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Con débiles rayos de sol que partían la espesa niebla que cubría Jinotega hace 125 años, un lugar rodeado de verdes montañas, emergió un pequeño caserío llamado Llano de las Tejeras, porque ahí se fabricaban las tejas. Fue como un milagro, cómo una mañana del 26 de febrero de 1886 cinco pobladores de humilde procedencia, fueron los primeros en admirar la imagen de La Sangre de Cristo, considerada milagrosa por todos los habitantes.


Apolonio Castro y su esposa Casimira Rodríguez, en compañía de Anastasio Tórrez, Felipa Mairena y Calixto Cruz, vieron por primera vez la milagrosa imagen que colgaba de un árbol de espino. Tanto fue su asombro, que inmediatamente avisaron a todos los vecinos acerca de la aparición, y en pocos minutos un grupo de personas estaba ante el Cristo. La sorpresa de las personas creó un bullicio, donde la única explicación que encontraron fue que la imagen había aparecido por un milagro.

Desmitificando las apariciones
El principal personaje de esta historia, que no inicia el 26 de febrero, sino un día antes, fue el presbítero Francisco Reyes, un hombre que en tenues pasajes es recordado por su amplia sabiduría y entrega total por ayudar a los demás. La astucia del presbítero Reyes lo llevó a colocar la imagen de la Sangre de Cristo debajo de un árbol de espino al atardecer del 25 de febrero, en espera de ver la reacción de los habitantes, pues en su mente guardaba  la idea de acoger a los ciudadanos en la fe cristiana.


Cuando la noticia llegó a él, decidió callar, y sus únicas palabras fueron: “Entonces, construyamos una ermita donde fue encontrada y venerémosla”, iniciando así el primer legado de una iglesia católica construida en el pequeño caserío, afirma Amada María Hernández Rodríguez, una de las mayordomas de la imagen, a quien por su carisma y gran contribución a la Iglesia, todos conocen por Amadita Hernández.

Manos a la obra

Los habitantes no tardaron mucho en construir una morada. El terreno era un lugar donde abundaban los árboles de espino, el pasto ondulaba de lado a lado con el golpe del viento, y a lo largo se observaban conejos saltarines que degustaban de este alimento, mientras las garzas y los zanates realizaban un concurso de canto con sus sonidos.


La primera iglesia fue construida de cuatro troncos de espino, con un techo de paja se levantó una choza, “el material era lo menos importante, ya que después se hizo una ermita de barro”, comenta Guadalupe Hernández Castro, mayordoma y devota de la imagen. Con barro en sus manos, el carpintero Juan García dirigió la construcción de la primera capilla, y en poco tiempo el Llano de las Tejeras tenía una ermita, donde los campesinos veneraban la imagen.


De paja a barro, y después de lodo con pilares construidos con varas de madera, fue la tercera ermita que erigieron los habitantes. La más grande de todas y de la cual lo único que se conserva son sus medidas y una de las torres, pues las condiciones que presentaba no eran las adecuadas.
El polvo era exagerado, una entrada de viento convertía a cualquiera en un nativo de color oscuro. Los animales roedores crecían por manadas, desde pequeños ratones que hurgaban por las esquinas de iglesia, hasta murciélagos que se paseaban por bandadas en busca de oscuridad.

Las tres celebraciones
En 1975 la iglesia quedó a cargo del párroco Rubén Baltodano Alfaro, quien realizaba tres visitas anuales: la primera, en Semana Santa el día de la Virgen Dolorosa; la segunda, el 22 de julio para la festividad de la Magdalena, y la última para celebrar a la Sangre de Cristo el 14 de septiembre. “Mientras los niños andaban desfilando por las calles, nosotros celebrábamos a la Sangre de Cristo”, recuerda la mayordoma Hernández Castro.


En la parroquia se realizaba cada año una procesión en honor a la imagen, pero desde 1949 no se sacaba el Cristo, sino una cruz de madera que desfilaba hacia la catedral de Jinotega. El párroco Baltodano Alfaro decidió volver a sacar la imagen del Cristo, y el 29 de febrero de 1976 la imagen avanzó junto a sus devotos rumbo a la Catedral, tradición que fue promovida por el párroco Douglas Araica Zeledón.

Una esperanza reflejada en un granito de arena

Cristóbal Villagra Castillo y su esposa Andrea Josefina Palacios Blandón fueron mayordomos de la imagen por 30 años. Dedicaron la mayor parte de sus vidas a servir en la iglesia y a trabajar arduamente para ver realizado el sueño del párroco Eliar Pineda Úbeda, quien ahora es vicario de la Diócesis, valorado por la mayordoma Palacios Blandón como “un hombre excepcional, siempre preocupado por ayudar y servir a su comunidad”.


