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De “Catrín” lo que Fernando tiene es solo el cuerpo ralo. Al principio le molestaba el apodo, pero lo aceptó el día que según él se miró en una cartilla de La Chalupa. “Era yo, soy idéntico…solo que sin ese traje elegante”, comenta.

Tiene 30 años y vive en la calle desde los 17. Para él, la familia de sangre se acabó cuando su propia madre lo mandó sacar de arrastra tras denunciarlo por consumo de drogas y calificarlo  como una amenaza insoportable para ella y la cuadra donde antes era su casa. “Llegó una patrulla y dos guardias me vergearon, me sacaron. Nunca le perdono eso a la roca”, dice como haciendo un esfuerzo para no atragantarse con los recuerdos.

Está sin camisa y se ve más flaco y disminuido de lo que es cuando se sienta en una de las bancas de madera, ubicadas bajo un bajarete, levantado al fondo, en el patio de la casa del portón de hierro. En el mismo rincón se ha concentrado el resto. Es el ritual del lugar, todos se desvisten bajo ese techado para el próximo paso: baño.

¿Cómo lo saben? Cuando uno atraviesa el portón de hierro, lo que la casa guarda celosamente se descubre. Carteles escritos a mano y con mala ortografía informan las reglas del sitio. Solo entonces, uno se da cuenta que se encuentra en el refugio para indigentes “La Esperanza”, ubicada de la iglesia El Calvario, cuatro cuadras arriba. “Aquí servimos un solo tiempo de comida, les damos lugar para que se aseen y que duerman un poco. Solo pueden estar aquí mediodía”, advierte David Gutiérrez, el administrador del local.

Estado no se da por enterado
En Nicaragua los centros estatales de atención para indigentes se extinguieron con el triunfo de la revolución de 1979. Se creyó entonces que en el nuevo país que estaba por construirse, no habría necesidad de esos locales, porque tampoco habría quienes los necesitaran.

Los que los recuerdan, los describen como sitios para pasar la noche. Por una contribución casi simbólica, una persona sin fortuna tenía derecho a cama, cobija y desayuno. El Estado entonces subsidiaba los gastos, con apoyo también de empresas y organizaciones benéficas de la época. Los habitantes de los alrededores de El Cine Blanco, por ejemplo, todavía recuerdan las filas de gente en harapos a la entrada de un albergue que por la época funcionó en esa zona.

Hoy día no existe ni un solo refugio estatal para indigentes. Los albergues que financia el Estado son los que administra el Ministerio de la Familia --30 en la capital y 79 en el resto del país-- y  son solo para menores que han sido extraídos temporalmente de sus hogares, tras denuncias de maltrato u otros conflictos como las batallas por las tutelas familiares.

Según registros de ese ministerio, en la actualidad unos 4 mil niños reciben alimento y cuido en esos centros, cifras que según su titular, Marcia Ramírez, ampliarán con el impacto del Programa Amor, que rescatará a los menores callejeros. Pero admiten que nada hay para adultos indigentes. “Pareciera que el Estado no se da por enterado, tenemos una fuerte indigencia en el país, no solo niños pidiendo en los semáforos, se trata de gente viviendo en las calles”, alerta al respecto el economista René Vallecillo.

Bañados para comer
“Catrín” espera que la comida se sirva temprano. Hoy, según sus compañeros, no se le ve como de costumbre. “Parece triste”, dice Jessica Daniela, la única del grupo que todavía está vestida. “Catrín” calla y baja la mirada. ¿Qué pasó? –le preguntamos—“Nada, hombre, cosas de uno”, responde. Buscamos una respuesta en los demás, pero el silencio pareció como convenido.

Por otra voz, conocimos que “Catrín” había acordado con Ana, su mujer, encontrarse en la entrada al albergue a las 7:00 am. No llegó y menos mandó razón con ninguno de los que deambulan en Ciudad Jardín, la zona “donde ella trabaja”. ¿Estás preocupado por tu mujer? –le preguntamos-- “Es raro que se atrase, es todo”, dice con la mirada fija al suelo. ¿En qué trabaja? –inquirimos—“Vende caricias”, responde sin inmutarse.

A esas horas, las 7:45 de la mañana, muchos se han echado agua al cuerpo, mientras otros restriegan “la muda” que se acaban de quitar en dos lavanderos de concreto. Según las reglas del local, solo pueden bañarse en short y calzoncillos largos estilo bóxer. La causa es porque lo deben hacer al aire libre, de pie y con agua recogida en barriles. Los barriles están bajo un gigantesco árbol de mango en otro extremo de la vivienda.

Según Gutiérrez, el administrador, el baño al aire libre garantiza que sea “una operación rápida y menos costosa”, pues con regadera se botaría mucha agua. “Además así están bajo vigilancia, recuerde que es gente de cuido”, reitera. ¿Es de rigor el baño? –preguntamos— “Si señor. Solo el que se baña tiene derecho al café y a la comida”, responde serio.

Pero el baño no es la única regla en el centro para indigentes “La Esperanza”. A las 9:00 de la mañana deben estar atentos a una charla de superación de dos horas. “Les hablamos de Dios, pero además les damos consejos contra las drogas. Es gente que está en la calle, expuesta a todo mal”, explica el administrador.

