero eso es el pasado.

Dice que ha perdido mucho de lo que fue, pero su fascinación por la cocina quedó intacta. En medio de tres piedras bloque coloca papel y plástico, y cuando la fogata está viva, sobre ella pone un tarro de leche “Nido Crecimiento” de 800 gramos. Lo carga de agua y una vez caliente, echa el café, y si hay azúcar también, si no… “amargo también pasa”, dice.

La cocina está en la parte alta del puente, en los predios del parque donde yace una discreta estatua del general José Dolores Estrada, bajo un frondoso árbol de mango. A la par, sobre un trozo como de pavimento, hay varios galones de plástico “decapitados”, algunos con agua, a medio llenar; otros, vacíos. “Es el baño, ahí nos bañamos”, explica. Lo hacemos en la mañanita y con agua que nos regala el autolavado que está a una cuadra de aquí”, agrega.

¿Cómo llegaste aquí? --le preguntamos. --“Por circunstancias de la vida”, responde con tono sereno. Nacido en la Managua violenta de los años 80, su familia entera viajó a Guatemala en busca de “vientos mejores”. Dejó los estudios muy pronto y trabajó primero de mesero. A los años lo atrajo la cocina y llegó a ser ayudante de un chef japonés dueño de un restaurante en el centro de la ciudad. “Aprendí mucho de él, tanto, que después pude trabajar solo”, cuenta.

Dice que se casó también muy joven. Una graciosa guatemalteca se enamoró de “su cuchara”, y procrearon juntos tres niñas. Al amor que le tenía su mujer, aparentemente le ocurrió lo que le ocurre a la comida refrigerada, perdió el gusto, y en una ocasión que volvió a casa temprano y sin avisar, la descubrió con otro varón en la misma cama que por las noches compartían.

“No volví a ser el mismo. Me jodió todo y me lancé a la calle”, dice Byron. El alcohol comenzó a consumirlo hasta que todas las puertas se cerraron. No tuvo más remedio que volver a Managua. “Vivir en la calle aquí es más seguro que en Guatemala”, sostiene.

Sobre sus compañeros, con el que más se lleva es con Ernesto. Tiene 25 años y un aire de niño que recién muda sus dientes, sólo que a él, los cuatro que le faltan no le crecerán jamás. “Me jodió un traido hace años”, se adelanta a decir, como sabido que le preguntaríamos sobre el defecto en su cara. Bajo de estatura, de pelo largo y mal cuidado, Ernesto tiene 17 años de no ver a su familia. “Nací en Nueva Guinea”, dice, “pero ahí no vuelvo ni que me paguen”. ¿Por qué? --le preguntamos --“Me enjarano si llego, broder”.

La respuesta tiene que ver con lo que lo llevó a vivir en las calles: “Mi padrastro golpeaba a mi mama y nos reventaba a nosotros casi todos los días que tomaba. Si veo a ese men, quién sabe broder”, explica.

Pero han pasado 17 años --le comentamos. “Pero hay cosas que no se olvidan”, responde muy resuelto.

El 17 de junio de 1993, a eso de las siete de la noche, el padrastro de Ernesto llegó impartiendo “tajona” a todo aquel que se le atravesaba en el camino. Su madre y él llevaron la peor parte. Esa misma noche Ernesto huyó de su casa, y sin saberlo fue a parar al mercado de Nueva Guinea. Tenía ocho años, usaba chinelas de gancho, un short azul y una camisa verde. Se ofreció de ayudante a un camión que traía perecederos al Mercado Oriental. “Estaba decidido a no volver jamás”, dice.

“Gente de cuido”
Hay dos razones por las que no hay indigente en Managua que no haya oído hablar de la casa del portón de hierro del Oriental: la primera es porque “el noviciado” de la vida callejera en la capital pasa obligatoriamente por ese mercado, y, segundo, porque la indigencia tiene un impresionante tejido de comunicación “boca a boca”.

“Si vivís en la calle, sabés que aquí hay vida”, dice “Clarín”, quitándose de un solo “manotazo” una bisagra de un periódico del 01 de mayo de este año con el que cubre su cara. “Clarín” no tiene aspecto de callejero. Rasurado estilo “hongo”, pelirrojo y achinado, dice que cumplió en febrero 21 años.

No hay duda de que su delgadez le permite movimientos rápidos. Captura en el aire la hoja de periódicos y lee en voz alta el titular del diario: “Ortega saca petrodólares”. Calla dos segundos y continúa: “A ver… money para maestros, enfermeras, mmm… policías. Qué alegre, y la ‘jura’ agarró tajada”, dice, sin volver a ver a nadie. “Clarín” se llama Eloy, y su apodo se lo debe al color de piel. “Clarín viene de claro, de blanco, pues”, explica, mientras estira el brazo derecho para probarlo.

Cogió la calle hace dos años cuando sus hermanos olvidaron que la misma sangre le recorre el cuerpo y cruzaron machetes por una propiedad ubicada en las cercanías al mercado “Iván Montenegro”. Todo empezó con la muerte de la abuela. “La roca no heredó y va el clavo… se jodieron entre ellos, mala onda, porque éramos hermanos, por eso me bailé”, dice. A su madre no la recuerda porque murió en un mal parto, y el padre falleció en un accidente cuando él apenas comenzaba hablar. “Ahora ésta es mi familia”, dice, señalando los seis rostros mugrientos que no dejan de mirarnos.

“Clarín” calla cuando escucha el rechinar de las cadenas con los barrotes del portón. Se abre apenas y se asoma un rostro para ellos conocido. “¿Qué ondas?”, dice “El Daddy”. El rostro no se inmuta. Serio y como mal encarado, pereciera pasar lista con la mente. El hombre se llama David Gutiérrez, y es quien administra la casa del portón de hierro.

La cara de David parece hacer juego con su carácter. Es de pocas palabras y pareciera estar siempre molesto. “Aquí no pedimos nombres, no llevamos lista, no hablamos con ellos ni los juzgamos. Aquí vienen, saben que hay reglas, y el que las rompa solo es echado y no vuelve a entrar jamás”, nos dice, mientras los que eran bultos caminan hacia el interior de la vivienda, en fila india, confundidos con otras caras nuevas.

¿Es gente mala? --le preguntamos. --“No, no es gente mala, pero es de cuido”.