El 25 de diciembre de 1984 le fue entregada la iglesia al párroco Pineda Úbeda, por monseñor Pedro Lisímaco Vílchez Vílchez. Desde ese entonces, se celebran misas todos los domingos, y se comenzó a cumplir el sueño de un joven que a sus 27 años inició su vida sacerdotal en un lugar de escasos recursos. “Era un chavalo lleno de ganas por trabajar y por sacar adelante la Iglesia”, añade Palacios Blandón.
Ahora la tarea era convertir la capilla en una iglesia de concreto, con mayores comodidades para los devotos. “Mi esposo salía a recaudar dinero por todas la comunidades, no era mucho, pero de poco en poco recogíamos algo”, recuerda melancólicamente Palacios Blandón de su esposo, que hace un año murió.

La nueva iglesia

En 1986 se inició la construcción de la actual iglesia. Cada ciudadano colaboró con un granito de arena, pero la mayor tarea era la de los mayordomos “hacíamos kermeses cada 15 días, donde se vendía comida, se hacían bailes y se realizaba la elección de una reina”, comenta Amadita Hernández.  Para iniciar la construcción Eugenio Centeno donó todo el hierro, 40 quintales de cal, 80 quintales de clavos y todo el alambre de amarre. “Ese mismo año mandamos una carta a la Organización Católica Alemana de Ayuda Humanitaria, Adveniat, que donó 7 mil dólares”, expresa el párroco Pineda Úbeda.


Poco a poco y con mucho trabajo la nueva iglesia fue construida. “Me acuerdo cuando jalábamos los montones de piedra para levantar los pilares, fue un trabajo difícil, pero la misión era construir el templo, y lo logramos”, recuerda Martín de Jesús Hernández Rodríguez, mayordomo de la iglesia.

favores de la imagen
Es la imagen más vieja y exacta que la Diócesis de Jinotega posee. Está hecha de madera. “Lo más impresionante de esta imagen es la lanzada que tiene en su costado, es tan exacta que parece no tener fin”, revela el párroco Pineda Úbeda. La iglesia es visitada por personas de diferentes lugares, que confían en la imagen y le piden un milagro según su necesidad.


“Hace 20 años me iban a operar de la vesícula, pero lo que los doctores encontraron fue un tumor, no me operaron, sólo me volvieron a cerrar la herida y me dijeron que en tres días yo iba a morir”, explica Rita del Socorro Pineda Pineda, quien a sus 77 años, siempre comenta la imploración que le hizo a la imagen para que la sanara.


Los años siguen pasando, pero la imagen no deja de causar impacto y de bendecir a muchas personas con sus favores. A unos los ha salvado de la muerte, a otros de grandes enfermedades, como a María Lourdes Picado Castro. “Me había salido una mancha blanca en la piel, día tras día iba creciendo. Los doctores me habían dicho que no se podía hacer nada, pero yo le imploré a la Sangre de Cristo que me sanara y ahora no tengo nada”. Igual que a Picado Castro, la imagen ha realizado muchos favores, pues a los pies de ella cuelgan pequeños dijes de acero que las personas han colocado en espera o en agradecimiento de un favor.

 

Sacerdocio y comunidad
Con los ideales de un emprendedor, el párroco Eliar Pineda Úbeda inició su camino de caridad, donde la imitación de un carpintero llamado Jesús de Nazaret fue su mejor ejemplo a seguir. A sus 20 años sintió el llamado de vida sacerdotal, y en ese instante el joven jinotegano de humilde procedencia fijó su principal meta: “Servir a la comunidad”.


Su vida está marcada principalmente por las enseñanzas de su mamá, Socorro Úbeda Úbeda , pues con orgullo recuerda cuando ella pedía para los pobres, siendo ellos una familia de escasos recursos. “Yo le decía a mi mamá que era candil de la calle y oscuridad de su casa”, recuerda el párroco Pineda Úbeda.


A los 27 años culminó su preparación en el seminario, Santo Tomás de Aquino, de Colombia, y su mayor orgullo fue ser uno de los tres mejores seminaristas. Regresó a Nicaragua en 1984, y la primera iglesia de la cual fue sacerdote fue la Sangre de Cristo, donde trabajó por 20 años, dejando huellas imborrables en las mentes y en el corazón de los habitantes.  


El párroco ha apoyado a la comunidad donde se han instalado luminarias, “la mayor limitante ha sido lo económico”, agrega Pineda Úbeda, quien a sus 52 años mantiene el mismo espíritu de superación de joven.


*Estudiante de
Comunicación Social UCA