El lugar recibe entre 180 y 200 indigentes cada día y llegan desde los más pequeños callejeros hasta ancianos que apenas dan pasos. La lista de su personal es corta: el administrador, un guarda y una cocinera con su ayudante. “Tenemos siete años de funcionar”, dice. Los fondos para mantener los gastos de la casa los dona un coreano que, según Gutiérrez, no da entrevistas porque no habla español.

De acuerdo a las horas, las imágenes en el interior de la casa de portón de hierro cambian drásticamente. A la hora del baño, lo más sobresaliente que se ve es un grupo de niños-hombres “sueltos”, echándose agua como lo harían menores de verdad en un día de copiosa lluvia. A las 9:00, se les ve como miembros bien portados de una escuela de retiro y a mediodía, como una gran familia sentada a la mesa.

A la 1:00 de la tarde los visitantes deben desalojar el lugar y dejar todo ordenado. Es regla que toda pertenencia olvidada “irá al saco de la basura”. ¿Han pensado en darles dormida alguna vez? –preguntamos al administrador—“No, no tenemos capacidad para eso”, responde de inmediato.
 
 “Catrín” engulle una pelota de tallarines hecha con la punta de su tenedor. El día de nuestra visita, el albergue sirvió pollo con tallarines, arroz y plátano. ¿Qué le pudo pasar a Ana? –le preguntamos—“No sé, no sé”, dice como queriendo con la negativa, evitar el regreso de la melancolía de antes. ¿Te encontrás bien? –le preguntamos--- “Cuando uno está aquí, uno se siente gente”, dijo.
 
El anciano que cuida Tiscapa
Un recorrido nocturno realizado por END hace unas semanas contabilizó cinco puntos de concentración de indigentes en la capital: el puente desnivel Tiscapa, las afueras del Estadio Nacional, los alrededores del Ministerio de Transporte e Infraestructura, el parque José Santos Zelaya y el parque contiguo al Ministerio de Hacienda.

En todos los lugares generalmente conviven grupos de indigentes con un mínimo de cinco personas. Pero Juan Francisco Paíz Otero, un anciano de 83 años, prefiere la soledad de su banca en el llamado paseo Laguna de Tiscapa. ¿Por qué? –le preguntamos—“Es mejor solo, que mal acompañado”, dice con una lucidez inusual a su edad y sus condiciones de vida.

Paiz Otero dice que es un hombre sano, que lo único que lo aqueja son “unas secas” (granitos de la piel) que les nace donde comienzan las piernas. “A veces hasta me impiden caminar. Se me maduran y me matan”, explica. Se gana la vida reparando de casa en casa pailas y porras en barrios aledaños a Tiscapa. “Me gano cinco pesos en cada reparación. Con dos trabajos, ya compro frijoles y pan, y ya como”, dice.

Pero hay días malos, o ¿no? –interrogamos—“Si, pero no hay quien no le dé un plato de frijoles a un viejo como yo”, dice, con una risa casi forzada. Paiz Otero, no acepta apodos. Dice que no se mete con nadie y que si algo tiene en esta vida es la banca debajo de la cual duerme. “Es mía”, dice. “Me pertenece, aquí debajo nada me pasa”, agrega.

La casualidad le ayuda, el espacio debajo de la banca tiene las medidas del anciano. Tanto de largo como de ancho,  Paiz Otero encaja perfectamente y cuando se echa una frazada, que recientemente “un alma” le regaló, el anciano se pierde en un bulto apenas visible.

Huyó de violencia
Hace cuatro años, Paiz Otero dejó su casa ubicada en el barrio Largaespada. Dice que se fue huyendo de la violencia. “Tengo unos sobrinos que consumen piedra crack, son demonios cuando andan así. La vez pasada apuñalaron a su padre, no señor, eso es malo”, explica.

Casado con una costarricense, dice que tiene un hijo que muy pronto vendrá al país para llevárselo a vivir sus últimos años en San José. “El viene, yo se que viene”, señaló. Paiz Otero estudió leyes en la Universidad Centroamericana, los que dejó enloquecido por su mujer, “una chelota” para él sin par.

Nació en San Isidro de la Cruz Verde y se vino a Managua a dos meses de cumplir los 14 años. Vivió bien hasta la muerte de su padre y la suerte se le terminó cuando dejó que el corazón decidiera su destino. “Pues la chela me volvió loco, me fui tras ella a Costa Rica”, dijo. Vivió con ella varios años, pero terminaron separados por “complicaciones” de las que dice no prefiere comentar.

Paiz Otero dice que no le teme a la noche, ni a la peligrosidad de la zona. “Yo soy el guardián de Tiscapa, todos aquí saben eso”, dice. ¿El frio y las lluvias no lo afectan? –preguntamos—“Le temo más a la gente”, dice.

Uno no se aburre conversando con Paiz Otero. Dice que tiene 102 historias que contar: “en la mitad hay líos de falda, en la otra son pura aventura”, señala. Se niega a aceptar que esta senil, pese a que cree que estamos en 1992 y que Daniel Ortega gobierna al país por vez primera. “Es así señor, si yo sé”, añade con ánimos de insistir.

Para alguien que vive en la calle ¿importa mañana? –le consultamos— “Eso solo si hay comida”.